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La fiesta había llegado a su fin, mientras despedían a los últimos invitados, Albert y Elisa se tomaron un momento para conversar.
-Decepcionado?
-No, todo salió bien, la tía abuela disfrutó bastante su fiesta.
-Me refiero a Candy. – Albert la miró sin entender – no te hagas al que no me entiende.
-Es porque no te entiendo.
-Te gusta Candy – fue directa.
-Ella está casada.
-Pero es un matrimonio arreglado, estoy segura que ella no ama a su esposo – la seguridad con que lo dijo intrigó al rubio – he escuchado que lord Granchester lleva diariamente a su amante a su casa.
-Cómo!? – dijo sorprendido, él sabía que tener una amante era algo normal; pero no llevarla a la casa donde vive su esposa.
-Lo que te dije. – parecía furiosa – yo la conocí. Es la hija de un comerciante. Albert, lucha por ella, estoy segura que tú podrás hacerla feliz.
-No es tan simple, están casados.
-Pero puede divorciarse.
-No de su unión ante Dios, además crees que el duque de Granchester permitirá algo así?
-Sí te la llevas a América no podrá hacer nada – sonrió levemente – yo voy a ayudarlos.
Albert ya no dijo más, se quedó en silencio analizando la situación. Recordó todas el día anterior que la vio en el lago, se veía tan hermosa; pero desde que supo que era casada se propuso sólo mirarla de lejos. A su mente vino la sonrisa que siempre le dedicaba, era tan dulce y amable. Sin embargo, ahora veía otro obstáculo para no tomar en serio la sugerencia de su prima, su amigo y hermano de Terry, Anthony Brower… no, Granchester. Tenía que hablar con él y hacer que le explicara muchas cosas.
Pero después de analizar la situación, tomó una decisión, si era cierto lo que su prima le dijo: "que Terruce descaradamente llevaba a su amante a la casa donde estaba su esposa", haría todo para conquistar a Candy y llevársela a América donde la protegería del poder de los Granchester.
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Ya era casi media noche cuando la pareja llegó a la villa, todo estaba a oscuras, solo el guardia que cuidaba la propiedad los recibió.
-Por qué no te quedas aquí esta noche?
-Eh… - le sorprendió aquella proposición.
-Está empezando a llover.
-Es sólo una pequeña llovizna, si me apresuró llegaré antes de que arrecie.
-Está muy oscuro, podrías volver a lastimarte en el camino.
-No me siento cómoda aquí. – dijo finalmente.
-Entonces te acompaño – dejó salir un suspiro, supo que de nada serviría insistir.
-No es necesario – se apresuró a decir – vas a empaparte en ir y regresar, no quiero que…
-Tardaremos más si sigues discutiendo.
-De acuerdo – resignada aceptó, sabía que él era tan terco como lo era ella y podrían pasar horas con lo mismo.
-Ponte esto - le puso su capa sobre los hombros.
-Pero tú vas a mojarte. – su preocupación no pasó desapercibido para el castaño.
-Llevo mi saco, no te preocupes.
En silencio recorrieron el sendero que los llevaba a la casa que ocupaba la rubia. Candy estaba nerviosa y él miraba con atención el camino, la lluvia no era tan fuerte; pero si el camino estaba mojado, ella podría resbalar y volver a lastimarse.
-Apresurémonos, está lloviendo más fuerte. – señaló la rubia.
-Ten cuidado, aquí hay un desnivel – tomó su mano para ayudarla y ya no la soltó hasta llegar a la casa.
-Ya está a salvo mi lady – hizo una reverencia graciosa mientras sonreía. - Será mejor que me vaya antes de que caiga una tormenta. - habían llegado a tiempo, pues la lluvia ya era más fuerte
-Espera! está lloviendo muy fuerte. – lo detuvo – y estás mojado.
-No pasa nada.
-Traeré unas toallas para que te seques mientras esperamos a que calme un poco.
La rubia entró a su habitación y a los pocos minutos salió con algunas toallas y una manta. Cuando se acercó a su esposo, éste notó lo sonrojada que estaba.
-Toma – le ofreció las toallas – sécate bien, podrías enfermar.
-Gracias. – sonrió al ver que estaba avergonzada, la rubia miraba a un punto en el suelo.
Terry se quitó el saco y con la toalla, comenzó a secarse el rostro y el cuello, Candy seguía ahí mirando el piso, aunque por el rabillo del ojo podía ver los movimientos del castaño.
-Deberías ir a cambiarte, tú también estás mojada.
-Qué? – se miró la falda del vestido y efectivamente estaba totalmente mojado y sucio. – en-enseguida vuelvo.
Terry rió al verla correr a su habitación, fue algo nuevo que aprendió de su esposa, ella era algo despistada; pero le gustaba que se preocupara por los demás, incluso por él.
Cuando la rubia regresó a la salita, llevaba otro vestido; el castaño estaba de espaldas mirando por la ventana como la lluvia no había menguado en absoluto.
-Deberías quitarte la camisa, está mojada.
-La lluvia no para y creo que no lo hará en toda la noche – ignoró lo que le había dicho. – será mejor que me vaya ahora.
-No creo que sea prudente, el camino debe estar enlodado y podrías resbalar y lastimarte.
-No creo que eso suceda.
-Por favor… - había súplica en su voz – no quiero que te lastimes por mi culpa, si yo no hubiera aceptado que me acompañes…
-Candy, sabes que no es tu culpa. – se giró completamente hacia ella – era mi deber acompañarte.
-Aun así… no debí aceptar. – estaba nerviosa por lo que iba a proponer – puedes… puedes quedarte esta noche… aquí.
-Aquí? – miró su alrededor – dónde? No hay espacio.
-En… en mi… en mi habitación. – finalmente lo dijo y sintió que su rostro quemaba de lo rojo que estaba.
Terry no estaba muy seguro de aquello, era claro para él que Candy estaba incomoda con su presencia y lo último que quería era volver a la situación de antes, no quería hacer o decir algo que arruinara su relación amistosa.
-No te preocupes por…
-Por favor, no me sentiré bien si te enfermas o algo te pasa. - hablaba rápido – si no me hubieras acompañado… es mi culpa que te veas en está situación.
-De acuerdo – notó la angustia en su voz y sólo por eso aceptó.
Con pasos inseguros la siguió a su habitación, se sintió ridículo, puesto que era su esposo y no debería de sentirse incómodo. Además, él estaba acostumbrado a estar rodeado de mujeres y pasar la noche con ellas; pero Candy le había mostrado ser tan diferente a todas esas que había conocido; ella era noble, amigable y muy sensible.
-Puedo dormir en el piso.
-No será incómodo? – internamente se sintió aliviada, aunque no pretendía dormir con él en la misma cama.
-Claro que no, si me prestas algunas mantas, me las apañaré.
Candy lo ayudó a tender las mantas en el piso, simulando un colchón le dio uno de sus almohadas y algunas sábanas. Cuando apagó la lámpara de aceite, y estaba todo a oscuras, Terry se quitó la camisa y se quedó con la camiseta que llevaba debajo.
Ninguno de los dos pudo conciliar el sueño; Candy, quien estaba muy nerviosa, se durmió recién a las dos de la madrugada y Terry hasta casi pasadas las tres.
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Había cabalgado hasta la estación y tomado el primer tren que lo llevara a Londres, tenía que hablar con su padre, no entendía lo que había pasado durante su ausencia.
Temprano llegó al castillo que los Granchester tenían en Londres. Por la hora, suponía que su padre estaba en casa, seguramente en su despacho y allí se dirigió.
-Padre! – entró sin tocar la puerta.
-Vaya! Recuerdas que tienes uno? – ni siquiera apartó la mirada de los documentos que estaba revisando.
-No empiece padre. – pensó que su padre podría ser tan molesto como su hermano menor – necesito que me explique, por qué casó a mi hermano? Usted le prometió a mi madre que nunca haría eso.
-Así que te enteraste que Terruce desposó a la hija del conde White.
Anthony miraba fijamente a su padre. La noche anterior cuando se acercaba al recibidor para hablar con su amigo, escuchó a Elisa mencionar que Terry no estaba enamorado de su esposa y que tenía una amante, a quien llevaba a su casa estando su esposa presente; eso lo molestó, lo poco que hablaron antes de que la pareja se marchara, él notó lo dulce y amable que era su cuñada, es por eso que declinó la invitación de su amigo para hospedarse en su casa decidiendo partir inmediatamente a Londres y hablar con su padre.
-Terry amaba su libertad.
-Al igual que tú, Terry tiene obligaciones con la familia. – dijo con seriedad - Además, te estaba imitando en casi todo y no iba a dejar que él también se marche sin decir nada.
-Tú querías casarme con una desconocida!
-Por eso decidiste huir y no dejar que te encontrara.
-Y lo logré, no sabías donde estaba. – dijo con una sonrisa triunfante.
-Sabía que estabas en América, aunque no exactamente dónde.
-Papá… aún no respondes mi pregunta. Por qué lo casaste con Candy, no está enamorado de ella y conoces muy bien el carácter mi hermano. Tú mismo criticabas su carácter testarudo y explosivo, acaso no lo llamas "demonio rebelde"? – su padre sonrió levemente por aquel apelativo que le puso a su hijo menor desde que era un adolescente y su carácter se hacía cada vez más rebelde y poco paciente.
-Candy? - levantó la ceja izquierda. – ya le tienes tanta confianza o acaso hay algo más hijo?
-A qué te refieres? – dijo a la defensiva.
-Si no te conociera, pensaría que te interesó la esposa de tu hermano; pero eso es imposible, verdad? – lo miró fijamente.
-Claro que lo es!
-Qué bien! No me gustaría saber que ves con otros ojos a tu cuñada.
Anthony se sintió un poco nervioso, pues su padre conocía muy bien a sus hijos. Se acercó a la mesita que estaba cerca del estante repleto de libros, tomó la botella de whiskey y sirvió un poco.
-Contestando a tu pregunta – se puso de pie, se acercó a la misma mesa e imitó a su hijo sirviéndose un poco de aquel licor. – Lord White y yo teníamos un trato, para unir nuestras empresas textiles de Escocia; acordamos unir a nuestros hijo en matrimonio – lo miró – y antes de que digas algo, tu madre y Rosemary sabían de este acuerdo y estaban emocionadas por ello.
-Mamá aceptó eso?
-Ella y Rose eran muy buenas amigas. – regresó a su silla detrás de su escritorio – y aunque ellas siempre soñaron que sean sus hijos menores, William y yo acordamos que sean nuestros hijos mayores; pero lord Cornwell se adelantó y pidió la mano de Anabel para su hijo – Anthony estaba desconcertado - así que quedaba la hija menor, la cual debía unirse con mi primogénito. – el rubio abrió grandemente los ojos – pero como este huyó, no quedó más que ordenarle a Terruce que cumpliera con este acuerdo. - El joven se quedó absorto por unos minutos, no creía todo aquello que le decía.
-Aun así papá, condenaste a mi hermano y a Candy a vivir en la desdicha.
-Tanto grave está la situación? – su padre tenía conocimientos de lo que sucedía con la pareja, pues uno de los sirvientes le informaba de todos actos de su hijo menor.
-No se burle padre.
-No me burlo – dijo dejando su vaso en su escritorio para luego entrelazar los dedos y apoyar su mentón en estos. – tengo fe en que Candice corrija a tu hermano.
Anthony sólo lo miró en completo silencio, negando con la cabeza abandonó el despacho de su padre pensando en que si no hubiera escapado al enterarse que su padre planeaba casarlo; él sería el esposo de aquel ángel rubio de ojos encantadores; aseguraba que él la hubiera amado desde el primer momento en que la viera y la habría hecho feliz, pues ella sería la única en su vida.
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Eran las siete de la mañana y Dorothy llegaba a la casa de su patrona, el día anterior Candy le dio permiso de quedarse en el pueblo con una prima que había llegado de Irlanda buscando trabajo.
La castaña se sorprendió al no ver a su patrona cerca de su huerta o jardín, incluso esperaba encontrarla tomando el té mientras disfrutaba del paisaje, preocupada se dirigió a su habitación.
-Mi lady… - su cara se puso roja al ver a su patrón durmiendo en el piso con el dorso descubierto. Rápidamente salió de la habitación y sin querer hizo ruido al cerrar la puerta.
-Eh!? – Candy se sentó aún con los ojos cerrados, el ruido la había despertado – Dorothy…? Se puso de pie para ver si la castaña había llegado realmente o por lo menos averiguar que fue ese ruido. – Terry! – sólo cuando lo vio recordó que el castaño estaba en su habitación, se puso su salto de cama antes de que la viera.
El castaño seguía en la misma posición, algo que desconcertó a la rubia, pues el ruido de la puerta había sido fuerte y ella, ciertamente, no había susurrado su nombre.
-Terry? – se acercó a su esposo para moverlo y se dio cuenta que estaba respirando agitadamente y su frente estaba llena de sudor. – Terry… estás muy caliente – dijo preocupada mientras le tocaba la frente y el cuello.
-Dorothy!? – gritó alterada.
-Mi lady… - se sentía avergonzada y esperaba que su patrona la regañara por el fuerte azote de la puerta.
-Dorothy, por favor llama a un doctor enseguida!
-Se siente mal?
-Terry tiene fiebre. – Candy ya corría a la cocina en busca de una fuente y unos paños. – apresúrate!
Dorothy corrió a la casa principal para buscar a Charles e informarle lo sucedido con su patrón, en seguida mandaron a Mark a buscar al médico.
-Terry…
-Mmm - se quejó.
-Terry, por favor… - lo estaba alzando, o por lo menos eso intentaba – sube a la cama - lo sostenía de las axilas, el castaño débilmente se puso de pie y a tientas se subió a la cama cayendo como costal lleno de piedras.
Candy comenzó a pasarle los paños mojados por el rostro, limpiaba su sudor y trataba de enfriarlo.
-Candy… - escuchó débilmente.
-Aquí estoy. - tomó su mano.
-Estoy bien… no te… asustes…
-Sí… te pondrás bien… - le tembló la voz.
-Mi lady, ya mandaron por el doctor. – Dorothy entró a la habitación de Candy y empezó a recoger las mantas.
-Gracias… - ni siquiera se había girado para verla, seguía en su empresa de bajar la fiebre de su esposo.
Cuando el médico llegó felicitó a la rubia por haber actuado de manera inmediata para bajar la fiebre; aunque ésta no había cedido casi nada. Con la ayuda de Mark y Charles tuvieron que meterlo a la tina llena de agua fría, eso ayudó un poco.
-Deben darle líquidos y no permitir que la fiebre regrese o se intensifique.
-Sí doctor.
-Lo mejor es no moverlo, que permanezca aquí hasta que esté mejor y pueda trasladarse a la casa principal.
Las horas pasaron y Candy seguía cuidando de su esposo, Dorothy le había pedido que descansara; pero se negó, sólo se alejó de Terry para cambiarse, pues gran parte de la mañana vistió la ropa de cama.
-Mi lady, tiene que comer algo. – llevaba una bandeja con un plato de sopa. – mi lord ya no tiene fiebre y se ve más tranquilo.
Era verdad, la respiración de Terry era más acompasada y tranquila; pero Candy tenía miedo que la fiebre regresara.
-No servirá de nada si usted también enferma, mi lord se enfadará con nosotros.
-De acuerdo. – camino desganada hacia la mesita que había en la habitación y sin apartar la vista de su esposo comió los alimentos.
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Por la tarde, cuando el sol ya se estaba poniendo una rubia lacia llegaba a la villa de los Granchester.
-Dónde está Terry? – cuestionó de manera altiva.
-No se encuentra en casa señorita. – contestó Charles de manera seria, él había querido quedarse a cuidar a su patrón; pero Candy le pidió que regresara a la casa principal.
-Me enteré que está enfermo – efectivamente, se había enterado por una vecina que estaba en consulta en el momento que Mark fue a buscar al médico y lo escuchó decir que lord Granchester estaba enfermo. – exijo verlo! – dijo furiosa.
-Ya le dije que mi lord no se encuentra en casa.
-Y dónde está!? – no hubo respuesta. – responde!
-No tengo autorización para dar esa información. – hablaba de manera serena e impersonal.
Molesta la peli lacia se retiró; mas no porque se haya rendido; sino porque sabía que no encontraría respuesta con el mayordomo; pero sí con el doctor que lo atendió.
Llegó al pueblo y buscó al galeno en su consultorio; sin embargo le dijeron que había ido a visitar a uno de sus pacientes, suponiendo que se trataba de Terry, pidió que le dieran la dirección, lastimosamente, para ella, no era la del lugar donde se encontraba el castaño; aunque finalmente se enteró.
-Ya es tarde para ir contigo mi amor. – dijo para sí – esa mujer no permitirá que me acerque a ti en este momento, y supongo que ese sirviente de pacotilla la ayudará a sacarme de allí; pero mañana temprano estaré junto a ti para cuidarte. – con esa resolución se dirigió a su casa para preparar lo necesario para el día siguiente.
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La noche apenas había caído y se auguraba que sería larga, pues la fiebre de Terry subía y baja con constancia, al percatarse que ésta nuevamente regresaba, Candy se apresuró a ponerle compresas frías a su esposo.
-Mi lady, vaya a descansar, yo cuidaré de mi lord.
-No Dorothy, hoy trabajaste mucho y también me ayudaste a cuidarlo. – era verdad, la castaña realizó sus deberes cotidianos y también había ayudado a la rubia a mover a su esposo cuando tuvieron que cambiar las sábanas que se habían mojado cuando Charles y Mark lo pusieron en la cama con el cabello mojado después de sacarlo de la bañera.
-Pero mi lady…
-Si me siento cansada te llamaré, además tú me ayudarás mañana, no podemos estar fatigadas las dos.
Renuente la castaña se retiró a su habitación; sin embargo le había dicho a la rubia que sólo descansaría un par de horas y que regresaría para sustituirla. Con una sonrisa la rubia asintió aceptando la propuesta.
-Candy…
-Aquí estoy – tomó su mano.
-No te alejes… - su voz se escuchaba cansada y baja, Candy apenas lo oía.
-No te preocupes… me quedaré aquí contigo.
El castaño respiraba con dificultad, su frente estaba perlada de sudor. Candy tuvo que quitarle la sábana para secar el sudor. Con cuidado pasó el paño por el cuello de su esposo bajando lentamente hacia el pecho. Su rostro se tornó de un rojo profundo, era la primera vez que lo veía con tan poca ropa, pues estaba solo en camiseta y un pantalón de seda ligero, sumando a esto que también, por primera vez lo tocaba de aquella manera.
-Qué te pasa Candy? – se regañó a sí misma por su nerviosismo – cómo puedes estar pensando en estas cosas cuando lo ves convaleciente ante ti.
Y que pensaba la rubia? Pues, simplemente, admiraba el escultural cuerpo de su esposo, lo definido de sus rasgos que lo convertían en un hombre sumamente atractivo; en su momento dudó en levantar un poco la camiseta de su joven marido, mas tuvo que hacerlo para secar el sudor.
-No te vayas… - lo oyó susurrar débilmente.
-Terry. - se acercó a él pensando que la fiebre había regresado, con delicadeza posó su mano en su frente.
-No me dejes… no me abandones… mamá… no me dejes… - tomó su mano y lo llevó a su mejilla, dejándolo ahí mientras se acomodaba y se sumía en los sueños.
Candy miró a Terry con ternura, supuso que tal vez, él estaba recordando los momentos que su madre lo cuidaba cuando se enfermaba. Sabía que al igual que ella, él la perdió cuando apenas era un niño. Ella conocía esa necesidad de tener a tu madre cerca, sin importar la edad que tengas. Conocía ese sentimiento de no querer separarte de ella nunca más.
-Me quedaré a tu lado siempre – le dijo de manera tierna y dulce mientras acariciaba su mejilla con la otra mano.
El cansancio venció a la rubia quien sin atreverse a quitar su mano de la custodia de su esposo y apoyando su cabeza en la cama, se quedó dormida.
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Gracias por sus mensajes, me agrada tanto saber su opinión, muchas gracias.
Qué les pareció este capítulo? Pobre Anthony, él hubiera sido el afortunado en casarse con la pecosa.
Con respecto al siguiente capítulo, no estoy segura de cuando lo publicaré, pues estos días estoy atiborrada de trabajo, tengo el siguiente capítulo escrito; pero debo hacerle algunas correcciones y sumado a esto las revisiones… me tomará tiempo; intentaré hacerlo para el próximo miércoles o fin de semana; sin embargo no es seguro, espero me comprendan y esperen con paciencia la próxima publicación.
Se cuidan mucho y espero que den sus apreciaciones de este capítulo.
