No todo lo que brilla es oro
Por Nochedeinvierno13
Disclaimer: Todo el universo de Canción de Hielo y Fuego es propiedad de George R. R. Martin.
Esta historia participa del Reto Multifandom #68: "Las estaciones del año" del foro "Hogwarts a través de los años".
Estación elegida: Primavera.
3
Aemond Targaryen
Encuentro inminente
Ser Aemond Targaryen, Lord Comandante de la Guardia Real, se encontraba en Pozo Dragón observando la desolación que había dejado la Guerra de Medio Año, como la llamaba el pueblo llano.
El edificio había sido construido en la Colina de Rhaenys medio siglo antes de su nacimiento y, aunque fue Maegor el Cruel quien comenzó las obras, no fue hasta el reinado de Jaehaerys I, el Viejo Rey, que se finalizaron. Por decreto real, un jinete de dragón siempre debía residir junto a los Cuidadores, en caso de que la ciudad se encontrara bajo ataque y tuvieran que desplegarse las defensas.
Por supuesto que aquel decreto había sido revocado por el rey. «Son tiempos de paz», fue su argumento. Aunque, en realidad, Aemond sospechaba que no existía voluntario para cumplir dicha tarea. El número de jinetes en la ciudad se había reducido tan drásticamente como los dragones que habitaban el Pozo.
Danzarina Lunar había partido junto a su jinete, Baela Targaryen, a las Ciudades Libres con los pequeños Aegon y Viserys y éstos, a su vez, habían reclamado a Syrax y a Shrykos, las monturas que habían pertenecido a Rhaenyra y a Jaehaerys —la víctima más inocente de la Guerra de Medio Año—, respectivamente.
Vermithor y Ala de Plata permanecían en Rocadragón después de que Rhaenys Targaryen hubiera partido con Meleys, la Reina Roja. Eran dragones antiguos que añoraban la libertad. No servían para estar encadenados, prisioneros de esas paredes que se encogían con el pasar del tiempo.
Fuegosol, el dragón de su hermano Aegon, no era el mismo desde la muerte de su jinete. Había quemado a una docena de Cuidadores de Dragón en diversos intentos de huida. Después de que murió el último hombre, el rey dictaminó que fuera puesto en libertad. Los rumores decían que lo habían visto volando hacia el este, más allá del Mar Angosto.
Tyraxes, el dragón de la Mano del Rey, Joffrey Velaryon, aunque era habitante permanente del edificio, pasaba más tiempo en Antigua que allí. Sus visitas se escudaban en vigilar a los Hightower —y asegurarse que no iniciaran una rebelión—, pero Aemond Targaryen sospechaba que existía otro motivo que llevaba a la Mano a ausentarse durante períodos tan largos de la capital.
Por lo que solamente tres dragones habitaban el Pozo de forma permanente: Morghul —la cría que nació del huevo de su sobrina Jaehaera, tan débil y enfermiza que no tardaría en seguir a su jinete a la tumba—, Sueñafuego, la dragona de su hermana Helaena, y Vhagar, su montura.
Vhagar era el dragón más grande y longevo del mundo, y Aemond Targaryen lo ganó el día que perdió el ojo. Vhagar estaba hecho para la guerra, le inquietaba la mansedumbre de Pozo Dragón, y él le había negado su naturaleza.
En Bastión de Tormentas, cinco años atrás, Vhagar ya estaba lista para danzar con Arrax sobre la Bahía de los Naufragios, pero Aemond le ordenó detenerse y cambiar el rumbo hacia una isla que no existía en los mapas de Poniente. Allí permanecieron durante un ciclo lunar; luego, se dirigieron a Rocadragón, donde le juró lealtad a Jacaerys Velaryon.
Todavía recordaba el bufido incrédulo de Daemon Targaryen cuando pronunció el juramento; ahora, sus cenizas formaban parte de Pozo Dragón y Aemond era Lord Comandante de la Guardia Real.
«¿Qué hay de los caballeros que fueron leales a tu madre? No se pondrán felices al saber que me concedes semejante cargo.»
«Necesito hombres que sean leales a mí —respondió el futuro rey—. El día que arribaste a Rocadragón con mi hermano Lucerys, me aseguraste la victoria , tío Aemond. Sin Vhagar los Verdes estaban acabados. La Guardia Real es mi agradecimiento.»
En opinión de Aemond, su sobrino podría haberle ofrecido un señorío en el cual vivir hasta el final de sus días. Pero Jacaerys sabía que debía mantenerlo cerca para que su madre no pudiera usarlo para un nuevo reclamo y para montar en Vhagar si lo intentaba con otro el Príncipe Canalla, Aemond era el jinete de dragón más calificado para la batalla.
«El esplendor de los dragones se está extinguiendo; y el de los Targaryen, también», pensó. La prueba estaba en el Pozo casi vacío y en el lecho yermo de los reyes. La corona no tenía un heredero. Y nunca lo tendría.
Con ese pensamiento, Aemond Targaryen se encaminó hacia las puertas de bronce de Pozo Dragón y se dispuso a emprender a pie el camino que separaba la Colina de Rhaenys de la Fortaleza Roja. Una sombra alada cubrió los tejados en punta de las casas apostadas en las laderas. Al mirar hacia el cielo, se encontró con Arrax, el dragón de Lucerys Velaryon.
—¡Abrid las puertas! —le gritó a los Cuidadores.
Aunque su hermana le había advertido sobre su llegada, Aemond tenía la esperanza que la travesía en el mar retrasara aquel encuentro inminente. No estaba preparado para volver a ver a su sobrino.
El dragón posó las zarpas a escasos centímetros de él, levantando espirales de polvo que le hicieron lagrimear los ojos. Aún así, Aemond Targaryen se mantuvo estoico y aguardó a que el jinete descendiera.
No quedaba nada del Lucerys Velaryon que lo había confrontado en el salón de lord Borros Baratheon. Tenía el pelo largo y alborotado, el pecho se había expandido al igual que la espalda, y sus extremidades eran largas y fuertes. «Mi señor Strong», pensó al recorrerlo con la mirada.
—Tío —saludó con cordialidad.
Una simple palabra con el tono de voz correcto fue suficiente para que la mente de Aemond viajara en el tiempo y en el espacio. Detestaba el efecto que Lucerys, precisamente Lucerys —Strong— Velaryon, tenía en él. Lucerys que había sido su verdugo, que se había llevado su ojo con un puñal, y que ahora, por designio caprichoso de los dioses, era su aliado.
«Nosotros colocamos a Jacaerys en el Trono de Hierro. Y ahora tenemos que asumir las consecuencias de nuestra decisión», sentenció.
Aunque eso implicara volver a tener a Lucerys Velaryon en su vida.
