Disclaimer: Los personajes de Naruto no me pertenecen.
*Éste fic está ligeramente inspirado en la novela "Break My Heart 1000 Times", de Daniel Walters. También fue adaptado a una película bastante buena.
Notas de la autora:
¡Holis! Perdonen la tardanza, pero las cosas están complicadas para mí, con la facultad y ahora también el trabajo, así que fue difícil sentarme a escribir, sin embargo, lo hago con mucho gusto.
Muchas gracias a todas esas personitas maravillosas que me alegraron con sus reviews. Es muy importante para mí contar con el apoyo de ustedes, sobre todo de otros escritores. Espero que les guste el capítulo.
Abrazos para todos!
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Capítulo Ocho
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A través de su mirada
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Resoplo cuando de nuevo siento la mirada de un grupo de curiosos sobre nosotros, y me aferro con más fuerza a la ropa de Sasuke, tratando de esconder mi cara entre sus hombros para intentar esconder la vergüenza que me invade. Aunque admito que también es un poco divertido estar de esta forma, yendo en la espalda de quien ha sido mi amor platónico de infancia hacia mi casa porque él mismo insistió en cargarme. Cuando pienso en eso quiero soltar una carcajada, porque si alguien me hubiera dicho a los doce años que esto pasaría, por más ilusiones que me hiciera, no le hubiera creído. Sin embargo, ahora, estando en esta posición, es increíblemente incómodo por más que quiera ignorarlo.
—Sasuke...Esto es ridículo —me quejo como por décima vez desde que bajamos del tren y Sasuke se negó a dejarme andar a pie —. Mi casa no está tan lejos, déjame caminar.
—Te lastimaste por mi culpa. Deja de hablar y sostente. No eres tan liviana como te ves.
—¡Oye! —protesto, dándole una palmada en el hombro de forma inconsciente. Sasuke gruñe, pero solo sigue caminando conmigo a cuestas, sosteniéndome las rodillas de forma autoritaria, así que dejo de hablarle y sigo mirando la calle.
Hace tanto frío que se me congela la nariz, así que apoyo el rostro contra el hombro de Sasuke en busca de calor, y es cuando puedo escuchar los suaves latidos de su corazón. Él es tan cálido, y huele muy bien, a té de menta, incienso y colonia. Nunca antes había estado tan cerca y tan calmada como para notarlo, y no sé a qué me imaginaba que olía, pero su aroma es extraño. No extraño desagradable, solo extraño. Me recuerda a una tarde serena en el campo; no es así como se supone que los chicos guapos huelen, ¿no?
Sai olía a acrílicos, perfume y tinta, el aroma más masculino que he conocido. Siempre me emocionaba olerlo, hacía que me sintiera exaltada, con ganas de conquistar al mundo. En cambio, Sasuke me hace sentir calma, seguridad y calor, no físico, sino como el que sientes cuando un ser querido te abraza después de un día difícil. Y pensar en eso hace que me dé más vergüenza, así que separo mi cara de su hombro y carraspeó para que él me escuche.
—Es aquí —le digo, dándome cuenta de que estamos casi frente a mi casa —Es la casa de la puerta roja.
Sasuke resopla, se detiene y me ayuda a bajarme de su espalda con cuidado, acompañándome hasta la entrada, de seguro para que no me caiga. Ahora sí se vuelve incómodo girarme a darle las gracias, pero es lo que debo hacer, así que cuando llegamos frente a la puerta me doy la vuelta, y voy a agradecerle cuando esta se abre.
—¡Ino Yamanaka! ¡¿Acaso tienes idea de qué hora es?! —mamá sale a regañarme, con expresión molesta y preocupada; entonces recuerdo que no he revisado mi teléfono desde que salimos del templo, y me doy un golpe mental por haberlo olvidado —¡Tu padre y yo estábamos muy preocupados cuando no llamaste para que fuéramos a buscarte! ¡¿Quieres matarnos de un susto?!
—No, no quiero eso, lo siento —murmuro, aguantándome las ganas de rodar los ojos; desde mi accidente mis padres me sobreprotegen más que antes, pero aunque es vergonzoso a veces no puedo culparlos —Mi teléfono estaba en silencio, y no lo escuché. Además...
—Fue mi culpa, señora Yamanaka —Sasuke hace una reverencia y mamá se gira hacia él, tan sorprendida de notar su presencia que cambia su expresión al instante por una de asombro —Le duele la pierna por acompañarme, así que insistí en traerla yo mismo a casa.
Sasuke baja la cabeza un poco más, y mamá abre tanto los ojos que parecen platos, pero, lo que es más sorprendente, es que por varios segundos parece quedarse sin palabras, procesando lo que Sasuke acaba de decirle. Entonces, de la nada, se olvida de su cara de enojo y le sonríe, tan simpática como siempre.
—Oh, eres Sasuke, ¿verdad? —dice mamá, pareciendo haberse olvidado de mí y su enojo de repente —¡Pero qué grande y guapo te has puesto! Ino, debiste decirme que estabas con Sasuke —ríe, sin darme tiempo a responder —¡Pero no te quedes afuera, Sasuke; está helando y de seguro quieren un chocolate caliente! ¡Pasen, pasen!
—Está bien, tengo que volver a casa o mi abuela se preocupará —responde Sasuke, incómodo, mirando tras mi madre de pronto —Buenas noches, doctor Yamanaka —hace otra reverencia, y yo levanto la vista, viendo a papá tras mi madre, que parece aún más sorprendido que ella de ver a Sasuke allí. Sin embargo, tras unos segundos de duda solo le sonríe.
—¡Sasuke! ¡Pero mira nada más cómo has crecido! ¿Ahora sales con mi hija?
—¡Papá! —grito, totalmente avergonzada mientras miro a mamá en busca de ayuda. Ella tarda en entender el mensaje, pero finalmente parece hacerlo.
—Sasuke tiene que regresar a casa o su abuela se preocupará —le dice, a lo que papá responde pestañeando varias veces.
—¿Abuela?
—Será mejor que me vaya. Te veré en la escuela —me dice Sasuke. Yo me despido con un suspiro que busca disculparse por este incómodo encuentro, pero papá no lo deja irse.
—Espera, Sasuke. Te llevaré a tu casa —ofrece, poniéndose los zapatos y el abrigo en un tris, de tal forma que Sasuke no tiene forma de contradecirlo. Y cuando se van, mamá y yo nos quedamos un rato todavía en la entrada, sin decir nada hasta que siento su mirada curiosa sobre mí.
—¿Qué? —pregunto, incómoda. Mamá hace un gesto con los labios, como conteniendo otra sonrisa.
—Así que... Sasuke Uchiha, ¿eh?
Ruedo los ojos y doy saltos hacia el interior de mi casa.
—No es nada de lo que piensas, mamá —le digo, quitándome el abrigo y las botas.
—¿Y qué es lo que pienso? —responde con diversión mientras me ayuda a colgar mi chaqueta en la entrada, haciéndome fruncir el ceño ahora.
—Sea lo que sea, quítalo de tu cabeza —digo, tratando de ignorarla mientras que con toda la dignidad que puedo soporto el dolor para subir las escaleras.
No es difícil imaginar lo que piensa; de hecho, es lo que cualquiera haría. Pero lo que nadie nunca podría imaginar es que, en realidad, lo que me une a Sasuke es mucho más complicado de lo que mamá o cualquiera entendería.
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Durante la semana, como es usual, casi no veo a Sasuke en la escuela. Su salón está al otro lado del edificio, así que es difícil cruzarnos durante la mañana y la tarde, pero en cambio lo veo durante nuestras clases preuniversitarias, aunque solo nos sentamos uno junto al otro casi sin intercambiar palabra. Sasuke nunca ha sido del tipo hablador, y ahora su silencio no me molesta tanto como antes, así que tampoco le busco conversación.
Es el día anterior al receso invernal cuando me cruzo con él en la escuela, pues durante la hora de Educación Física voy a la biblioteca para matar el rato, con tanta sorpresa de que me encuentro con Sasuke sentado en una mesa junto a la ventana, leyendo un libro con los auriculares puestos.
—Ey —saludo, tomando la silla frente a la suya, ignorando los chillidos de algunas de sus acosadoras agazapadas tras unos libreros para espiarlo. Sasuke entonces levanta la mirada, enderezando un poco la espalda mientras se quita los audífonos.
—Ey —responde, volviendo a su lectura casi de inmediato, tan concentrado que me entra curiosidad.
—¿Qué haces?
—Investigo.
—¿Sobre qué?
—¿Tú qué crees? —responde con ironía, pasando la página de su libro mientras recarga el mentón sobre la palma abierta de su mano izquierda, aburrido —¿No tienes clases?
—Educación física. Estoy exenta —respondo, señalando mi pierna. Sasuke clava sus ojos oscuros en mí, frunciendo el ceño con intriga.
—Hmp. ¿Y qué tal eso? ¿Todavía te duele?
—Viviré —bromeo. Sasuke frunce el ceño pero después asiente, perdiéndose en las páginas de su libro otra vez; entonces me doy cuenta de que ha sacado muchos libros de la biblioteca, ya que tiene una gran pila de ellos a un lado —¿Te molesta si echo un vistazo?
—Como quieras —gruñe, no con enojo o grosero, sino que parece ser algo muy usual en él; así que tomo un libro de abajo del montón, y aunque al principio no parece la gran cosa se vuelve más interesante conforme voy leyendo. Sin embargo, la letra es tan pequeña que se me hace un poco difícil leerla, por lo que me pongo mis lentes y me pierdo entre las palabras hasta que Sasuke me interrumpe.
—¿Encontraste algo? —dice de repente, sobresaltándome un poco por la sorpresa.
—¿Mh? Oh, este es interesante —digo, pasando la página —Dice que todas las personas dejan alguna clase de vestigio al morir. Casi siempre en lugares donde murieron, o donde fueron felices en vida.
—Como si fueran atraídos a lugares de importancia emocional —murmura él, pensativo.
—Exacto —concuerdo —Y tiene mucho sentido si lo piensas. Rin aparecía en el lugar de su muerte, y la repetía una y otra vez. Tu familia... —mi voz se va apagando a medida que me doy cuenta del error que estoy a punto de cometer, sin embargo, Sasuke no me hace caso.
—Pero eso no tendría sentido. Hyūga Hinata nunca estuvo en mi casa, ¿por qué se sentiría atraída a aparecerse allí? —pregunta, derrumbando mi teoría. Me lleva un par de segundos responderle.
—Tal vez le gustabas —me río, porque cualquiera que conociera a Hinata sabría que ha estado enamorada como loca del tonto de Naruto desde el jardín de niños.
—Tsk. Sí, claro —bufa Sasuke con ironía —Por eso se la pasaba siguiendo al dobe como una sombra.
—Bueno, tal vez hay otra explicación. Yo tampoco creo que la chica de mi baño se hubiese aparecido en mi casa por nostalgia. Tal vez no sea una regla. ¿Quién sabe? —digo, acomodándome los anteojos sobre el puente de la nariz para seguir leyendo. Entonces escucho a Sasuke soltar una leve risita irónica, y vuelvo a levantar la mirada hacia él, curiosa.
—¿Qué?
—Tus anteojos.
—Oh —sorprendida por su comentario, me llevo la mano al rostro, tocando mis lentes, pero no me los quito —Los uso para leer desde niña.
—Nunca te vi con ellos.
—Nunca los usé en público —me encojo de hombros. Antes hubiese muerto antes de dejar que alguien me viera con mis anteojos, pero ahora no me importa —Supongo que no quería verme fea.
—Qué estupidez. De cualquier forma te ves fea sin ellas —dice él, y yo lo miro fijamente.
¿Sasuke está bromeando conmigo? Es difícil saberlo cuando siempre está tan serio, pero solo me río y sigo leyendo. Él también sigue con su lectura, pasando las páginas con la mano izquierda mientras toma notas con la derecha en un viejo cuaderno lleno de garabatos; quizá por eso me entra curiosidad.
—¿Alguna vez descubriste algo en los libros? —pregunto, tratando de leer lo que acaba de escribir, aunque la posición de su brazo no me deja.
—No realmente —responde Sasuke, cerrando su cuaderno mientras levanta la vista para enfrentar mi mirada mientras yo arrugo el entrecejo.
—¿Y por qué sigues leyéndolos?
—Porque algún día tal vez me tope con algo —dice, regresando la mirada a su libro casi de inmediato. Yo lo miro fijamente otra vez, curiosa.
—¿De verdad crees que las personas que los escriben realmente sepan de lo que hablan?
—Tampoco creía que había otro como yo y ahora tú estás aquí —responde Sasuke mientras vuelve a pasar la página. Sonrío, pensando en algo de pronto.
—Oye, ¿puedo hacerte otra pregunta?
—No —me dice, aunque ignoro su respuesta y pregunto de todos modos:
—Tú vives en un templo, y lees todos estos libros...
—¿Y?
—Es solo que... tengo un par de preguntas. Quiero decir, quizá puedas darme tu punto de vista, como alguien que viene de una familia tan espiritual —murmuro, porque aunque su abuela y Sasori no sean realmente su familia todos viven juntos, y supongo que Sasuke, trabajando y viviendo en un templo, debe estar acostumbrado a este tipo de cuestiones.
—¿Qué quieres saber? —contesta entonces, resignado. Yo me acerco un poco más para que nadie pueda oírnos, mojándome los labios en el proceso.
—¿Crees que sea posible que al morir todos dejemos una parte nuestra en este mundo? Así como una parte de nuestra alma o algo; como una especie de...
—Energía espiritual —dice Sasuke, frunciendo el ceño, pensativo.
—Sí —confirmo —Creo que es eso lo que vemos. Parte de esa energía que por alguna razón se queda en la tierra después de que morimos.
—No lo había visto de ese modo, pero supongo que es posible —él se encoge de hombros, ceñudo —Sabemos que las personas que vemos existieron en verdad, y que siempre repiten la misma acción por algún motivo; lo que no sabemos es porqué somos los únicos que podemos verlos.
—Creo que yo sé —digo sin pensar, frunciendo el ceño también mientras intento recordar las palabras que el doctor Shimura me dijo una vez —Cuando tuve el accidente...estuve clínicamente muerta por más de diez minutos... y al despertar podía verlos.
—¿Te refieres a una experiencia cercana a la muerte? —Sasuke parpadea un momento, como si fuera la primera vez que piensa en ello.
—Sí. Yo estuve muerta, y tú viste... —suspiro. No quiero decir que su experiencia cercana con la muerte fue presenciar el asesinato de toda su familia, pero sé que él entiende a lo que se refiere, lo noto por la incomodidad que de repente veo en sus ojos. De pronto se aclara la garganta y baja la vista por un momento, inquieto —Lo siento —me disculpo de inmediato, viéndolo jugar con la muñequera en su brazo derecho, estirando la tela y moviéndola alrededor de su brazo.
Sasuke mantiene la mirada baja durante varios segundos, como si quisiera decir algo pero no tuviera palabras, aunque curiosamente no parece enojado ni incómodo, sino más bien muy confundido. Entonces, cuando estoy por disculparme nuevamente me sorprende al volver a levantar la mirada, posándola fijamente sobre la mía de tal forma que me sobresalta. Al mismo tiempo lo veo apretándose el brazo derecho con su mano izquierda, separando los labios como si al fin se hubiese decidido a decirme lo que quería expresarme.
—Las cosas no son como crees —dice él, levantándose tan de repente que me sobresalta; toma su mochila y sale de la biblioteca, y aunque quiero seguirlo y terminar de disculparme no lo hago. Algo me dice que es mejor no hacerlo, que Sasuke necesita espacio, y no voy a ayudar en nada, porque él tiene todavía muchas heridas que necesita sanar solo, así como yo necesito sanar las mías.
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El doctor Shimura me mira fijamente tras sus gruesas gafas de psicoanalista, esperando a que siga hablando, a pesar de que acabo de llegar a un punto donde no hay más que decir. Le conté de Sasuke, de su reacción en la biblioteca y de cómo me hizo sentir, preocupada y ansiosa, como si no quisiera verlo de esa forma, sufriendo, porque casi podía sentir su dolor como propio, y eso me hacía sentir confundida. Pero el punto culminante fue que nunca he sentido eso con nadie, ni siquiera con Sai, a quien llegué a considerar como mi alma gemela, mi amor verdadero. Estoy tan confundida que no sé cómo explicarlo, así que solo suspiro, tomando asiento sobre el diván.
—Es que... Todo pasa tan rápido en mi vida últimamente —digo, casi pensando en voz alta —De un día para el otro mi novio murió —de un día para el otro empecé a ver espíritus, pienso —, de un día para el otro perdí a una de mis mejores amigas, y de un día para el otro, sin darme cuenta, empecé a pasar tiempo con Sasuke Uchiha y a sentirme de esta forma. Todo se ha vuelto un caos desde el accidente. Es decir, no puedo prevenir nada de lo que pasará.
—No hay forma de prever lo que pasará, Ino —suspira el doctor, sacándose sus gafas un momento para limpiar el cristal con la tela rayada de su corbata —Sin embargo, veo que de verdad te has vuelto muy cercana a este chico Sasuke...
—¿Cercana? —parpadeo, sorprendida de que haya usado esas palabras para describir mi relación con él —Yo no le llamaría así... Es decir, creo que ahora al menos tolera mi compañía, y yo me siento cómoda con la suya, pero eso no necesariamente nos hace cercanos, ¿o sí?
—Bueno, eso es cierto. No obstante, también creo que es bueno que hagas nuevos amigos. Debes permitirte volver a abrirte con las personas. Tu amistad con Sasuke es un buen progreso.
—Sí, supongo... —suspiro.
—¿Quieres hablarme de él?
—¿De Sasuke? En realidad no hay mucho más que decir —me encojo de hombros —Solamente compartimos una tarde y nos sentamos juntos en el instituto.
—¿Quieres decir que no te reúnes con él en, no sé, por ejemplo, tu casa? No por accidente como en la biblioteca, sino por el simple placer de la compañía del otro.
—No. Bueno, fui una vez a su casa. Él quería enseñarme... Eh, quiero decir, hicimos la tarea. Pero eso fue todo. Mis encuentros con él siempre son por casualidad —afirmo; sin embargo, el doctor Shimura se queda atorado en otra cosa:
—Así que fuiste a la casa de otro chico... ¿Y cómo te sentiste con eso?
—¿Que cómo me sentí? No tuvo importancia. Solo...hicimos tarea. Aunque me gustó el lugar. Sasuke vive en un templo. El que está al otro lado de la avenida, ¿lo conoce?
—¿El que está en la cima de la colina? —pregunta él y yo asiento —Sí, creo que lo conozco. No sabía que pertenecía a la familia Uchiha.
—No, creo que no les pertenece. Sasuke vive con la anciana sacerdotisa.
—¿Es familiar suyo?
—No estoy muy segura. Él no es de los que hablan mucho, ¿sabe?
—¿Y eso está bien para ti? —pregunta, dejándome sin palabras por un momento.
—No lo sé. Supongo que antes me habría molestado, pero ahora está bien, creo. Supongo que he aprendido a respetar el silencio.
El doctor Shimura aprieta los labios y asiente, conforme con esa respuesta.
—Es un buen progreso —me dice —, y muestra lo mucho que has desarrollado tu inteligencia emocional.
—¿Eso cree? —pregunto como por inercia, mirando hacia la pared, y enseguida me doy cuenta de que algo no está bien —Falta la fotografía de su hija —pienso en voz alta. El doctor Shimura sigue mi mirada y ladea un poco la cabeza.
—Oh, sí. El marco se soltó y se rompió. Tengo que reemplazarlo pero no he tenido tiempo. Y hablando de tiempo...
—¿Ya es hora? —digo, mirando mi reloj pulsera para verificar que, efectivamente, mi hora terminó —Vaya, el tiempo se pasa volando a veces. Lo veré después de las fiestas, doctor. Que pase un buen Año Nuevo.
—Igualmente para ti. Y saluda a tu padre de mi parte —me dice antes de que salga, poniéndome el abrigo y mi gorro de lana.
Como siempre mamá ya me está esperando en el estacionamiento, así que me subo a su lado y empezamos el camino a casa escuchando los villancicos en la radio. Siempre he amado la navidad, pero no soporto las estúpidas canciones de la radio. Quizá antes las toleraba porque no quería ser el Grinch de mi familia, pero ahora cambió la estación sin culpa alguna. Mamá me ve y sonríe con resignación mientras nos detenemos frente a la luz roja de la avenida.
—¿Puedes dejarme en el centro comercial? —le digo —Tengo que ir a comprar los obsequios con Sakura. Es una tradición, ya sabes.
—Con mucho gusto, princesa —dice mamá, a pesar de que sé que puede darse cuenta de mi casi nulo entusiasmo por pasar toda la tarde en un enorme centro comercial, rodeada de gente que puede ser real o no —¡Mira! ¡¿Ese no es Sasuke?! —dice de pronto, y entonces levanto la mirada en la dirección que señala —¿A dónde irá con este clima? —pregunta mientras vemos a Sasuke pasar delante nuestro, sin notarnos. Va en dirección a la vieja casa de su familia en su bicicleta, pero intento no darle demasiadas vueltas al asunto, porque pensar en la vieja residencia Uchiha todavía me revuelve el estómago y me estruja el corazón.
—Ah, tal vez va a casa de algún amigo —digo la primera mentira que se me ocurre, y mamá olvida el asunto cuando la luz cambia a verde y avanza en dirección al centro de la ciudad. Cerca de diez minutos después me doy cuenta de que Sakura ya está esperando fuera del centro comercial, con su enorme abrigo rojo y una gorra de lana haciendo juego.
—¡Ino! —exclama al verme, levantando un brazo para que la vea. Yo respondo a su saludo y me quito el cinturón de seguridad.
—¿Quieres que pase por ustedes más tarde? —ofrece mamá antes de que me baje. Yo niego.
—Descuida. La señora Haruno trabaja cerca, así que vendrá por nosotras.
—De acuerdo. Tengan cuidado. Te quiero.
—Y yo a ti —respondo, sonriéndole antes de correr hacia Sakura, que enseguida se cuelga de mi brazo para llevarme dentro del centro, entusiasmada.
Lo primero que hacemos es comprar algo de ropa para el año nuevo. Sakura se compra algunas cosas y yo una blusa para mi madre, aunque tengo que probarme una decena de ropa para que mi amiga deje de insistir en que lo haga. Parece no creer que realmente no me emociona hacer compras como antes, cuando era yo quien la arrastraba a ella en busca de ofertas; sin embargo, deja de insistir cuando al fin encuentra el vestido perfecto para ella. Luego vamos de tienda en tienda, compramos regalos para nuestros amigos y nuestros padres, lo que se me antoja un poco más entretenido que gastar solo en mí. Quiero decir, siempre me ha gustado hacer obsequios, pero supongo que antes era demasiado egoísta como para disfrutarlo por sobre comprar cosas para mí.
—¿Crees que a Sasuke-kun le gusten los guantes que compré para él? —dice Sakura mientras salimos de la tienda de malteadas. Y su pregunta me toma tan por sorpresa que ni siquiera tengo tiempo de pensar mi respuesta:
—Sasuke no usa guantes —digo, arrepintiéndome al instante.
—¿Cómo lo sabes? —Sakura frunce el ceño, intrigada. Yo me encojo de hombros, tomando esos valiosos segundos para pensar alguna respuesta coherente.
—No lo sé. Nunca lo he visto con guantes, supongo —digo sin mucho interés. En ese momento pasamos por una librería y me detengo —¿Podemos entrar?
Sakura parpadea, mirándome con confusión.
—¿Una librería? ¿Para quién comprarás libros?
—Yo sé leer también, Frentona —le digo, fingiéndome ofendida. Ella entonces se ríe, entrando primero en la tienda.
La librería tiene dos plantas, y enormes libreros divididos en géneros, público y demás. En la parte de arriba está la sección para niños, así que solo damos vueltas por la planta baja, y mientras Sakura se distrae en la sección de medicina yo miro alrededor, sin buscar nada en particular hasta que me topo con la sección de fantasmas y misterios.
Un poco interesada, empiezo a mirar algunas portadas mientras mi mente se dirige inevitablemente a Sasuke, pues todavía no compré nada para él, y no es un secreto que le gusta leer sobre historias de fantasmas, así que busco con más interés, encontrando algo que llama mi atención luego de unos minutos. Parece ser antiguo, es decir, escrito hace muchos años, y el autor parece saber de lo que está hablando. Solo la portada se ve interesante, así que abro la tapa, leyendo los primeros párrafos del capítulo uno.
—¿Qué lees? —la voz chillona de Sakura sobre mi hombro me sobresalta, haciéndome cerrar el libro de repente.
—Nada —respondo, pero ignorándome ella me quita el libro, frunciendo el ceño al ver el título.
—¿El libro de los espíritus? ¿Crees en esas cosas?
—No es para mí —le quito el libro y voy hacia la caja. Sakura me sigue de cerca, encogiéndose de hombros.
—Como digas. Encontré esto para Shikamaru —dice, mostrándome un tablero de Shōgi que va junto con un libro sobre el juego.
—Oh, eso es lindo, ¿pero desde cuándo le compras cosas a ese perezoso? —pregunto, porque puede que a veces sea despistada, pero Sakura nunca antes se había preocupado por regalarle nada a Shikamaru.
Ella aprieta los labios en una línea recta, mirándome, pensativa.
—Fuimos compañeros de instituto, y somos amigos. Lo hemos sido más o menos desde que empezaste a ignorarnos —dice, haciéndome sentir muy culpable, pues lo que dice es cierto. Sé que he estado ignorando a todos mis amigos desde hace tiempo, pero nunca nadie me lo había dicho tan abiertamente, y eso hace que me sienta como una mala persona, pero entonces Sakura ríe, distrayéndome —Estoy bromeando. Shikamaru y yo nos conocemos de toda la vida, Cerda, y aunque no hablemos mucho, somos amigos. Por cierto, ¿no crees que el vendedor es guapo? —cambia de tema, y apenas dice eso levanto la vista hacia la caja y me quedo de piedra. Delante nuestro, Sasori está atendiendo a los clientes y entregándoles sus libros. Él me ve también, y puedo distinguir la sorpresa en su mirada cuando llega nuestro turno de pagar.
—Hola... —saludo, algo intimidada por sus ojos fríos y su expresión tan seria.
—Ah, tú —suspira, tomando primero los libros de Sakura para pasarlos por la máquina.
—¿Se conocen? —pregunta ésta, pero no tengo que inventar ninguna mentira porque Sasori responde de inmediato:
—No. ¿Bolsa reciclable o para regalo?
—Regalo —dice Sakura mientras Sasori suspira con hartazgo. Cuando llega mi turno él me mira, luego al libro que acabo de escoger para Sasuke, y rueda los ojos.
—Recuerdas que te dije que te haría cosas nada agradables si le hacías daño, ¿verdad? —suelta. Para mí buena suerte, Sakura está lo suficientemente lejos para no escucharnos, respondiendo una llamada fuera de la tienda.
—Yo no quiero hacerle nada. Somos amigos —respondo. Sasori bufa, irónico, y arrastra cada sílaba al responder:
—Ajá, estupendo. Supongo que él lo sabe también, ¿no?
—¿Qué cosa? —pregunto, sin entender a lo que se refiere. Él rueda los ojos y parece que quiere decir más, pero entonces se lleva una mano al puente de la nariz y cierra los ojos con fuerza, como si tuviera un horrible dolor de cabeza; y le lleva unos segundos recuperarse, pero cuando lo hace su expresión vuelve a ser fría y aterradora.
—Mira, no te conozco mucho, pero sé que perdiste a alguien especial, y también sé que Sasuke no puede reemplazarlo —gruñe, y casi siento como si sus palabras pudieran abofetearme tan duro como la realidad misma. Entonces quiero decir que no intento reemplazar a nadie, pero lo cierto es que no me atrevo, porque mi mente le gana a mi lengua. ¿Y si es así? ¿Y si realmente me empeñé tanto en acercarme a Sasuke solo porque es muy parecido a Sai? En decir, cuando busqué a Sai la primera vez fue porque era muy parecido a Sasuke, ¿por qué mi mente no haría lo mismo dos veces?
De pronto siento un nudo en la garganta, sintiéndome tonta y superficial, como la Ino del pasado. Es decir, lo que me une a Sasuke aún es tan complicado de explicar que hace que incluso yo tenga dudas. Más allá de remanentes y espíritus, y de las grandes pérdidas que ambos sufrimos, no tenemos mucho más en común. De hecho, ni siquiera estoy tan segura de agradarle tanto como Sasori parece pensar. Ni siquiera sé si Sasuke me agrada realmente, o si solo estoy cerca suyo porque es la única persona en el mundo que sabe por lo que estoy pasando. ¿Acaso lo estoy usando para no sentirme tan sola? ¿O tal vez es él quien me usa a mí?
Plantearme todas estas cosas, en este mismo instante, es demasiado confuso como para encontrarle una respuesta rápida y lógica, así que vuelvo a mirar la expresión molesta de Sasori, y ahora otro pensamiento invade rápidamente mi mente.
—¿Por qué no te agrado? —pregunto con toda sinceridad y desde lo más profundo de mi ser, pues desde la primera vez que hablé con él pareciera que mi sola presencia le molesta, y no hace nada para evitar demostrarlo a pesar de que ni siquiera me conoce.
Sasori me mira, abriendo los ojos como si no se esperara esa pregunta tan repentina; y por primera vez lo veo dudar, igual que un chiquillo confundido, pero eso, lejos de hacerme sentir mejor, solo logra que mi ansiedad aumente.
—No es personal —dice entonces, encogiéndose de hombros con indiferencia mientras termina de envolver mi libro —No me agradan muchas personas, sobre todo las que salen de la nada y se meten en mi casa siguiendo a mi hermano —añade, y entonces no puedo evitar abrir los ojos como platos, ni el calor de la vergüenza que me invade de pies a cabeza.
—¿Cómo sabes que yo...? —balbuceo, preguntándome qué tanto sabe en realidad acerca de mí. ¿Sasuke le habrá contado que lo seguí? Y si es así, ¿qué más podrá saber?
Avergonzada, bajo la mirada sin saber qué decir, pero aún así puedo ver la pequeña expresión de triunfo en el pálido rostro de Sasori, hasta que repentinamente, una vez más, se aprieta el puente de la nariz con dos dedos, llevándose la mano libre a su oreja derecha, mientras cierra los ojos con fuerza.
—¿Estás bien? —pregunto entonces, y él rápidamente se recompone, quitándose el dedo de la oreja y apartando su otra mano de su nariz, aunque mantiene los ojos cerrados por un momento.
—Sí. Solo es una maldita jaqueca y esta molestia en mi oído que aparece cada vez que tú estás cerca... —gruñe, confundiéndome todavía más, pero ya no tengo tiempo de preguntar a qué se refiere, porque Sakura termina su llamada y me llama desde la puerta.
—Ino, ¡vámonos! —exclama, con el ceño fruncido. Le pago a Sasori por el libro y corro tras ella sin protestar, sintiendo alivio inmediato cuando por fin veo la oportunidad de dejar aquella extraña charla detrás —¿Qué tanto hablabas con ese chico? —pregunta Sakura cuando nos dirigimos a la salida del centro comercial mientras frunce el ceño con curiosidad.
—Me recomendaba algunos libros —se me ocurre decir. Sakura me mira con suspicacia durante unos segundos, entonces suspira, encogiéndose de hombros.
—Sí, claro. Libros —se ríe —Mejor démonos prisa. Mi madre nos espera afuera, y parece que otra vez está de malas —Sakura rueda los ojos y jala mi brazo para caminar juntas entre la multitud. Sin embargo, antes de atravesar las enormes puertas de la salida vuelve a hablarme —Por cierto, ¿de dónde conoces a ese chico tan guapo? Parecía que ya lo habías visto antes, aunque él negó conocerte.
La miro con sorpresa, pues como mejor amiga de Sasuke desde que tenemos doce pensé que ella más que nadie conocería a su familia.
—¿No lo conoces?
—¿Debería? —responde ella, y yo bajo la mirada, recordando que a pesar de ser sus mejores amigos, ni ella ni Naruto saben siquiera donde vive Sasuke. Él parece ser de los que aprecian su privacidad, así que procuro respetar eso.
—Ah, es que es el nieto de la sacerdotisa del templo que está en la colina.
—¿Te refieres al de las afueras?
—Sí. Ese —contesto, a lo que Sakura responde con un ligero sonido, aunque se distrae de inmediato cuando vemos el coche de su madre estacionado cerca nuestro.
—Hola, mamá.
—Buenas tardes, señora Haruno —saludamos al entrar al auto. La mamá de Sakura nos mira brevemente, pero no responde a nuestros saludos, aunque eso no es muy extraño.
La señora Haruno siempre ha tenido un carácter muy particular, por no decir explosivo y bastante violento a veces; quiero decir, es una persona agradable la mayor parte del tiempo, pero muy inestable cuando algo la hace enojar. Sin embargo, a pesar de su carácter cambiante nunca la había visto tan callada y pensativa. Aunque lo que más me llama la atención es que no cae con cientos de críticas hacia su hija cuando ésta comenta que se gastó casi toda su mesada en un vestido nuevo, aunque Sakura está demasiado ocupada lamentándose como para notarlo, o al menos eso es lo que creo. Tampoco se queja del tráfico, de las notas de Sakura, o de lo poco que gana su esposo en la oficina donde trabaja. Parece una tontería, pero la conozco desde que puedo recordar, y se me hace muy extraño que se limite a conducir tan callada.
—¿Se encuentra bien, señora Haruno? —me atrevo a preguntar cuando nos detenemos frente a una luz roja; ella entonces me observa por el espejo retrovisor, y de inmediato esboza una sonrisa.
—Lo estoy, querida. Lo estoy.
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La mañana de navidad la ciudad amanece cubierta de nieve otra vez. Es un espectáculo tan bonito que es como una caricia al alma; me recuerda a las navidades cuando era niña y papá me llevaba al parque con mi trineo, igual que lo hacen los niños en Norteamérica. Pero no todos son recuerdos bonitos, pues esta es la primer navidad que pasaré sin Sai desde que nos volvimos novios, y por más que trate de no pensar demasiado al respecto no puedo evitarlo, aunque, como dice el doctor Shimura, las épocas de fiestas siempre son las más difíciles luego de perder a alguien.
Mis padres y yo intercambiamos regalos antes del desayuno, y después mamá prepara chocolate caliente y los tres nos acurrucamos frente al televisor para ver películas, igual que cuando era pequeña. Supongo que quieren hacerme sentir lo más confortable posible para que no piense en Sai, aunque es algo inevitable, pero procuro que no se note mi tristeza. Sé que también es difícil para ellos, así que hago mi mejor esfuerzo por mostrarme feliz.
Casi a mediodía mi teléfono suena con la llegada de un nuevo mensaje; es Chōji, para decirme que todos acordaron reunirse después del almuerzo en el patio de la escuela para repartir los regalos, y que incluso Shikamaru había confirmado su asistencia, por lo que de inmediato le digo que yo también. Y no sé por qué se me ocurre preguntar si Sasuke irá, pero él me responde que es el único que no ha dicho nada todavía. Aun así pido permiso a mis padres y corro a cambiarme la pijama, tomando mi teléfono para escribir un nuevo mensaje.
¿Te veo en el patio de la escuela?
¿Irás a la reunión?
¡Hey, Sasuke! ¿Te veré hoy?
Escribo y borro el mensaje varias veces, sin decidirme a enviarlo, pero finalmente envío un simple: te esperamos en el patio de la escuela, para que se vea como algo general, y no se noten mis ansias por verlo allí; después de todo, quiero que su regalo sea una sorpresa. Sin embargo, él no responde, así que solo termino de vestirme, busco mi abrigo y mis botas de nieve.
Mamá me lleva hasta la escuela, y hay tantos grupos reunidos que me cuesta unos segundos encontrar el mío, y me doy cuenta de que casi todos mis compañeros y amigos están aquí, Sakura, Naruto, Kiba, Shino, Gaara, Chōji, incluso Shikamaru y Rock Lee, pero no hay señales de Sasuke. Naruto, que luego de meses comienza a mostrarse de mejor ánimo, dice que nunca obtuvo respuesta de su parte, así que dejo de preguntar y todos empezamos a repartir los regalos, como hacíamos cada año desde la primaria. Pero este año no me siento cómoda, tal vez porque a pesar de que todos se ven felices puedo percibir, como con mis padres, lo mucho que se esfuerzan por hacerme sentir reconfortada. Con excepción de Shika, que parece todavía perdido en su propio mundo, todos parecen el doble de atentos, el doble de simpáticos y alegres, tan así que no pasa mucho para que empiece a sentirme algo asfixiada.
Con Sasuke no me siento así, quizá porque nunca le ha importado hacerme sentir cómoda. Y sé que suena muy ingrato, porque mis amigos hacen su mejor esfuerzo para demostrarme lo mucho que me aprecian e intentar que todo vuelva a ser un poco como antes, pero creo que ahí está el principal problema, porque ya nada podrá volver a ser como era, no importa que tan duro trate, o que tanto se esfuercen todos a mi alrededor, y ese es un sentimiento que me hacer sentir horrible, porque a pesar de que quiero mucho a mis amigos no soporto estar cerca de ellos, porque no soporto la idea de decepcionarlos a todos por no poder volver a ser la Ino que era, y estar con ellos siempre me enfrenta bruscamente a esa realidad.
Así que no me quedo mucho tiempo, ya que de inmediato busco una excusa y me subo a un taxi sin darles oportunidad de decir nada; sin embargo, no me dirijo a casa. Casi como si tuvieran mente propia mis labios le dan al taxista indicaciones para ir hasta la casa de Sasuke mientras sostengo su regalo entre mis brazos. Es extraño sentir que toda la ansiedad que me ataca puede desaparecer con solo verlo a él, un chico que a pesar de haber crecido conmigo y mis amigos hasta hace solo unos meses era un completo desconocido para mí, y que aún hoy sigue siendo como un enigma difícil de resolver, pero quizá sea eso lo que me hace sentir más cómoda a su lado. Porque tratando de descifrar a Sasuke evito pensar en todo lo demás. Sobre todo en Sai, y en lo mucho que todavía lo extraño y lo quiero.
El taxi me deja a los pies del templo, ya que por el temporal no quiere arriesgarse a subir la colina, así que decido bajarme y subir las cientos de escaleras, ya que alguien ya quitó toda la nieve, al menos de los últimos peldaños. Y mi idea se ve muy práctica en mi cabeza, hasta que llevo una treintena de escalones y empiezo a sentir que me falta el aire.
De verdad necesito mejorar mi condición física.
Me detengo un momento a tomar aire cuando veo a alguien bajando del templo con una pala de nieve y una cubeta de sal. Él desciende un par de escalones y se detiene a mirarme con curiosidad, y aún a pesar de la distancia que nos separa puedo reconocer su cabello rojizo bajo el sol de inmediato.
—¿Tú otra vez? —grita desde la cima del templo; es extraño, pero parece divertido de verme sufriendo por subir sus benditas escaleras —¿Qué quieres ahora?
Bufo mientras vuelvo a subir los escalones, y me toma un par de minutos y muchas pesadas respiraciones, pero al fin me acerco lo suficiente como para no tener que estar gritándole mi respuesta:
—Yo, amm... ¿está Sasuke? —pregunto, respirando profundamente para subir la última docena de escalones que nos separan con la mayor dignidad posible. Sasori me mira otra vez, y entonces estornuda, es cuando me doy cuenta de que tiene un abrigo, pero lleva su cuello totalmente desprotegido, es normal que le dé una resfrío con este clima.
—¿Vienes a ver a Sasuke? —me contesta con otra pregunta mientras frunce el ceño, luego se vuelve a sujetar el puente de la nariz igual que en el centro comercial, como si de repente lo atacara un terrible dolor de cabeza, haciéndolo gruñir ligeramente.
—¿Estás bien? —pregunto, llamando su atención. Sasori entonces me mira con muy mala cara, y se aleja cuando intento tocar su brazo como reflejo.
—¿Me veo como si lo estuviera? —gruñe, desorientándome por completo. Aunque antes de que pueda decirle algo habla de nuevo, ansioso por deshacerse de mí: —Sasuke está arriba, de seguro dando una vuelta por el bosque tras la casa. Puedes ir a buscarlo.
—Gracias —susurro bajito, rodeándolo para seguir subiendo, no muy convencida, ya que otra vez lo veo llevarse una mano a la cabeza, como si estuviera sintiendo un dolor horrible, pero intento no hacer más preguntas.
—Espera —me detengo, sorprendida, cuando siento la cálida mano de Sasori alrededor de mi brazo, pero más que nada por cómo su tacto me hace sentir, como si de repente algo me hubiese atravesado, como si hubiera sido golpeada por un rayo que llenó mi cuerpo de calidez y un sentimiento de familiaridad que me conmueve a tal punto que me siento paralizada, como si durante unos segundos me hubiera olvidado hasta de cómo respirar. Y cuando al fin me doy la vuelta Sasori me suelta de inmediato, como si tocarme fuera algo malo; además, parece algo molesto y contrariado mientras mira al suelo, evitándome, pero al mismo tiempo pendiente de mi reacción, como si no me quisiera ahí, pero al mismo tiempo no quisiera que me marchara. Es entonces que vuelve a posar su mirada fijo en mí, haciendo que el extraño sentimiento regrese —Ino —dice mi nombre de una forma que me hiela la sangre, pero no de mala manera, sino por lo que me provoca, como un viejo sentimiento familiar, demasiado familiar —Estoy aquí. Justo a tu lado —dice. No me había dado cuenta antes, pero cuando te mira con sus ojos oscuros e hipnóticos es casi como si pudiera meterse en tus pensamientos y atravesarte el alma. O eso es lo que yo siento durante los segundos que soy incapaz de reaccionar a lo que acaba de pasar.
No me sentía así con alguien desde que...
—¿Yamanaka? —Sasori rompe el contacto visual de inmediato cuando Sasuke nos interrumpe, entonces toda la magia desaparece y vuelvo a la realidad, viéndolo sacudir la cabeza, como saliendo de un trance, mientras de nuevo se mete un dedo en la oreja, como si otra vez algo le molestara, y parece gruñir por lo bajo —¿Qué haces aquí?
La pregunta de Sasuke queda en el aire durante un momento, mientras me recupero de lo que acaba de pasar, porque descubro que no soy capaz de articular ninguna oración con sentido. Así que solo digo lo primero que se me viene a la mente:
—No respondiste a mi mensaje.
—¿Y por eso viniste hasta aquí? —pregunta Sasuke, enarcando una ceja con sorpresa. Y en ese momento se fija en Sasori, que de nuevo se sujeta la cabeza, contrayendo el rostro en una mueca de dolor —¿Estás bien?
—No es nada. Ya dejen de preguntar eso —dice éste, desviando la vista una vez más para recoger su pala y seguir bajando las escaleras, tan malhumorado como en el centro comercial. Yo me le quedo viendo, como si esperara a que él voltee también, pero no lo hace, y eso me causa un hueco en el estómago.
¿Por qué de pronto me siento así?
—¿Pasa algo? —Sasuke me mira con el ceño fruncido, curioso.
—No —respondo, sin saber porqué le miento también a él ahora.
