Disclaimer: Naruto no me pertenece.
Aclaraciones: Universo Alternativo. Y raro. Podría decirse que se sitúa en la época antigua. Inicio de los ninjas o samurái. Pero siendo híbridos. Los Uchiha son lobos. Los Hyuga conejo. Los Uzumaki zorros.
Capítulo 2
Madara pensó que todo era una broma de pésimo gusto. Y a él no le gustaba.
Pocas cosas le hacía reír, pero otras solamente le hacían ver fijamente al que se hacía pensar era gracioso, solo para callar lentamente las risas sueltas, hacerle desviar la mirada y pedir perdón para no matarle en el momento. Servía mucho cuando se era el líder de un clan. No había esfuerzo en imponer respeto cuando todo su historial de grandeza estaba repleto de gritos pidiendo misericordia, manos ensangrentadas aferrándose a sus pies y el peso de miles de almas arrebatadas en la espalda.
No obstante aquellos eran recuerdos del pasado. La era de la guerra concluyó cuando se acordó un tratado de paz entre las especies dominantes. Aun cuando el clan Uchiha tuviera gran ventaja sobre otras familias en la región, no podían darse el lujo de comenzar una rebelión contra las autoridades.
Madara había conseguido un terreno en donde iniciar su expansión, lugar en el cual el florecimiento del clan Uchiha renacería una vez más. Él fue elegido como el actual líder, con Fugaku como el segundo al mando e Izuna el tercero. Aparte de él, los demás miembros del clan debían seguir las órdenes de aquellos escogidos por el Alfa.
El período de paz lo había aburrido, aunque no todo era malo. Sin embargo, no negaba que el estar todo el tiempo viendo el jardín zen que se había hecho por capricho de Mikoto quien sugería tener más colores en aquella mansión tan sombría, era fastidioso y siempre le hacía querer dormir. Era verdad que ya no era el joven aventurero, gallardo y de un hambre feroz por el poder de antes, ahora sus facciones estaban más maduras, el cabello más largo, músculos aun intactos pero con heridas de guerra cubriendo gran parte de sus extremidades y pecho.
Ahora las actividades de las cuales debía ocuparse eran firmar aquí y allá, vigilar que todo estuviera bien, que los más cachorros siguieran respetando la jerarquía del clan, dar un par de regaños a unos necios —Sasuke— y escabullirse para que Mikoto no le empezara a regañar. Pero debía agregar otra más a la lista.
—Yo nunca acepté esto —contestó Madara, observando a Mikoto quien parecía pensar todo lo contrario, rebatiendo siempre sus argumentos, pero principalmente negándose a aceptar a una cría de conejo a su casa—. Mikoto, no tienes el poder para considerar estas cosas sin decirme primero…
—Por favor, Madara-san —la única mujer que podía hablarle en ese tono al líder de los Uchiha no mostró miedo por cómo el mayor le miraba, a su lado escuchó a Fugaku suspirar como si previera que habría una discusión—. Hinata-san es una niña educada —explicó, como si eso fuera suficiente—. Tenerla aquí sería beneficioso, para todos.
—Dudo que eso funcione —mascullaba Izuna, masticando la carne sin cuidar sus modales. Sasuke también comía con gran apetito, descuidando sus ademanes en la sala que usaban para las tres comidas—. Un carnívoro jamás será amigo de un herbívoro. ¡Son comida, no amigos!
—Además, Sasuke necesita compañía. Estar rodeado de tanto adulto podría ser malo para él, ya sabe, olvidarse de cómo ser un niño…
—¡No me ignores, Mikoto! —regañó Izuna cuando vio a la morena hacerle el mínimo caso.
—Entre más madure, mejor —apuntó Fugaku, mirando a su hijo menor, haciendo a éste casi atragantarse con la comida por cómo el progenitor se dirigió a él—. Así será como Itachi. El clan necesita a buenos guerreros…
—Y ahí vamos de nuevo —Mikoto rodó los ojos—. La guerra acabó hace mucho tiempo, esos días quedaron en el ayer. ¿Cuándo se van a dar cuenta, eh? Hoy vivimos en paz. Los niños salen a jugar todos los días, nosotras podemos caminar sin el miedo de ser atacadas y los que antes se llamaban enemigos ahora beben sake juntos. No hay necesidad de criar a más guerreros, sino a buenos hombres que puedan cumplir con sus deberes cuando se llegue el momento, que sepan ser buenos maridos y padres, no expertos en asesinato. Mis hijos son el futuro de este clan, el inicio de una nueva generación —ella miró a los presentes seriamente y ninguno de los hombres se atrevió a detener las palabras de la mujer—. Y creo que el primer paso es que ambos niños, de diferentes especies, convivan —luego juntó sus manos, con ojos ilusionados—. Hinata-san vendrá mañana para jugar con Sasuke, le prometí a Hitomi-san y a Hiashi-san que nada pasaría —luego inclinó la cabeza, con una sonrisa dulce pero con su cola moviéndose de una lado a otro, como si se tratara de un minino, pero a que los tres Uchiha no les dio buena espina por aquel aire tenso rodear la figura de la morena—. Madara-san, Izuna-kun y anata, espero que ustedes también puedan cooperar para que la estadía de Hinata-san sea la más adecuada.
Itachi se dedicó a ayudar a Sasuke a recuperarse del repentino ahogamiento, pasándole un vaso con agua para que bebiera tranquilamente, ignorando toda esa tensión y el cómo las colas de sus tíos y padre temblaban imperceptiblemente ante la amenazante pero pasiva petición de su madre.
Solo Mikoto Uchiha era capaz de callar al trío de hermanos.
A la mañana siguiente, cuando su nana la despertó en compañía de su madre, llevándola a bañar y vestirla, Hinata quería negarse a ir a la Casa Principal de los Uchiha.
Le daban miedo, pero bastaba ver el rostro alegre de su madre, ilusionada cuando peinaba su corto cabello, para hacerla callar y repetirse que seguramente eso haría feliz a su progenitora.
Se le anunció que Ko, su cuidador personal, la llevaría. Pero a su padre no le bastó que solamente le escoltara una sola persona, así que escogió a más hombres a su cargo, todos estos jurando protegerla en caso de todo saliera mal.
—No hagas caso a las exageraciones de tu padre, Hinata —calmó su madre, con su mirar dulce, tacto suave y reconfortante.
Sentado a poca distancia, observando igualmente como su hija mayor estaba siendo preparada para visitar a esos perros se hallaba Hiashi, con semblante tosco y brazos cruzados. En el lecho intentó hacer desistir a su mujer pero ésta, tercamente, no quitó el dedo del rincón. No le agradaba la idea de dejar a su hija con una manada de lobos que intentaron comerla ayer. ¡Casi lo dejaban sin heredera! De no ser por el poder del convencimiento que Mikoto Uchiha poseía —mucho más sutil, más ingenioso, más peligroso— habría exigido inmediatamente una audiencia con el líder —Madara Uchiha— para pedir una recompensación por la ofensa y el rompimiento de una de las cláusulas del tratado. Le daba igual si fue o no un juego, su hija había sido llevada sin su consentimiento al hogar de los Uchiha. Pudieron comerse a Hinata y Hitomi aceptaba que su primogénita se convirtiera en la compañera de juegos de un lobo. ¡El colmo! ¿Qué seguía luego? ¿Qué los gemelos de esa escandalosa mujer zorro —la tal Kushina— también fueran los compañeros de juego de su hija? ¡Zorros y lobos como amigos de un conejo!
—Listo —Hitomi quedó satisfecha cuando ató el obi en la cintura de su hija. No era un kimono pesado como los que ella usualmente vestía dentro de la Mansión Hyuga, pero igualmente mantenía los detalles en la tela. Era bonito y ayudaba a Hinata a lucir más linda—. Con esto podrás jugar con Sasuke-kun todo lo que quieras.
—Debiste ponerle algo que le permita correr cuando sienta que está en peligro —decía Hiashi sin moverse de su lugar, pero indicando que estaba atento a la conversación de madre e hija.
Hitomi suspiró suavemente, sentando a su hija sobre su regazo, calmando la densidad de la pequeña con un abrazo.
—Tu padre solamente dice cosas para asustarte, tienes derecho de dudar de él a veces, mi pequeño terrón de azúcar —Hitomi no veía daño alguno que su hija fuera amistosa con las demás especies que vivían en armonía en el valle.
—Hitomi…
—Mikoto-san se asegurará de que nada te pase y te lleves bien con sus hijos. No tienes nada a qué tenerle miedo.
Hitomi Hyuga podía convencer a todos con su cálido carácter y sonrisa dulce.
Muchos señores que visitaban el hogar de los Hyuga al requerir una receta curativa que solamente ellos, los Conejos de la Luna —como algunos humanos gustaban llamarles por las leyendas y mitos que rodeaban el origen de sus raíces— quedaban encantados con la amabilidad de la matriarca.
A la mujer no le resultaba complicado hacer lo mismo con su esposo, aunque Hiashi tendía a mantenerse al margen cuando el aliento cálido de su mujer pegaba juguetonamente a su oído, coloreando sin querer sus mejillas sin darse cuenta, siendo un blanco de burla de parte de su gemelo menor, Hizashi, quien aunque tuviera esa cara de seriedad, al tratarse de ese lado poco común del líder de los Hyuga, no perdía la oportunidad de soltar una risa, ganándose como reprimenda una mirada fulminante de parte del mayor.
Las palabras de su madre eran amables. El pequeño corazón de Hinata quería creerle porque su mamá nunca decía mentiras. Por ello le causaba conflicto el aventurarse, nuevamente, a la casa Uchiha después del episodio del día anterior donde no solamente fue considerada como comida una vez, sino dos veces, sintiéndose tan asustada que no pudo evitar llorar en frente de todos, aferrándose a la pierna de Mikoto-san al no saber a quién de todos acudir y pedir ayuda sin que la quisieran llevar al caldero.
Ahora Hinata debía ser la compañera de juegos de los más jóvenes del clan Uchiha. Deseó tanto nunca ir más allá de lo permitido, encontrándose con aquel niño de cola negruzca, quejándose por el camino de no atrapar nada, deteniéndose en seco cuando la descubrió mirarle oculta en los arbustos. En cuanto ella notó ese par de puntiagudas orejas, Hinata sintió la enorme urgencia de escapar, pero aún era demasiado torpe e incapaz de saltar incluso a las ramas de los árboles de mediano tamaño, siendo una presa fácil para el niño que la atrapó fácilmente, tomándole de las orejas.
Eso la hizo llorar porque sus orejas era una de las partes sensibles de su cuerpo. Luego no pudo hacer nada, salvo seguir al niño que no paraba de mencionar lo mucho que le felicitarían al llegar a casa. Fue de ese modo en cómo Sasuke la llevó hasta el territorio de los Uchiha, recibiendo miradas hambrientas de más de uno de los habitantes de la zona, haciéndole temblar y apegarse más al niño, quien a pesar de su edad, tenía cierto estatus.
Tontamente pensó que saldría ilesa, que jamás tendría que ver a ningún lobo otra vez.
Gran equivocación.
Podía ser estúpido para cualquiera que escuchara tan bizarra idea, pero Madara era alguien que cumplía su promesa. Tenía sus maneras —bastante peculiares— de hacer las cosas, no obstante siempre llevaba a cabo lo que decía. Y aunque Mikoto no jugó limpió, ésta le sacó una promesa a regañadientes, no dejando a Fugaku y a Izuna otra opción que hacerlo igualmente.
Y como si eso no fuera suficiente, esa mujer se atrevió a invitar a otro par de dolores de cabeza.
—¡Tía Mikoto!
Mikoto rio gustosamente cuando ambas crías de lobo movían sus colas en sincronía, con mejillas llenas de arroz y ojos brillosos, no teniendo reparos en rellenar de nuevo sus cuencos.
—Hai, hai, traten de no comer tan rápido o se enfermarán —aconsejó con otra sonrisa maternal, feliz de ver que alguien comía todo lo que hacía.
—No se preocupe, tía Mikoto, esto no es nada —decía Obito, felizmente, comiendo la deliciosa comida que hizo la mujer para la ocasión—. ¡Es tan rico! Como siempre, tía Mikoto, su comida no tiene igual.
—Ay, Obito-kun, me sonrojas —decía la morena.
—Fácilmente comerías piedras o excremento con tu pésimo sentido del gusto —masculló Izuna, fulminando a quienes eran sus sobrinos, más que para él era un dúo de idiotas—. ¿Y qué es esto, Mikoto? —gruñó Izuna, elevando con sus palillos algo verde que le hizo arquear una ceja, notablemente asqueado—. ¿Te atreviste a usar estas monstruosidades en mi comida?
—Se llaman vegetales, Izuna-kun —corrigió Mikoto, comiendo tranquilamente su porción—. Le hacen bien a tu cuerpo y ojos.
—Lo que mi cuerpo necesita es carne, no estas cosas —siguió quejándose, pasando las algas al plato de Sasuke quien respingó—. Somos carnívoros, mujer, no vacas.
—Yo no quiero estas cosas —Sasuke tomó lo que Izuna le puso, devolviéndosela a su mismo plato—. Saben horrible.
—Pulga, esto ayudará a que crezcas —Izuna volvió a coger los vegetales y ponerlos, nuevamente, en el plato de Sasuke, quien quitó el cuenco, haciendo gruñir al mayor—. Estás demasiado enano y en los huesos. Eso te pasa por comer tanto tomate. Esto te servirá, así que ponlo el maldito plato.
—No —Sasuke se resistía a hacerle caso a Izuna, incluso cuando éste lo tomó de la cabeza—. ¡No quiero!
—Izuna, deja el cachorro en paz —la voz impotente de Madara se escuchó en toda la sala—. Están arruinando aún más mi apetito.
Fugaku vio con curiosidad como la cantidad de vegetales aumentaba en su arroz. Echó un vistazo y observó como Madara sacaba las suyas para ponérselas en el suyo, haciéndole mirar mal.
—Con qué cara se atreve a decir eso si usted está igual, Madara-san —regañó Mikoto—. Le recuerdo que ya no es un niño.
—Solo a ti se te ocurre, mujer, hacernos comer plantas. ¿Dónde quedó la carne? ¿Quieres matarnos de hambre? —pidió saber Madara, limitándose a comer solamente arroz y el salmón. Éste último no era su favorito, pero era mejor que comerse todos esos vegetales al vapor.
—Cuando Hinata-san venga a visitarnos, no comeremos carne animal, especialmente de conejo. Eso sería muy incómodo para ella.
—¿Y nuestro bienestar qué? —no paraba de quejarse Izuna—. ¡Si mis hombres se enteran que comí esta mierda…! ¡Ita!
Shisui tuvo que esconder su sonrisa amplia cuando Mikoto le estiró una oreja a Izuna. Mal momento para el menor de los hermanos al decidir sentarse cerca de la mujer. Era bien sabido que estaba prohibido usar palabras altisonantes en la mesa, y con Sasuke presente. Hasta el viejo de Madara seguía la regla.
—Fugaku, dile algo a tu esposa —murmuraba Izuna, sobando la parte lastimada, llamando la atención del hermano del medio que se limitó a comer en silencio, ignorando el caos en la mesa protagonizado por sus familiares.
—Encuentro estas medidas algo exageradas, especialmente por una cría de conejo —al fin decidió tomar la palabra Fugaku, principalmente porque debajo de la mesa Madara le estaba picando las costillas y pellizcando la piel. Mientras más tardaba, más doloroso era la tortura—. ¿No crees que estás exigiendo demasiado de nosotros, Mikoto?
—No comer un par de días carne no les hará daño, dejen de comportarse como bebés —contestó Mikoto, comiendo sin dificultad—. Aprendan del ejemplo de Itachi, Obito-kun y Shisui-kun. No se han quejado para nada. Qué vergüenza con ustedes, tan grandes y siendo especiales con la comida. Estoy segura que los guerreros en la batalla estarían encantados de comer estos alimentos que con todo mi corazón les preparé, sin esperar nada de parte de ustedes…
—Ya entendimos —se quejaron los tres hombres con rostro sombrío, sabiendo a la perfección que cuando Mikoto iniciaba con ese tipo de discursos no había ser en la Tierra que pudiera detenerla.
La verdad Itachi no tenía problemas en comer vegetales, le gustaban más que la carne. Siendo sincero, a él le desagrada por mucho el aroma de éste, a veces viendo demasiado tiempo su plato, cuestionándose si realmente era necesario que comiera, más la voz de su padre decirle que comiera o se enfriaría siempre le obligaba a tomar los palillos y comer a fuerza. Shisui sabía sobre su sentir con respecto a actividades como la caza y eso, pero se mantenía en silencio. De ser otra persona, no dudaba que su padre ya se hubiera enterado sobre sus preferencias.
—¿Y cuándo va a llegar el Conejito? —preguntó Obito, terminando la montaña de platos que hizo a Sasuke empezar a contar cuántos eran.
—No ha de tardar —asintió Mikoto, luciendo repentinamente emocionada—. Hitomi-san y yo acordamos que Hinata-san estaría en casa cuando el Sol estuviera en su punto, y al llegar al atardecer, la llevaríamos a su casa.
—¿Ahora también debemos ser sus guardianes? —bufó Izuna, con el brazo apoyado en la mesa, mirando a la mujer como si estuviera diciendo disparates—. Grandioso, ser el guardián de mi propia comida. Padre debe estar retorciéndose en su tumba en estos momentos.
—Itachi, Sasuke, ustedes llevarán a Hinata-san a su hogar hoy.
—¡¿Qué?! —exclamó Sasuke, notoriamente sorprendido y enojado—. ¡No voy a hacerlo!
Izuna no perdió la oportunidad de molestar a la Pulga.
—Ni modo, Sasuke, tendrás que hacerlo —rio Izuna, divertido, acariciando la cabeza de Sasuke, un claro gesto de que se estaba burlando de la situación del chiquillo—. Es tu obligación cuidar de esa mocosa…
—Y luego serán Izuna-kun y Obito-kun.
—¡¿Qué yo qué?! —ahora fue el turno de Izuna en mirar a Mikoto—. ¡¿Has perdido el juicio, mujer?! ¡Ni pienses que voy a ser el hazmerreír del clan…! ¡Ni en un millón de años pienso proteger a lo que debería comerme…!
—Oh, perfecto —Mikoto ignoró deliberadamente los berrinches de su cuñado e hijo menor al escuchar a la perfección pasos acercarse a la entrada—. ¡Hinata-san ya está aquí! Rápido, Sasuke, ve a limpiarte —le dijo a su hijo al ponerse pie, trotando hasta el pasillo principal, dejando al resto de los Uchiha alrededor de la mesa.
—Te dije que no te casarás —masculló Madara a Fugaku, haciendo a éste carraspear—. Una mujer solo causa problemas…
—¡Lo escuché perfectamente, Madara-san! —se alcanzó a oír el grito de Mikoto desde la entrada principal.
Hinata se removía inquieta, esperando a la persona que abriera el portón. Estaba nerviosa y asustada. El complejo residencial de los Uchiha era enorme, las figuras de lobos talladas en la madera decorando la puerta principal le daban miedo. Nunca había visto a un Uchiha adoptar su forma natural, pero no dudaba que serían monstruosos.
Quería irse, pero no podía. Su madre le prometió a Mikoto-san que iría a jugar con su hijo menor. Si se iba dejaría en vergüenza a su clan por no cumplir su palabra, junto con la posibilidad de romper lazos con los Uchiha. No podía permitírselo. Aun a su corta edad, su padre no dejaba de repetirle lo importante que era ser la cabecilla principal de un clan. Ese sería su futuro cuando alcanzara la edad esperada para tomar las riendas y responsabilidades, con Neji-niisan acompañándola.
Por esa razón, con las piernas temblando, esa necesidad de jugar constantemente con los dedos, morderse el labio y tener los ojos fijos en el suelo, Hinata no se movió. Aun con Ko y Tomura a sus costados, no se sentía cómoda.
—¡Hinata-san!
Sin esperarse el recibimiento, Hinata levantó la mirada, con el brillo de sus opalinos ojos temblorosos, viendo la figura de Mikoto, quien le sonreía casi maternalmente. No pudo evitar compararla con su madre a pesar de que ambas tenían facciones diferente, principalmente el color de ojos. Aun así, el notar las orejas que sobresalían del cabello negro de la mujer y la cola moverse de un lado a otro, recordó que no era un conejo.
Mikoto era un lobo.
—Saludos, Uchiha-san —Ko hizo una reverencia educada; Tomura, el joven Hyuga, imitó el gesto—. Mi nombre es Ko, guardián temporal de Hinata-sama. Él es Tomura, mi kouhai. A ambos se nos asignó traer a Hinata-sama hasta su hogar, espero no le cause molestias.
—En lo absoluto —negó Mikoto, sonriente—. Agradezco su gran trabajo y entrega. Pueden irse tranquilos, Hinata-san se divertirá.
—N-No lo dudo —susurró Ko con una sonrisa tensa, dudoso de que así fuera. Tenía sus dudas—. Aun así, Hiashi-sama…
—Entra, Hinata-san, el Sol está horrible acá afuera. Adentró es más fresco.
Mikoto Uchiha no esperó a que el Hyuga terminara de hablar cuando tomó a la niña del brazo con gentileza, llevándola a los interiores del hogar, ante la mirada impactada de ambos. Hitomi-sama acordó dejar a Hinata-sama con los Uchiha, pero Hiashi-sama les ordenó acompañar a Hinata-sama todo el tiempo, pues él no confiaba en los Uchiha.
—No se preocupen por venir por Hinata-san, mis hijos la llevarán a su casa al atardecer. Muchas gracias por acompañar a Hinata-san por todo el camino, no dudo que Hitomi-san los haya elegido por su confiabilidad, pero a partir de ahora me ocuparé del bienestar de Hinata-san —Mikoto se giró hacia ellos, sonriendo, pero el instinto de alerta de ambos Hyuga les indicó que las palabras de la mujer no eran completamente amables como aparentaban—. Sayonara y cuídense en el camino.
Fácilmente aquello último se traduciría como un No se atrevan a rondar por aquí y regresen a su territorio.
—H-Hai —susurró el pobre Ko, viendo la figura de Hinata-sama desaparecer detrás del portón que se cerró en frente de las caras de ambos Hyuga.
