Disclaimer: Nada de esto me pertenece, la saga crepúsculo es propiedad de Stephenie Meyer y la trama es del libro "Desaparición para expertos" de Holly Jackson, yo solo busco entretener y que más personas conozcan este libro.


Capítulo 3

Viernes

Conocía sus pasos. Los reconocía sobre moqueta y sobre suelos de madera, y también sobre la gravilla del aparcamiento. Bella se dio la vuelta y le sonrió. Edward aceleró el ritmo en esa especie de marcha a pasos pequeños que siempre hacía cuando la veía, y la cara de Bella siempre se iluminaba.

—Hola, Sargentita —dijo apretando las palabras en un beso en la frente. Fue el primer apodo que tuvo. Ahora es uno entre una docena.

—¿Estás bien? —preguntó ella, aunque ya sabía que no lo estaba. Se había pasado con el desodorante y el olor lo perseguía como una niebla. Eso significaba que estaba nervioso.

—Un poco nervioso, nada más —dijo Edward—. Papá y mamá ya están allí, pero yo me quería dar una ducha antes de ir.

—No pasa nada, la ceremonia no empieza hasta las siete y media —dijo Bella agarrándole la mano—. Ya hay mucha gente en el pabellón, puede que unos cuantos cientos.

—¿Tan pronto?

—Sí. He pasado por delante de camino a casa después de clase y ya estaban preparándose las furgonetas de la prensa.

—¿Por eso has venido disfrazada? —Edward sonrió y le dio un tirón a la capucha de la chaqueta verde botella que se había puesto Bella.

—Pero solo hasta que los dejemos atrás.

Seguramente fuera culpa suya que estuvieran allí. Su pódcast había revivido las historias de Billy y Sid en las noticias. Sobre todo, esta mañana, en el sexto aniversario de sus muertes.

—¿Qué tal ha ido el juicio hoy? —preguntó Bella. Y enseguida añadió—: Podemos hablar mejor mañana, si no te apetece…

—No, tranquila —dijo—. Hoy ha testificado una de las chicas que vivía en la residencia de Mike en la universidad. Han reproducido la llamada que hizo a Emergencias la mañana siguiente. —Edward tragó para deshacerse del nudo de la garganta—. Y en el contrainterrogatorio, Lestrange se le ha tirado encima, por supuesto: no había restos de ADN, no recuerda nada… Ese tipo de cosas. Muchas veces, cuando veo cómo se comporta ese cretino, me replanteo si de verdad quiero ser abogado defensor.

Ese era El Plan que habían ideado: Edward volvería a presentarse a los exámenes de Selectividad por su cuenta y Bella haría los suyos en la misma convocatoria. Luego solicitaría una formación de seis años en Derecho para empezar en septiembre, cuando Bella se fuera a la universidad. «La pareja todopoderosa», había apuntado Edward alguna vez.

—Lestrange es de los malos —dijo Bella—. Tú vas a ser de los buenos. —Y le apretó la mano—. ¿Estás listo? Podemos esperar un poco más, si…

—Estoy listo —afirmó—. Pero… Esto… ¿Te puedes sentar conmigo?

—Claro —dijo pegándose a su brazo—. No te pienso soltar.

El cielo ya se estaba oscureciendo cuando dejaron el suelo de gravilla y se adentraron en el suave césped del parque. A su derecha, pequeños grupos de personas venían desde Gravelly Way en dirección al pabellón, en el extremo sur del parque. Bella oyó a la multitud antes de verlos. Ese bullicio que solo se genera cuando metes a cientos de personas en un lugar pequeño. Edward le agarró aún más fuerte la mano.

Rodearon un grupo de árboles ondeantes y apareció el pabellón ante sus ojos, iluminado de un amarillo pálido. Los primeros asistentes habían empezado a encender las velas que se habían colocado alrededor del edificio. La mano de Edward comenzó a sudar contra la suya.

Bella fue reconociendo algunas caras conforme se iban acercando: Ben Cheney, su nuevo profesor de Historia, de pie al lado de Jill, la de la cafetería; y por allí estaban los abuelos de Tori, saludándola con la mano. Se abrieron camino y, mientras Bella se giraba para mirarlo, la multitud se abrió para dejar paso a Edward, tragándolos y volviendo a juntarse tras ellos para bloquear el camino.

—Bella, Edward. —Una voz llamó su atención a la izquierda. Era Daphne, con el pelo muy estirado hacia atrás, como su sonrisa.

Estaba de pie con Jamie Potter (el hermano mayor de Harry, el amigo de Bella) y Rose Parkinson. A Bella se le formó un nudo en el estómago cuando la vio.

Todos eran de la promoción de Billy y Sid.

—Hola —dijo Edward sacando a Bella de sus pensamientos.

—Hola Daph, Jamie —dijo saludándolos con un gesto de la cabeza—. Rose, hola —titubeó cuando los ojos mieles de Rose se posaron sobre ella con una mirada firme y poco amable.

El aire a su alrededor perdió su brillo y se volvió frío.

—Lo siento —dijo Bella—. So-Solo… Solo quería decirte que lamento que hayas tenido que pasar por todo eso, lo del juicio de ayer… Pero estuviste impresionante.

Nada. Solo un pequeño tic en la mejilla.

—Ya sé que esta semana y la próxima van a ser horribles para ti, pero vamos a conseguirlo. Lo sé. Y si puedo hacer algo…

Rose apartó la mirada de Bella, como si no estuviera allí.

—Vale —soltó con un tono de voz cortante.

—Bueno —dijo Bella en voz baja, volviéndose hacia Daphne y Jamie—. Será mejor que vayamos entrando. Nos vemos luego.

Pasaron entre la multitud y, cuando ya estaban lo bastante lejos, Edward le dijo al oído:

—Sí, te sigue odiando, no cabe duda.

—Ya lo sé.

Y se lo merecía, la verdad. Había considerado a Rose sospechosa de asesinato.

¿Cómo no iba a odiarla? Bella sintió frío, pero guardó la mirada de la chica en el agujero de su estómago, con el resto de aquellas sensaciones.

Vio el moño rubio y destartalado de Tori rebotando entre las cabezas de la gente. Agarró a Edward y se abrieron camino hacia ella. Tori estaba con Harry, que asentía rápido con la cabeza mientras ella hablaba. A su lado, con las frentes casi pegadas, estaban Sam y Leah, que se habían convertido en Sam-y-Leah, en una sola palabra, porque no había forma de verlos separados. Ahora estaban juntos de verdad, no como antes, que debían estar juntos de mentira. Tori dijo que, por lo visto, habían empezado a salir en la fiesta destroyer a la que fueron todos en octubre, cuando Bella estaba investigando encubierta. Normal que no se hubiera dado cuenta. Theo estaba al otro lado, marginado, jugueteando con su pelo.

—Hola —dijo Bella mientras ella y Edward rompían el círculo del grupo.

—Hola —saludaron todos al unísono.

Tori se giró para mirar a Edward y se pasó la mano por el cuello, nerviosa.

—Ho-Hola…, ¿cómo estás? Lo siento.

A Tori nunca le faltaban las palabras.

—No pasa nada —dijo Edward, soltando a Bella para abrazar a Tori—. De verdad, te lo prometo.

—Gracias —dijo ella en voz baja, guiñándole un ojo a Bella por encima del hombro de Edward.

—Mira. —Leah avisó a Bella con un codazo y le hizo un gesto rápido con la cabeza—. Son Neil y Maureen Prescott.

Los padres de Sid y Tatum. Bella siguió la mirada de Leah. Neil se había puesto un elegante abrigo de lana, probablemente demasiado cálido para aquella tarde, y llevaba a Maureen de la mano hacia el pabellón. Ella miraba al suelo, a todos aquellos pies anónimos, con el rímel corrido, como si ya hubiera estado llorando. Neil tiraba de ella y, a su lado, parecía muy pequeña.

—¿Se han enterado? —dijo Leah atrayendo al grupo para que se juntara más—. Por lo visto, vuelven a estar juntos. Mi madre dice que Neil se está divorciando de su segunda mujer y parece ser que ha vuelto a mudarse a esa casa.

Esa casa. En la que Sid Prescott murió en la cocina mientras Tatum la observaba. Si esas suposiciones eran ciertas, Bella se preguntaba qué otra elección había tenido Maureen. Por lo que ella había descubierto de Neil durante su investigación, no estaba del todo segura de que las personas de su entorno tuvieran muchas más opciones. En el pódcast, desde luego, no se va de rositas.

De hecho, en una encuesta de Twitter que hizo un oyente sobre «La persona más detestable de APP», Neil Prescott recibió casi tantos votos como Mike Newton y Elliot Greengrass. La propia Bella quedó en cuarto lugar.

—Es muy raro que sigan viviendo ahí —dijo Sam abriendo mucho los ojos, igual que Leah. Era la forma que tenían de halagarse el uno al otro—. Y que coman en la misma estancia en la que ella murió.

—La gente se enfrenta a lo que se tiene que enfrentar —dijo Tori—. No te creas que los puedes juzgar basándote en unos estándares normales.

Eso cerró la boca a Sam-y-Leah.

Se produjo un silencio incómodo que Harry intentó llenar. Bella apartó la mirada y reconoció de inmediato a la pareja que se había puesto a su lado. Les sonrió.

—Hola, James, Victoria. —Sus nuevos vecinos: James, con su pelo rubio y la barba bien cuidada; y Victoria, a quien Bella solo había visto con vestidos de flores. Era la nueva maestra auxiliar del colegio de su hermano, y Jake estaba bastante obsesionado con ella—. No los había visto.

—Hola. —James sonrió, inclinando la cabeza—. Tú debes de ser Edward —dijo dándole un apretón en la mano, que aún no había vuelto a agarrar la de Bella—. Ambos lo sentimos mucho.

—Parece que tu hermano era un chico excepcional —añadió Victoria.

—Gracias. Sí que lo era —dijo Edward.

—Ah. —Bella le dio un golpe a Theo en el hombro para atraerlo a la conversación—. Este es Theodore Nott. Antes vivía en vuestra casa.

—Encantada de conocerte, Theo —dijo Victoria—. Nos encanta la casa. ¿La tuya era la habitación del fondo?

Un sonido silbante detrás de Bella la distrajo durante un instante. El hermano de Harry, Jamie, acababa de llegar, y los dos se habían puesto a hablar entre susurros.

—No, no está encantada —decía James cuando Bella volvió a la conversación.

—Victoria. —Theo se giró hacia ella—. ¿No has escuchado nunca el crujido de las tuberías del baño de abajo? Parece como si un fantasma dijera «cooorre, coooorre».

Los ojos de Victoria se abrieron mucho de repente y miró a su marido con la cara pálida. Abrió la boca para responder, pero empezó a toser, disculpándose y apartándose del círculo.

—Mira lo que has hecho. —James sonrió—. Mañana ya será la mejor amiga del fantasma del baño.

Edward deslizó los dedos por el antebrazo de Bella, agarrándole otra vez la mano mientras la miraba. Sí, tenían que ir a buscar a sus padres; la ceremonia empezaría pronto.

Se despidieron y continuaron hacia el frente de la reunión. Bella miró hacia atrás y juraría que la cantidad de gente se había multiplicado desde que llegaron.

Puede que hubiera cerca de mil personas. Casi a la entrada del pabellón, Bella vio por primera vez las fotografías de Billy y Sid sobre sendos caballetes, cada una a un lado del pequeño edificio. Ambos con sonrisas grabadas en sus caras eternamente jóvenes. Habían ido colocando ramos de flores bajo cada retrato y las velas titilaban al paso de la gente.

—Ahí están —dijo Edward.

Sus padres se encontraban al frente a la derecha, hacia donde miraba Billy.

Había un grupo de personas a su alrededor, y la familia de Bella estaba cerca.

Pasaron por detrás de Stanley Forbes, que tomaba fotos de la escena. El flash de su cámara le iluminaba la cara pálida y brillaba sobre el pelo oscuro.

—Cómo no iba a venir —dijo Bella en alto, para que la escuchara.

—Déjalo, Sargentita. —Edward le sonrió.

Hacía unos meses, Stanley envió a los Cullen una carta de cuatro páginas escrita a mano pidiendo disculpas; en ella afirmaba avergonzarse por cómo había hablado de su hijo. Publicó otra disculpa en el periódico del pueblo en el que trabajaba de voluntario, el Kilton Mail. Y también comenzó una recaudación de fondos para poner un banco dedicado a Billy en el parque, justo enfrente del de Sid. Edward y sus padres aceptaron las disculpas, pero Bella seguía algo escéptica.

—Al menos se ha disculpado —continuó Edward—. Mira a todos esos. — Señaló a un grupo que había junto a sus padres—. Amigos, vecinos. Personas que les hicieron la vida imposible. Nunca se disculparon, simplemente actúan como si los últimos seis años no hubieran ocurrido.

Edward dejó de hablar cuando el padre de Bella los atrapó en un abrazo.

—¿Todo bien? —le preguntó a Edward, dándole una palmadita en la espalda antes de soltarlo.

—Todo bien —respondió él, revolviendo el pelo de Jake como agradecimiento, y sonriendo a la madre de Bella.

El padre de Edward, Carlisle, se acercó.

—Voy a preparar unas cuantas cosas. Nos vemos después. —Acarició cariñosamente a Edward bajo la barbilla con un dedo—. Cuida de mamá.

Carlisle subió las escaleras del pabellón y despareció en el interior.

Empezó a las siete y media en punto. Edward estaba de pie entre Bella y su madre, agarrándolas a ambas de las manos. Bella cerró el puño cuando el delegado del distrito, que había ayudado a organizar el homenaje, se colocó frente al micrófono para decir «unas palabras». Dijo bastantes, en realidad. Divagó sobre los valores familiares en el pueblo y sobre la «inevitabilidad de la verdad», y alabó a la policía de Thames Valley por todo su «trabajo sin descanso en este caso». Pero sin ánimo de ser sarcástico.

La siguiente en hablar fue la señora Morgan, la nueva directora del instituto de Little Kilton. Obligaron a su predecesor a dimitir a causa de todo lo que el señor Ward hizo mientras trabajaba allí. La señora Morgan habló de Sid y Billy, y sobre el impacto permanente que tendrían sus historias en el pueblo.

Luego subieron las mejores amigas de Sid, Jessica Stanley y Susan Bones.

Era evidente que Neil y Maureen Prescott se habían negado a participar. Jessica y Susan hicieron una lectura conjunta de un poema de Christina Rossetti, «El mercado de los duendes». Cuando terminaron, volvieron a sentarse entre el público que murmuraba, mientras Susan sollozaba y se secaba las lágrimas con las mangas. Bella la estaba observando cuando alguien le dio un golpe en el codo.

Se giró. Era Jamie Potter, caminando lentamente entre la multitud, con la mirada determinada y un brillo de sudor en la cara iluminada por las velas.

—Lo siento —murmuró distraído, como si no la reconociera.

—No pasa nada —respondió Bella siguiéndolo con la mirada hasta que Carlisle Cullen salió de entre el público y carraspeó frente al micrófono, lo que hizo callar al público.

Solo se oía el viento soplar entre las hojas de los árboles. Edward apretó la palma de la mano de Bella con fuerza, hasta dejar marcas de medias lunas en su piel.

Carlisle miró el folio que tenía en la mano. Estaba temblando y el papel se agitaba.

—¿Qué les puedo decir de mi hijo Billy? —comenzó con la voz quebrada—. Podría decirles que era un estudiante de sobresalientes con un futuro brillante, pero eso ya lo saben. Podría decirles que era un amigo leal y cariñoso, que nunca quiso que nadie se sintiera solo o marginado, pero seguramente también lo sepan. Podría decirles que era un hermano mayor increíble y un hijo que nos hacía sentir orgullosos cada día. Podría compartir recuerdos suyos, desde que era un niño sonriente que quería subirse a todas partes, hasta que se convirtió en un adolescente al que le encantaba levantarse temprano y acostarse tarde. Pero, en lugar de eso, les voy a decir una sola cosa sobre Billy.

Carlisle hizo una pausa y levantó la mirada para sonreír a Edward y Esme.

—Si Billy estuviera hoy aquí, nunca lo admitiría y probablemente estaría profundamente avergonzado, pero su película favorita, desde los tres hasta los dieciocho años, era Babe: el cerdito valiente.

Se produjo una ligera y tensa risa entre el público. Edward también rio, con los ojos brillantes.

—Adoraba a ese cerdito. Otro de los motivos por los que le encantaba esa película era porque sonaba su canción favorita. La que le hacía sonreír y llorar; la que le daba ganas de bailar. Voy a compartir un poco de Billy y a reproducir esa canción para celebrar su vida, y les voy a pedir que enciendan y levanten las linternas de sus celulares. Pero, antes, quiero dedicarte, hijo mío, unas palabras de tu canción favorita. —La hoja tembló ante el micrófono como si fuera un ala de papel cuando Carlisle se secó los ojos—. Si pudiera crearte un día con una canción, te cantaría una nueva mañana en la que brille el sol. Por la noche la luna te iluminaría el corazón y yo haría de este día una eterna ilusión. —Hizo una pausa y asintió con la cabeza a alguien que estaba a su derecha—. Adelante.

Y desde los altavoces colocados a ambos lados, una voz chillona gritó: «¡Y uno, y dos, y tres! ¡Dale!».

Comenzó a sonar la canción, con un ritmo estable y el canto agudo de un ratón. Luego se le unió todo un coro de roedores.

Edward se reía, y lloraba, y algo más. Detrás de ellos, alguien empezó a dar palmas al ritmo de la canción.

Se le unieron otros.

Bella miró hacia atrás conforme las palmas aumentaban, subiendo y bajando al ritmo del vaivén del público. Era un sonido ensordecedor y lleno de felicidad.

La gente empezó a cantar con los ratones y, cuando se dieron cuenta de que eran las mismas palabras repetidas una y otra vez, se unió el resto de los asistentes, esforzándose por llegar a aquellos agudos imposibles.

Edward la miró, vocalizando las palabras, y ella se las repitió.

Carlisle bajó las escaleras y soltó las hojas para coger un farolillo chino. El delegado del distrito les dio otro a Neil y Maureen Prescott. Bella soltó a Edward para que fuera a unirse a sus padres, que le dieron una caja de cerillas. La primera que encendió se apagó con el viento. Lo volvió a intentar, protegiendo la llama con las manos, y la colocó sobre la mecha del farolillo hasta que prendió.

Los Cullen esperaron unos segundos a que la llama se agrandara y llenara el farolillo de aire caliente. Cada uno sujetaba con ambas manos el borde metálico y, cuando por fin estuvieron listos, se pusieron rectos, levantaron los brazos y lo dejaron marchar.

El farolillo se elevó sobre el pabellón, balanceado por la brisa. Bella levantó la cabeza para ver cómo se alejaba, con su luz anaranjada prendiendo la oscuridad que lo rodeaba. Un instante después, apareció también el de Sid, escalando en la noche como si persiguiera a Billy a través del cielo infinito.

Bella no apartó la mirada. Le dolía la espalda por la posición del cuello, pero se negaba a dejar de mirar. Los contemplaría hasta que aquellos farolillos dorados no fueran más que unos puntitos descansando entre las estrellas. E incluso más.