Disclaimer: Nada de esto me pertenece, la saga crepúsculo es propiedad de Stephenie Meyer y la trama es del libro "Desaparición para expertos" de Holly Jackson, yo solo busco entretener y que más personas conozcan este libro.
Capítulo 39
La granja abandonada, iluminada por la luna, brillaba con un color plateado por los andrajosos bordes. La luz atravesaba las grietas, las hendiduras y los agujeros de la planta de arriba, donde una vez hubo ventanas.
Bella se quedó a unos veinte metros de la casa, escondida en una pequeña agrupación de árboles al otro lado de la carretera. Observó el viejo edificio, intentando no estremecerse cuando el viento soplaba entre las hojas, creando en su mente palabras a través de los sonidos sin voz.
Se iluminó la pantalla de su teléfono, que vibraba sobre su mano. El número de Edward.
—¿Sí? —dijo en voz baja cuando descolgó.
—Hemos aparcado al final de la calle —susurró él—. Stanley acaba de salir de su casa. Está entrando en el coche. —Bella escuchó cómo Edward separaba la boca del teléfono y le murmuraba a Harry algo que no llegó a oír—. Vale, acaba de pasar por nuestro lado. Va hacia allí.
—Entendido —dijo apretando los dedos alrededor del teléfono—. Entren lo más rápido que puedan.
—Ya vamos —respondió Edward sobre el ruido de la puerta de un coche cerrándose con cuidado.
Bella escuchó los pies de Edward y Harry golpeando la acera, subiendo el camino, y el corazón le latía al mismo ritmo acelerado de los pasos.
—No hay llave de repuesto debajo del felpudo —dijo Edward tanto a Harry como a Bella—. Vamos por la parte de atrás antes de que nos vea alguien.
La respiración de Edward repiqueteaba en el teléfono mientras él y Harry rodeaban la pequeña casa, a tres kilómetros de ella, pero bajo la misma luna.
Escuchó el ruido de un pomo moviéndose.
—La puerta de atrás está cerrada —escuchó Bella que decía Harry desanimado.
—Ya, pero el pestillo está justo al lado del picaporte —indicó Edward—. Si rompo la ventana, puedo abrirlo.
—No hagas mucho ruido, Edward —aconsejó Bella.
Al otro lado del teléfono, Bella escuchó un crujido y unos gruñidos cuando Edward se quitó la chaqueta y se la enrolló en el puño. Escuchó un golpe seco, luego otro, seguido por el ruido de los cristales rotos.
—No te cortes —dijo Harry.
Bella escuchó la respiración agitada de Edward mientras se retorcía para abrir la puerta.
Un clic.
Un crujido.
—Estamos dentro —susurró él.
Ella escuchó a uno de los dos aplastar los cristales del suelo al entrar, y justo en ese momento, dos ojos amarillos parpadearon en mitad de la noche al otro lado de la carretera. Las luces de un coche, cada vez más grandes conforme avanzaban por la carretera de la vieja granja hacia ella.
—Ya está aquí. —Bella bajó la voz cuando el coche negro giró en Sycamore Road con el ruido de la goma contra la gravilla, hasta que se detuvo en un lado de la carretera.
Ella había dejado su coche más arriba para que Stanley no lo viera.
—Quédate agachada —le aconsejó Edward.
La puerta del coche se abrió y Stanley Forbes salió, con una camisa blanca que rasgaba la oscuridad. Le caía el pelo marrón sobre la cara, escondiéndola en la sombra cuando cerró la puerta y se dirigió hacia la granja iluminada.
—Ha entrado —dijo Bella mientras Stanley accedía por el hueco frontal, adentrándose en la oscuridad que había detrás.
—Estamos en la cocina —dijo Edward—. Está oscuro.
Bella se acercó más el teléfono a la boca.
—Edward, que Harry no escuche esto, pero si encuentras algo relacionado con Jamie: su teléfono, algo de ropa…, no lo toques. Son pruebas, por si acaso esto no sale como queremos.
—Entendido —dijo y sorbió con fuerza por la nariz, o soltó un grito ahogado, Bella no sabía muy bien qué había sido
—¿Edward? —dijo ella—. Edward, ¿qué ocurre?
—Mierda —susurró Harry.
—Hay alguien aquí —dijo Edward con la respiración acelerada—. Escuchamos una voz. Hay alguien aquí.
—¿Qué? —dijo Bella notando el miedo escalándole por la garganta y cerrándosela.
Y luego, atravesando el teléfono y la respiración aterrada de Edward, Bella escuchó gritar a Harry.
—¡Jamie! ¡Es Jamie!
—¡Harry, espera, no corras! —gritó Edward apartándose el teléfono de la oreja.
Un crujido.
Y pasos corriendo.
—¿Edward? —susurró Bella.
Una voz amortiguada.
Un golpe seco.
—¡Jamie! ¡Jamie, soy yo, Harry! ¡Estoy aquí!
El teléfono volvió a crujir y reapareció la respiración de Edward.
—¿Qué está pasando? —dijo Bella.
—Está aquí, Belly —dijo Edward con la voz temblorosa mientras Harry gritaba al fondo—. Jamie está aquí. Está bien. Está vivo.
—¿Está vivo? —dijo, como si las palabras no encajaran bien en su cabeza.
Y, tras los gritos de Harry, que se habían convertido en unos sollozos frenéticos, Bella pudo escuchar débiles restos de una voz amortiguada. La de Jamie.
—¡Ay, Dios, que está vivo! —dijo mientras se apoyaba contra un árbol, con las palabras partiéndose en dos en su garganta—. ¡Está vivo! —dijo solo para volver a escucharlo.
Las lágrimas le inundaron los ojos, así que los cerró. Y pensó en esas palabras, más fuerte de lo que jamás había pensado en nada: «Gracias, gracias, gracias, gracias».
—¿Belly?
—¿Está bien? —preguntó secándose los ojos con la manga de la chaqueta.
—No podemos llegar hasta él —dijo Edward—. Está encerrado en una habitación. Creo que es el baño de la planta de abajo. Está cerrado con llave y la puerta está encadenada por fuera. Pero parece que sí.
—¡Pensaba que estabas muerto! —dijo Harry llorando—. Estamos aquí, ¡vamos a sacarte de ahí!
La voz de Jamie se escuchó más fuerte, pero Bella no conseguía entender lo que decía.
—¿Qué está diciendo Jamie? —dijo colocándose de nuevo mirando hacia la granja.
—Dice… —Edward hizo una pausa para escuchar—. Dice que nos tenemos que ir. Que nos tenemos que ir porque ha hecho un trato.
—¿Cómo?
—¡No pienso irme sin ti! —gritó Harry.
Pero algo en la oscuridad distrajo a Bella del teléfono. Stanley reapareció de entre la oscuridad, caminando por el pasillo hacia fuera.
—Se está marchando —susurró Bella—. Stanley está saliendo.
—Joder —dijo Edward—. Escríbele desde el teléfono de Layla y dile que espere.
Pero ya había cruzado el umbral y tenía la mirada fija en su coche.
—Es demasiado tarde —dijo Bella notando los latidos del corazón en los oídos al tomar la decisión—. Voy a distraerlo. Ustedes saquen a Jamie, llévenlo a algún sitio seguro.
—No, Belly…
Pero ya tenía el teléfono en la mano y el pulgar sobre el botón rojo mientras salía de detrás de los árboles y cruzaba la carretera, esparciendo la gravilla entre sus pies. Cuando llego a la hierba, Stanley levantó la mirada y se dio cuenta de su movimiento bajo la luz de la luna.
Él se paró.
Bella aminoró la marcha y caminó hasta el hueco de la puerta, junto a él.
Stanley tenía los ojos entornados, intentando atravesar la oscuridad.
—¿Hola? —dijo a ciegas.
Y cuando ella estuvo lo bastante cerca para que él la viera, su cara se derrumbó.
—No —dijo con la respiración acelerada—. No, no, no. Bella, ¿eres tú? —Dio un paso atrás—. ¿Tú eres Layla?
