Disclaimer: Nada de esto me pertenece, la saga crepúsculo es propiedad de Stephenie Meyer y la trama es del libro "Desaparición para expertos" de Holly Jackson, yo solo busco entretener y que más personas conozcan este libro.
Capítulo 40
Bella negó con la cabeza.
—No soy Layla —dijo con las palabras deformadas por los rápidos latidos de su corazón—. Yo te he enviado el mensaje esta noche, pero no soy ella. No sé quién es.
La cara de Stanley recobró la compostura en la oscuridad, pero lo único que Bella podía ver era el blanco de sus ojos y el de su camisa.
—T-tú… —tartamudeó casi sin voz—. ¿Sabes…?
—¿Quién eres? —dijo Bella amablemente—. Sí, lo sé.
Le tembló la respiración y dejó caer la cabeza sobre el pecho.
—Ah —dijo sin ser capaz de mirarla.
—¿Podemos hablar dentro? —Bella hizo un gesto hacia la entrada.
¿Cuánto tiempo necesitarían Edward y Harry para romper la cadena y la puerta y sacar a Jamie? Como mínimo, diez minutos, pensó.
—De acuerdo —dijo Stanley prácticamente susurrando.
Bella entró primero, controlando por encima de su hombro a Stanley, que la seguía por el oscuro pasillo con la mirada baja y derrotada. En el salón, al fondo, Bella pasó por encima de los envoltorios y las botellas de cerveza, hasta llegar al aparador de madera. El primer cajón estaba abierto y la linterna que Robin y sus amigos habían utilizado seguía apoyada en el borde. Bella la cogió y la colocó hacia arriba, apuntando a la estancia oscura, llena de siluetas escalofriantes.
Stanley casi estaba camuflado entre ellas. Encendió la luz y todo cobró vida.
Stanley entornó los ojos.
—¿Qué quieres? —preguntó moviendo nervioso las manos—. Te puedo pagar una vez al mes. No gano mucho, mi trabajo en el periódico es mayoritariamente voluntario, pero tengo otro empleo en la gasolinera. Puedo hacerlo.
—¿Pagarme? —dijo Bella.
—P-para que no se lo digas a nadie —explicó—. Para guardar mi secreto.
—Stanley, no he venido a hacerte chantaje. No le voy a decir a nadie quién eres, te lo prometo.
Se podía leer la confusión en su cara.
—Pero entonces… ¿qué quieres?
—Solo quería salvar a Jamie Potter. —Levantó las manos—. Es a lo único que he venido.
—Está bien. —Stanley sorbió por la nariz—. No he parado de repetirte que está bien.
—¿Le has hecho daño?
El brillo de los ojos marrones de Stanley se convirtió en algo parecido a la rabia.
—¿Que si le he hecho daño? —dijo con un tono de voz más alto esta vez—. Claro que no le he hecho daño. Intentó matarme.
—¿Cómo? —A Bella se le cortó la respiración—. ¿Qué pasó?
—Lo que pasó es que esta mujer, Layla Mead, empezó a hablar conmigo a través de la página de Facebook del Kilton Mail —explicó Stanley, de pie en la pared del fondo—. Terminamos intercambiando los números y empezamos a escribirnos mensajes. Durante semanas. Me gustaba…, o eso creía. Y el viernes pasado me escribió por la noche, tarde, pidiéndome que nos viéramos aquí. —Hizo una pausa para mirar las paredes resquebrajadas que lo rodeaban—. Cuando llegué, ella no estaba. Esperé diez minutos fuera. Y de pronto apareció alguien: Jamie Potter. Lo noté raro, jadeando, como si hubiera estado corriendo. Vino hacia mí y lo primero que dijo fue: «El Niño Brunswick». — Stanley tosió—. Y, evidentemente, yo me quedé impactado. Llevo más de ocho años viviendo aquí y nunca se había enterado nadie, excepto…
—¿Howie Bowers? —preguntó Bella.
—Sí, excepto él. —Stanley sorbió por la nariz—. Pensé que era mi amigo, que podía confiar en él. Lo mismo que supuse de Layla. En fin, que entré en pánico y lo siguiente que recuerdo es que Jamie se abalanzó sobre mí con un cuchillo. Conseguí apartarme de su camino y quitarle el arma de las manos. Luego nos peleamos junto a aquellos árboles al lado de la casa, y yo le decía: «Por favor, por favor, no me mates». Y, durante la pelea, lo empujé y lo tiré al suelo. Creo que se quedó inconsciente durante unos segundos, y después de eso parecía como mareado, puede que tuviera una contusión.» Y luego… No supe qué hacer. Sabía que si llamaba a la policía y les decía que alguien había intentado matarme porque conocía mi identidad, tendría que irme. Una nueva ciudad, un nuevo nombre, una nueva vida. Y no me apetece. Este es mi hogar. Me gusta vivir aquí. Tengo amigos. Nunca había tenido amigos. Y como Stanley Forbes ha sido la primera vez que casi he sido feliz. No podía volver a empezar en otro sitio siendo otra persona, acabaría conmigo. Ya lo he hecho antes, cuando tenía veintiún años y le revelé quién era a la chica de la que estaba enamorado. Ella llamó a la policía y me trajeron aquí, con este nombre. No podía volver a pasar por eso, empezar de cero una vez más. Solo necesitaba un poco de tiempo para pensar qué hacer. Nunca consideré hacerle daño.
Miró a Bella con los ojos brillantes, llenos de lágrimas, esforzándose por que ella lo creyera.
—Ayudé a Jamie a levantarse y lo llevé hasta mi coche. Parecía cansado, todavía algo mareado, así que le dije que lo llevaría al hospital. Cogí su teléfono y lo apagué, por si acaso intentaba llamar a alguien. Luego conduje hasta mi casa y lo ayudé a entrar. Lo metí en el baño de la planta de abajo porque es la única habitación con cerrojo por fuera. No… No quería que saliera. Me daba miedo que volviera a intentar matarme.
Bella asintió y Stanley continuó.
—Simplemente necesitaba tiempo para pensar en cómo arreglar aquella situación. Jamie me pedía disculpas a través de la puerta, me decía que lo dejara salir, que se quería ir a casa. Pero yo necesitaba pensar. Me asusté al imaginar que alguien pudiera rastrear su teléfono, así que lo destrocé con un martillo. Después de varias horas, puse una cadena entre el pomo de la puerta y una tubería, así podía abrir un poco sin que Jamie fuese capaz de salir. Le pasé un saco de dormir y unos cojines, un poco de comida y un vaso para que pudiera llenarlo en el lavabo. Le dije que tenía que pensar y volví a encerrarlo. No dormí en toda la noche, pensando. Todavía sigo creyendo que Jamie era Layla, que había estado semanas hablando conmigo para poder tenderme una trampa y matarme. No podía dejarle ir por si volvía a intentarlo y le decía a todo el mundo quién soy. Y tampoco podía llamar a la policía. Era una situación imposible.» Al día siguiente tuve que ir a trabajar a la gasolinera, si no aparezco ni llamo para decir que estoy enfermo, mi agente de la condicional empieza a hacerme preguntas. No podía levantar sospechas. Cuando llegué a casa por la noche, todavía no tenía ni idea de lo que hacer. Preparé la cena y abrí la puerta para pasarle la comida a Jamie, y entonces empezamos a hablar. Me dijo que no tenía ni idea de lo que significaba el Niño Brunswick. Solo lo había hecho porque una chica que se llamaba Layla Mead se lo había pedido. La misma con la que yo había estado hablando. Estaba coladito por ella. Ella le había contado las mismas cosas que a mí: que su padre era muy controlador y no la dejaba salir y que tenía un tumor cerebral inoperable. —Stanley sorbió por la nariz—. Aunque, según Jamie, a él le contó más cosas que a mí. Le dijo que había un ensayo clínico pero que su padre no la dejaba participar y que no tenía forma de pagarlo, que moriría si no lo hacía. Él estaba desesperado por salvarla, pensaba que la quería, así que le dio mil doscientas libras para el ensayo. Me dijo que la mayoría lo había pedido prestado. Layla le dio instrucciones para que se lo dejara sobre una lápida en el cementerio y se marchara, que ella lo recogería cuando pudiera escaparse de su padre. Y también lo obligó a hacer otras cosas: entrar en casa de una persona y robar un reloj que había pertenecido a su madre, porque su padre lo había dado a la beneficencia y alguien lo había comprado. Le pidió que fuera a pelearse con un tipo la noche de su cumpleaños porque estaba haciendo lo imposible para que ella no entrara en el ensayo clínico que le salvaría la vida. Jamie se lo creyó todo.
—¿Y Layla lo envió aquí aquel viernes por la noche?
Stanley asintió.
—Jamie descubrió que Layla era una impostora y que había utilizado fotos de otra persona. La llamó en cuanto se enteró y ella le dijo que tenía que utilizar fotos falsas porque tenía un acosador. Pero que todo lo demás era real.» Luego le explicó que el acosador le había mandado un mensaje amenazando con matarla esa misma noche porque se había enterado de que ella y Jamie estaban juntos. Le aseguró que no sabía quién era, pero que tenía dos posibles sospechosos y que estaba segura de que ambos llevarían a cabo su amenaza. Dijo que les escribiría un mensaje a los dos para quedar en un lugar apartado y luego le pidió a Jamie que lo matara antes de que él acabase con ella. Le pidió que dijera las palabras el Niño Brunswick a los dos, y que su acosador sabría lo que significaba y reaccionaría.» Al principio, Jamie se negó. Pero ella lo convenció. En su cabeza, o lo hacía o perdía a Layla para siempre, y por su culpa. Pero él afirma que, cuando me atacó, en realidad no quería hacerlo. Que para él fue un alivio que le quitara el cuchillo de las manos.
Bella lo vio todo, reprodujo la escena en su cabeza.
—Entonces… ¿Jamie habló con Layla por teléfono? —preguntó—. ¿Sabemos seguro que es una mujer?
—Sí —respondió Stanley—. Pero yo aún no confiaba del todo en él. Seguía pensando que podía ser Layla y que me estaba mintiendo, que, si lo dejaba salir, o me mataba o contaba mi secreto. Así que, después de esta conversación con Jamie (hablamos prácticamente durante toda la noche del sábado), llegamos a un trato. Trabajaríamos juntos para averiguar quién era Layla, si era cierto que no era él y si existía de verdad. Y cuando… Si la encontrábamos, yo le daría dinero para que mantuviera mi secreto. Jamie no diría nada a cambio de que yo no denunciase a la policía su agresión. Acordamos que se quedaría en el baño hasta que encontráramos a Layla y yo estuviera seguro de que podía confiar en él. Me cuesta fiarme de la gente.» A la mañana siguiente, en la oficina del Kilton Mail, viniste a contarme lo de Jamie y vi los carteles con su cara por todo el pueblo. Me di cuenta de que tenía que encontrar rápido a Layla y pensar en una coartada sobre el paradero de Jamie durante todo este tiempo antes de que tú te acercaras demasiado. Eso era lo que estaba haciendo en el cementerio aquel día, también buscaba la tumba de Hillary F. Weiseman, para ver si me llevaba hasta Layla. Pensé que solo tardaríamos un día o dos y todo acabaría bien, pero aún sigo sin saber quién es. He escuchado tus episodios y sé que Layla te ha escrito. Entonces supe que no podía ser Jamie, que me estaba contando la verdad.
—Yo tampoco he averiguado quién es —confesó Bella—. Ni por qué ha hecho todo esto.
—Yo sé por qué. Quiere verme muerto —dijo Stanley secándose las lágrimas de un ojo—. Igual que mucha gente. Me he pasado toda la vida cubriéndome las espaldas, esperando a que pasara algo como esto. Yo solo pretendo vivir una vida tranquila, y quizá hacer algo bueno con ella. Sé que no soy bueno, que no lo he sido. Todo lo que dije sobre Billy Cullen, la forma en la que traté a su familia… Cuando ocurrió aquello, aquí, donde yo vivo, pensé en lo que Billy había hecho, en lo que yo pensaba que había hecho, y vi a mi padre. Vi a un monstruo como él. Y, no sé, me pareció una buena oportunidad para enmendar mis errores. Pero me equivoqué. Me equivoqué muchísimo. —Stanley se secó el otro ojo—. Sé que no es una excusa, pero no me he criado precisamente en los mejores entornos, ni con las mejores personas. Lo aprendí todo de ellos, pero estoy esforzándome por desaprender todo lo que vi, todas las ideas. Intento ser una persona mejor. Porque lo peor que me podría pasar sería parecerme remotamente a mi padre. La gente piensa que soy exactamente igual que él, y siempre me ha aterrado que tuvieran razón.
—No eres como él —dijo Bella dando un paso hacia delante—. Eras solo un niño. Tu padre te obligó a hacer esas cosas. No fue culpa tuya.
—Pero se lo podría haber contado a alguien. Podría haberme negado a ayudarlo. —Stanley se pellizcó la piel de los nudillos—. Seguramente me hubiera matado, pero al menos esos niños estarían vivos. Y habrían hecho algo mejor con sus vidas que lo que he hecho yo con la mía.
—Tu vida no se ha acabado, Stanley —lo animó ella—. Podemos trabajar juntos para encontrar a Layla. Ofrecerle dinero o lo que quiera. No le contaré a nadie quién eres. Y Jamie tampoco. Puedes quedarte aquí, puedes seguir con esta vida.
Los ojos de Stanley se llenaron con un ligero brillo de esperanza.
—Seguramente él les esté contando a Edward y a Harry ahora mismo todo lo que pasó y…
—Espera, ¿qué? —dijo Stanley y, en un abrir y cerrar de ojos, la esperanza se desvaneció—. ¿Edward y Harry están en mi casa?
—Eh… —Bella tragó con fuerza—. Sí. Lo siento.
—¿Han roto una ventana?
Bella tenía la respuesta escrita en la cara.
Stanley dejó caer la cabeza hacia delante y espiró todo el aire de una vez.
—Entonces ya se ha acabado todo. Las ventanas tienen una alarma silenciosa que da un aviso a la comisaría local. Llegarán en quince minutos. —Se llevó una mano a la cara antes de seguir hablando—. Se acabó. Adiós a Stanley Forbes.
Las palabras se paralizaron en la boca de Bella.
—Lo siento muchísimo —se disculpó—. No tenía ni idea, yo solo quería encontrar a Jamie.
Él la miró e intentó esbozar una débil sonrisa.
—No pasa nada —dijo en voz baja—. De todos modos, nunca me he merecido esta vida. Este pueblo siempre ha sido demasiado bueno para mí.
—No… —Pero nunca llegó a terminar la frase, que se estrelló contra los dientes apretados.
Oyó un ruido cerca. El sonido de unos pasos lentos.
Stanley debió de oírlo también. Se giró y caminó hacia Bella.
—¡¿Hola?! —gritó una voz en el recibidor.
Bella tragó, esforzándose por bajar el nudo de la garganta.
—Hola —respondió a quien fuera que se estuviera acercando.
Los pasos eran tan solo una sombra entre las sombras, hasta que se adentraron en el círculo de luz de la linterna.
Era James Green. Llevaba una chaqueta con la cremallera hasta arriba y sonreía amablemente a Bella.
—Ah, me imaginé que serías tú —dijo—. He visto tu coche aparcado en la carretera y luego me he fijado en que había luz aquí dentro, así que he pensado que debía comprobar qué pasaba. ¿Estás bien? —dijo mirando a Stanley durante un segundo antes de volver la vista hacia ella.
—Sí, sí. —Bella sonrió—. Estamos bien. Solo estamos charlando.
—Vale —dijo James con un suspiro—. Oye, Bella, ¿me dejas tu teléfono un segundo? El mío se ha quedado sin batería y tengo que enviarle un mensaje a Vicky.
—Claro —dijo—. Por supuesto.
Se sacó el teléfono del bolsillo de la chaqueta, lo desbloqueó y dio unos pasos hasta James, ofreciéndoselo sobre su mano tendida.
Él lo cogió y le rozó ligeramente la piel.
—Gracias —dijo mirando la pantalla mientras Bella volvía junto a Stanley.
James apretó el teléfono en su mano. Lo bajó y se lo metió en el bolsillo de la chaqueta.
Bella lo miró confusa. No entendía nada en absoluto y no era capaz de escuchar sus propios pensamientos porque su corazón latía demasiado fuerte.
—El tuyo también —dijo James mirando a Stanley.
—¿Qué? —dijo este.
—Tu teléfono —repitió James con calma—. Dámelo. Ya.
—Yo n-no… —tartamudeó Stanley.
La chaqueta de James crujió cuando echó la mano hacia atrás, tensando la boca hasta convertirla en una línea recta, sin labios. Cuando volvió a sacar la mano, tenía algo en ella.
Algo oscuro y puntiagudo. Algo que sujetó tembloroso apuntando a Stanley.
Era una pistola.
—Dame tu teléfono. Ya.
