Capítulo 2

La mujer que cruzó la puerta era la más apuesta que había visto en mi vida hasta ese preciso momento. Sentí como si el aire hubiese abandonado mis pulmones y tuve la sensación de que la habitación se hacía cada vez más pequeña ante su imponente presencia. Era más alta que las demás y estaba mejor formada. Sus desgastados pantalones vaqueros azules no disminuían el largo de sus piernas. Su pelo era largo y lo llevaba recogido en una coleta alta. Y esos ojos borgoña eran hipnóticos. Mostraba la cabeza alta en una clara posición dominante. Salí de detrás del biombo justo a tiempo para apreciar algo insólito: la alguacil que se había dejado caer en el asiento minutos antes, se puso en pie en cuanto vio entrar a aquella misteriosa mujer, dejándole libre la silla en la que yo les había estado pinchando. Sin mediar palabra, la reclusa giró sobre sus talones y se aproximó en silencio. Un tanto nerviosa, pues la alguacil había enmudecido, me acerqué hasta mi nueva paciente, que clavó sus borgoñas ojos en mí. Su mirada desprendía tanto poder que sentí calor de inmediato. Se sentó en la silla, con las piernas abiertas, y se desabrochó la chaqueta mostrándome su escote.

- Hola. –saludé con torpeza– Soy… la nueva… la nueva enfermera.

- Hola. –respondió– Yo soy Fate.

Su sonrisa socarrona se borró cuando apreció el tamaño de la jeringuilla. Le temblaron un poco los labios. Respiró hondo, evitando mirar el objeto directamente.

- No te preocupes, solo será un pinchacito de nada, como un pequeño pellizco. –expliqué.

Dejé la inyección sobre una bandejita plateada que tenía a mi lado y tomé entre mis manos un algodón empapado en alcohol para desinfectar la parte donde pensaba vacunar. Lo pasé despacio por el brazo de Fate que no cesaba de mirarme.

- No te dolerá. –insistí.

- Estoy segura. –concedió con su suave voz– Con esas manos tan suaves, será la mejor inyección que me han puesto nunca. –me sonrojé, lo que hizo que su sonrisa se incrementara. No obstante, la funcionaria, que se había mantenido en un discreto segundo plano hasta ese momento, dio un paso al frente.

- Mantén la boca cerrada, Testarossa. –escupió, intentando alzar la voz.

Fate giró la cabeza hacia ella, regalándole una mirada que incluso a mí, que no tenía sus ojos enfrente, logró escandalizarme. La alguacil tragó saliva, volviendo a apartarse en silencio.

- ¿Y qué hace una princesa como tú en un infierno como este? –preguntó Fate.

- Pues… sanar heridas. –expliqué, destapando la jeringuilla– ¿Y tú? ¿Qué haces aquí?

Fate echó un poco la cabeza hacia atrás, haciéndose la interesante. Se lo pensó un momento antes de responder, con chulería.

- Uminari me parecía demasiado frío. Esto es más acogedor. Con un aire… familiar. –me reí sin poderlo evitar, negando con la cabeza. Bueno, sería una reclusa con aspecto serio y peligroso, pero nadie podía acusarle de no tener sentido del humor.

Llevé mi mano a su brazo, buscando un músculo en el que poder inyectar la vacuna. Noté en las yemas de los dedos lo suave que era su piel y también advertí cómo su vello se erizaba. Tenía los brazos fuertes.

- Relaja los músculos o no podré pincharte. –pedí, un tanto avergonzada.

- Aquí no resulta fácil relajarse, ¿sabes?

- Ya… sí, bueno… mucha medicina alrededor.

Fate mostró de nuevo su sonrisa, dejándome claro que no era eso a lo que se refería. Aun así, respiró hondo y pareció quedarse más tranquila, momento que yo aproveché para clavar la aguja. Apenas hizo ningún gesto de dolor, prosiguió ahí, firme y callada, con sus ojos fijos en todos y cada uno de los movimientos que yo hacía, alterándome los nervios.

- Bien, ya está. Has sido muy valiente. –me permití bromear.

- ¿Ya? –se quejó ella– ¿Tan rápido me vas a echar? ¡Vaya! Y yo que pensaba que estaba en mi día de suerte. –le sonreí, anotando en mi planilla que todos los reclusos ya habían sido tratados.

Ella se levantó, sosteniendo la chaqueta con la mano libre. La observé de reojo, me parecía aún más alta que hacía unos instantes.

- Bueno, será cuestión de romperse algún hueso para tener un segundo encuentro, ¿no? –la miré atónita.

Ella tan solo se encogió de hombros, no aclarándome si sería o no capaz de semejante barbaridad, aunque yo suponía que sí. Se dirigió hacia la puerta de la enfermería, ante la atenta mirada de la alguacil, que parecía esperar su marcha con desazón y nerviosismo. Pero antes de salir, Fate volvió a mirarme de arriba abajo y con una consistente dosis de descaro.

- Muchas gracias por todo. –dijo– Han sido unos minutos de gloria. –y sin más, se fue.

De nuevo me sentí enrojecer, por lo que bajé la cabeza simulando centrarme en mis anotaciones. Los pasos apresurados de la alguacil me sacaron de mi ensimismamiento. Se posicionó ante mí, fuera de sí.

- ¡No está en sus cabales! –me espetó

- ¿Disculpe?

- ¡No durará ni un asalto aquí! –continuó increpándome.

- ¿Puede saberse a qué viene todo eso? –le pregunté, molesta con su actitud.

- No podía hacer caso a lo que se le había dicho, ¿verdad? No podía acatar las órdenes y limitarse a ponerles el veneno ese en el cuerpo a estos animales, no, claro que no. La señorita tiene sus propias ideas.

- Perdone, pero en primer lugar no es veneno lo que les he inyectado, sino una sustancia vitamínica utilizada para prevenir el virus de la gripe y segundo…

- Tenía que hacerse amiga de lo peor de esta cárcel, ¿verdad? –prosiguió, logrando confundirme– ¡Menudo ojo clínico el suyo, doctora!

- Es enfermera. –corregí.

- ¡Como sea! –respiró hondo– Escúcheme con atención por su propio bien, porque no pienso repetírselo. No se acerque a esa mujer. ¿Lo entiende? Es peligrosa. Muy peligrosa. Evítela y no se busque problemas.

La funcionaria caminó nerviosa hacia la puerta, pasándose la mano por el cuello, como si le doliese una contractura muscular. Abrió la puerta antes de dedicarme una sola frase más.

- Seguramente el médico llegará esta tarde. No se le ocurra moverse de aquí hasta entonces. Cierre la puerta y no salga.