Capítulo 4

Comprobé al día siguiente que el menú de la cantina de la cárcel distaba mucho de ser similar a cualquier otro que hubiese probado en mi vida. La comida no era mala, pero no podía disfrutar de ella con plena tranquilidad. En aquel lugar estaba prohibido bajar la guardia por cualquier circunstancia. La debilidad podría ser fatal. Mi segundo día laboral como enferma en el penal había empezado más o menos bien. Después de una noche en mi piso, en la que no había hecho otra cosa que no fuera dar vueltas en la cama, me había levantado con el alba para llegar a mi hora. Yuuno apareció al menos cincuenta minutos más tarde. No le importaba hacer esperar a las reclusas. Ahora me encontraba allí, en el reservado del comedor, con él, algunos alguaciles y encargados. Si estiraba un poco el cuello levantando bien la cabeza, podía vislumbrar las siluetas algo alejadas de las presas que comían y hablaban en el otro lado. Dejé el tenedor sobre el plato, que aún permanecía casi lleno, y me puse en pie alisándome las arrugas de la bata. De inmediato, me gané las miradas curiosas de mis compañeros de mesa.

- Tengo que hacer el reconocimiento posterior a la vacunación para asegurarme de que no ha habido efectos secundarios –expliqué de modo profesional– Aprovechando que las reclusas están reunidas, me parece que este es un buen momento.

Identifiqué la mirada sobrecogida de la alguacil que me había acompañado el primer día, y cuyo nombre aún desconocía, así como las expresiones de burla y risa que mantenían los guardias.

- No es necesario que hagas semejante cosa y mucho menos sola. –determinó Yuuno.

- Es necesario. –repliqué– Si ha habido reacción, tendrá que ser tratada, o de lo contrario podría empeorar.

- ¡Oh, sí! Las presas pueden tener escalofríos y dolor de barriga, ¡qué gran pérdida! –se burló uno de los guardias, estallando en desagradables carcajadas.

- Creí que se me había contratado para llevar a cabo mi trabajo, ¿no? Pues eso mismo es lo que estoy haciendo. –Yuuno se puso en pie mirándome con mucha severidad pese a su juventud.

- Si insistes en que deben ser observadas, lo haré yo. Llevo más tiempo aquí y sabré cómo tratarlas.

- Te agradezco la oferta Yuuno, pero dado que fui yo la que las vacunó… debo ser yo la que las revise.

Me di la vuelta y salí del reservado a grandes zancadas, sin mirar atrás, para evitar que de nuevo intentaran detenerme. No obstante, a mis oídos llegaron claros algunos improperios que las allí reunidas lanzaron contra mi persona tachándome de loca, malagradecida, inmadura y quién sabe cuántas tonterías más.

Sujeté la planilla con fuerza y destapé un bolígrafo caminando rumbo al comedor de las reclusas. Solo debía pasear por entre las mesas sin acercarme mucho, asegurándome de que todas se encontraban en buen estado. Pero era más complicado de lo que podía parecer. En cuanto advirtieron mis pisadas, dirigieron sus ávidos ojos hacia mí haciéndose señas unas a otras, comentando en voz alta sus apreciaciones u opiniones, e incluso poniéndose en pie para verme mejor. «¿Qué haces tan solita, guapa? ¿Te has perdido?» «Ven aquí, que esta vez la inyección te la voy a poner yo.» Se rieron las gracias unas a otras alzando la voz y desviando sus comentarios a ámbitos cada vez más íntimos y personales. Sentí que empezaba a enrojecer y a sentirme mal, y cuando estaba a punto de darme la vuelta para salir corriendo, algo sucedió. En medio del alboroto causado por las voces, gritos, palmadas y silbidos de las presas, de repente, del lado opuesto del comedor, se oyó el fuerte choque que produce una mano abierta sobre la superficie plana de la mesa, retumbando en la estancia con poder. Al instante, las presas callaron. El silencio se hizo denso y profundo e incluso yo permanecí muda, tras haber dado un pequeño salto fruto de la impresión y el susto que me había causado el sonido. Giré la vista para comprobar qué o quién lo había producido y me encontré directamente con la imperturbable e imponente presencia de Fate. Estaba sentada sola, en la mesa más apartada de toda la cantina, con la mano extendida aún sobre el tablón de madera. Miraba a las reclusas, pero ninguna le devolvió el gesto. Caminé hacia ella sin ser apenas consciente del rumbo que tomaban mis piernas. Lo notó, pues alzó la mirada hasta dar con mis ojos. Sonrió suavemente, cruzándose de brazos y esperando a que me acercara más. Me paré a un par de metros, guardando una distancia prudencial.

- Buenos días. –dije, mirando la planilla.

- Hola, no esperaba tener la suerte de volver a verte tan pronto. –contestó.

- Lamento molestar, solo quería saber si has notado algún tipo de efecto secundario por la vacuna: sudores fríos, malestar, décimas de fiebre…–Fate se pasó una mano por la barbilla, meditándolo a conciencia.

- Pues ahora que lo dices… sí, sí que me he notado un tanto… febril, justo en este momento, pero creo que tiene más que ver con tu presencia que con la inyección. –levanté la mirada y ella me guiñó un ojo, haciéndome enrojecer.

- Bueno pues… si te encuentras sana… nada más. Hasta luego.

- ¿Ya te vas? –preguntó con interés– Esperaba que pudiésemos… charlar un rato. Aquí no abundan las conversaciones interesantes. Bueno, de hecho, apenas existe alguna conversación.

La miré dubitativa y dirigí mis ojos a la entrada del reservado donde aún debían encontrarse los demás. Sin querer, las palabras de Yuuno volaron a mi memoria, alterando mi sistema nervioso aún más de lo que ya lo estaba. «Dicen por ahí que una vez Testarossa le rompió los dos brazos a otra reclusa de un solo golpe y que después se puso a fumar a su lado, echándole la ceniza encima, mientras la pobre diabla, tirada en el suelo, aullaba de dolor». Fate proseguía mirándome y supe que había notado que yo me estaba retrayendo. Incluso di unos pasos hacia atrás, pero no me hizo ningún comentario.

- Lo siento, no… no puedo. No me permiten estar en esta zona, tengo que irme ya o podrían despedirme.

- Entiendo. –respondió con una suave mueca.

Me di la vuelta y caminé rumbo a la salida, sintiéndome extraña. ¿Hacía lo correcto? Después de todo, apenas llevaba dos días ahí, y si todos creían que debía alejarme de Fate, quizá eso fuera lo más inteligente. Mis pensamientos se vieron turbados cuando advertí que, frente a mí, e impidiéndome el paso, se encontraba una de las reclusas que me habían increpado antes con sus palabras. Sonrió de una forma tan desagradable que me heló la sangre.

- ¿Por qué no te quedas a comer con nosotras, encanto? ¿Qué pasa? ¿Hoy no nos pones otra inyección? Porque yo estoy enferma, ¿sabes? Y estoy segura de que podrías curarme.

Alzó su mano, pequeña y encallecida hasta mí, que me había quedado helada. Intenté esquivarla y proseguir mi camino, pero me lo impidió.

- ¿Qué? ¿Te crees muy buena para estar entre nosotras? ¿O piensas que deberíamos darte algo a cambio de tus… servicios?

La mujer rio de forma grotesca durante apenas un segundo, después, abrió desmesuradamente los ojos y escondió la mano con la que había intentado tocarme. Me di la vuelta, advirtiendo a qué se debía el repentino retroceso de la presa. No pude evitar quedarme sorprendida. Fate se había levantado de su asiento y había andado hacia nosotras colocándose protectoramente a mi lado y mirando sin pestañear a la presa, que no se movía.

- Como no te quites de en medio y dejes a la señorita proseguir su camino, me van a condenar a perpetua, porque pienso romperte hasta el último hueso que tengas en el cuerpo. ¿Entendido?

La miré impresionada. Ni siquiera había subido el tono de voz ni cambiado de expresión. No le hacía falta. Nadie se atrevía a intervenir. Cuando Fate Testarossa hablaba, se acataba.

- Vale, vale, tranquila, jefa. –dijo mi atacante, alzando las manos en son de paz.

- Ni jefa ni hostias, ¿está entendido o te lo tengo que repetir?

- Entendido. —coincidió la tipa.

Fate asintió y con un claro movimiento de su cabeza le indicó a la otra que se esfumase. Después, me agarró de la muñeca y, abriéndose paso entre las mesas, me sacó de allí rumbo a la enfermería.