Capítulo 5
Seguí las grandes zancadas de Fate con cierta dificultad, sintiendo el calor de sus dedos cerrados en el dorso de mi mano. Me condujo en total silencio por el pasillo anexo a la cafetería, hasta que la desgastada puerta de la enfermería apareció frente a nosotras. Me miró severamente a los ojos, con la barbilla muy alta. Observé que llevaba una camiseta negra bajo su jersey blanco, y que su largo pelo, siempre pulcramente atado a una coleta alta, estaba un tanto ahuecado por los lados como si acabase de levantarse después de echar la siesta. El análisis que estaba haciendo de su persona se vio truncado cuando la rudeza de su voz acabó con el molesto silencio que nos había estado envolviendo.
- No sé qué te has pensado, pero esto no es una guardería, ni tampoco el hospital del pueblo. Es un penal. Y es peligroso. Esas tías te rajan la garganta con la misma navaja con la que luego pelan las naranjas, ¿lo comprendes? –asentí nerviosa, impactada ante su violenta forma de hacerme ver la realidad. Ella pareció notar que se había excedido, pues suspiró en voz alta y me soltó con cuidado la muñeca, sin cesar de mirarme, esta vez con más calma– No deberías tener tantas atenciones con las presas, esto no es ningún juego, podrías llevarte un buen susto.
- Ya… claro… gracias, –titubeé con torpeza, dando un paso hacia atrás cuando me vi «liberada».
- No tienes que agradecerme nada. –cortó Fate, apreciando mi gesto– Escucha, por mí no tienes que preocuparte, ¿de acuerdo? Sé que suena muy típico decirlo, pero puedes confiar en mí.
La miré, confusa y sobrecogida. ¿Acaso se estaba ofreciendo voluntaria para protegerme? Me extrañó, pero lo cierto es que en esos momentos la información que tenía de ella me parecía del todo fuera de lugar. ¿Realmente aquella mujer era tan malvada como pretendían hacerme creer?
- Parece que a ti… te respetan. –tanteé.
- En un sitio como este, o te haces respetar, o te comen vivo. –respondió, cruzando los brazos a su espalda.
- Intentaré recordarlo. –susurré, ahogando un suspiro. Ella sonrió y me guiñó un ojo, logrando que enrojeciera otra vez– Bueno yo… tengo… tengo que volver al trabajo. –balbuceé, girándome un poco hacia la puerta.
Fate asintió, rascándose la barbilla como si no estuviera muy segura de lo que debía hacer ella en ese momento.
- Ve con cuidado, no lo olvides. –me repitió. Asentí, agradeciéndole el gesto con una suave sonrisa que ella compartió.
Sin embargo, el momento se vio roto por Yuuno que venía corriendo por el pasillo, con la bata ondeando por la corriente que él mismo creaba con sus prisas, hasta situarse justo frente a mí.
- ¡Te lo advertí, te dije que no debías hacerlo! –me acusó, cogiéndome de las manos– ¿Estás bien? ¿Te ha pasado algo? ¡Debiste haber hecho caso!
- Me encuentro perfectamente, Yuuno. –le dije en voz alta, para acallar sus protestas– Solo hubo un pequeño… intento de amotinamiento, pero como verás, no ocurrió nada.
Me observó con cuidado las manos y la cara, quizá esperando encontrar algo que rebatiera mis palabras, intenté volver a hablar, pero entonces advertí que las atenciones del doctor Scrya ya no estaban en mí. Me había soltado y, tras colocarse posesivamente frente a mí, miró a Fate con los brazos cruzados y una expresión de completa repulsión en el rostro.
- Debí suponerlo. –escupió, con coraje– Cuando huele a cloaca, siempre hay ratas merodeando.
- ¡Yuuno! –me quejé, escandalizada ante semejante trato.
- Debí haber imaginado que en medio del conflicto estarías metido tú, Testarossa. –acusó– ¿Quién si no?
- ¡Eso no es cierto, ella solo…!
- No vuelvas a acercarte. –ordenó Yuuno, cortando mi defensa– O daré parte a la alguacil para que des con tus huesos en la celda de castigo durante un buen tiempo.
Abrí la boca, impresionada ante semejante acusación. Yuuno daba por hecho que Fate había tenido la culpa del desbarajuste en el que yo me había visto involucrada, cuando él ni siquiera había estado presente para comprobar que Fate, en realidad, lo único que había hecho era prestarme su ayuda. Quise volver a decir algo, pero me impactó comprobar que Fate, lejos de sentirse humillada o vejada, se limitó a dar un paso al frente, intimidando a Yuuno con su espigada estatura y su hermoso rostro curvado en una irónica sonrisa.
- Por lo menos yo estaba ahí para socorrer a la señorita, ¿dónde estabas tú?
Los ojos de Yuuno brillaron de rabia tras recibir el último dardo envenenado de Fate, que incrementó su sonrisa cuando me miró, solo un instante antes de darse la vuelta y marcharse por el oscuro pasillo sin decir una sola palabra más. Cuando volvimos a la enfermería unos minutos después, el humor de mi compañero no parecía haber mejorado mucho, y el mío tampoco. No me había gustado la manera en la que había acusado a Fate de hechos que no había cometido, y lo cierto es que empezaba a sentirme culpable de ello, pues si yo hubiera obedecido y no hubiese acudido a revisar a las presas, tan desagradable incidente no habría ocurrido.
- Solo hacía mi trabajo. –le dije poco después.
- Lo sé. –concedió Yuuno– No es culpa tuya que esa animal aproveche la mínima oportunidad para crear un problema.
- ¡Ella no tuvo nada que ver! —contesté, más alto de lo que habría querido– Las demás reclusas se pusieron un tanto alteradas y Testarossa se acercó para calmar los ánimos.
Yuuno negó con la cabeza, con una sonrisa calmada en el rostro que ni siquiera yo comprendí a qué venía. Me había esforzado en explicar lo sucedido tal y como había pasado, pero al parecer, el buen doctor prefería seguir encerrado en su propia opinión.
- No te preocupes. Comprendo que quieras exculparla por temor a las represalias. Es normal que le tengas miedo, pero te aseguro que no te hará daño.
- Ya sé que no me hará daño. –espeté con frialdad.
- Por supuesto que no. Mientras permanezcas aquí, cerca de mí, no te pasará nada malo.
Sentándome en mi mesa y respirando hondo, negué con la cabeza incrédula ante todo lo que había pasado. ¿Esa era la visión que Yuuno tenía de mí? ¿Acaso pensaba que yo necesitaba un hombre que me cuidase? Bajé la vista a mi cuaderno de anotaciones y recordé cómo Fate se había enfrentado a todas aquellas malhechoras llevándome cogida de su mano hasta un lugar seguro, sin que ni siquiera le temblase la voz. ¿Por qué no me molestaba la actitud protectora de Fate pero sí la de Yuuno? Sacudí la cabeza. Yuuno había sido injusto y cruel. Me caía bien. Me había caído bien hasta el instante en que se había predispuesto a enjuiciar a la gente sin pruebas. Sí, eso era. Esa era la explicación. Me acerqué a la máquina que había en un lado de la sala y saqué un café. Aquella noche me esperaba guardia y pretendía mantenerme despierta. Me habían informado de que las guardias nocturnas en la enfermería resultaban tranquilas, ya que casi nunca había nada. Sin embargo, estaba a punto de comprobar cuán equivocada estaba esa información.
