Capítulo 7
- Muy bien, esto me gusta mucho más. Tiene mejor aspecto, sin duda. –retiré el vendaje de la mano de Fate, cerciorándome de que el tajo estuviese cerrando como debía– Voy a desinfectar la herida y a cambiar la venda. El corte está cicatrizando muy bien. –expliqué.
- Eso es gracias a ti. –me alabó Fate– Me has cuidado de lujo.
Había resultado una noche de lo más tranquila. Ella había dormido durante horas mientras yo ponía en orden las fichas y revisaba su fiebre cada pocos minutos. En más de una ocasión me sorprendí mirándola llena de curiosidad, y es que sus facciones parecían esculpidas en el mármol más exquisito del mundo. Recogí vendas y alcohol y lo coloqué todo sobre una pequeña bandeja plateada antes de volver a acercarme a ella, que aguardaba sentada en la camilla, pensativa.
- Anoche me dijiste que no tenías marido. –soltó sin más– Pero supongo que pretendientes no deben faltarte.
Alcé las cejas sin tomar muy en serio sus comentarios, mientras me centraba en desprender la venda de su mano causándole el menor daño posible.
- Aquí dentro todas hablan de ti. Te has vuelto famosa. –me informó.
- ¿En serio? No lo creo. No soy el tipo de mujer que vuelve locas a las mujeres. –resolví, con cierto rubor.
- Aquí sí. Créeme.
- Bueno… soy la única mujer ajena a la prisión que tenéis cerca. Supongo que las reclusas se sentirían atraídas por cualquier escoba con falda que les pasara por delante.
Esperé que se riera o que diera la razón a mi alegato, pero no fue así. Se limitó a levantar la cabeza y mirarme hasta que mis ojos se encontraron con los suyos.
- No eres ninguna escoba con falda. Esa no es la visión que yo tengo de ti.
¿Y cuál es, entonces? ¿Cómo me veía ella? Me tragué las preguntas, diciéndome a mí misma que el asunto podía írsenos de las manos, lo cuál no sería correcto. Había muchas cosas en juego, entre ellas, un posible despido para mí y un castigo para Fate. El vendaje quedó retirado y el corte desinfectado. Mientras pasaba el algodón con alcohol por su mano, Fate permaneció callada, concentrándose en no emitir ningún quejido que le restase valentía. Yo podía sentir su respiración golpeándome en la cabeza, debido a su posición más alta. Logró que me temblase un poco el pulso.
- ¿Y qué me dices del medicucho ese? –levanté la cabeza, con las gasas aún en las manos.
- ¿El doctor Scrya? –Fate asintió– ¿Qué pasa con él?
- No sé. Te tira la caña, ¿no?
- ¿Qué? ¿A mí? –me abochorné.
- ¡Vamos, no me jodas! Pero si se huele desde lejos. Todo el rato protegiéndote, aconsejándote, cuidándote… Va a tumba abierta.
- Yuuno solo… solo me ofrece recomendaciones desde su posición profesional. Lleva más tiempo aquí y sabe cómo funciona la prisión.
- Ya, recomendaciones… –se burló Fate– ¿Y qué te recomienda, si puede saberse?
- Pues, principalmente, que no me acerque a ti.
Fate sonrió de medio lado, destilando encanto sexual por los cuatro costados. Sentí un extraño calor en el vientre que me apresuré a ignorar.
- ¿Sí? ¿Tan peligrosa soy?
- Según él…
- Me importa una mierda el «según él». ¿Qué piensas tú?
La miré a la cara y no pude resistirme a seguir el coqueteo. Después de todo, no era nada malo, ¿verdad? Y entre nosotras, parecía surgir de alguna extraña manera natural y cómoda.
- Pienso que no es tan fiero el león como lo pintan. –Fate alzó una ceja en una fingida pose de mujer con el orgullo herido que logró arrancarme una sonrisa y hacerme especificar mi apreciación– No pretendo quitarte méritos malévolos. Estoy segura de que eres muy conflictiva y peligrosa.
- Gracias. –aceptó él, con un movimiento de cabeza. Nuestra distendida y juguetona charla quedó volatilizada cuando uno de los alguaciles, en concreto aquella a la que no le importaba en absoluto la salud de las presas y con la que yo ya había tenido mis controversias, accedió a la enfermería sin siquiera llamar a la puerta.
- Andando, princesita, se te ha acabado el asueto. Tus aposentos reales te esperan.
Fate se puso en pie, ofreciéndole a la oficial una mirada intimidatoria que, como otras veces, la hizo callar. Ni siquiera la tocó para conducirle a la salida.
- Recuerda que mañana debes volver para que pueda cambiarte el vendaje. –dije en voz alta, a propósito– Tráigale.
- Si quiere tener a esta cerca, es cosa suya, doctora.
- ¡Enfermera! –repetí por enésima vez.
La encargada abrió la puerta y, con un gesto de cabeza, indicó a Fate que saliera, lo cual ella cumplió sin rechistar, después de dedicarme un guiño de ojos que me ruborizó de nuevo. A media tarde Yuuno hizo su aparición en la enfermería.
- Buenas tardes. –le dije.
- ¿Qué tienen de buenas? –espetó con dureza.
- ¿Ha sucedido algo, Yuuno?
- Esta semana me toca revisión y medicación de las presas del módulo de máxima seguridad. Estaré allí los cinco días de la semana, son muchas celdas y no podré ocuparme de todo en un solo día.
- ¿Eso quiere decir que estaré sola esta semana? –pregunté, obviando el ofrecerme para ayudarle, ya que aquel era un acceso restringido para mí.
- De eso quería hablarte. –se cruzó de brazos– En esta penitenciaría, a algunas de las presas se les dan permisos por buen comportamiento para que realicen según qué tareas, como horas de servicio a la comunidad, que puedan reducirles las condenas.
Asentí. Por supuesto, eso ya lo sabía. Algunas colaboraban para reducir las penas y otros, por obligación.
- Tendrás que asignar a una de ellas para que te eche una mano aquí. –explicó Yuuno– Ponle… no sé, a colocar las cajas en el altillo o a contar paquetes de tiritas. Lo que quieras. Pero es obligatorio. –abrí mucho los ojos, ¿colaborar con una presa?
- Yuuno, no conozco a ninguna reclusa lo suficiente como para pedirle sin sentirme intimidada que venga a ayudarme.
- Ojalá pudiera impedir que te codearas con ellas, pero es una orden de arriba. Lo siento.
Quise replicar, pero entonces, caí en la cuenta de algo. Mi anterior excusa había sido falsa. Sí que conocía a una de las internas. Y la conocía lo bastante como para pedirle su ayuda. La cuestión era, ¿sería capaz de convivir toda una semana con ella, encerradas en las cuatro paredes de la enfermería?
