Capítulo 8
Me alcé de puntillas sobre mis zuecos blancos, notando el molesto sonido de las desgastadas patas de madera de la silla bajo mi peso. Resoplé, estirando los brazos lo más que podía, sujetándome con una mano de la estantería y tratando de alcanzar con la otra una caja polvorienta que se hallaba pegada a la pared. Maldije en silencio, ¿quién demonios había sido el cerebrito que había dejado las ampolletas de penicilina tan escondidas? Era para demandarle por incompetente. La puerta chirrió al abrirse, lo que me hizo suspirar aliviada. Jamás me había alegrado tanto de que Yuuno apareciera de improviso.
- ¿Podrías sujetarme de la cintura un segundo, por favor? –pedí, persistiendo en mi empeño por llegar a la superficie marrón de la caja.
Advertí pasos que se acercaban y apenas unos segundos después, dos suaves, pero fuertes manos me asían de las caderas, con precisión y sutileza a la vez. El contacto me resultó tan agradable, que, por un instante, deseé que no acabase.
- Vaya, qué fuerte estás. –comenté, incrédula.
- Hago pesas. –y esa no era la voz de Yuuno.
- ¿Fate?
Ese tono suave y ronco era fácilmente reconocible para mí. Sentí cómo el sudor me bajaba por la espina dorsal. Incrédula ante lo que estaba ocurriendo, quise girarme para comprobar si mis apreciaciones eran ciertas, con tan mala suerte que tropecé con mis propios pies, perdiendo el equilibrio de la silla, que se torció, cayendo al suelo con estrépito. Sin embargo, yo me vi envuelta por dos grandes brazos que me sujetaron, manteniéndome sana y salva, alejada del suelo. Respiré de forma entrecortada por el susto y alcé la vista para toparme, a escasos centímetros, con la penetrante y borgoña mirada de Fate, que me observaba con los labios entreabiertos, dejándome notar su cálido aliento en la cara. Poco a poco me posó en el suelo con una impresionante delicadeza, desliando sus brazos de mí, al tiempo que yo soltaba los míos de su cuello, aunque ni siquiera sabía en qué momento me había sujetado a ella.
- Gracias. –susurré.
- Gracias a ti por… dejarte caer por aquí. –respondió Fate, socarronamente.
Me fijé entonces en su mano vendada y el temor se adueñó de mí. De inmediato sostuve su brazo en alto buscando posibles heridas causadas por el sobre esfuerzo. Por fortuna, no encontré ninguna.
- Ven aquí, tengo que cambiarte el vendaje.
Fate obedeció y se sentó en una silla mientras yo iba por el instrumental.
- ¿Se puede saber qué buscabas ahí arriba? Aparte de intentar matarte, claro.
- Trataba de alcanzar la caja con la penicilina, pero al parecer no soy lo bastante alta como para eso. –repuse, cortando su venda.
- ¿Y dónde está el matasanos que no corre a socorrerte chorreando babas como los caracoles de río? –la miré con el entrecejo fruncido, al tiempo que ella se reía a carcajadas.
- Yuuno tiene trabajo en el módulo de alta seguridad. Estaré sola esta semana.
Y fue en ese momento cuando supe que la conversación había dado el giro perfecto para hacer mi ofrecimiento. Más fácil no iba a tenerlo, desde luego, y sentía que era ahora o nunca. Pegué el esparadrapo para mantener sujeta la venda limpia de Fate y, aclarándome la garganta, procedí.
- Necesito contactar con alguna reclusa para que me ayude aquí, ya sabes, a trasladar el equipo, mantener esto en orden, hacerme compañía… Será una especie de servicio a la comunidad. Hará que se pase menos horas en la celda y quizá, reduzca la pena. –expliqué– Me preguntaba…
- ¿Te preguntabas? –apremió ella.
- Si querrías hacerlo tú.
- Sí.
La corta y concisa respuesta de Fate me hizo levantar la mirada hacia ella. Sus borgoñas ojos, más o menos cubiertos por su rebelde flequillo, estaban parados en alguna parte de mi anatomía, ignorando a mi mirada y observándome casi sin parpadear.
- Puedes pensártelo, no hay prisa. –le dije.
- No tengo nada que pensar. Me encantará ayudarte. Te lo debo, después de todo. –señaló, alzando su mano vendada.
- No me debes nada, es mi trabajo.
- Insisto. Además, creo que te vendrá bien mi compañía, no vaya a ser que intentes volver a subirte a esa silla y acabes con una brecha en la cabeza.
Me reí, asintiendo. En lo más profundo de mi ser agradecía su motivación y me alegraba sobremanera que fuera ella quien estuviera a mi lado todo ese tiempo. Mi propio pensamiento hizo que me azorara. No obstante, mi turbación duró escasos segundos antes de que la puerta volviera a abrirse y otra de las reclusas entrase por ella, como si anduviese por su casa, sin llamar ni importarle el que yo estuviera dentro o no. Anduve hacia ella, con los brazos cruzados, haciéndome la valiente en una fingida pose que quizá me quedó exagerada.
- ¿Se te ofrece algo? –pregunté solícita.
Ella quiso contestarme, pues me percaté de la mueca burlona en su rostro, pero antes de hacerlo, desvió la mirada hacia mi derecha, quedándose lívida.
- La Jefa. –susurró.
Me giré, topándome con el semblante serio de Fate, que ni siquiera se había movido del sitio, ni alzó la voz cuando dejó clara la orden a ejecutar. Una sola palabra. No hacía falta más.
- Fuera.
La presa asintió con torpeza y se marchó por donde había venido. Abrí la boca de impresión, estupefacta. Cada vez estaba más convencida de que Fate Testarossa sería un excelente fichaje para la enfermería.
- ¿Qué dirá de esto el santurrón del medicucho? –cuestionó poco después, apoyándose en la pared con despreocupación.
- Tal vez ponga el grito en el cielo. –repuse, consciente de que había muchas posibilidades de que eso pasara.
- A lo mejor intenta hacerte cambiar de opinión. –tanteó.
- Puede. Pero la decisión está tomada y no soy una persona que altere sus resoluciones por influencias externas. –alardeé con seguridad. Fate sonrió de medio lado, atusándose el pelo con la mano buena, al tiempo que me miraba de una forma que no logré interpretar.
- Me vuelven loca las mujeres con carácter. –dijo, guiñándome un ojo.
