A la mañana siguiente, el día de Elsa no pudo ir más fatal que de costumbre, pues, muy aparte de la "resaca" sexual por el bendito afrodisíaco, tuvo que levantarse temprano por todas las tareas que tenía pendientes: los quehaceres de monarca, guiar los preparativos de la cena, fiesta y, para colmo, tolerar la culpa…

Sí, esa bendita culpa que no la dejaba en paz.

Recordó lo que había hecho hacía un par de horas con su cuñado y se sintió vil, sucia. Y no era para menos.

Suerte que Gerda la había ayudado a limpiar evidencias, luego, claro, de darle la gritada de su vida y, por si fuera poco, ahora la miraba con aprehensión y no le dirigía la palabra.

Que bien merecido se lo tenía.

Se dio una ducha y se acicaló como pudo. Sí, como pudo. La maldita cojera por culpa de Kristoff ahora le recorría todos los músculos. Salió de su habitación a rastras y se dirigió a realizar su primera acción del día: tomar el desayuno. Sí, ya había cometido el error de querer empezar su mañana sin su chocolate frío la otra vez. Era vital todas sus mañanas.

Se enrumbó nuevamente hacia la cocina, lugar donde siempre solía hacerse su chocolate frío, esperando y rogando a todos los dioses no cruzarse con su hermana. Vamos… Eran las seis de la mañana y Anna odiaba levantarse temprano. Sabía que no tenía responsabilidades —por ahora— y que Elsa se encargaría de todo.

¿Quién podría desaprovechar una oportunidad así?

Cuando llegó, para su fortuna o desgracia, la encontró. Tan seria y tan intimidante, que cualquiera hubiera corrido por su vida en ese instante, incluso ella.

"Mierda, mierda, mierda".

¿Qué hacía? ¿Huía? No, eso solo levantaría más sospechas. ¿Se mostraba nerviosa? No, peor aún… eso solo complicaría más las cosas. Si es que ahora su maldita paranoia por creerse descubierta no la estaba destruyendo.

¿Y si realmente la había escuchado? No… eso no podía ser, ¿o sí?

Negó, debía ser astuta, o al menos intentarlo. Actuar casual y llevar las cosas lo mejor que pudiera. Eso… eso debía de hacer. Solo rogaba que su maldito control no la traicionara y la mostrara infraganti.

"Oculta, no sientas", pensó. Ahora era el momento en el que debía de mostrar de qué estaba hecha, sintiéndose más vil aún.

— Buen día... — saludó Elsa, dibujando una sonrisa.

— Buen día. — La voz de Anna fue tan tajante, que Elsa la sintió como un dardo a su corazón.

— Despertaste temprano. — La rubia, nuevamente, intentó amenizar la conversación, sirviéndose su respectiva taza de chocolate frío y sentándose frente a la menor.

— No pude dormir bien anoche — acotó Anna, igual de seria y sin mirarla —. Tuve una pesadilla.

— ¿Ah, sí? — Su estúpida lengua la traicionó —. ¿Y qué soñaste?

— Que se comían mi pastel — aseguró, levantando la mirada finalmente, tan frívola, que Elsa se sintió pequeña —. Sin consultarme.

— Oh… — Elsa tragó duro, e intentó salvar la situación, otra vez —. Bueno, es normal si es de chocolate, ¿sabes? El chocolate es muy rico.

Entonces, se dio una cachetada mental, y su conciencia hizo acto de presencia:

"¡¿Es en serio?! ¡¿Es que acaso no puedes ser más estúpida?! 'Es que el chocolate es muy rico'", se remedó mentalmente, "¡Claro que el chocolate es rico!, ya se sabe, tú lo sabes, ¡si probaste de la porción que no debías! ¡Zor*a!".

— Me doy cuenta.

"¡Y encima sucia!".

— Sí… — respondió Elsa, notando que la tensión ahora sí era palpable, más terrible que antes. Se aclaró la garganta, se incorporó y soltó lo más sensato que se le ocurrió. No podía con las voces de su cabeza y mucho menos con la mirada intensa que le dirigía Anna —. ¿Sabes qué? Creo que debería irme, tengo que ver el quehacer real, los preparativos de la fiesta y…

— Elsa. — Anna la interrumpió, de golpe, tan recta, que Elsa volvió a su posición de antes.

— ¿Sí, Anna?

— Toma asiento.

— Sí, claro… — Y así lo hizo, cual cachorrito obediente. Quedaron en silencio, pero Elsa ya no pudo más, así que preguntó, marcando su sentencia de muerte —: ¿Pasó algo?...

— Hoy en la mañana encontré en el baño unas bragas... y no eran mías — acotó la menor, soltando finalmente el tema principal.

Cuando Elsa la escuchó, tragó en seco. Claro… sus bragas. ¿Cómo demonios las pudo olvidar en la habitación matrimonial? ¿Cómo no se pudo acordar de que aparte de la bata llevaba bragas? ¿Y cómo llegaron al baño? Claro… de seguro, cuando Gerda acomodó las cosas, se le debieron de olvidar.

A mala hora.

Quedó petrificada, pero intentó minimizarlo con la única excusa creíble que se le ocurrió en ese momento, agotando su última carta, actuando por última vez, intentando ocultar sus nervios.

— Ay, Anna… — Tentando a su suerte, se aventuró a agarrar su mano de forma tenue, mordiéndose el labio y acariciando sus dedos ligeramente. Ellas siempre tenían sus encontrones cuando Kristoff dormía. La mirada coqueta de la rubia se acentuó —. Siempre lo hacemos cuando tu marido duerme, es obvio que esté ahí. No te hagas la de la vista gorda ahora — volvió a hablar con coquetería.

— Eso lo sé — recalcó Anna, igual de seria y buscando su mirada —. El tema es que ayer la que se durmió fui yo, no Kristoff.

"Mierda".

Y Elsa se petrificó, de nuevo. Quiso pensar muy bien en qué decir, en cómo combinar las palabras correctas para conllevar la situación, pero la conciencia apareció nuevamente, torturándola una vez más.

"Ya te pilló, ya dile la verdad. Ten dignidad. Un poco. Lo que sea. Espera... ¿Tú tienes dignidad? O es que te gustó tanto que no puedes…"

— ¡Cállate! — y Elsa gritó, olvidándose por un momento de con quién estaba hablando.

— ¡¿Disculpa?! — Anna también gritó, golpeando la mesa por inercia.

— ¡No, no, no! No era a ti — Elsa se disculpó de inmediato. Estaba jodida —. Era para…

— ¿Quién? ¿Tu conciencia? — Anna la interrumpió, intimidante y socarrona —. ¿Es que acaso te está rogando que digas la verdad? ¿Por qué lo escondes, Elsa? — y espetó —: ¡Vamos! ¡Di la verdad! ¡Admite que te acostaste con Kristoff!

— ¡No! — Las voces no paraban. Elsa estaba contestando mal y no a la persona correcta, desgraciadamente.

— ¡¿Ah, no?! — Anna se enfureció tanto que plantó sus puños en la mesa, golpeando esta sin querer. Otra vez —. ¡¿Así que a esto quieres jugar?! ¡¿De verdad?! ¡¿Vas a enfrentarte a mí, Elsa?!

— ¡Solo déjame en paz!

Y fue todo, Anna perdió el control y se olvidó por completo de que tenía una hermana. O la fuerza, o sus lazos… Era su marido de quien estaban hablando. Y el verse burlada de ese modo fue su final. Empujó la mesa de la cocina y se le fue encima, sin más. Elsa apenas pudo reaccionar cuando sintió que era empujada y que su hermana la tenía bajo sus piernas, y no necesariamente para tener sexo.

Pero ¿qué hacía? Si se merecía eso y más. Cada estaca, cachetada, jalón, golpe, o lo que sea que Anna estuviera propinándole.

Era una p*ta.

El que Elsa no se defendiera la cabreó más, por lo que Anna arremetió con más fuerza. Pero, para mala suerte de ella y buena suerte de la mayor, apareció Gerda, que de inmediato corrió y agarró a Anna para detener la trifulca, articulando:

— ¡Por la virgen y todos los santos! ¡¿Qué está pasando aquí?! ¡Anna! ¡Niña! ¡Cálmate! — Pero el sostenerla no fue suficiente, no para la fuerza que tenía Gerda. Anna era muy fuerte. Esta se soltó como si nada y continuó su cometido. Gerda, al no saber qué más hacer, gritó desesperada —: ¡Kai, ayúdame! ¡Anna, basta! ¡La lastimas!

Como último intento, Gerda volvió a agarrarla y Anna utilizó esos cortos segundos para hablar, escupiendo fuego, rabiosa.

— ¡¿Por qué no te defiendes?! ¡Vamos! ¡Ten dignidad! ¡¿O es que ya la perdiste?! La culpa te puede tanto que no te atreves… ¡¿Verdad?!

— No voy a lastimarte. No importa lo que hagas — habló por primera vez la mayor de las hermanas, agarrando su mejilla hinchada y escondiendo su cabello platinado. No quería decorar más el salón con sus mechones, mismos que Anna se había encargado de quitar.

Muy aparte de la culpa... la amaba. Según ella. Y esa sería una batalla desigual. No podría. Nunca. Ya tenía suficiente con la lección que habían recibido de niñas.

— ¡No es suficiente! ¡Defiéndete! — bramó Anna, y quiso írsele de nuevo encima, pero esta vez llegó Kai, quien con dos manos tuvo suficiente para poder detenerla.

— Basta, majestad, es suficiente — dijo Kai, recto, ejerciendo un poco de presión por primera vez para detener la batalla entre ambas soberanas.

Elsa aprovechó ese momento para regalarle una última mirada a su hermana, sintiéndose aún más vil, sucia y desgraciada. Esa ira… esos ojos… Ella no se merecía nada. Ni su odio.

Articuló, antes de salir de la estancia, tan despacio y quedo como pudo, intentando inútilmente mantener la poca compostura que le quedaba:

— Iré a avanzar con los quehaceres… Hoy será un día ocupado…

— ¡Y muy ocupada que estarás! — escupió Anna, aún sostenida.

— Te veo luego, Anna.

Y salió, con prisas. Anna lo notó y eso la hizo temblar más de la ira. Permaneció con la mirada en un punto fijo y en silencio. Eso asustó a los mayores, sobre todo a Gerda, que luego expresó, intentando hacerla reaccionar:

— ¡Niña, háblame! — La sacudió por los hombros —. ¡Dime algo, por favor!

Y, entonces, Anna habló, con la misma mirada en el punto fijo y más por inercia que por hacerle caso:

— Vigílenla, esto no se va a quedar así.