¡Como siempre espero les guste!

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Las siguientes semanas para Hinata fueron una suerte de penoso juego. A quien sea que su mirada se dirigiera o de quién sintiera sus ojos encima de ella no podía evitar preguntarse si formaba parte de la conspiración contra el Emperador.

El actual líder de su clan, el Viejo Hyūga, se había limitado a hacer absoluta omisión al tema, como si nunca se hubiera dirigido a ella para obligarla a hacer silencio hasta el día de su propia tumba. Su abuelo ni siquiera quería escuchar las excusas que ella tenía sobre ese día y sus razones de por qué, a pesar de ser tan tímida y recatada, había pasado toda una noche en la casa de un Uchiha como refugio.

Hinata tampoco sabía si alguien más de sus familiares conocía sobre el plan. Fuera lo que fuera dicho plan.

Y ahora había una gran festividad pública. Era el inicio del verano y el primer día de la Gran Festividad Dorada. También era el inicio de un nuevo año y Hinata sabía que en las demás capitales de provincia ya habían empezado a hacer celebraciones desde tres días antes como manera de preparar el viaje de delegados y ministros hacia la capital y terrenos propios del Palacio.

Dentro de poco, en contados minutos, habría una ceremonia en la cual el mismo Minato Namikaze saldría de sus fortísimos muros para arar un pedazo de tierra y bendecirla, procurando con esa tradicional acción futuros cultivos luego de que todas las cosas plantadas en primavera que no habían alcanzado a ser recolectadas morirían.

Entonces Hinata, bajo la protección de su sombrilla y cada vez con su corazón latiendo más fuerte, pensó si ese sería el día en que Sasuke Uchiha le clavaría una daga al corazón del poderoso hombre.

Viendo de reojo a su lado, donde se encontraba un aburrido y despreocupado Shikamaru, pensó en las palabras que le había escuchado decir a éste. Su acompañante había dado el plazo máximo de un mes para que el Emperador «dejara de serlo». Un mes. Ya habían pasado más de tres semanas desde su inesperado encuentro con ambos y por tanto era irremediable para Hinata pensar si Sasuke Uchiha o alguien más cometería el infame crimen ahí a plena luz del día. Quizás sería el mismo Shikamaru aprovechando su posición muy cerca en primera fila para presenciar la ceremonia y pensó si luego de hacerlo la sangre del primogénito Nara también se derramaría por el verde pasto inmediatamente después de ser atravesado por el filo del arma de un guardia.

Fuese como fuese ya sabía que había un invisible reloj haciendo un tic-tac imparable y ella estaba allí para verlo.

No estaba segura del porqué.

Todos esos anteriores días había estado casi que persiguiendo al primogénito Nara, excusada bajo el falso pretexto de estar encandilada por él, o al menos eso era lo que creían su nana y sus criadas que incluso habían actuado a su favor para acompañarla o dejarla salir. Claro, desde que todo fuese ante los ojos de un público no era en absoluto escandaloso.

Shikamaru sin embargo no estaba feliz, más cuando Hinata trataba de susurrarle que desistiera de ser cómplice de algo tan trágico.

No que ella enteramente tuviese potestad para decirlo: ¿acaso, silenciando su voz, no era demasiado cruel de su parte seguir a cabalidad una efímera orden dada por el Viejo Hyūga que acabaría con la vida de alguien más? ¿Y no era incluso más cruel, abandonada a ese silencio, salir de su cama sólo para presenciarlo por si realmente sucedía?

Sin poder evitarlo y en medio del ruido y del mar de gente que se iba conglomerando buscó por una cabellera azabache. ¿A cuál de los dos hombres ayudaría si estuvieran frente a ella ensangrentados? Uno era el hombre más respetado y a quien por designio divino había que obedecer y amar; el otro de cabellera azabache le había extendido una ayuda desinteresada sin que ella supiera, llevándola a un lugar más seguro que la fría noche sólo para que las eventuales circunstancias hicieran que huyera de él a la mañana siguiente antes de haberle dado un mínimo agradecimiento.

Entonces Hinata no siguió pensando más porque un pesado ruido de madera y clarines retumbó en sus oídos y momentos después, en medio de un casi solemne silencio, a una larga distancia desde donde se encontraba y rodeado de un numeroso grupo de guardias, estaba viendo al hombre más hermoso que sus ojos nunca habían presenciado, envuelto en pesadas telas blancas y rojas con intrincados detalles bordados que nunca antes le había observado a otra persona, su cabello dorado resaltando por encima y reluciendo bajo la luz del potente sol.

Hinata, desde que su padre había entrado en desgracia, nunca había vuelto a estar en primera fila cada año que se hacía dicha ceremonia —y tampoco le había interesado asistir allí con entusiasmo, no cuando antes sólo lo hacía para ver a Naruto—, pero si pudiera ver sus propias mejillas ahora sabría que nunca habían estado tan rojas, iguales al color carmesí tejido en la túnica de su Emperador y siendo el calor inicial del verano una lejana razón del pigmento en su rostro.

Hinata casi sintió mariposas en el estómago.

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Sasuke no pudo evitar sentir disgusto.

Por supuesto que alguien como la primogénita de los Hyūga —la aburrida, tímida, virgen y discreta Hyūga— se embelesaría también por alguien como Minato Namikaze.

Sasuke podría contar con los dedos de sus manos las veces que la había visto a lo largo de su vida. Era una especie de doncella recluida, un amuleto para los Hyūga para al menos demostrar que en belleza nadie más les ganaba, pero era una doncella ignorante del mundo, tan igual a las demás mujeres jóvenes de renombradas familias que quedaban prendadas a la primera maravilla que observaban y de la que no estaban acostumbradas.

El Emperador exudaba deseo y a sus pies tenía un séquito de mujeres que bramaban por más, eso era una factible verdad.

Con el suficiente llamado de atención y un poco de suerte, el Emperador podría tener a la misma virgen de los Hyūga debajo de él. O encima, dando brincos sobre una sedosa superficie, abriéndose ante el cuerpo de un hombre. ¿Y no sería algo curioso eso? Llevar a la cama a la misma hija del paria, del supuesto conspirador contra el Emperador que desde hace tres años se encontraba enterrado bajo tierra, seguramente envenenado.

Sasuke, quien estaba mucho más cerca de lo que ella podría imaginarse, se fijó en el esbelto cuello de la joven y en la ligera gota de sudor que resbalaba en esa piel a pesar de los finísimos polvos y encontrarse bajo el refugio de su sombrilla. Estaba a pocos metros de ella, unos paso más a su izquierda y podría acercarse a ellos, quedar hombro a hombro con Shikamaru y comentarles lo dichoso que les parecía a él y a Madara Uchiha que un Nara cortejara a alguien de los Hyūga. Que seguramente podría convencer a su tío de decir algunas indulgentes palabras y todo el Imperio también los bendeciría.

O quizá Sasuke era tan mentiroso como lo era su tío y sólo quería quitar esa expresión de absorto en el rostro de ella. En ese encantador rostro de ella.

Quizá, si Hinata Hyūga no fuera tan aburrida, tímida, virgen y discreta, si su comportamiento fuera un poco más imprudente y se arrojara a él como algunas más no dudaban en hacerlo, Sasuke no le importaría colocar la punta de su pene en la entrada del cuerpo de ella, de sus aterciopelados, húmedos y vírgenes labios color rosa bajo su entrepierna; probablemente se lo haría lento en un inicio pero empujaría cada vez más sus caderas hacia adelante hasta hacerla chillar, hasta hacerla sentir tan mojada que Sasuke simplemente se resbalara en el interior de ella.

O llevarlos a un momento en que la boca de Hinata se aventurara, con timidez, a la cabeza de su virilidad y besara con suavidad las gotas de presemen que Sasuke podría acumular gracias a ella, obligándola a través de órdenes a seguir masturbándolo.

Quizá Hinata no lo miraría con el mismo brillo en los ojos con los que ahora mismo veía a Minato Namikaze, pero algo parecido podría lograr Sasuke si pudiese llevarla a un trance de puro placer, de incluso hacerla rogar en medio de un placer forzado por caricias y su boca pegada a los pezones de ella. Hinata era mujer desbordante allí, ¿no? Se notaba aún a través de su ropa, que si Sasuke pudiese llevar sus manos a agarrar aquellos senos rebosarían por entre sus dedos.

Sasuke recordaba poco de lo que soñaba y casi siempre eran pesadillas o figuras oscuras y abstractas que a veces lo hacían dudar de haber dejado por completo ser un chiquillo con miedo; sin embargo, ¿quizá ese mes había soñado con ella? ¿Soñado con desflorarla como pago a su tan considerado gesto de salvarla?

El sonido de más clarines atravesaron el aire y Sasuke quitó por fin sus ojos de la joven para observar hacia donde estaba el Emperador.

Bajo sus amplias mangas cuadradas Sasuke deseó poder sacar la filosa arma que ocultaba en ellas y darle fin a largos días de planeación y noches sin dormir. Podría definir una ruta de asalto y llegar a su objetivo en los pocos minutos que quedaban de la innecesaria y distrayente ceremonia antes de que el Emperador volviera a la casi perfecta y aislada fortaleza que le había creado Madara Uchiha, su único familiar vivo y, desde la salida del anterior líder Hyūga, mano derecha del Emperador.

Quizá algo de esa sangre alcanzara las sonrojadas mejillas de la encantadora joven enamoradiza.

Sin embargo sus deseos no importaban. El genio Nara tenía, según él, mejores fichas que sacrificar que permitir que el prometedor joven Uchiha se arruinara la vida y manchara lo único bueno que quedaba de su milenario clan.

Lo ridículo era que, según Sasuke, en realidad no quedaba nada bueno de su clan por rescatar. Su apellido moriría con él, de eso estaba seguro.

Eventualmente el sol llegó a su máximo punto y el acto ceremonial del Emperador llegó a su fin.

Con su líder nuevamente refugiado al otro lado de sus robustas puertas era hora de que todo el mundo hiciera cuanto quisiera. Habrían niños correteando intentando cazar unas últimas mariposas, doncellas recién mostradas en sociedad que compartirían mismo espacio con otras mujeres más maduras a las que se les olvidaba lo hambrientas que estaban con tal de reírse con algún espectáculo de bailarines y cómicos.

Habría comida, abundante el día de hoy al punto de que muchos guardarían las sobras hasta el invierno, antes de que todos tuviesen que buscar refugio y esperar porque en ese inevitable futuro ellos no estuvieran entre el puñado de muertos de hambre y enfermedad.

Pero todo eso se olvidaba hoy, los pobladores aprovecharían lo que más pudiesen y Sasuke sabía que luego del maravilloso espectáculo de pólvora en la noche habría esqueléticos y obesos magistrados, políticos y personas notables en medio de orgías y placenteros orgasmos.

Aquello no sería tan despreciable, claro, si dichos actos no estuvieran planeados también para contentar las mentes y los bolsillos de avariciosas personas. Su tío, claramente, sabía cómo hacer las cosas tanto afuera como adentro de las puertas del palacio.

Aún así, a pesar del desagradable pensamiento, hoy sí era un día ideal en los objetivos que Sasuke perseguía junto a otros. Un nuevo comienzo tal y como el nuevo año con la llegada del verano proclamaba.

Estuvo a punto de dirigirse hacia el nuevo punto de encuentro, seguro de ser sólo una mancha de la que nadie extrañaría no ver en medio del bullicio y la algarabía, cuando una joven mujer rubia y dos chicas detrás de ella sosteniendo una amplia sombrilla detuvieron su impulso.

—Querido señor Uchiha —saludó la mujer con una particular reverencia no propia de las demás mujeres de la capital, doblando sus rodillas junto a una extraña posición de manos—. ¿Quién es la dulzura junto a nuestro amigo en común?

Sasuke siguió la mirada de su nueva acompañante y encontró en su ángulo de visión a Shikamaru todavía junto a su, muy probable, reciente molestia.

Volvió a mirar a Temari no Sabaku. Sus ropas tampoco eran típicas de la capital, ni siquiera se habían visto en otras princesas del Imperio de Konoha.

La mujer venía desde el otro lado del mar —diez día duraba su recorrido en barco—, llevaba un vestido blanco y púrpura muy diferente a lo que usualmente vestían sus contemporáneas aquí, mucho más ajustado y también vistoso gracias a las extrañas mangas que recordaban a pequeñas alas de mariposa, y si no fuera por el aval del mismo Emperador y los mismos rasgos aristocráticos de ella, cualquiera la trataría de forma muy distinta.

Sasuke entonces percibió la próxima situación en la que se encontraría cuando se dio cuenta que otras nobles jóvenes se aproximaban a ellos aprovechando este acercamiento de Temari; sonrió de medio lado y a pesar de su molestia interna decidió que podía divertirse por un momento.

—Curioso —continuó él esta particular interacción—, seguramente ya debes reconocer a cuál clan pertenece esos pálidos ojos.

La rubia mujer frente a él sonrió levemente reconociendo su altivo tono.

—Perdón, definitivamente no expresé de la mejor manera lo que quería preguntar. Me refiero a que, si necesito hablar con él lo más prontoposible, no estoy segura qué tanto puedo decir frente a ella —afirmó Temari antes de que la presencia de otras notables jóvenes invadieran incómodamente la nariz de Sasuke con tantas dulces fragancias.

Sasuke arrugó su ceño no pasando por alto el énfasis que la mujer rubia le había dado a algunas de sus palabras.

—Su nombre es Hinata Hyūga y no es importante —respondió él. Luego, cuando por fin se vio rodeado de las demás jóvenes, agregó—: Lady Temari.

Sasuke dio media vuelta antes de que alguna nueva molestia llegara a su espacio personal exclamando un saludo, sin embargo el fuerte brazo de Temari fue más rápido y nuevamente detuvo su huida.

—¿Sabes? Realmente no eres de gran ayuda y realmente necesito hablar con él. Asuntos reales, por supuesto —afirmó lo último un poco más fuerte para acallar las inquietantes mentes de las demás jóvenes aún rodeándolos.

Sasuke frunció aún más el ceño, altamente molesto por su situación actual.

Hinata realmente no importaba, por lo que sabía Temari no Sabaku podía desnudarse frente a Shikamaru ahora mismo y obviar a su dulzura de acompañante, pero sintiéndose más derrotado que furioso, movió levemente su brazo hasta que la mano de ella pudo libremente agarrarlo y entrelazarse a él.

No caminaron de inmediato hacia su nuevo destino. Temari giró y arrebató de la mano de una de sus acompañantes la amplia sombrilla.

—No las necesito —dijo refiriéndose a ambas. Las calladas chicas hicieron la misma reverencia que Temari había hecho antes, doblando levemente sus rodillas y haciendo el mismo gesto con las manos antes de retirarse.

Luego con apresurado paso caminaron y al menos cinco mujeres les siguieron. Todas querían hablar al mismo tiempo y entrelazar sus brazos también con los de Sasuke y debido aquello aceptó la sombrilla de Temari para usarlo al menos como obstáculo entre él y ellas.

Sí, era lo suficientemente apático y con notables ojeras en su rostro, aún así al parecer seguía siendo un famoso soltero. Una mujer es lo que necesita el clan Uchiha, afirmaban todas las madres de estas jóvenes nobles en edad de fantasear con ser quien enamorara al heredero Uchiha, hacer que él las llevara a la cama y renaciera en ellas nuevas generaciones.

Pero Sasuke ya no creía poder ofrecer amor y, contrario a la creencia de Shikamaru, quizá lo único que podía ofrecer era muerte.

Estuvo ensimismado en sus pensamientos hasta que la misma voz de Shikamaru pronunció en reconocimiento su nombre. O quizá fueron los ojos de Hinata tan fijos en él.

—Hoy es el día que más se parece a los soleados de mi reino. Quiero decir, comparándolo a todos los demás días desde que he estado aquí —habló la mujer agarrada aún a su brazo.

Sasuke captó cómo Shikamaru procuraba no sonreír.

—Creí que ya no era aceptable decirle «reino» a Suna —respondió Shikamaru, o intentó hacerlo cuando fue interrumpido por Temari con un «¿Quién es tu acompañante?»

—Ella es Hinata Hyūga —respondió alguna de las otras mujeres—. ¿Creí que sólo podías salir en compañía de tu primo o tu nana? —preguntó dirigiéndose ahora a Hinata.

—Me gusta el color de su rubor, ¿pero crees que sí se ve lindo en ella? —dijo una a las otras, abiertamente sin importarle que no sonara como un susurro.

—¿Estás tratando de quitarle el pretendiente a Lady Temari? —preguntó la más chica de todas superponiendo momentáneamente su voz de otras exclamaciones y falsos halagos. Por supuesto, dicha chiquilla calló al instante y bajó su mirada ante el silencio que había quedado gracias a ella.

Fue una muy estúpida cosa para decir.

—Deberíamos disfrutar juntos de las festividades, ¿no creen? —dijo Temari sonriendo, arreglando el efímero momento incómodo y dando nuevamente espacio para que las demás recobraran sus voces a pesar del rostro rojo de Hinata Hyūga y el ceño fruncido de ambos hombres—. Quizás sea mi primera y última Festividad Dorada.

Y dicho esto soltó su agarre del brazo de Sasuke, arrebatándole a éste su sombrilla y se aproximó hacia dónde Hinata para esta vez entrelazar su brazo con el de ella.

Lo que siguió fue un particular desfile de siete mujeres adelante —guiadas por Temari quien aún sostenía a Hinata— y dos jóvenes hombres atrás escoltándolas, en medio de coloridos puestos comerciales, aromas, vestimentas y sólo alguien como la extranjera de Suna, pensó un cada vez más molesto Shikamaru, lograría hacerlo.

La molestia, sin embargo, sólo duró hasta que un susurrante Sasuke le insinuó que Temari no Sabaku quería hablar con él lo más pronto posible y como para confirmarlo ella giró hacía atrás su cabeza para cerciorarse que aún la seguía.

Con eso en mente Shikamaru decidió dejarse llevar hasta donde ella tenía en mente, algo que últimamente se había convertido en norma.

Adelante y en medio sólo eran risas y dedos señalando hacia tornasoles peces en transparentes vasijas y vibrantes pañuelos de seda que colgaban de exhibidores, y entonces empezó a ser bastante notorio la ingenuidad de las otras cinco jóvenes cuando empezaron ellas mismas a dispersarse, llamándose una a la otra para que observaran falsos encantamientos y conchas traídas de las profundidades del mar.

—Creo que el comentario de la joven Inuzuka fue de muy mal gusto —pronunció Temari sorprendiendo a una muy alarmada Hinata que hasta entonces se había mantenido en silencio—. Probablemente no lo habría mencionado si supiera que tu rubor es completamente natural. ¿Supongo que este clima te hace bien?

Hinata mantuvo su silencio hasta que en cuestión de segundos todo se hizo bastante insoportable.

—¡No sabía que Shikamaru estaba comprometido con una princesa! —exclamó lo más bajo que pudo—. Lo siento tanto y realmente no me estaba entrometiendo…

—Ese es un gran sin sentido —interrumpió la rubia—. En primer lugar, a pesar de él pertenecer a una alta familia, su rango y futura posición no le permitirían casarse con ninguna princesa de máximo rango, posible heredera de algún extranjero rey. Y en segundo lugar, lo que acabo de decir no puede aplicarse más a mí: ya no soy una princesa. Mi reino ahora tiene un líder distinto a un rey y yo soy sólo una simple embajadora. Todo el mundo aquí me trata como si fuera una princesa, algo que en definitiva me sirve durante mi estadía —sonrió—, pero ya no lo soy y nunca más lo volveré a ser. Así que… sin un actual rango y un rey muerto, al parecer soy la que está en problemas para asegurarse un prometido.

Hinata entonces estuvo a punto de interrumpirla y asegurarle que sabía que podría encontrar a su ser amado, no obstante volvió a sonrojarse y quedarse sin palabras ante lo que al parecer era una broma de la exprincesa susurrándole al oído:

—Aunque debo admitir que tu amigo Nara es muy bueno en la cama. O al menos, aprende bastante rápido. Si él es una buena muestra de los hombres que viven aquí entonces eres una afortunada.

Y así, Temari no Sabaku continuó hablando, mencionando los frutos rojos como sus favoritos de Konoha, de algo llamado «democracia», de cómo había sido de diferente el azul del mar según donde se hallara y volviendo a hablar del clima de la ciudad de Konoha.

Era una extraña manera de disfrutar las festividades, compartiendo tan cercanamente con una muy habladora desconocida con la cual Hinata sólo podía decir «sí» y «no» a algunas cosas, girando abruptamente en cada esquina lo cual no les daba tiempo para apreciar las flores que señalaba su compañera ni oler la apetitosa comida asándose ni parar realmente a preguntar por su precio.

Por un momento Hinata se sintió obligada a acelerar sus pasos y sentía, sin poder evitarlo, que su mente a cada instante no estaba siendo capaz de seguirle el ritmo a lo que le era contado por la otra mujer, mareada quizás de tantos estímulos. Y en un inesperado segundo ya no había personas, ni olores ni voces. Se sintió atrapada en medio de largas telas colgando de alguna forma a su alrededor y cuando movió sus brazos ocultos en anchas y vaporosas mangas para zafarse de sus dulces cadenas su torso golpeó contra alguien más. Al subir su mirada se encontró con la oscura de Sasuke Uchiha, quien tenía una de sus manos sobre el brazo de ella probablemente para detener sus agitados movimientos; por impulso ella echó un salto atrás —nunca antes había estado así de cerca a un hombre, nunca había sentido el contacto de su pecho con el de uno— y su respiración en lugar de calmarse aumentó más.

Vio entonces detrás de aquellos oscuros ojos que el hombre sopesaba algo hasta que soltó el agarre que tenía de ella.

—Salgamos de aquí —propuso él.

—S-sí, Uchiha-san —respondió de inmediato ella, observándolo girar sobre sus talones sin darle espera de algo más.

Y Hinata no creyó tener otra opción diferente a la de continuar su camino siguiéndolo a él, sintiendo en cada paso que daba aún el peso de su mano en ella como si acaso nunca la hubiese soltado.

Desde atrás reconoció aún más lo que su nana le había dicho: Sasuke Uchiha era alto y de hombros anchos. Podía ser todo lo altivo que era porque no había rastros de torpeza o insignificancia en él. No se atrevió, sin embargo, a trazar sus ojos por los contornos de otras partes del joven hombre y descubrir por sí misma más de él.

Quizá sus mejillas habían vuelto a estar tan carmesí como antes.

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—Esa frase de «quizá sea mi última Festividad Dorada» sonó demasiado en serio, princesa.

—No poseo ese título más, lo sabes, señor Nara —respondió Temari a su burlón comentario y continuó caminando delante de él por fin a paso normal.

Shikamaru por supuesto estaba impaciente por preguntarle por qué ella necesitaba hablarle «lo más pronto posible», hasta el punto de haber ideado de forma audaz y hábil un perfecto escenario para quedar a solas con él. Sin embargo, sabía que aún podrían haber innecesarios ojos que los vieran y que aparentar por ahora haber perdido el camino era conveniente.

—¿Sabes que has dejado atrás al equivalente humano de una oveja y un lobo?

Temari giró su cabeza para observarlo momentáneamente y rió mostrando todos sus dientes.

—Con ese rostro estoy segura que ella también puede morder si se lo propone. —Entonces la ya no princesa se detuvo y cerró la sombrilla que llevaba. Habían llegado al final de un callejón sin salida y las fieles compañeras que andaban pegadas a Temari ya estaban esperando por ella ahí. A pesar de la relativa lejanía con el centro de la capital, no era un lugar decrépito, incluso varías flores y plantas decoraban alrededor—. También creo que tu amigo es el que debería tener cuidado. Quiero decir, él no parece ser el tipo de hombre que estaría contento por enamorarse, ¿pero has visto cómo la mira?

Shikamaru bajó sus hombros en derrota.

—No.

—Como un perro sediento —contestó Temari a su propia pregunta—. Tu amigo no es tan amigable al inicio, pero ella parece ser lo suficientemente bondadosa como para no patearlo, y lo suficientemente benevolente para darle tiempo de curar algunas heridas. ¿Y qué hace un perro cuando lo tratan bien? ¿Incluso si lo único que recibe son sobras?

—Se queda —respondió Shikamaru—. Como si su amo lo fuera todo para él. —Fijó su mirada en ella entonces, consciente de que acababa de darle la razón sin llevarlo a ambos una a verbal contienda. Para remediarlo se apresuró en agregar algo más—: Eres una cruel mujer, ¿no es así? Mira que comparar un importante heredero con la figura de un «sediento perro».

Temari sonrió, contenta al parecer por su rápida respuesta.

—Eres el que ha comparado a una mujer con una «oveja». Aún te falta por saber qué cosas es capaz de hacer una mujer, señor Nara. —Luego ella entregó la sombrilla a una de sus acompañantes e hizo lo mismo con el amplio pañuelo de tela algo translúcida que cubría hasta ahora sus hombros y pechos, desabotonándolo del frente y revelando del todo un agradable escote para la vista.

Por supuesto, Shikamaru no supo hacia dónde mirar hasta que ella volvió a darle la espalda con el propósito de seguir a las otras dos, subiendo unos pocos escalones hasta una vieja entrada del lugar donde se encontraban. La puerta era de varios colores, amplia con oscuros vitrales que ocultaban lo que había al otro lado y complejas formas de metal que asemejaban flores y figuras geométricas.

Temari se detuvo justo en el umbral y giró para verlo nuevamente.

—Es un hotel vacío, sus viejos dueños fallecieron y no hay heredero alguno que reclame la propiedad. Está en proceso para ser tomada por el Palacio, pero es una especie de limbo por ahora; a veces me permito venir aquí cuando necesito descansar —dijo ella eso, pero Shikamaru sabía que podía traducirse como «un lugar al que ir cuando hay muchos ojos encima».

Por lo general casi siempre había una comitiva del palacio detrás de Temari, la embajadora extranjera, resuelta a mantenerla a expensas del Emperador sin permitírsele pagar la menor cosa. Así sería hasta el final de su permanencia de 4 meses.

Quedaban 40 días más, mucho antes de que llegara el otoño.

Por un fugaz momento recordó la muy estúpida cosa mencionada por la jovencita Inuzuka, y quizá en otra vida a Shikamaru le hubiese gustado ser el pretendiente de alguien como Temari, pero ahora nada de eso podía hacerse en 40 días.

¿Inofensivos coquetos? Quizás. ¿Besarla o empujarla contra alguna pared, luego en cualquier otra mullida superficie? Sólo cuando ella lo permitía. ¿Quedar en ridículo frente a ella como muestra de amor? Nunca.

No obstante, Shikamaru no pudo evitar mencionar algo:

—Podría darte una casa más grande…

—Por favor, no hagas sonar eso como una propuesta de matrimonio —mencionó ella y entonces su rostro cambió a seriedad pura—. Si llegara a oídos del Emperador sólo lo llenaría de más ideas incorrectas.

Entendiendo el sutil énfasis que hacía, Shikamaru dejó cualquier otro pensamiento en segundo plano:

—¿Cómo cuáles?

—Por ejemplo, señor Nara, que eres un insolente. Pero si hubiese alguien mancillando el nombre de su clan, y espero que no en un día tan agradable como hoy, quizá lo estén buscando en este mismo momento. No podrían dejar en vergüenza al Imperio.

Shikamaru sabiendo que desde el primer momento en que la conoció Temari muy bien entendía y le seguía el juego, supo que aquello, por muy breve e insuficiente que podía sonar a oídos de otros, en realidad lo llenaba de bastante buena información: el Emperador se estaba llenando de «más ideas incorrectas», es decir que su habilidad por discernir conceptos buenos o más favorables de lo malo o poco favorable había desmejorado, y aunque algunos podrían pensar que era por alguna causa directa de su salud —o ignorantemente debido a un hechizo—, Shikamaru apostaba que era por su creciente apatía hacia las decisiones del pueblo y relegar muchas de ellas a Madara Uchiha. Sin embargo, eso no era tan preocupante como la segunda afirmación de Temari: «insolente» no podría ser otro eufemismo para traidor, y según ella dentro del palacio ya se sabía de la existencia de traidores —o al menos de un traidor—. Ya no sólo sería considerado como una lejana posibilidad y por tanto ahora mismo el Emperador y su mano derecha debían estarse reuniendo, debatiendo la mejor manera de cómo abordar dicho problema que atacaba directamente la soberanía de Minato Namikaze y con el consejo de alguien como Madara Uchiha no había duda que podría resultar en un río de sangre.

Shikamaru moderadamente abrió sus ojos en alarma, una abundante avalancha de ideas llenando su cabeza. Esto no podía ser bueno, todos estaban confiando que tanto el Emperador como Madara estuvieran tan resueltos en poner más y más muros que los separaran de los demás como para fijarse más allá de los terrenos del Palacio.

Una de las compañeras de Temari apareció a su lado, bajó las escaleras y le hizo entrega de una canasta con dulces y frutas.

—Gracias por acompañarme hasta acá —expresó Temari transformando de nuevo su rostro a su usual cordialidad.

—Es un placer —contestó él a pesar de las miles de preguntas sofocando dentro de su garganta y de sostener la canasta como si se tratara de un explosivo.

—Entrégale esto a la nueva amiga que hice, es una lástima haberla perdido en medio de la multitud. Sólo es una disculpa por no seguir acompañándola en el festival, pero creo que me duelen mucho los pies.

Todo era una mentira, claro, y aunque no se veía un alma allí Shikamaru sabía que con las novedades compartidas por Temari ya nunca se sabría quién podía estar en los techos.

—¡Oh! Y una última cosa más —dijo ella aunque Shikamaru ya no quería que hablara porque necesitaba pensar—. Estoy agradecida por el recibimiento de tu familia conmigo, pero… ¿toda esa ayuda mutua? Ya no es necesaria, no necesito más de lo que me ofrece el Palacio.

Shikamaru sabía que aquellas palabras significaban mucho más, no obstante decidió guardarlas en su cabeza para analizarlas luego y con una última despedida se apresuró en retomar camino y buscar algún seguro punto y examinar los contenidos que le habían sido entregados.

Shikamaru entonces palideció al abrir y leer el único pergamino que había estado en el fondo de la, en apariencia, inocente canasta.

Cualquier plan acaba de arruinarse.

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Sorry, aún sin interacción más intima. Igual estoy disfrutando de la construcción de la historia :D

Hasta el siguiente cap. Un beso!