Sus comentarios han sido encantadores, muchas thank-ius!
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Al primer rayo de sol del día siguiente, Shikamaru sólo estaba seguro de dos posibles escenarios en los cuales tendrían que desenvolverse:
El primero era que el asesinato de Neji, más que un sacrificio para ellos —o un riesgo que podría haberse evitado— sería tratado como un primer golpe con el cual la defensa del Emperador haría pública la existencia de traidores, siendo Neji, hijo de un clan con un significativo pasado, su primer conspirador al cual debieron dar de baja y un perfecto sujeto a quien señalar. Buscarían con ello la forma de hacer prevalecer la tradición sobre cualquier otra cosa. ¿No eran acaso los Hyūga un clan con historial de ofensas hacia el Imperio de Konoha, hacia lo que significaba? Su señalamiento público como traidor serviría de advertencia, el inicio del derecho legítimo y soberano a defenderse, cazar e ir por más. No habría necesidad de juicios si se mencionaba que la anterior noche su Emperador había estado en letal peligro y que existían planes inminentes contra él.
La segunda posibilidad era que el Palacio no hiciera público nada de ello, tomando su «sorpresiva» muerte como la oportunidad de mayor control, toques de queda y presencia de militares y ANBU fuera de los muros del Palacio sin generar mayor pánico en sus habitantes. Sólo serían medidas para asegurar a la ciudad y sus habitantes, y éstos debían confiar en ello, en que era por el bien de la población. Había un asesino, las autoridades irían tras de él y reforzarían la seguridad de la capital para evitar futuros casos parecidos.
Shikamaru se lo confío a su padre quien sugirió esperar hasta el anuncio oficial de cualquiera de las dos opciones; no era mucho lo que podían hacer durante esas primeras horas luego del deceso y él, Shikaku Nara, en cualquier momento como jefe del clan tenía el derecho a ser llamado desde el Palacio para ser informado de recientes decisiones oficiales como las que su hijo exponía. Además, cualquier interacción con los demás podría levantar problemáticas sospechas.
—Toma esto, por favor —le dijo Shikaku también esa mañana entregando en sus manos una pequeña arma de fuego, distinta a las limitadas armas usadas por los militares del escalafón más alto, más pesadas y forjadas dentro de la misma Konoha. La de Shikaku evidentemente había sido traída desde muy lejos, incluso había una insignia de Kumo sobre ella—. Nunca la has disparado pero sabes perfectamente cómo usarla.
Shikamaru la agarró, decepcionado porque la idea de cambiar el poder con la más baja violencia estaba desvaneciéndose.
—Así que el nuevo plan es simplemente esperar, dejar que las cosas se calmen —pronunció en un bajo susurro Shikamaru.
Su padre no respondió, ambos simplemente esperando por algún mensajero del Palacio que solicitara la presencia del jefe Nara ante Madara Uchiha.
Poco después, antes de que la mañana acabara, Madara Uchiha anunció el segundo escenario pensado por Shikamaru; lamentaba que hubiese ocurrido una muerte en la noche de la Gran Festividad Dorada y tomarían todas las medidas necesarias hasta dar con el responsable. También afirmó, a jefes de clanes y representantes varios, que de ahora en adelante habría más normas estrictas para la población.
Nadie del Palacio, sin embargo, asistió o se refirió a la ceremonia de entierro del cuerpo del fallecido Hyūga. Tampoco se anunció otro nuevo decreto político que confirmara oficialmente al público la posible celebración en un futuro de un Fortis Pugna pero no era necesario, ya habría tiempo para eso. Por ahora las acciones eran más pesadas que cualquier palabra y sabían que habían neutralizado exitosamente cualquier pronta acción por parte de un traidor fuera de los muros del Palacio.
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Hinata entendía perfectamente cómo se vería esto, lo que cualquiera creería que pasaba.
Le había rogado a su nana porque no dijera ni pensara nada más que lo escrito en su mensaje, en la breve carta firmada por ella para Sasuke Uchiha pidiendo por su visita, y si bien su nana se había quedado callada y había prometido no discutirlo con nadie, se notaba la alegría en la mujer mayor: con la muerte de Neji el liderazgo del clan estaba en un punto coyuntural sin poder señalar exactamente quien podría pasar a ser la nueva cabeza. Por lo tanto era de vital importancia lo que, según la mujer mayor, su niña estaba haciendo para asegurarse un futuro esposo. Ser la hija de Hiashi Hyūga de todas formas no le aseguraba propiedades ni dinero a su nombre, esa sería una responsabilidad exclusiva de su futuro esposo.
Claramente eso la mujer no lo veía como una desventaja, simplemente así eran las cosas por haber nacido como niña.
Hinata, por supuesto, optó por no aclararle a su nana que su primera petición requiriendo por la visita de un hombre no era con la intención de conquistarlo. No lo aclaró porque de todas formas su nana, a pesar de que le diera mil razones, se haría la de oídos sordos.
Aún así, no podría evitar posibles miradas de alguien más si algún ajeno carruaje o transeúnte pasaba frente a su propiedad —o incluso otro Hyūga— y viese al joven Uchiha traspasar la entrada principal del complejo de su familia.
Hinata misma, asomando su rostro por una ventana de la sala donde se había dispuesto a esperar dicha visita, lo observó avanzar hasta la puerta principal de la casa. Se fijó en su altivo caminar y en el ceño fruncido que forzaba las finas facciones de su rostro, entendiendo con particular asombro que Sasuke había venido a pie y sin compañía.
Había pasado casi el primer ciclo lunar del verano, los primeros 23 días desde la muerte de su primo, y si antes de que Hinata supiera sobre conspiraciones y muertes había al menos un ANBU o guardia vigilando los alrededores de la propiedad Hyūga, ahora sabía que el número había incrementado desde entonces. Por tanto, a parte de cualquier posible transeúnte o familiar Hyūga que se diera cuenta de la visita de Sasuke, Hinata tampoco podía evitar que esa clase de ojos vigilantes se ubicaran sobre ellos, sobre él y su entrada a verla, y se preguntó si incluso una aparente nimiedad como esa era informada al Palacio.
Hinata, desde luego, no se había atrevido a salir de casa. No había deseado volver a ser perseguida por un ANBU y mayormente había enfocado sus esfuerzos en estar de luto. Y, bueno, las tradiciones de su familia incluso señalaban que así fuera, aislada y silenciosa luego de la muerte de alguien importante. Había ocurrido con Naruto y luego con su padre Hiashi. Pasaría con el Viejo Hyūga tal y como había sido también con Neji.
No obstante, tantos días de luto y silencio también habían hecho que su mente se imaginara todo tipo de escenarios, de otras posibles muertes, de cavilar sobre el trabajo de su padre y lo que seguramente Neji y todos los demás tan bien habían ocultado de ella. ¿Qué tanto había tenido que soportar su padre desde el día en que había dejado de ser el leal amigo del Emperador? ¿Cuánta presión había guardado su primo Neji, con la preocupación de un patriarca marchitándose pero sin poder susurrar libremente instrucciones porque las paredes tenían ojos y oídos? ¿Realmente ella, tantas semanas atrás, podría haber terminado en una muy deplorable situación luego de lo ocurrido con aquel ANBU?
Hinata a sus diecinueve años no podía creer lo ingenua e indiferente que había sido. Su clan tenía un enemigo y éste era claramente el Palacio.
Dejó de cavilar en tan amargos razonamientos cuando la llegada de Sasuke fue anunciada por una sonrojada criada que inmediatamente se retiró —seguramente por previas órdenes de su nana—, sólo Hinata siendo quien lo esperaba ubicó sus perlados ojos en el joven hombre antes de quitarlos de encima de su varonil figura. Quizá debido a la propia caminata, una corta porción de su vestimenta estaba aflojada, dejando ver piel de su pecho.
Sasuke se detuvo un poco antes de ingresar por completo a la sala de visitas. Él, aún con su ceño fruncido y ante los ojos de ella que ya no lo miraban, soltó un escueto sonido para informar de su presencia.
—¿L-le… gustaría tomar un poco de té o alguna bebida de su predilección? —preguntó Hinata sabiendo que la imagen de él parado en el umbral de la entrada a dicha sala y ella en medio quieta observando al suelo, no podía ser el retrato de una visita normal.
—No tengo tiempo —comentó él sin siquiera mencionar su nombre.
Hinata decidió observar de nuevo entonces, fijar su mirada en la de él y sentir sus propias mejillas ruborizarse ante una mezcla de sentimientos; por un lado, la vergüenza de aún no haberle agradecido por los dos grandes gestos que había tenido con ella: de salvarla primero de una peligrosa noche y semanas después asumir con digno cargo aquellos lamentables primeros momentos con Neji; y por otro lado, en leve enojo por esa falta de tacto que ya iba reconociendo era usual en él. Sabía, por supuesto, que Sasuke podía ser lo más gentil posible cuando quería, tal y como había ocurrido en aquella nefasta noche de la festividad.
Resolvió ella entonces por no remarcar la pequeña ofensa, no cuando ahora que lo veía de nuevo podía fijarse en el cansancio que transmitía su rostro.
—Lo entiendo —aseguró Hinata bajando de nuevo sus ojos al suelo.
Por supuesto que él querría irse lo más pronto. Quizá se habían pausado indefinidamente más planes rebeldes, quizá Sasuke por fin viviría bajo su riqueza y quizá ya había dejado todo atrás. Luego de tantos días sin haberlo visto y en medio de la relativa calma que había caído sobre la ciudad, no le era difícil para Hinata imaginarlo interesado en tener próximamente una familia.
Sasuke tenía veinte años y cumpliría pronto, según le había dicho su nana. Estaba en una buena edad para cortejar a alguien, quizá Sasuke ya tenía en mente a alguna mujer a la cual visitar.
Además, siendo el sobrino del segundo al mando de Konoha, de la misma persona en quien el Emperador confiaba ciegamente, no faltaría mucho para que Sasuke recibiera una invitación al Palacio a favor de construir una familia bajo las directrices de lo tradicional: era joven y un ideal noble con el cual formalizar un matrimonio.
Y, además, a pesar de la alta imaginación de su nana, Hinata no tenía intenciones de hacer eso, de desear ser una esposa. Quizá se le habían acabado las intenciones de ser la mujer de alguien cuando antes, de niña, sus dedos habían casi acariciado la felicidad en alborotados y dorados cabellos que ya no existían, cabellos que también se habían derrumbado.
—¿Por qué estoy aquí? Creéme, cualquier tipo de ayuda que necesites no soy el indicado —dijo entonces Sasuke con seriedad, su voz lo suficientemente profunda, tranquila, que podría haber hecho que ella obedeciera a cualquier otra cosa que él le hubiese pedido.
Ahora, sin embargo, incluso aunque se interpusiera sobre los posibles deseos de él, ella era quién quería pedir por cosas ahora; en todos esos últimos días Hinata había tenido tanto tiempo para hacer una introspección a su vida que justo ahora sólo quería respuestas.
—Quiero que me digas todo. Todo cuánto sepas o puedas decirme —dijo ella.
Esta vez no había titubeado, ni se había referido a él con mayor cordialidad a pesar de que sus perlados ojos aún se mantenían fijos en la aterciopelada alfombra roja bajo sus pies.
Sintió la mirada de él, pesada y traspasando su cabeza. ¿Se haría el de oídos sordos, haría como si no le entendiese? ¿Tendría que rogarle ella a alguno de los otros hombres que vio en esa habitación de la que ni siquiera recordaba cómo había llegado en primer lugar?
—¿Todo? ¿Incluso las cosas que te harían llorar?
Hinata arrugó su ceño.
Kiba había sido el primero en quien ella había pensado antes de resolver llamar a Sasuke, decidiéndose por éste último cuando reflexionó que Kiba probablemente preferiría ser muy sutil con ella, guardándose cosas y siendo indirecto para no «lastimarla»; y, además, ella estaba tan avergonzada con Shikamaru como para llamarlo. Él estaba tan avergonzado con ella porque, incluso a pesar de contar con un gran genio, un hombre había muerto al fin y al cabo.
Su clan por su parte había decidido tomar distancia. La anterior advertencia por mantener silencio había sido ahora especialmente enviada a cada miembro importante de su clan y el Viejo Hyūga, tan viejo cada vez más, probablemente ya llevaba días delirando como para aceptar una visita de su nieta y sus complicadas preguntas.
Un corto momento más y sintió los largos pasos de Sasuke acercarse a ella. A la vista no estaban ninguna de las dos criadas a disposición de la casa ahí con ellos.
—No diré nada aquí —susurró él, curvando su espalda porque era mucho más alto que ella, y de tal forma quedando tan cerca al rostro de Hinata que debía considerarse una imprudencia—. Escucha bien lo siguiente: sabes dónde son mis establos y sólo allí te recibiré, puedes ir como mejor te apetezca, caminando de nuevo, acompañada de tus criadas o con algún nuevo prometido, Hime —se mofó él entonces, una obvia referencia al cercano trato de Kiba con ella; claro que lo haría—. Venir aquí sólo ha sido una cordialidad, tampoco confío en estas paredes.
Hinata asintió, sus ojos aún viendo hacia abajo y viendo la cercanía de las embarradas botas de Sasuke.
Luego, en un muy diferente tono, Sasuke dio lo que no podía ser otra cosa más que una orden.
—Mírame.
Hinata casi cerró los ojos y levemente aspiró. Esa voz, esa orden, había sonado rasposa.
Con lentitud subió su mirada percibiendo la cercanía de él, oliendo su aroma, parpadeando antes de llegar al mentón de Sasuke; entonces algo extraño ocurrió en ella cuando sintió una punción en su entrepierna. No, no sólo una pequeña sensación, eran varias punzadas allí justo arriba de sus muslos y bajo su vientre, pero la extrañez era tal que no se atrevió a mover sus piernas, a entrecruzarlas ante la idea de pasar vergüenza haciéndolo. Era algo diferente a lo que había sentido antes, a los varios retortijones placenteros de la mañana del Festival, aquellas mariposas de las cuales se había rehusado volver a recordar señalándolas como una posible afección, sólo una premonición que los dioses habían hecho en ella sobre lo que eventualmente había ocurrido luego ese día.
—Sasuke…
Y así observó a los oscuros ojos de él no sin antes percatarse en la leve comisura del joven moviéndose hacia arriba.
Luego Sasuke simplemente se fue antes que ella fuese la primera en retroceder o, peor aún, tomara impulso para golpearlo en su pecho por tan obvia impertinente cercanía.
Aún así, Hinata sí pudo confirmar el extraño presentimiento de que desde aquella fatal noche Sasuke Uchiha, aunque tuviese duras palabras hacia ella, nunca le negaría lo que le pidiera por más mínimo que fuera.
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A los dos días siguientes, Hinata sentada en un carruaje de su clan se encaminó a los terrenos del clan Uchiha, a la extensa propiedad casi que inhabitada, pero no obedeció exactamente lo pedido por Sasuke de ir a sus establos, de ingresar nuevamente a la propiedad de él como si estuviera escabulléndose o fuese una indigna mujer a la cual él no era capaz de recibir. Hinata, a pesar del propósito real de sus actos, no quería ser tratada como un sucio secreto y optó por ingresar por la entrada principal. Así era, de todas formas, la forma correcta de volver allí.
Fue con una de sus criadas, la más joven, más joven que Hinata, a quien podía convencer de mantenerse callada y quien más fascinada quedaría de pisar por primera vez el terreno de un noble como el de Sasuke Uchiha, alguien con un apellido importante y quien seguramente alguna vez había pisado el mismo suelo que pisaba el Emperador. En medio de esa admiración, Hinata se anunció a sí misma, la joven ayudante a su lado ahora muda de mencionar palabra alguna a la persona que las recibía, un hombre quien, si Hinata supiese mejor, reconocería su vestimenta y postura como la de un servidor del Palacio.
Hinata mencionó que era esperada por Sasuke pero con el propósito de no parecer muy cercana a él se refirió a él como «el señor Uchiha», eso a pesar de que Sasuke no había establecido un día o una hora en los que ella podía ir, ni enviado a algún mozo con una invitación formal a la mansión. Quizá, pensó Hinata el día anterior, esa había sido su forma de reafirmarle que en realidad no sería bienvenida por la puerta principal y que no la esperaba en más cordiales circunstancias.
O quizá, como descubriría pronto, Hinata sólo debería haber esperado un día más. Sólo debería haber sido más paciente por un día.
A pesar de eso Hinata había ido, confiando en que Sasuke había permanecido en su casa hasta el momento en que ella asomara sus narices allí. Un error, sin embargo, que cambiaría el rumbo de su vida porque cuando fue guiada a través de la amplitud de limpios pisos de madera y altas paredes por otra joven, fue llevada hasta quedar al frente del real señor de la casa, Madara Uchiha, sentado detrás de un amplio escritorio y grandes libros uno encima del otro y pergaminos sobre los que el maduro y orgulloso hombre casi tenía su rostro pegado. Hinata se sintió indefensa, sola sin su criada que se había quedado en el primer piso esperando por ella. Se sintió como si hubiese llegado a la guarida de un lobo y por primera vez se cuestionó por qué no había obedecido exactamente a las palabras de alguien como Sasuke —tosco pero sin duda astuto—: claramente éste había querido prevenir que ella tuviese que pisar el mismo suelo en el que se encontraba el principal enemigo de su difunto padre.
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Existía un gran favoritismo hacia uno de los Uchiha por parte de Chiyo, lo sabía Sasuke desde cuando la anciana ingresó a trabajar en su propiedad. Había venido desde el otro lado del mar y aunque Sasuke no sabía bajo qué circunstancias su tío la había contratado, Chiyo vivía con él desde que Sasuke había sido un perspicaz niño de once años. Por aquellos años la anciana había mentido a favor de él para evitar que algunas veces Madara lo agarrara con odiosa fuerza del antebrazo o atravesara su pequeño rostro con la palma de una pesada mano murmurando que nunca había existido en su clan un tan impertinente Uchiha como él.
Luego, Chiyo le había hablado casi todo lo que un hombre debía saber sobre las mujeres y cómo hacer para no dejar en embarazo a una. «No seas un cabeza hueca teniendo hijos tan pronto» había aconsejado ella aunque Sasuke no habría tenido hijos a los catorce, por supuesto, pero había sido un buen tema para compartir con Naruto o incluso con otros nobles de su generación durante momentos de oficial esparcimiento.
Años después Chiyo le había cuidado durante sus borracheras, a veces hasta el punto de haberle quitado la botella de sus manos. Otras veces estaba seguro que la mujer nunca le diría nada a Madara sobre situaciones tales como haber visto al joven amo llevar a una bella durmiente hasta su recámara, incluso asegurándose de silenciar a los otros empleados.
Ese favoritismo entonces debía ser el que la estaba haciendo correr por el pastizal hasta llegar a él, sin aliento como si acabara de huir de un fantasma.
Sasuke, por supuesto, se extrañó pensando si acaso ocurría algún incendio en casa o si estaban en inminente peligro, quizá había un ANBU merodeando cerca a él o había llegado a ella el rumor de una imprevista orden de arresto. Quizás alguien había confesado y con evidencia lo habían señalado a él como un traidor. No obstante no podía ser eso, su tío se estaba quedando en la propiedad revisando viejos papeles de los cuales Sasuke ya se sabía de memoria. Por eso había estado manteniéndose recluido ahí a lo largo de siete días, procurando no ver el rostro de Madara, decidido a estar con los animales que toleraba y amaba más que al perverso de su tío.
También estaba esperando, claro estaba. Pretendía estar ahí todo el tiempo necesario esperando por ella, por la princesa Hyūga y su rostro de rasgos aristocráticos, pensando él si acaso lo mejor era volver a visitarla, forzar su encuentro en algún rincón del complejo Hyūga en el que realmente se sintiera seguro de hablar. Ella le había pedido eso, sólo hablar y Sasuke en su mente ya había estructurado exactamente qué decirle, por dónde empezar. Contagiarla de sentimientos por una revolución, permear en su cabeza que a futuro, si las cosas seguían como iban, el Imperio sería sólo una ilusión.
Fue entonces entre los sofocos de la vieja Chiyo que Sasuke entendió quién estaba en inminente peligro y se dirigió con prisa a la casa principal con su corazón queriendo salirse de su pecho.
Shikamaru tenía razón con que él a veces saltaba a apresuradas conclusiones, sin embargo, algunas veces odiaba cuando no era así, quedando él como un gran idiota que no proyectaba peligros —incluso aunque fuesen delirantes— que se suponía debía evitar: si hubiese tenido presente la posibilidad de Hinata yendo a la mansión principal en vez de jugar a la pareja furtiva en sus establos, no estaría rogando a dioses en los que no creía que su tío hubiese rechazado la abrupta visita de una Hyūga.
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—Una joven ha venido a verlo, mi señor —dijo la persona que la había guiado y quien se había retirado cuando su amo movió una de sus manos en el aire sin subir su rostro en reconocimiento.
Hinata sintió un nudo en su garganta.
—Habla, chiquilla. —Escuchó ella poco después una áspera voz. A Hinata no le había gustado ese término, «chiquilla», entendiendo perfectamente que el hombre lo acaba de usar con un tono de superioridad—. Tengo cosas importantes que hacer —casi que gruñó él impaciente.
Madara Uchiha aún no había levantado su cara para verla, al parecer aceptando la visita de ella como un asunto banal.
Quizás creía que la llegada de una joven a su propiedad tenía como propósito congraciarse a favor de su muy evasivo sobrino, pero incluso aunque eso fuera verdad Hinata no halló palabra alguna frente al aura de aquel hombre. Sólo hasta después de un prolongado silencio el líder Uchiha detuvo su lectura y por fin ubicó sus muy oscuros ojos en ella. Por supuesto, Madara Uchiha reconoció de inmediato de dónde provenía la herencia de los ojos claros y las facciones ahora tan parecidas de quien había sido la esposa de Hiashi Hyūga.
Hinata por su parte siguió sin poder elaborar nada en su cabeza cuando era obvio que el hombre la estaba examinando. Quizá se había sentido segura cuando salió de casa con su falda larga, nada pomposa, y su blusón de muy claro color violeta, cuello cruzado, delgada faja anudada y amplias mangas cubriendo sus muñecas y codos, pero aquella pesada mirada estaba haciéndola sentir inestable, como si se estuviera enfrentando a un real peligro.
«Este es el hombre que todos ellos odian también», recordó.
Era también un héroe, aquel que había traído algo de Naruto de vuelta al Imperio.
Igualmente era el que le había susurrado al Emperador que Hiashi Hyūga era probablemente un traidor. Incluso quizá había sido quien ordenó la muerte de éste y más recientemente la de Neji. Ante la idea Hinata sintió a su corazón estrujarse porque se estaba quedando cada vez más sola en el mundo y quizá todo era culpa de este hombre.
—Hinata Hyūga, ¿no es así, chiquilla?
—Con... todo respecto, señor Uchiha, no soy una chiquilla —enfrentó ella aunque con suavidad—. Cumpliré veinte años en el siguiente invierno —informó entonces, poco consciente de que su creciente coraje en lugar de hacerla tomar en serio estaba incrementando la curiosidad de un cruel hombre.
—Ya veo, estás en edad de conseguir un buen esposo, ¿no es verdad?
Hinata se sonrojó ante aquellas palabras optando por pensar qué responder porque no sabía cómo el corto intercambio entre ambos se estaba dirigiendo a esos temas.
—Yo…
—Tienes razón, ahora eres más mujer que muchas de las que viven en el Palacio —comentó él sin vergüenza, levantándose de su lugar para expresar con tal gesto que Hinata estaba teniendo toda su atención—. Es más, creo que te has convertido en la mujer más hermosa de todo el Imperio, he viajado por todos los rincones y no hay nadie que se te parezca.
Ese fue el momento en que Hinata volvió a escuchar otra voz áspera, casi igual de seca que la de Madara Uchiha.
—Señorita Hinata —pronunció Sasuke llamando su atención sin siquiera reconocer la presencia de quien era la mano derecha del Emperador. Hinata giró su rostro hacia atrás para verlo en medio del marco de la puerta por la que ella había entrado minutos antes—. Sígueme.
Ella, manteniendo la cordialidad, se despidió del otro Uchiha mayor y con pasos cortos pero apresurados siguió las largas pisadas de Sasuke.
Fue hasta luego de caminar varios metros que se dio cuenta que llevaba el ceño fruncido y sus manos parecían temblar. Luego no fue sorpresa para ella cuando, con su joven criada pisando ahora sus talones, su carruaje ya se encontraba de nuevo listo frente a la amplia entrada de aquella mansión.
Hinata se despidió de Sasuke, dejando que su mano se apoyara en la de él para subir al coche mientras mantenía su ceño aún arrugado por no poder hablar con él, por tener su corazón aún latiendo tan estrepitosamente. Aún así, suponía que todo eso se expresaba claramente en su rostro y por tanto Sasuke había optado por mantenerse en silencio también, eso a pesar de que era evidente que cada uno quería hablar con el otro. Decir algo, incluso aunque fuesen sólo palabras condescendientes.
Y entonces, a pesar del silencio, con claridad ambos parecían compartir una inmensa y extraña culpa respecto uno del otro.
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Luego de ese encuentro, Sasuke durante tres días completos se había estado sintiendo particularmente indeciso. Había una idea en su cabeza, una siempre presente en cada minuto que pasaba de sus días pero que sólo en las noches de insomnio se atrevía a configurar por completo en su cabeza.
Y sin poder evitarlo más, exactamente cinco días después del imprevisto encuentro entre Hinata y su tío, Sasuke tuvo la osadía de decírselo a alguien. La insensatez de confesar lo que bien podría haberse quedado dentro de los secretos de su casa.
Al parecer, Hinata había logrado despertar cierta curiosidad en su tío. Hasta entonces nunca había visto que alguien pudiera hacer que el poderoso hombre se levantara de su escritorio en plena sesión de estudio. Madara Uchiha no era débil ante las mujeres, no caía en encantos baratos e incluso algunos otros decían que estaba protegido de maldiciones amorosas o cualquier otro absurdo hechizo que ignorantemente murmuraban. Madara tampoco otorgaba su atención libremente, incluso aunque frente a él estuviera algún otro hombre poderoso que no fuese su Emperador Minato Namikaze.
Y, ciertamente, Sasuke estaba seguro que su halago hacia Hinata como la mujer más hermosa de todo el Imperio no era condescendiente, para nada al haber sido dirigido a una Hyūga.
Aquello también había sido cruel. Halagar a quien acababa de estar de luto por la muerte de un hombre de quien, Sasuke no dudaba, Madara era responsable.
Y si la casa hubiese estado más deshabitada de lo que actualmente era, quizá su tío la habría seducido al punto de haberla besado, o quizá incluso la habría hecho suya ahí mismo sobre su fuerte escritorio.
Sasuke observó a Shikamaru, tratando de no reflejar en su rostro el descontento que sus propias palabras le hacían sentir y evitando comentarios demasiados inapropiados.
Aun así algo era claro: en la opinión de Sasuke, quizá Hinata podría resultar una figura clave para conectar con el Palacio. Una perfecta espía a quien todos mirarían con inferioridad... Una pieza que podía avanzar sin que nadie se diera cuenta.
Shikamaru seguramente concordaría en lo vital que era tener información de primera mano.
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Lo siento Zafira y otros, esto no tendrá MadaHina aparte de estos leves…. guiños?
Casi 5k palabras, espero no sea abrumador... aunque subiendo cada 15 días creo que está bien!
