El capítulo más largo hasta ahora.
Deliberé mucho en si recortarlo pero la verdad prefiero que finalice tal y cómo está y no quitarle nada. Vayan por un cafecito o su snack favorito (: y bienvenidos a otro nuevo "veamos cómo Hinata inadvertidamente se mete en más líos".
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—Halagó inmensamente a Hinata, ya veo. Puede considerarse como algo más que un peculiar suceso —concluyó Shikamaru luego de ambos quedarse en silencio por un corto tiempo.
Shikamaru, sin embargo, no extendió más su raciocinio sobre ello, guardando sus posibles opiniones al respecto quizá como respeto a la figura de una joven de quien sabía su existencia desde que eran niños.
Sasuke, por su parte, sí tenía más qué decir. Ya habían mantenido un aparente tiempo de calma por mucho tiempo, y si bien el hecho de que su injusto Imperio ahora pudiese sobrepasar a la vida de Minato Namikaze —la muerte de éste al final no importando si eso permitía que una figura como Madara se convirtiese en Emperador—, no significaba que Sasuke y los demás tuviesen que dejar activamente sus roles.
Además, Sasuke era consciente que Shikamaru, Shikaku y Kakashi siempre estaban atentos a cualquier oportunidad, cualquier hilo al cual jalar hasta que aquello que debía ser destruído quedara en sólo restos; bueno, él pretendía ser ahora quien señalara a ese pequeño hilo.
—He estado pensando por días sobre esto y siempre llego al mismo veredicto: Hinata puede ser el nuevo enlace entre el Palacio y nosotros, aún más cuando no hemos vuelto a saber de Suna.
—Contrario a Hinata —intervino de inmediato Shikamaru—, Temari no Sabaku está dentro del Palacio, Sasuke. Sólo no he podido configurar algún nuevo encuentro con ella.
Lo último dicho era medianamente verdad: si bien habían decidido esperar a que la tormenta de una búsqueda de traidores se calmara un poco, más en el marco de toques de queda y vigilancia constante a la población alrededor del Palacio, Shikamaru por disposición propa sí había intentado contactarse con Temari. Al inicio bastante despreocupado por no obtener señal de ella pero luego curioso —y quizá un poco alarmado— de su prolongado silencio.
Quedaban 10 días antes de que ella regresara a Suna; 30 días desde la última vez que la había visto cuando ella le había hecho entrega de la canasta. Y tal y como había sido ese último encuentro, dentro de pocas horas sería de nuevo una oscura luna nueva.
Sí, quizá era un muy prolongado silencio.
—Bueno, ella dejará pronto la ciudad, ¿no es así? No será más útil después —prosiguió Sasuke—. ¿Me escucharás lo que tengo por decir?
Sintiéndose derrotado, Shikamaru asintió con la cabeza.
Cada uno estaba en su propio caballo, las patas de las bestias pisaban el suelo ahora de manera más lenta bajo las órdenes de sus amos, y alrededor había un par de perros de caza también acompañándolos. Tanto Sasuke como Shikamaru estaban seguros de estar lo más lejos posible entre las extensiones del pequeño bosque Nara.
—No pretendo llevarlo a cabo bajo la narices de los demás y tengo en cuenta que sólo sería algo factible si Hinata concede ayudarnos —aclaró Sasuke; Shikamaru no perdiéndose el detalle de cómo hacía referencia a ella, sin decir su apellido y otro tipo de tratamiento—. Creo que sólo hay que llamar la atención de mi tío lo suficiente, y aunque Hinata ha logrado eso en parte sin siquiera proponérselo, hay una manera de catalizarlo rápido en concretas acciones: la primera, proponerle matrimonio a Hinata. Han surgido pequeñas habladurías sobre ella y yo así que no sería algo del todo sorpresivo, y esa inesperada visita cuando estuvo Madara en la mansión… al final puede servirnos si él piensa que Hinata lo ha hecho como otra chica enamorada de mí. Puedo hacer incluso que Chiyo haga correr entre nuestros criados algún rumor de cómo le he escrito y enviado falsas cartas por semanas —Sasuke pausó por un momento, deteniendo su caballo y bajando de él con habilidad, haciendo que Shikamaru hiciera lo mismo mientras ambos nobles se sostenían la mirada.
»La idea de hacer esto se fundamenta en que a Madara no le hará gracia mi intención de casarme con una Hyūga, lo verá como un serio problema: sería un primer paso para que alguien de ese clan vuelva al Palacio, incluso aunque tengan que pasar años antes de ser aceptado a trabajar bajo el ala de mi tío. Y, si el viento juega a nuestro favor, Madara preferiría, ante el escenario de una joven Hyūga ganar alguna clase de cercanía con el Palacio, tenerla bajo bajo su vigilancia. ¿Y qué podría ganarle a una propuesta de matrimonio por parte de un noble?
Sasuke no habló más, sabiendo que su amigo estaba considerando cada punto y evaluando su viabilidad, incluso aunque seguramente no estuviera de acuerdo o se sintiera incómodo con las cosas que estaba escuchando.
—Nadie podría negarse ante una invitación a residir en el Palacio, incluso aunque fuese algo extraoficial. El Emperador ni siquiera tiene que enterarse —prosiguió finalmente Shikamaru.
—Exactamente. Eso hará Madara, estoy seguro; llevarla al Palacio quizás a trabajar en algún cargo como doncella o institutriz. —Sasuke avanzó pensando en sus siguientes palabras. Quizá a alguien como Shikamaru no le gustaría escucharlas—. No obstante, sé que cabe la posibilidad de que tal interés que surgió en mi tío se extienda a inapropiados límites. Aun así, descarto una matrimonio, es algo que él no haría —prosiguió Sasuke, esta vez pausando para apretar con fuerza su mandíbula; la idea de Madara decidiendo casarse con Hinata sólo para «arrebatársela» a él era también probable, si era sincero y conocía a Madara tanto como lo hacía.
Sin embargo, no se atrevió a confiarle eso a Shikamaru. La sola idea de un matrimonio así era bastante desagradable y sabía que Shikamaru tenía el suficiente respeto y aprecio por Hinata como para congeniar con una idea que podría resultar en la infelicidad de ella. Si Madara se aferraba a la convicción de un matrimonio con la joven Hyūga, el mayor infortunio residía en que Hinata tendría que aceptarlo y Sasuke era quien la estaba llevando a ello, ganándose probablemente la enemistad del único amigo que le quedaba.
Shikamaru, por su parte, suspiró pesadamente, tomándose un tiempo para deliberar consigo mismo aún más las palabras que le acababan de decir.
—Sólo sería realizar la propuesta públicamente, ¿cierto? —quiso entonces asegurarse Shikamaru. Sonaba bastante problemático pero en cierta medida la propuesta de Sasuke tenía lógica—. No estás hablando de casarte realmente con Hinata.
—Es claro que no —respondió Sasuke levemente apresurado—. Estoy seguro que sólo el anuncio bastará para que mi tío meta sus narices y tendrá lógica proponerlo antes de mi cumpleaños. Además, mi intención sigue siendo nunca casarme.
Shikamaru mantuvo sus labios en un fina línea antes de hablar:
—Tenemos que hablar con ella y no se lo diremos a nadie más a menos que sea un hecho, ella es la única que decidirá sobre todo esto.
Sasuke asintió con la cabeza, jalando a su caballo mientras buscaba el mejor sitio donde amarrarlo en el claro que estaban. Supuestamente habían salido para cazar pero al parecer ninguno llevaría a casa presa alguna.
Decidió, sin embargo, reducir la tensión que se había establecido en ambos tratando de convencer tanto a su amigo como a él mismo que no era algo tan descabellado:
—Vamos, si Madara la invita al Palacio, vivirá con comodidades hasta que él sienta que haber dejado entrar a un Hyūga es una pésima idea. Luego, estoy seguro, su nuevo estatus de haber vivido allí hará que le llueven propuestas de otros hombres con promesas de que serán una familia feliz.
Sasuke obligó a su mente a no ilusionarse ni indagar en cómo alguien como él podría hacerla feliz.
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Tres días después, luego de hacerse cargo entre ambos de los preparativos necesarios para que dos jóvenes hombres se reunieran con una joven soltera, sin compañía extra y en medio de una llovizna repentina de esa cálida noche de verano, Sasuke había decidido mantenerse afuera de la sala en la que ahora se encontraban Shikamaru y Hinata.
La casa quedaba justo al lado donde los hombres hacían sus reuniones, elegida convenientemente así por si los tres debían escabullirse y ocultarse en el lugar clandestino si el momento lo ameritaba.
Sasuke alcanzaba a escuchar las palabras susurrantes del otro, incluso condescendientes con la joven Hyūga, sin grandes detalles que pudiesen causar gran incomodidad entre ellos. Ambos eran amigos. O al menos dos personas con un lazo cercano entre ellos.
En un inicio, si bien Sasuke había estado de acuerdo en que era mejor que Shikamaru hablara con ella —contrario a las posibles ásperas palabras que Sasuke consideraba podría tener en ese asunto—, Shikamaru ahora estaba haciendo un pésimo trabajo, quizá aún avergonzado por el trágico suceso con Neji; muy probablemente, como era su naturaleza, sintiéndose de alguna forma como el mayor culpable de ello.
Sólo momentos antes, Shikamaru había hecho la reflexiva labor de poner al tanto a Hinata de planes anteriores, de cómo el número de personas en contra del Emperador y las acciones políticas y económicas de Madara eran suficiente evidencia de que las cosas debían cambiar, de cierto número de nobles y personas de inferior rango queriendo hacerlo, de la brecha cada vez más aumentando entre el Palacio y lo que existía fuera de sus muros. Shikamaru también relacionó lo que el mismo Madara entendía muy bien y de lo que sin duda alguna se aprovechaba: el mayor dirigente del Imperio, aunque gozaba de buena salud física y aún le quedaba mucho tiempo en el poder, era un hombre marchitándose. O, más bien, ya no era el mismo de antes. Ya no era el mismo padre de Naruto, eligiendo Shikamaru muy bien esas palabras sabiendo que harían eco en la mente de Hinata.
Minato Namikaze era un hombre afligido, atormentado por el pasado, incluso detrás de las fáciles sonrisas que podía dar o las miradas serias a sus allegados cuando pedía algo. Era un hombre que se refugiaba en los placeres a su disposición y ahora era su completa culpa, su falta de amor por Konoha y negligencia, lo que estaba poniendo en peligro que la ciudad y el Imperio pudiese parar a manos de lo más cruel.
Por supuesto, Hinata había entendido todo eso, uniéndolo con su propio clan, buscando con su suave voz por respuestas que muy seguramente ya sabía, respuestas que en realidad ya había estado comprendiendo en pocas semanas luego de sólo observar. Su padre Hiashi y su primo Neji habían sido víctimas de esa falta de amor de la que hablaba Shikamaru y de la cual Madara Uchiha se aprovechaba.
Ahora, sin embargo, por la misma delicadeza de Shikamaru hacia ella, probablemente Hinata Hyūga no estaba captando del todo la importancia de poder ser una ficha clave ni las ventajas de haber llamado la atención de alguien como Madara… El hombre no tan concentrado en su labor como mano derecha del Emperador sonaba bastante bien. Además, cualquier posible aliado que llegara a los muros del Palacio era del interés de todos.
Así, luego de algunos insoportables momentos y murmullos desde la habitación, Sasuke decidió ingresar.
—¡S-Sasuke! —Hinata se levantó de su asiento y el rojo en sus mejillas era adorable.
Sasuke sintió la extraña culpa que había llenado su ser la última vez que ella y él se habían visto, culpa que ahora se incrementaba debido a las ideas que tenía en mente.
—Por favor, toma asiento —mencionó él tratando de no sonar con impaciencia. Podría ser educado, podría incluso hablar con el mismo bajo tono con que Shikamaru había estado hablándole a ella.
Sasuke entonces tomó asiento también mientras el otro noble, sintiéndose aliviado ante el cambio de responsabilidades, se levantaba para dirigirse hacia la única ventana allí, cerrada como precaución pero sobre la cual podía apoyarse, prefiriendo permanecer lejos y deseando por poder ingerir un poco de opio para calmar su ahora intranquilo estado.
Sasuke no suavizó tanto su misión, le recordó a Hinata sobre su encuentro con Madara, de cómo se le había informado a Sasuke de su visita tan pronto ella había puesto un pie en el piso de la Mansión Uchiha. Le confesó cuánto había escuchado de esa interacción entre su tío y ella y le confirmó que sólo podía deberse a una naciente lujuria en él.
Cada una de las últimas palabras dichas por el líder Uchiha significaban un plausible interés en ella. Que estuviera en «edad de conseguir un buen esposo» sólo había sido un eufemismo de encontrarla atractiva, remarcado poco tiempo después con su mención de ser la más hermosa de todo el Imperio.
—Me hizo sentir… débil —le confesó ella a Sasuke en uno de sus susurros, uno por el cual él no había tenido que inclinarse para escucharlo, inconscientemente ya estaban bastante cerca uno del otro.
Es lo que hacían cada vez que se veían, deliberadamente o no, acercar sus cuerpos. Desear, aunque no quisieran admitirlo, ver los ojos del otro.
—Entiendo, no sólo su aspecto es el de un hombre poderoso, su actitud también lo es, es un hombre ambicioso y sabe qué decir y cómo pronunciar sus palabras para conseguir lo que quiere.
Hinata visiblemente tembló un poco y sin poder evitarlo apartó su mirada hacia un lado. Podía recordar la sensación así como la aversión por el hombre. Casi rencor a tan desconocida figura a pesar de que Hinata probablemente nunca podría odiar del todo a alguien.
—Ustedes dos quieren que acceda a algo, ¿no es así?
Sasuke se tomó su tiempo para responder, casi que considerando terminar el encuentro ahí. Hinata, días antes, había buscado por información y eso ella ya lo había conseguido, pero ahora Sasuke estaba ahí para ser él quien pidiera su ayuda.
—Mi tío considera su mayor logro posicionarse como la mano derecha del Emperador, no sólo por la posición como tal, sino por habérsela arrebatado a tu padre, Hinata —afirmó Sasuke observándola fijamente aunque ella no lo hiciera, absorbiendo cada porción de exquisita piel blanca. Luego bajó la cabeza, mirando a sus manos hechas puños sobre sus rodillas y apretando su mandíbula antes de continuar—: Sólo han pasado tres días pero estoy seguro que Madara no ha dejado de pensar en ese encuentro… Y, como hija de Hiashi, le encantaría tenerte. Sería una perfecta manera de catapultar su rotundo éxito, tan convenientemente luego de años porque justamente has crecido; sería para él un vicioso logro no sólo haber dejado por fuera a tu padre del Palacio sino quitarle lo que más le importaba: tú.
Hinata se alarmó ante aquella idea y por fin giró a ver a Sasuke de nuevo.
—¡Nunca estaré con alguien como él! —aseguró alarmada levantándose de su puesto y observando a Sasuke.
—No será así —prometió el azabache con sus dientes apretados y sosteniendo la pálida mirada de ella, asegurando que a él tampoco le gustaba la idea de que pasara por algo como eso. Ver a su tío con más éxito del que tenía actualmente no estaba en sus planes y ver a una mujer completamente desdichada tampoco lo estaba, por mucho que fuera a favor de él y otros. Entonces Sasuke se levantó también de su puesto con determinación en sus ojos—. Sólo necesitamos su interés, nada más. Eso lo prometo. No habrá nada más que su interés, no estarás con él u otro hombre del Palacio.
Hinata no confió del todo en esas últimas palabras, aún así estaba entendiendo la idea. No sólo era llamar la atención del hombre, necesitaban alguien que se integrara lo más inadvertidamente posible en la vida cotidiana del Palacio, alguien que llegara hasta un cercano nivel en el que se encontraba Madara y por tanto el Emperador.
Sobre el líder Uchiha ya habían algunos ojos pendientes de informar sobre sus puntos más débiles apenas fueran revelados, sin embargo, y aunque su información había sido valiosa en el anterior plan, el poderoso hombre sabía cómo tomar distancia con miembros de la Corte, sastres o incluso con las mujeres que admitía para el Emperador.
Pero con una mujer a la que él mismo había dispuesto su atención…
—Creemos tener un buen plan de acción —prosiguió Sasuke, y optando por seguir diciendo las cosas como hasta ahora lo había hecho, no le dio mucho rodeo a sus palabras.
Sasuke le habló sobre su muy conveniente idea de pedirle matrimonio.
Una falsa propuesta de matrimonio, con eso bastaría.
Aún así, por muy fantasiosa que fuera, por poco real, la sola mención de ello hizo que Hinata enterrara su rostro en sus manos, y Sasuke, creyendo erróneamente que tal idea era capaz de hacerla llorar y por tanto la necesidad de ocultarse, se ubicó entre ella y Shikamaru, obstaculizando cualquier visión de su amigo sobre ella.
Por alguna razón, la idea de otro hombre viéndola así era intolerable para él.
Hinata, sin embargo, no había estado a punto de llorar, sólo había sentido su rostro indescriptiblemente rojo.
—¿Hinata?
—No tienes que hacer pronunciación alguna… creo —dijo ella sonando tenue entre sus manos hasta que de nuevo levantó su rostro. Los ojos oscuros de Sasuke aparecieron pronto en su visión, muy cerca a ella—. Sólo tengo que decírselo a las tres mujeres que me sirven y cuidan y toda la ciudad rumorará sobre nosotros tan pronto abran las puertas del mercado mañana —afirmó entonces Hinata, ahora apartando sus ojos de los de Sasuke.
No era exactamente una aceptación, quizá al día siguiente Hinata no pronunciaría palabra alguna, quizá decidiera encerrarse en casa y no volver a tener contacto con dolorosas verdades. No obstante su corazón estaba saltando y gritando porque aceptara, un impulso por no quedarse en casa viendo a su clan decaer cada vez más. Un impulso porque, aunque quizá no fuera verdad, Sasuke prometía que nada malo pasaría con ella.
—Yo no… —Sasuke empezó dubitativo antes de rasgar más sus ojos y fijarse en los claros de ella—, yo no lo negaré si alguien pregunta.
Hinata tragó saliva y con sus manos por fin caídas a cada lado de su cuerpo, miró de soslayo apartando la intensa mirada en ella.
Una pregunta entonces se interpuso por encima de su aparente nuevo coraje y simpatía con la clandestina oposición.
—Sasuke, entiendo que… esto es una oportunidad contra tu tío, aún así… ¿Es posible que impide una real propuesta tuya hacia otra mujer? ¿Alguien inadvertidamente podría sentirse ofendida y herida? —Hinata no pudo ser capaz de subir de nuevo su mirada luego de tales cuestionamientos, aún más si hacerlo pudiese resultar en él mintiéndole para asegurar su total aceptación.
O, incluso, en una posible sinceridad de él por reconocer algún amorío.
Aún así, no hubo más opción para Hinata que haber preguntado.
—No, no es así —murmuró él, su expresión totalmente concentrada en ella… Por supuesto que alguien como la noble frente a él haría preguntas como esa.
Luego con sólo una mirada de él a Shikamaru, éste último entendió que era hora de regresarla a casa.
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—Estás muy abstraído, Madara —mencionó el Emperador ante el silencio del hombre. No era inusual que éste se mantuviera serio, sin embargo, tanto tiempo sin decir palabra alguna sí era algo extraño.
Quizá Madara no quería volver a disgustar a su Emperador por segundo día consecutivo, aún así Minato intuía que había algo más en el hombre y curioso quería saber.
El poderoso hombre rubio estaba entrenando, maniobrando una espada como tan bien lo sabía hacer. Le gustaba el natural sonido tranquilo de antes del amanecer y el frío viento que golpeaba sus mejillas antes de que llegara el caluroso día, lo prefería así mientras sujetaba el arma y hacía su requerido ejercicio.
Además, salir de las seguras y familiares paredes de sus aposentos y oficinas era de vez en cuando una agradable actividad para hacer. Le gustaba su Palacio, claro, le gustaba refugiarse allí, pero a veces sucedían cosas insoportables dentro de esas doradas paredes: tal y como había hecho su padre y el padre de éste y todos los grandes hombres antes de ellos, la tradición dictaba que cada Emperador dejase escrito sus memorias. Él, Minato Namikaze, no las debía siquiera escribir ni dictarlas a alguien más, todo eso era trabajo de los escribas de la Corte. Las únicas tareas que un Emperador debía hacer respecto a ellas, si aún vivía, eran leerlas y firmarlas. Lo especial justo ahora era que si bien en circunstancias normales sus memorias sólo serían empezadas cerca de su lecho de muerte, tal y como había sido siempre debido a que escribirlas mucho antes de eso podría ser tomado como un irrespeto por parte de su séquito hacia él o un asunto de mal agüero, según Madara, como había mencionado ayer, gracias a los sentimientos de «revolución» —incluso aunque se hubieran neutralizado hace un mes— se ameritaba reconsiderar empezar a escribirlas desde ahora.
Al Emperador, desde luego, no le había gustado la idea por mucha confianza que sintiera hacia su mano derecha, y por tanto, desde el día anterior aún consideraba que lo propuesto por Madara era una impertinencia de su parte.
Sus memorias, cuando fueran escritas, debían mencionar en algún momento que su amada esposa había muerto a manos de las acciones de una inadvertida celosa mujer, de alguien vertiendo veneno en su vino, y que años después el destino había vuelto a jugar contra él al arrebatarle injustamente a su hijo, aquél al que con tanto esmero había enseñado y protegido, el que heredaría su posición y llevaría a Konoha a lo más alto…
Minato Namikaze golpeó con más fuerza a su inamovible enemigo, el soporte de madera y cuero contra el cual realizaba cortes. Y a pesar de la pregunta que él le había hecho a Madara, el Emperador no se desconcentró en sus movimientos. Tampoco en su activo propósito por no llevar a su mente recordar escenarios más cándidos que había vivido allí, escenarios que no serían estimados en sus supuestas memorias: años atrás en el pasto bajo sus pies habían existido risas y promesas ingenuas que ya no volverían. Quizá por ello, a pesar de su propia negativa por algo que había propuesto Madara —la primera negativa en años por parte del Emperador a su mano derecha—, le estaba disgustando tanto el silencio del hombre.
No quería rememorar las risas.
Quizá haber salido de sus íntimos aposentos había sido una mala idea.
Podría estar con una mujer ahora, claro; escucharla adorarlo y soltar ahogos que sin duda llenarían de placenteros cantos su habitación real, pero había decidido soltar la enardecida irritación que sintió tan pronto despertó —y el desasosiego, el anhelo por una vida pasada— a través de otro tipo de actividad. De todas formas la tradición también dictaba que aunque trascurriera el tiempo, en vida el Emperador debía saberlo todo sobre el arte de la guerra y ser un maestro en ello, incluso aunque no hubiese en el horizonte alguna batalla por venir, incluso cuando, según lo que llegaba a sus oído, Konoha estaba forjando y manteniendo buenas relaciones con Suna más allá del mar y otros lugares.
Madara entonces por fin habló, optando por actuar como siempre, manteniendo la misma vibración en su voz cuando se dirigía a su Emperador. El día anterior había sido poco afortunado para Madara, pero no significaba que él mismo se pusiera en una posición desfavorable ahora.
—Excelentísimo, no es nada por lo cuál preocuparse, sólo habladurías acerca de mi sobrino de las que me he enterado anoche.
—Oh. —Minato detuvo los giros que hacía con la espada contra el inanimado oponente frente a él e hizo una mueca que no fue observada por el hombre varios metros atrás.
Sasuke Uchiha había sido un niño muy cercano durante casi toda la vida de Naruto, o al menos desde la edad permitida de un hijo imperial para tener contacto con otros nobles, pero, curiosamente a pesar de ser el sobrino de Madara Uchiha y único heredero de todo un clan, no había vuelto a pensar en él desde entonces…
Desde aquel fatal día cuando le fue informado que su niño había desaparecido del Palacio. Cerró los ojos alejando cualquier posible recuerdo y tragó saliva ya no queriendo seguir con su entrenamiento, haciéndoselo saber al muy joven lacayo pendiente de él y entregando su espada.
Con una forzada sonrisa se dirigió entonces a Madara.
—Espero que él se encuentre con buena salud y felicidad —dijo el Emperador esperando no haberse demorado en su réplica. Había decidido que lo que menos quería era generar más disconformidad entre ellos.
Madara por su parte hizo una mueca que neutralizó lo más pronto posible. Bueno, las ojeras de Sasuke y su constante inexpresividad eran evidencia que no ocurría ni lo uno ni lo otro, pero el Emperador no tenía por qué saberlo. Su sobrino era alguien sin importancia en el actual panorama y Madara mismo, hasta que no estuviese al borde de la demencia o una muerte segura, no centraría mayor esfuerzo en Sasuke para asegurar que el joven no arruinara la riqueza u honorabilidad que publícame quedaba del clan Uchiha.
Aún así, su sobrino seguía siendo una molestia.
—Lo está —afirmó Madara de todas formas—. Si me preocupa algo son las habladurías de un posible enamoramiento entre él y una joven de la capital. —Madara omitió de quien se trataba; era un sinsentido mencionar el nombre de cierto clan frente a su Emperador, incluso aclararle que no se trataban de «habladurías» sino, conociendo a su sobrino, una real y eventual propuesta oficial de matrimonio aunque sólo fuese un acto de rebeldía contra su tío.
Konoha, allá entre las calles lejos de los muros del Palacio, había despertado el día anterior con el murmuro de un interés conyugal entre Sasuke Uchiha y Hinata Hyūga, y dicho murmuro sólo se había incrementado hasta llegar a los oidos de él. Que Sasuke pediría por la mano de la señorita Hinata antes del cumpleaños del joven.
Aún así, el hombre rubio, perspicaz cuando se lo proponía, entendió que las «habladurías» no eran del todo bien recibidas por el líder del clan Uchiha.
—Debes saber, Madara, que la juventud a veces encuentra el amor en los lugares más inesperados —prosiguió el Emperador, no realmente para animar al hombre, más porque debía decir algo—, pero si eso te causa problemas confío en que sabrás manejar la situación lo mejor posible.
—Tienes toda la razón, mi Señor —respondió el otro esforzándose en controlar la expresión de su rostro—. Absolutamente como siempre.
Madara no podía negar que esa joven había atraído su atención desde el primer momento en que la había visto tan cerca y que su sobrino realmente era una molestia, pero para su buena fortuna Madara era el segundo hombre más poderoso en todo aquél terreno y podía mover fichas tal como él mismo quisiera.
Prefería eso antes de permitir que una unión Uchiha-Hyūga fuese el inicio del verdadero resurgir de ese clan. Además, si alguien debía tener control sobre la primogénita de ese clan, ese debería ser él.
—Señor, ¿emocionado por la ceremonia de despedida de los embajadores delegados? —dijo entonces Madara, consciente de que por un momento no tuvo que ocultar la altanera sonrisa en sus labios cuando su Emperador dio media vuelta para dirigirse hacia sus aposentos.
Una simple invitación a la fiesta del Palacio como evidente bienvenida a la joven y luego por más, seguro que bastaría para que Sasuke perdiera interés en una mujer diferente a la que Madara, eventualmente en pocos años, eligiera para su sobrino. Los matrimonios debían ser algo que resultara en fructíferos resultados, no en lo que fuese que Sasuke pensaba que eran.
—Se le han hecho los últimos retoques a la nueva túnica para la ocasión —prosiguió Madara.
El Emperador sólo soltó un sonido de reconocimiento, ya no le apetecía mantener una buena conversación con Madara.
«Ceremonia» era otra forma de decir que se haría otra fiesta organizada por quien fuera a quien Madara diera las instrucciones. Minato estaba seguro que era algo innecesario de hacer pero las tradiciones seguían siendo respetadas, incluso aunque sólo se tratara de más alcohol y comida. Y mujeres, por supuesto. Al menos en eventos especiales como esos había un mayor espectro de bellezas para escoger; para ser seducidas y llamadas por él en medio de brillos y vino, mujeres de las cuales podría escoger a una o dos para tener jadeando bajo él. En ocasiones como esas el Emperador podía entretenerse con alguien más que no fuera sólo aquellas figuras que Madara le presentaba, aquellos voluminosos cuerpos en los cuales podía refugiarse por momentos, sintiendo todo tipo de placer que no podía serle negado.
—Sólo espero que todos nuestros embajadores sean despedidos con buena fortuna y paz —dijo hipócritamente cuando Madara llegó a su lado.
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Pocos días después Hinata estaba hermosa, con delicadas telas en su vestido casi flotando tras ella, espectrales. Su largo cabello oscuro estaba recogido en dos tocados a cada lado de su cabeza y los claros colores de su vestimenta jugaban expertamente en hacerla ver pulcra, intocable.
Sasuke ni siquiera había tenido que hacer público ni oficial su ofrecimiento. Tal y como había dicho Hinata, las tres mujeres que servían en su hogar habían bastado para compartir las «buenas nuevas» y muy poco después de eso Hinata había recibido una pomposa invitación al Palacio, logrando inmensa alegría en su nana e incredulidad pero grata admiración por parte de las otras dos criadas que luego de la sorpresa inicial habían dado saltitos, tomado de las manos a Hinata y aconsejado pedir una audiencia con el Viejo Hyūga para que se le permitiera comprar telas nuevas y maquillaje, ellas podrían encargarse de reformar un hermoso vestido en tan poco tiempo. Desde luego, la invitación de Hinata para las tres mujeres había sido como estar viviendo en un cuento de hadas, el inicio de nuevos frutos porque en menos de una semana la hija del clan era objeto de una posible propuesta de matrimonio y había sido invitada al a una ceremonia dentro del Palacio; las desgracias definitivamente estaban quedando atrás, habían dicho.
Y estaban tan ciegamente felices que no se percataron de lo extraño que era que Hinata fuera la única invitada, que no podría llevar una chaperona ni un acompañante varón de su propia familia.
Además, el Viejo Hyūga no estaba para visitas y Hinata tuvo que esperar hasta que algún otro miembro mayor de su familia se acercara a ella, alguien que seguramente había sido contactado por Shikamaru o su padre Shikaku Nara o incluso Kakashi Hatake. Todos ellos debían ahora saber, por supuesto que debían.
La vergüenza de aquello había sido axfisiante; aún así estaba allí, una Hyūga dentro del Palacio, tratando de ocultar su nerviosismo y enfocándose tanto en eso que no tenía cabeza para admirar las altas paredes, la esplendorosa recepción, la extensa alfombra bajo sus pies; esperando como presa a que Madara al menos pusiera sus ojos oscuros en ella, que tan pronto la viese no se arrepintiera ni tachara sus previos pensamientos. Llamar su atención siendo simplemente ella, la hermosa hija huérfana del anterior amigo del Emperador.
Pero no fueron esos oscuros ojos los que se ubicaron en un principio en ella; otros atractivos muy azules recorrieron con parsimonia nuevamente su cuello, a la fina piel visible según las nuevas modas de vestidos.
Minato Namikaze, el Emperador, la observó saludar con educación a quien fuese que pasaba por su lado, todos inseguros de si realmente podían hablar con tan inusual invitada a pesar del inmenso atractivo que su figura mostraba.
La observó con detenimiento cuando ella llegó hasta él en la fila de personas que debían hacer los saludos iniciales a su Emperador, y justo como él había pensado hace más de un mes durante la Gran Festividad Dorada, la joven tenía un porte que encajaba perfectamente con el oro y la madera de su Palacio.
Cuando vio la espalda de Hinata Hyūga alejarse, el hombre sopesó por unos segundos sobre las posibles razones del porqué Madara había permitido su entrada, pero descartó cualquier idea. No importaba. ¿No era acaso una suculenta visión?
Y así, después de lo que pareció una eternidad, cuando Hinata estaba segura que todo lo pensado por Sasuke y acordado por Shikamaru habían sido imaginaciones; cuando Madara se rehusó a acercarse a ella cuando comprendió la mirada que le profesaba su Emperador a la chica; y cuando Minato Namikaze en su majestuosa túnica dio por fin pasos hacia ella, alejándose de su multitud, atrás acompañado de tres callados sirvientes, fue cuando un invisible reloj de arena con el destino sellado de todos empezó realmente a funcionar.
—Es una impertinencia colgar esta pintura aquí, siempre lo he pensado—mencionó el Emperador deteniendo sus pasos y Hinata casi saltó ante las palabras. Había estado admirando uno de los cuadros colgados en la ala contigua a la sala principal, por fin deleitándose por las maravillas decorando el Palacio y dejando de lado la tarea por la cual había sido encomendada.
—Y-yo… ¡Excelentísimo Señor! —dijo ella y de inmediato se puso en posición de reverencia—. Nuevamente, estoy inmensamente agradecida por la invitación… que me fue concedida.
Esto era terrible, desde luego. Sola y sin ayuda de alguien de su clan, Hinata temía hacer un gesto irrespetuoso —incluso aunque fuera inconsciente— que pudiese irritar al Emperador. Internamente estaba luchando por no quedar totalmente petrificada en su presencia.
—Puedo ser sincero y decir que no tome decisión alguna respecto a las invitaciones. Ahora, puedes levantar tus hombros de nuevo; ¿estás aquí por alguno de nuestros embajadores, señorita Hyūga?
La pregunta era extraña, mostrando un interés en ella que no esperaba recibir y Hinata pensó si mentir y mencionar el nombre de Lady Temari, incluso cuando la otra joven tampoco se había acercado a ella y había mantenido una constante distancia.
Entonces escuchó una corta risa de su Emperador y Hinata cayó en cuenta que debido a sus cavilaciones, no había cumplido la orden de finalizar su reverencia y tampoco sabía cómo responder.
Lentamente se irguió y vio cómo el Emperador daba un leve giro y observaba ahora al cuadro. Las tres personas que le servían mantuvieron una prudente distancia y Hinata se concentró en hacer caso, en no parecer alguien indigno a quien Minato Namikaze, en los siguientes minutos, ordenara que llevaran a la salida.
—Es una pintura extraña —repitió él sorpresivamente amable—, teniendo en cuenta que antes era colgada en la intimidad de quien la poseía, no en donde los demás pudiesen verlo, o al menos no cerca a una multitud como la de hoy.
Hinata se obligó a responder.
—Mi Señor, yo… puedo entender un poco a qué quiere usted referirse. No es un retrato sobre una pareja enamorada; el artista… —Hinata recorrió visualmente la pintura en un movimiento diagonal— …intencionalmente ocultó una figura en el fondo frondoso. Es… es claramente el amante de ella —terminó de decir con sus mejillas rojas, incierta si era por sus propias palabras o el leve cosquilleo en su estómago. Y aunque sólo estuviera hablando de arte, quizá no eran cosas que mencionar a un máximo dirigente.
No obstante, estaba acertando divinamente con algo de su tarea, incluso si quien estaba a su lado no era el hombre a quien debía llamar la atención.
—Eso es correcto. Ella no está mirando a quien se supone es su amado, está observando a su verdadero amor, oculto para que el otro hombre no se dé cuenta.
—O que nosotros tampoco nos demos cuenta, Majestad. Aún así… es agradable a la vista. Engaña, sus colores y la felicidad que transmiten nos engaña en un principio —habló Hinata manteniendo su mirada en aquella figura, rehusándose a observar en dirección a su Emperador.
Era irreal, sin embargo, porque tampoco podía evitar pensar en Sasuke y en cómo él vería ese inusual acontecimiento como una gran oportunidad —y en cómo eso hacía que un molesto nudo se diera lugar en ella—. Aún así, Hinata no tenía maliciosas palabras en mente, ningún plan que idear ante tan inesperado momento; sólo podía dejarse llevar ante lo que se desenvolvía en presencia de ella, esperando no estar arruinando nada con ello.
Por su parte, Minato, de quien quizá su deseo por dar una mirada cerca a la joven no era del todo honorable, estaba sorprendido por el aparente conocimiento de la joven Hyūga por la pintura, o al menos por su alto nivel de observación.
Casi había olvidado lo que era cruzar más de dos oraciones con una mujer.
Hubo más interacción entonces, a la vista de los tres fieles servidores y acerca de la túnica de él, de los días cálidos que hacían, del banquete que se había servido previamente.
Hinata, inconsciente, en un punto sonrió, quizá como una joven encandilada por alguien como Minato Namikaze, tal y como tiempo atrás Sasuke había pensado de ella, obviando por momentos lo que se le había dicho del Emperador.
Obviando que, quizá, debía ser alguien a quien ella odiara y no de quien recordaba era el hombre más hermoso que había visto y con quién por primera vez había sentido inocentes mariposas en el estómago. Que el Palacio y todo lo que había dentro de sus paredes era enemigo de su clan, incluyendo especialmente a su Emperador.
Minato en un impulso tocó el mentón de ella, manteniendo su mano allí con delicadeza mientras devolvía una leve sonrisa. Amable incluso, tan ajena a la que un supuesto hombre triste debía dar.
Quizá ambos se estaban engañando uno al otro y por eso el gesto no había sido rechazado por ella, ni había sido exigente por parte de él. Hinata poco a poco recordó los apagados rostros de su padre y Neji y en las ojeras de Sasuke Uchiha, así que tener la atención del hombre estaba bien, era una oportunidad; y Minato pensó en lo delicioso que se veían esos labios rosados, casi tan parecidos a los tantos otros que había tenido sobre él cuando se hallaba excitado, pero pensó también en lo sinceras que habían sonado las palabras provenientes de ella.
—Sé qué hay más corriendo por la mente tuya, señorita Hyūga, no puedo negar que nuestros pasados innegablemente confluyen y agradezco tu educado comportamiento conmigo; sin embargo, como tu Emperador, puedo guardarme cualquier mención sobre tu padre —prosiguió el poderoso hombre con tan repentino enunciado, sus ojos azules ahora más pesados aunque aún manteniendo su leve sonrisa—, incluso aunque tal silencio puede dolerte, a alguien tan hermosa como tú.
Hinata trató de hablar abriendo un poco su boca pero apenas pudo soltar un pequeño aliento.
—Aún así, creo que es claro que cualquier cosa que desee viene a mí sin problemas. —Minato Namikaze se detuvo ahí, en sus crípticas palabras, en su promesa. Debía irse, era momento de decir las últimas despedidas a los embajadores y sus delegaciones, y también sería su primer y único discurso oficializando por fin el Fortis Pugna; no podía quedarse más para deleitarse con ese perfecto rostro de ella.
Así, Hinata Hyūga volvió a quedarse sola con un nudo en su garganta y no sólo habían sido tres fieles personajes los que habían visto ello, otra joven también había captado el aparente pequeño encuentro. Claro, no era tan inusual ver al Emperador así —-admirar mujeres quizá era uno de sus pasatiempos—, sin embargo, esa joven Hyūga durante los últimos dos meses había estado muy cerca de Shikamaru Nara y Sasuke Uchiha, ¿no era cierto? ¿No había incluso un rumor de ser pedida en matrimonio por parte del joven Uchiha?
Sin soportar poder ver más cómo la habían vestido y a sus perfectas facciones que conocía tan bien, esplendorosas en tan joven edad, la mujer dio media vuelta y se perdió entre la oscuridad de los pasillos que la llevaran lejos de la multitud y de la imagen de una Hyūga en el Palacio.
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Agradezco la clase de arte que vi hace años en la universidad.
Por otro lado, el siguiente capítulo me genera muchas ansias; es donde mantengo sus atenciones o las ¿pierdo? (bajo un manto de decepción). Espero que por lo primero.
Igual no importa, haré actualizaciones más rápidas en los siguientes 3-4 capítulos.
