Perdón por la demora inusual, pero heme aquí entregando otro capítulo largo. Es más de contextualizar a través de otros personajes, pero aún tiene un poquito de suculento SasuHina (+18).
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La mujer Hyūga no cuestionó las órdenes que desde la casa principal del clan habían llegado a ella: rechazar cualquier visita hacia Hinata Hyūga, sobre todo al tener en cuenta que en realidad la hija de Hiashi no se encontraba ahí con ella.
A la mujer no se le había dado extensos detalles, sólo órdenes de mentir a favor del clan, y habría sido fácil hacerlo, obstaculizar un poco algún llamado del Palacio o incluso a un miembro de ANBU viniendo a cerciorarse de la joven simplemente al desalentarlo con que Hinata Hyūga estaba enferma con la peor clase de las dolencias: el desamor.
Oficialmente para quien quisiera escucharlo, Sasuke Uchiha no se casaría con ella, ya no pediría por su mano; quizá eso hubiese sido un rumor desde un inicio, quizá Madara Uchiha había dado su opinión al respecto, evitando que su sobrino desistiera de tener un interés en la joven Hyūga. Cualquiera que fuera la verdad —la verdad siendo una suerte de conspiración entre ambos—, para los oídos de quien quisiera saberlo, Hinata había hecho lo que toda señorita habría hecho ante un rechazo de alguien como lo era el tan afortunado soltero Uchiha: sentirse completamente abatida.
La mujer, Natsu Hyūga, quien vivía fuera del complejo del clan y quien supuestamente estaba cuidando de Hinata, ayudándole a pasar de manera privada su vergüenza, le habría sido fácil seguir con la mentira si no fuera porque quien había llegado hasta la puerta de su casa era el mismo médico personal del Emperador. A un ANBU podría haberle negado la entrada al menos por unos días con el argumento de que empeoraría la condición de la joven y que debían darle tiempo a su tratamiento; y con órdenes tan directas de su clan, la mujer incluso no habría dudado en actuar con cierto dramatismo; ¿pero con un Sanin? ¿La persona que más sabía de medicina en el Imperio de Konoha? Sólo había podido dejarlo pasar a la iluminada sala de visitas y tratar de convencerlo de que Hinata estaba hecha un lío de nervios, no obstante, la sonrisa del hombre cada vez que ella se atrevía a decir una palabra, le confirmaba que de alguna manera él sabía que no estaba siendo honesta en lo absoluto.
—Le aseguro, mujer, que podemos tomar mejor cuidado de ella en el Palacio. Tráigala, hágale saber que una carroza le espera, yo mismo le acompañaré.
—¡S-Señor…! —No hubo más posibles excusas en la mente de ella, además se sentía acorralada, como una insignificante presa ante la presencia de una gran serpiente.
Quizá lo era. La mujer no era ajena a otros tipos de comentarios que se decían de Orochimaru, sobre su siniestro poder de invocar a los muertos, usando magia negra y conjurando. Muchos hablaban de ser él quién tenía bajo un sospechoso velo de dominio al Emperador.
Como fuese, ante el silencio de la mujer y la ansiedad que ella estaba sintiendo, Orochimaru extendió más su sonrisa.
Sabía que Hinata Hyūga no se encontraba allí ni en la casa principal desde donde él mismo había venido, probablemente la joven no estaba en las inmediaciones de Konoha o quizá su aparentemente inocente e ignorante imagen ya era actualmente una total farsa. Orochimaru no estaba del todo interesado en los detalles, pero decidió jugar con lo que estaba pasando.
—Quiero revisarla, seguramente podré apaciguar cualquiera que sea la dolencia que la joven Hyūga tenga. —Orochimaru incluso hizo el gesto de ponerse de pie, uno de sus ayudantes atento a él se ubicó a su lado.
—¡No es necesario! —aseguró ella, su voz temblorosa porque todo eso podría llevarla directo a una sentencia de muerte. Ante su acto, bajó levemente su cabeza y llevó sus claros ojos a observar al suelo—. Quiero decir, mi Señor, ella no tiene ninguna dolencia física. Como quizá habrá oído usted, el joven heredero Uchiha había pensado en pedirle matrimonio, pero esto no se llevó finalmente a cabo. Hinata Hyūga se siente mal por eso, ya sabe cómo son las jóvenes; además, siente vergüenza por no ayudarle al clan a…
—¿Realmente el clan Hyūga pensó que algo así pasaría? ¿Un interés conyugal por parte de un admirable soltero hacia alguien de un clan casi que destruído? —interrumpió Orochimaru la retahíla de la mujer y ésta silenció una réplica de que el clan realmente destruído era el Uchiha, con sólo dos miembros actualmente vivos—. Ah, pero ciertamente los jóvenes, llenos de ilusiones, ¿no es verdad?
A pesar del directo comentario contra su clan, la mujer sintió alivio por lo último que él había dicho, pensando que era un pequeño resquicio con el cual ayudarse.
—Toda la razón tiene usted, mi Señor. Pronto se repondrá de la tristeza que ahora siente, le seguro, pero no hoy… Por favor, le ruego sea benevolente con ella…
—Ah, pero a la vez qué tan afortunada —le interrumpió de nuevo Orochimaru—. Y pensar que usted está alargando innecesariamente esa felicidad, un llamado del Palacio, nada menos. Una nieta en un palacio lleno de oro habría sido seguramente una noticia que alegraría al señor Hideki Hyūga, si éste no estuviera delirando, claro.
Ese había sido uno de los detalles que no se le había explicado muy bien a la mujer, no sabía qué significaba eso, no entendía por qué era desfavorable para su clan que Hinata estuviera disponible desde ahora o qué clase de llamado estaba el Palacio interesado en hacer para ella. Ahora mismo el hombre de la Corte frente a ella le hablaba de felicidad y aún así a Natsu Hyūga eso sólo le sonaba como a una jaula de oro.
Orochimaru se acercó a ella y le entregó un enrollado papel que sólo podría ser del más alto lujo.
—Le advierto, mujer, que Hinata Hyūga debe estar preparada y en disposición dentro de dos días. No creo que pueda ser más «benevolente», habiendo hecho primero una visita a la residencia principal y otra inmediatamente aquí, con una fallida resolución que llevarle a nuestro Emperador, en otro momento esto habría resultado terrible. Aún así, dígale la buena noticia, es bienvenida a residir al Palacio y, como entenderá incluso alguien como usted, rechazar algo así sería de inmensa ofensa… pero seguro eso alegrará a una joven enferma, ¿qué otra cosa podría sentir con la promesa de comodidades y una buena cama? Probablemente sea lo más importante que un miembro del clan Hyūga va a hacer después de tanto tiempo. —Con sus no tan crípticas palabras y su ayudante pisándole los talones, Orochimaru se dirigió él mismo hacia la puerta de aquella casa—. Una última cosa, prefiero que esté presente en la residencia principal de su clan, haré que alguien más vaya por ella. —Orochimaru le dio una última mirada a la mujer, y habría sido una con mayor desdén si no hallara tan divertido el rostro de la Hyūga entendiendo por fin qué implicaba su visita ahí.
Aunque no era algo que se murmurara públicamente, era de cierto conocimiento que aunque el Emperador no tuviese una esposa y probablemente nunca volvería a oficializar a otra mujer como su compañera, el hombre no tenía miramientos por compartir la cama con mujeres.
Sin despedida alguna, la mujer se apresuró en avisar lo que había acontecido sin abrir el papel que le había sido entregado. Orochimaru por su parte casi comunicó lo mismo al Emperador: si bien la joven estaría pronto en el Palacio y en efecto no existía ningún pretendiente con interés de desposarla, ella había levemente enfermado y por tanto Orochimaru, luego de ver su condición y recetado algo, había dado dos días de plazo para evitar cualquier desfavorable situación dentro de la Corte.
Cualquiera podría suponer que Orochimaru al menos estaba bastante curioso de cómo se desenvolverían los siguientes días y meses, fueran o no desfavorables.
Dudaba que el clan Hyūga tuviese siquiera las agallas de planear algo contra el Palacio, el Emperador o Madara, pero sabía que otros sí tenían una disposición y deseo por hacerlo. Orochimaru incluso podría señalar nombres, suerte para éstos que el médico de la Corte no estaba interesado en ser el más fiel y honesto a lo que representaba el Palacio. Incluso era totalmente precavido con el «honor» de tener su nombre en el Fortis Pugna, algo en lo que Madara desde luego tenía toda la ventaja.
Por supuesto, Orochimaru tenía un plan para escapar cuando más lo viese conveniente o si realmente llegaba el momento en que su Emperador pereciera, pero por ahora con el hombre rubio tan saludable, las estrategias de Madara por mantenerse estable y obstaculizar atentados contra el Emperador, y la distancia cada vez más obvia entre lo que pasaba dentro de los altos muros y afuera, una nueva adición con secretos dentro de dichos muros era para él demasiado irresistible como para no dar un paso al lado y dejarlo continuar. Quizá sólo sería otra muñeca encerrada en una jaula de oro, o quizá resultara en algo más.
Quizá por fin esa patética rebelión tendría algo de fortuna y a Madara Uchiha por fin le llegara algo de desgracia. El hombre se lo merecía después de todo.
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Era la quinta noche desde el matrimonio entre Sasuke y Hinata, y horas antes todos los interesados habían por fin recibido el mensaje esperado desde el Palacio.
Shikamaru ya había establecido un plan de acción respecto a Hinata, uno que desde luego tenía tantas posibles aristas según qué parte del Palacio pasaría ella la mayoría de su tiempo y con cuáles personas tendría contacto en su diario vivir. Su plan —o todas las ramificaciones que de su plan podrían salir— procuraba, en una primera parte, no perder el contacto con ella, y en una segunda parte mucho más compleja, intercambiar información.
Esta información, por supuesto en un futuro, tendría que ser evaluada y de alguna forma verificada —fuese con un tercero o con un análisis general de lo que el Palacio dejara entrever— para evitar que fueran mensajes que en realidad el mismo Palacio o Madara hubiesen enviado.
Así, asegurar el contacto con ella no era algo del todo desafiante: si era relegada a un rincón, significaba que sería encomendada a algún oficio —la ociosidad no era bien vista por el Imperio— y podrían seguir con un contacto parecido a como tenían con Tenten u otros. Tejer, coser, cuidar de un jardín o de niños, incluso instruirse en algo como cantar o servir de traductora, necesitaba de recursos materiales y humanos que el Palacio no siempre proveía, teniendo eventualmente que facilitar periódicamente una comunicación entre afuera y adentro. Este escenario, sin embargo, traería más decepción que otra cosa: habría una baja posibilidad de que Hinata realmente consiguiera algo importante para hacerles llegar saber, quizá sólo pedazos de información que tendrían que ser aunados con otros.
Este escenario, sin embargo, era algo que sinceramente no le molestaría del todo a Shikamaru.
Las cosas eran lo bastante complejas —o serían así eventualmente con directa ayuda de ella o no— para preferir que Hinata siguiera siendo simplemente una figura en el fondo con buena fortuna. Su padre, Shikaku, debía saber eso a razón de haber permitido que Shikamaru mantuviese una distancia respecto al paradero actual de Hinata, o de no tener que ser él quien hablara con Sasuke durante esos últimos días —eso quizá habría sido bastante incómodo.
El otro escenario que Shikamaru precisamente prefería no rumiar mucho en su cabeza más allá de lo estrictamente necesario, era Hinata convirtiéndose en una recurrente compañía del Emperador, «ganándose» un lugar con propósitos amatorios. Usualmente —Shikamaru podía decirlo— Madara Uchiha debía escoger a las mujeres que estarían con el Emperador no sólo en base a sus propios filtros para asegurar que se trataba de alguien sin peligrosas conexiones, que fuese una ignorante extranjera, una noble o al menos mujer de familia bien acomodada con alta fidelidad hacia el Palacio, sino también debían ser escogidas por Madara según sus habilidades sociales y de conversación, y claramente sus capacidades de brindar compañía, al parecer preferiblemente dentro de una cama.
Si Hinata lograba eso a pesar de no haber pasado por ningún filtro, sólo su belleza e inteligencia los factores que atrajeron la mirada y el agrado de Minato Namikaze, si ella superaba cualquiera que fueran las expectativas en la cabeza del Emperador, entonces la oposición al Palacio tendría que tratar con un escenario que antes no habían siquiera previsto.
Una increíble oportunidad, sin duda alguna. Alguien con acceso a las altas esferas.
Mantener un contacto con Hinata también podría salir relativamente fácil. Quizá más fácil comparado a ser sólo una bella dama hilando largas cortinas para el invierno.
Formar parte del concubinato o de las amantes de Minato Namikaze significaba pasar a ser parte del reflejo majestuoso del Palacio, a servirle no sólo a lo que el Emperador quisiera sino también aportar con su belleza y voz al prestigio que aquellos altos muros debían mantener.
El sólo favoritismo de Minato Namikaze bastaría para permitirle una «libertad» a Hinata: a la par de estar con él, recibiría lecciones durante un tiempo para mejorar su destreza en aspectos intelectuales y de expresión corporal, también de etiqueta que alcanzarían los altos estándares del Palacio, y su libertad vendría evidenciada en la eventual labor de ella de conversar sobre arte y música para entretener mentes en fiestas y reuniones sociales, incluso de llevar su presencia a espectáculos públicos —si acaso Madara no tuviese una futura inclinación por cancelarlos: la Gran Festividad Dorada se había hecho porque tenía un peso de muy antigua tradición, pero sin duda alguna el hombre preferiría mantener las puertas cerradas del Palacio durante otros eventos.
Aún así, habrían sin duda oportunidades para que Hinata y Kakashi tuviesen encuentros, teniendo éste último aún un estatus de alto cargo como oficial civil y un irrevocable derecho a vivir dentro de una ala del Palacio —siempre y cuando, desde luego, nadie lo acusara de traición e hiciese que su cabeza rodara por el suelo—, aunque ya fuese años que su residencia se hallara lejos de los aposentos del Emperador.
Sin embargo esa libertad de Hinata por haber deslumbrado al Emperador desde luego sería restringida. Muy probablemente vigilada desde el primer paso que ella diera dentro del Palacio.
Ahí entraba la segunda parte mucho más compleja, la de intercambiar información.
No podría ser algo tan obvio como entablar una conversación, ni algo complicado como un pergamino con un extenso mensaje escrito.
Serían objetos, justo como el libro que Shikamaru tenía en sus manos que hablaba sobre la fundación del pueblo que había sido Konoha tantos ciclos de luna atrás. O joyas, como un relicario con un compartimiento lo suficientemente grande para que un mensaje pudiese ser puesto allí; uno para ella y una copia igual de fina y de oro que Kakashi tendría. Cualquier otra pieza podría servir siempre y cuando no fuese fácilmente rastreable ni tan exageradamente llamativa para ser arrebatada de Hinata. Simplemente objetos cotidianos, lo que una noble podría poseer en su pulcra imagen.
Todo eso debía ser hecho con la más posible astucia… Y Shikamaru soltó un pesado suspiro ante esa última idea.
Tal vez era que no podía imaginar a Hinata con un gramo de malicia en ella, ni alguien que pudiese manejar con cierto grado artimañas; no era alguien como la embajadora de Suna y su engaño —con tres mujeres como ella Shikamaru estaba seguro podrían haberse hecho del Palacio hace años—, mucho menos de servir de señuelo como alguien de inferior clase quizá podría hacer ante la promesa de un puñado de oro.
No obstante, Shikamaru podía recordar cuando él sin real provocación había comparado a Hinata con una «oveja» y las palabras inmediatas de Temari de cómo tan apacible animal podía engullir a un lobo, hacerlo suplicar al final (1). Temari entonces lo había acusado de aún no saber qué cosas eran capaces de hacer las mujeres, pero ahora muy bien lo sabía.
Podían jugar bajo las narices de guardias y jefes de la Corte con vestidos y mímicas, podían montar un misterioso centro de operaciones en una ciudad ajena, aguantar años de amar y desear a alguien fuera de sus alcances aunque eso significara llorar cada día, o casarse con un hombre al que realmente no conocían para atraer aún más la atención de otro, sólo por amor a su clan. Tenían un particular e innegable poder innato y Shikamaru sabía muy bien ahora que no importa lo poco que superficialmente podría parecer ese poder, todavía se podía usar de alguna manera. No importaba qué tan pequeño era algo, podría seguir siendo útil, podría convertirse en algo enorme y llegar un momento en que se cambiara el futuro.
Sin más que detallar, ahora sintiendo el peso de libro en sus manos, Shikamaru procedió a hacerle incisiones a algunas de sus páginas internas hasta tener un pequeño hueco ahí, una copia con brillante y rígida portada que pronto tendría Kakashi y que sería igual a una edición del libro que Hinata podría hallar en una de las bibliotecas del Palacio.
Libros y relicarios. Fiestas y encuentros en pasillos. Cortos intercambios verbales y miradas. Esas iban a ser sus armas por ahora, pasos silenciosos para que ninguna cabeza rodara por el suelo.
Eso tendría que bastar.
Aún así, Shikamaru también recordó que había otra forma de acercarse a Hinata, pero tanto él como los demás no apostaban su fortuna a ello: los cimientos del Palacio habían estado allí desde muchos años atrás, desde tiempos en que habían existido guerras o incluso otras más grandes conspiraciones. Existían rincones y recovecos que quizá no habían sido pisados de nuevo desde cientos de ciclos lunares atrás, pasadizos con puertas secretas que debían llevar hasta las recámaras del mismo Emperador o Madara.
En su anterior plan habían trazado, con ayuda de Sasuke y Kakashi, un camino hacia el aposento principal del Emperador, sólo un único camino de ida para el hombre que le habría dado fin a la vida del máximo dirigente de Konoha, un hombre que había perdido a toda su familia y quien también habría encontrado su propia muerte al final de aquellos pasadizos.
Era demasiado peligroso para Hinata, ya fuese intentar memorizar en tan corto tiempo lo que Sasuke podría decirle de ellos o aventurarse en posibles tiempos libres sólo para encontrarse, si hallaba mala suerte, con un laberinto sin salida.
Y con precisamente buena suerte, Shikamaru esperaba que Sasuke ni siquiera le hiciera mención de ello a su ahora esposa.
O le prometiera cosas imposibles.
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Fue después de arruinar su vestimenta y tenerla totalmente desnuda en una nueva posición contra la sólida pared, luego de arremeter contra ella con un singular y fallido pensamiento de dejarla embarazada, que tanto Sasuke y Hinata escucharon unos tenues golpes en la puerta a pocos pasos de ellos. El cuerpo de ella tembló no sólo por las sensaciones en medio de su entrepierna y la cercanía de él, de lo que Sasuke le había hecho, sino por la evidente presencia de alguien más ahora; aún así Sasuke apreció cómo aquellas vibraciones del cálido cuerpo femenino se sentían contra él.
Ya no quería sólo estar dentro de ella a cada oportunidad que tuviera, Sasuke se encontró deseando tocarla siempre, no con la misma intensidad y vigor —aunque contrariamente justo acabara de tomarla con abrumador deseo– sino también llevar sus manos con afectos simples: tocar sus brazos, rozar sus muñecas y dedos. Besar aquellos carnosos labios y el esbelto cuello. Tantear a ciegas bajo las sábanas hasta hacerle círculos bajo sus costillas.
Por ahora, sin embargo, Sasuke quitó una de sus manos de la cadera de ella y la llevó sin despegarla de las exquisitas curvas hasta uno de sus senos. Sonrió de lado contra las azuladas hebras de ella cuando sus caricias resultaron en un ahogado gemido de ella.
—¿Qué es? —La voz de Sasuke cayó una octava mientras deslizaba dos de sus dedos sobre el firme pezón de Hinata.
—Dos días —fue la respuesta de Chiyo casi inaudible—. Donde su clan —completó la anciana antes de irse.
Le fue inevitable a Hinata inhalar sonoramente luego de esas palabras. Era claro a qué se referían, debía estar en el Complejo Hyūga dentro de dos días para ser llevada desde ahí hacia el Palacio.
No pudo reflexionar más sobre ello cuando con casi brusquedad fue girada y los labios de Sasuke estuvieron en su desnuda piel, pasando por su mentón, su cuello, sus senos.
En pocos pasos llegaron a la habitación en donde tanto habían compartido y cayeron juntos a la suavidad de la cama, la que hasta ahora había estado sirviendo como refugio de ambos, Hinata aferrada a él y atrayéndolo sobre ella como si su peso fuera ahora más un consuelo que una carga.
Sasuke juntó sus labios a los de ella queriendo besarla por siempre. Era ahora un hombre adicto a su sabor pero pronto la iba a perder, la iba a dejar de tener al igual que todo lo demás que alguna vez lo había abandonado o que él había perdido. Sasuke pasó entonces a volver a besar su cuello, aquel extenso pedazo de suavidad que quizá hallaría futuros problemas; Shikamaru y los demás ya habían establecido vías de comunicación, de lo que se esperaba fuera el actuar de Hinata en el Palacio, ¿pero qué pasaría si alguien decidiera que había que destruir ese esbelto cuello? Sólo bastaba un paso en falso, ¿cierto?
No, se prometió así mismo, eso no iba a suceder.
Sasuke se enfocó totalmente en ella, lamiendo ahora su garganta, bajando su húmeda caricia por encima de su clavícula, besando sus senos y vientre, sabiendo cómo todo ello era un increíble estímulo para la mujer bajo él, seguro de que nadie la había tocado así antes.
—Eres perfecta —pronunció contra ella.
—Sasuke… por favor —rogó Hinata curvando su espalda para acercarse más a las sensaciones que él le generaba, recordando ante un soplo sobre su ombligo que debía ser más comunicativa a menos que fuese algo que explícitamente al otro, al Emperador, no le gustara—. Te necesito, te quiero dentro mío.
La boca de él no pudo pegarse de nuevo a ella, no cuando los dedos de ella se aferraron a la ropa de él con el propósito de quitárselas, resbalando la tela por los anchos hombros de Sasuke, dejando su pecho al descubierto para pasar sus manos por esa firme piel y luego deslizar los dedos de una de sus manos hasta la nuca, excavando en su negro pelo, y llevando su otra mano en medio de ambos buscando por el erecto miembro. Lo sintió vibrar, duro y pesado en la palma de su mano, y a la vena palpitante culpable de irrigar fuerzas en el miembro de su esposo.
Hinata misma fue quien lo guió hasta su entrada y Sasuke se dejó hacer hasta sentirla toda alrededor de él. Así, en medio de aquellas esbeltas piernas se retiró un poco sólo para volver a entrar lo más que podía. Repitió sus movimientos una y otra vez.
—¿Te… te gusta? —dijo ella levantando un poco su espalda sin despegar sus ojos del otro cuerpo.
—Me encantas —respondió él aumentando la fuerza, retrocediendo y embistiendo con nueva rudeza.
Hinata echó todo su cuerpo contra la suavidad de la cama y casi inconsciente abrió más sus piernas. No había vergüenza más en ella, lo que Sasuke debía lograr con ella durante esos días se había hecho.
–Tú… —bramó Sasuke vigoroso—. Ninguna antes... ninguna mujer me ha tomado tan bien, eres tan perfecta.
Hinata gimió ante el cumplido, apretando más sus paredes internas y Sasuke gruñó una maldición. Así, se concentró en las penetraciones contra ella, ayudado por cómo Hinata ahora levantaba su pelvis ante cada embestida, ambos ofreciéndole al otro un infinito placer que atravesaba sin piedad su cuerpo, buscando por más de ese millar de sensaciones sin importarles nada más.
Justo después de que Hinata se retorció con ojos cerrados mientras sólo podía ver bordes brillantes y manchas blancas que bailaban bajo sus párpados, Sasuke abandonó su interior sin dejar de verla para inundar el abdomen de ella con calientes y espesos chorros de su semen. Cayó con toda la suavidad que pudo sobre ella, enterrando su cabeza en el cuello de Hinata y suspirando su nombre en su oído. Hinata hizo lo mismo mientras suavemente acariciaba la parte posterior de la cabeza.
Estuvieron así por algún tiempo antes de que con lentitud Sasuke rodó su cuerpo a un lado y ambos quedaron mirando al techo tratando de calmar sus respiraciones y los pensamientos que empezaban a apoderarse de sus mentes.
«¿Esperarás por mí?» aún una pregunta que no sabían si decirla.
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Cuando llegó la noche ninguno aún había pronunciado palabra alguna en referencia a clandestinos planes, al Palacio, al Emperador o a fantasiosas promesas.
Sasuke negligentemente no había salido de esa habitación. No había puesto un pie afuera de los territorios que pertenecían al apellido Uchiha en busca de más información que traerle a Hinata.
Por ahora sólo estaban sintiendo la piel del otro a su lado, acariciando con lentitud lo que tenían a su alcance y Sasuke podía jurar que dentro de poco caería en un largo sueño como nunca antes había tenido.
Sorpresivamente la voz de Hinata, suave y tierna, llegó a sus oídos.
—Hay… algunas cosas que ni tú, ni Shikamaru o el señor Nara o el señor Hatake me contaron. —Hinata acarició el abdomen de Sasuke mientras su cabeza estaba apoyada sobre el lado izquierdo del pecho de él—. Quisiera… saber.
Sasuke arrugó su ceño pero no dejó de mover sus dedos por la mitad de la espalda de ella.
—Dime.
—Sé que tenías un hermano, una amorosa madre y un padre orgulloso… —Hinata entonces elevó medio cuerpo, separándose de Sasuke para poder verlo al rostro aunque él mantuviera por ahora sus oscuros ojos cerrados. Hinata llevó la mano que había estado en el firme abdomen para reposarla con delicadeza en la mejilla de él. Sasuke, no obstante, ya no estaba tocándola—. Nunca había prestado atención, pero todo el mundo evita hablar del pasado del Clan Uchiha. Quiero saber, si es posible, qué…
—Hn —le interrumpió él.
Cuando Hinata quitó sus claros ojos de él y bajó su mirada a las sábanas insegura de haber traspasado un límite, Sasuke se incorporó y llevando una mano detrás de los desordenados cabellos de ella, la obligó a que uniera su boca con la suya. Sus dientes casi chocaron pero Sasuke no pidió porque le dejara entrar, sólo era un beso sin mayor movimiento, uno con el que él, motivado por un inesperado e imperante sentimiento hacia ella, quería reafirmar la presencia de ambos allí.
Luego de largos segundos, él fue el primero en separarse.
—Están todos muertos —afirmó suavemente mientras pegaba su frente con la de su esposa.
Su esposa, la mujer que tenía el derecho a saber todo de él incluso cuando Sasuke no creía poder confiarle todo, no cuando algunos secretos aún lo seguían carcomiendo. Además, ya no había tiempo.
Ya no tenían tiempo.
Les quedaba esta noche y el siguiente día antes de dejar de estar así, de olvidar esa cama y el olor del otro. Hinata volvería al complejo Hyūga para vestirse en lo más fino que tuviese y horas después de eso subiría a un carruaje que la llevaría hasta el Palacio.
Su esposa, la mujer a quien Sasuke constantemente se dirigía con ese término aunque nunca lo había expresado en voz alta, se iba a apartar de su lado.
Quizá estaba bien mostrarle qué tan lejos de ser un noble de virtuosos pensamientos era él. Qué tan miserable era él tal y como Hinata alguna vez seguramente había escuchado.
—Muertos… —repitió ella aunque no fuese una revelación. Todos en Konoha lo sabían—. ¿Cómo puede todo un clan casi desaparecer?
—En una guerra —dijo él aunque eso no era lo que había pasado—. O poco a poco, gradualmente. Unos por enfermedad y otros por la violencia causada por ladrones o malhechores, por estar en un lugar erróneo, por tener mala suerte. Por infinita amargura o poco deseo de seguir respirando… Mujeres dejando de comer simplemente por haber perdido a su esposo o a los hijos que había tenido con él… No sé cómo estoy vivo cuando uno a uno de mi clan perecieron a lo largo de pocos años… —Sasuke apartó su frente de ella y la observó con una intensidad completamente desconocida para ella—. Los mismos años en que ese hombre al que todos pretenden venerar se encerró en su jaula de oro e hizo oídos sordos de lo que le pasaba a mi clan. Tal y como no quería escuchar algo del clan Hyūga, tampoco deseó escuchar lo que fuera ajeno a su dolor.
—Sasuke… —Hinata llevó ambas de sus manos a las mejillas de él. Sasuke mantuvo el agarre de su mano detrás de la cabeza de ella.
—Aún era joven para entenderlo, y aún no sé qué tipo de maldición podría haber sido arrojado a nosotros para tan horrible destino, o si simplemente mi clan estaba lleno de personas débiles… ¿Pero no es acaso un emperador responsable del bienestar de su imperio? Podría haber enviado a Orochimaru… medicina, migajas de algo, pero sólo nos hizo llegar su silencio, sus altas puertas cerradas. Je, ¿y Madara? Fue quién más actuó como si su apellido no fuera Uchiha, bañado en halagos y en riquezas por… —Sasuke silenció sus palabras y por primera vez bajó sus ojos como si le fuera imposible siquiera recordar la imagen de una cabeza rubia sin sus azules ojos. Arrugó su ceño y nariz y volvió a subir su mirada a Hinata, deslizando su mano desde detrás de las suaves hebras de su esposa hasta llevar su pulgar a la comisura de esos hinchados labios.
Hinata jadeó de sorpresa cuando sintió la aparente caricia de Sasuke ubicarse sobre su labio superior y estirar la suave piel.
Con renovada voz fuerte y sus oscuros ojos en tan cautivadores labios, Sasuke volvió a hablar:
—Quizá el Emperador era entonces sólo un hombre que también deseaba estar muerto como esas mujeres de mi clan, quizá delirante había pensado que todos éramos culpables de la muerte de Naruto y siguió mirando con desprecio y repulsión no sólo a tu padre… Quizá Madara nunca se había sentido cercano a su clan, siendo el deseo de un hombre por poder serle tan esencial como el mismo acto de respirar. —Sasuke atrajo el rostro de Hinata hacia él, observando con parsimonia cada detalle de las facciones de ella. Por supuesto que les había parecido tan interesante a dos hombres de tan alta distinción—. Y puede que yo no busque el bienestar de Konoha como lo hacen los demás, pero los quiero muertos, Hinata. A tu Emperador y a mi tío… —Sasuke quitó su dedo del labio de ella, quitando las femeninas manos que aún sostenían su rostro y acercándose a ella lo suficiente para rozar su boca con la contraria—. ¿Realmente puedo confiar en qué me ayudarás con eso?
No dejó que respondiera, sólo la besó y saboreó las lágrimas que acababan de escurrirse de los hermosos ojos de ella, buscando abrir la boca de ella y meter su lengua hasta entrelazarla con la contraria, gruñendo cuando ella se lo permitió. Sin dejar de besarla maniobró rápido sujetándola por la cintura, arrastrándola a su regazo y exigiendo que meciera sus caderas sobre él, dejando atrás todo dulce sueño hasta ahogar con su boca el chillido de Hinata cuando toda la longitud de su miembro se hundió en ella.
Ambos jadearon debido al placer y Hinata se aferró a sus amplios hombros con fuerza antes de empezar a rebotar sobre su regazo, muy a pesar de que al mismo tiempo sentía su corazón quebrarse de nuevo.
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(1) Esta frase está inspirada por un review/respuesta de Zafira Profundis. Thank youuu.
Si vieran mi mapa mental entretejiendo todo esto. Me autofelicito por llegar al capítulo 10 en un fic, nunca lo hubiese imaginado (y, uh, al parecer el número de capítulos se va alargando).
