REY DE LOS DEMONIOS

¡Hola! Volví :3 Sé que tardé y perdón por eso, pero aquí estoy otra vez con una nueva actualización.

- Lin Lu Lo Li: Ya conocemos como es Kag y sabemos que no se podría quedar de brazos cruzados en una situación así. ¡Espero que te guste este nuevo cap!

- ¡Hola! No puedo saber quién eres, pero me alegra que la historia te esté gustando :) No sabes lo mucho que me emociona y me motiva a seguir escribiendo y actualizar más seguido. ¡Gracias por leer! Y espero que te guste este nuevo cap.

Y ya, sin nada más que decir ¡Disfruten de este nuevo capítulo! Y perdón por la demora otra vez.

Atte. XideVill


Disclaimer: Los personajes de esta historia son de Rumiko Takahashi.


CAPÍTULO 9.

KAGOME

Abrí los ojos sintiendo un dolor punzante en el estómago. Aquello no era para nada soportable.

– ¿Majestad? ¡Princesa! Por favor no se mueva.

Miré a la mujer que ahora me sujetaba del brazo.

– ¿Quién eres tú?

– Me llamo Miyu y soy quien estuvo cuidando de usted todo este tiempo.

– ¿Por cuánto tiempo? – pregunté alarmada mientras miraba a mi alrededor.

No recordaba nada de lo que había pasado pero lo qué más intranquila me tenía no era eso, sino el hecho de que estuviera en la mansión de los Taisho.

– Por seis días…

– ¡Qué!

– Princesa por favor tranquilícese. La herida aún no se ha cerrado por completo.

Llevé una mano a mi abdomen mientras me sentaba sobre la cama.

– Escúchame muy bien Miyu – le dije a la mujer – Tengo que salir de aquí, de lo contrario…

– ¿De lo contrario qué?

Ambas miramos al hombre parado en la puerta.

– Miyu puedes retirarte.

– Sí majestad.

La mujer obedeció dejándome a solas con el hombre de intensa mirada. Traté de no mirarlo a los ojos, pero aquel dorado me pedía a gritos que no los dejara de observar.

– Mis cosas… ¿Dónde están mis cosas? – Fue lo primero que me salió.

Lo vi sonreír y aquello me erizó la piel por alguna razón.

– Estuviste poco menos de una semana inconsciente y lo primero que haces es intentar huir.

– No es como si tuviera motivos para quedarme aquí después de todo – respondí tajante.

Dio un paso y yo me quedé en mi lugar.

– ¿Así es como pagas el que te hayamos salvado la vida?

Tal vez estaba un poco aturdida, pero recordaba perfectamente que yo había sido la que había salvado su vida en primer lugar.

– Daba lo mismo morir. De todas formas, la única vida que sí importa es la tuya ¿O no? – respondí – Y no pienso darte las gracias porque en primera fuiste tú quien me causó esta herida ¿Lo olvidaste?

– Kagome…

– Solo quiero irme de aquí.

– ¡Y a dónde irás! Te recuerdo que lo perdiste todo, no tienes una casa, no tienes nada a qué llamar un hogar.

Contuve las inmensas ganas de lanzarme sobre él y apuñalarlo con uno de los adornos que había sobre la mesa. ¿Quién era este hombre? Mis ojos no estaban viendo al Inuyasha de aquella noche. Este era un completo desconocido, el mismo por el que me negaba a regresar a Lothar.

Me puse de pie con mucho dolor y aun así caminé hacia él, me detuve a solo unos centímetros y lo miré a los ojos con un odio creciente.

– El demonio que conocí aquella noche era más humano que tú en este momento. No sabes cuánto me gustaría…

– ¿No haberme salvado? – intervino – ¿Te arrepientes?

Negué.

– No sabes cuánto me gustaría no haberte conocido…

– ¡Kagome, hija! ¿Pero qué haces de pie?

La voz del Rey Toga fue lo que hizo falta para romper con la densa atmósfera que se había creado dentro de la habitación.

Me obligué a sonreír y aquello pareció calmarlo.

– Perdone las molestias Majestad, pero ya me siento bien.

– Mentirosa… – murmuró Inuyasha por lo bajo.

– De eso nada, Miyu me dijo que la herida aún no ha cerrado – Me tomó del brazo y me regresó de nuevo a la cama – No hay prisa, recupérate, sana y…

– ¿Y después? – divagué – ¿Qué se supone que haré después? No tengo nada a qué llamar hogar – repetí las mismas palabras que había utilizado Inuyasha hace unos minutos atrás.

El Rey miró a su hijo por sobre el hombro antes de fijar su mirada en mí. Me sonrió y puso una mano sobre la mía.

– Nos tienes a nosotros. Le prometí a tu abuelo que te cuidaría como a una hija y eso haré – Asintió – Así que esta también es tu casa y espero que pronto lo veas como tu hogar.

No supe qué decir y solo asentí, aunque en el fondo moría por salir corriendo por aquella puerta y perderme. Todo era más sencillo cuando todos pensaban que estaba muerta.

– Te dejo descansar – Se puso de pie, caminó hacia su hijo y lo miró desafiante – Sígueme, quiero hablar contigo.

Asintió y ambos salieron. Me quedé en completo silencio hasta que el sueño se apoderó de mí nuevamente.

Cuando desperté me llevé un gran susto al ver aquellos ojos marrones iguales a los míos mirándome tan fijamente desde tan cerca.

– ¿Quién eres tú? – pronuncié con dificultad.

La muchacha no dejó de mirarme hasta que una pequeña sonrisa se dibujó en sus labios.

– Princesa yo soy Kikyo.

¿Kikyo? ¿Por qué su nombre me sonaba de algún lado?

– Ah… ¿Qué haces aquí?

Apuntó a la bandeja que había sobre la pequeña mesa al lado de donde estaba y asintió.

– Le traje la cena. Espero que sea de su agrado.

Sonreí con dificultad. Miré la copa y fue cuando se apresuró en pasármela de inmediato.

– Gracias – le dije aún nerviosa.

– Solo hago mi trabajo Princesa. Pero adelante, tómelo, me imagino que debe de tener sed.

Asentí, llevé la copa a mis labios y me lo tomé todo de golpe. ¿Hace cuánto que no bebía agua? Cuando quise regresar a su lugar algo terminó llamándome la atención.

– ¿Qué es esto? – indiqué mientras repasaba la figura con mis dedos.

– Es el emblema de Lothar – señaló las cortinas – Están en todo el palacio.

¿Y por qué recién me daba cuenta de eso?

– El Inu no Daiyōkai o más conocido como el Gran Perro Blanco ha sido desde siempre la representación del Rey de Lothar.

No podía dejar de mirar la figura de ese Gran Perro grabado en la copa. Aquello me recordó al demonio de la historia de mi abuelo.

Negué. Ya no sabía en lo que estaba pensando.

– Gracias – remarqué – Pero puedes llevarte la comida, no tengo hambre.

– Como usted diga Princesa.

Kikyo me miró una vez más antes de salir por la puerta, aquello me dejó un escalofrío, supongo que las fuerzas de mi cuerpo aún no se recuperaban por completo.

Cerré los ojos y me imaginé en los inmensos campos de mi Reino, la brisa soplando y despeinando mis cabellos, a lo lejos se podía escuchar las risas de algunos niños jugando, podía escuchar el canto de las aves, el sonido del agua del río, podía sentirlo todo hasta que la figura iluminada de mi madre apareció frente a mí.

Madre…

Mi Kagome.

¡Madre!

Corrí hacia ella y me desplomé en sus brazos. Podía sentir su calidez envolver cada parte de mí, podía percibir su aroma, aquel dulce y nostálgico aroma.

Te extrañé… – afirmé con la voz rota.

Yo también, pero hija escúchame. No queda mucho tiempo.

Me tomó de las mejillas y limpió una que otra lágrima.

¿Tienes la Perla contigo?

¿Qué? – murmuré confundida.

La Perla de Shikon ¿La tienes contigo? Te la di cuando te puse a salvo de todo.

Negué.

Tal vez se me cayó, pero…

Tienes que encontrarla.

Mamá espera, no entiendo nada ¿Por qué me dices eso?

Acomodó uno de mis mechones y lo puso tras mi oreja.

Tu abuelo y yo debimos habértelo contado desde un principio – se lamentó.

¿Qué cosa? ¿Contarme qué? ¿De qué hablas?

Mi hermosa hija.

Mamá…

Pronto serás capaz de hacer cosas maravillosas.

¿De qué hablas?

Para entonces su presencia se iba desvaneciendo lentamente.

¡Mamá!

Tienes un don especial, el de la creación y sanación…

¡Mamá!

– ¡Mamá!

– ¡Kagome!

Me desperté agitada y con un profundo dolor en el pecho. Sentía tanta tristeza que me era imposible poder concentrar mi atención en la persona frente a mí.

– Fue un sueño… – murmuré — Todo fue… un sueño…

– Respira, podía escucharte desde los jardines.

– ¿Qué?

– Estabas gritando – respondió – ¿Te sientes bien?

Tomé aire profundamente antes de mirarlo a los ojos.

– Cómo podría estar bien si lo primero que veo al despertar es tu cara.

Lo vi poner los en blanco antes de apuntarme la comida a mi costado.

– Come, me dijeron que anoche no lo hiciste.

– No tengo hambre.

– Qué estupidez. No has comido nada durante una semana, es imposible que no la tengas.

– Pues no la tengo.

Lo vi cerrar los ojos y tomar aire con desesperación.

– ¿Acaso estás contando? – solté.

– Es que eres desesperante.

Sonreí.

– Me alegra serlo para ti, así no tendrás que estar a mi lado cada segundo.

– No es como si quisiera estarlo.

– ¿Entonces? ¿Qué haces aquí? – exclamé tajante.

Lo vi mirara hacia la ventana por unos segundos antes de negar con la cabeza.

– Mi padre dijo que si no era amable contigo lo mejor sería acudir con los odiosos Okami.

– ¿Y qué tiene eso de malo? – señalé – Apuesto que estaría mejor con el joven Koga que contigo. Así te librarías de mí ¿No es eso lo que quieres?

– Dijiste ¿Joven Koga…?

– ¿Qué tiene? Fue él quien me pidió que lo llamara así.

Pasó una de sus manos sobre su gran melena plateada y se sentó sobre la cama, acercó su rostro al mío y me miró fijamente. Me mantuve quieta mientras escuchaba su respiración agitada.

– Desde ya te digo que de ninguna manera voy a permitir que te vayas con ese idiota y aunque me odies por lo que voy a decir no me importa. Tú eres mía Kagome y no me importará encerrarte en esta habitación con tal de que dejes de decir que te irás con él porque no lo pienso permitir.

Continuará...