Capítulo 21: EMET HEMLOCK
"Mediante la tortura se busca destrozar esa belleza…
¿Qué hay detrás de la carne, de la sangre?
Nada, la muerte"
-Jakes Lacan
Hermione despertó con un grito.
Poco a poco, sus ojos fueron adaptándose a la luz y tomando cuenta del lugar donde estaba. Era un espacio amplio, de techo alto, y paredes gruesas, cubiertas de cicatrices de fuego, que en otro tiempo pudo haber albergado una fábrica.
Estaba recostada sobre lo que parecía un antiguo mesón de madera, tan impregnado de olor a humo, como el aire que respiraba. Las mágicas cuerdas que la aprisionaban se retorcían y apretaban, desde los hombros y hasta sus pies, con una intensidad dolorosa que la obligaba a mantenerse inmóvil, incapaz de girar más que su cabeza, que apenas le permitía ver de un lado las ruinas de repisas desmoronadas. Del otro, un espacio infinito que se desvanecía en la oscuridad, advirtiéndose apenas lo que debía ser el pasillo que llevaba a una puerta.
¿Conducirá a alguna salida?, se preguntó, retorciéndose entre las cuerdas que parecían haber advertido su pensamiento y apretaron con más fuerza.
Sobre ella, un bombillo eléctrico emitía su luz incandescente, como única fuente de algo distinto a la oscuridad.
Una fábrica muggle.
Aún debía ser de noche, pues pese a las ventanas dispuestas en la parte superior de los muros, ninguna luz llegaba desde afuera. Y la ausencia de ruido exterior daba indicios de encontrarse lejos de la ciudad.
Fue el chirriar de una silla lo primero en resonar lejos de ella, alertándola de que no estaba sola y bastó el murmullo de una macabra risa filtrándose en el aire, para adivinar en manos de quién estaba.
- Señorita Granger…
Hemlock.
El hombre caminó hasta su campo visual, con la luz iluminando parcialmente su rostro. Lo suficiente para advertir en él, por primera vez, un odio que helaba la sangre.
- Puedo imaginar las preguntas que debe tener en este momento, ¿sabe? Que cómo escapé de Azkaban, o por qué la he traído aquí, o dónde está su varita.- su labio se curvó en una sonrisa que solo vino a empeorar la fealdad de sus facciones.- Comenzaré por aclarar que no traje la varita con usted. Me pareció innecesario, ¿sabe?
- ¿Por qué? - la voz de Hermione vibró con rabia. El hombre inclinó la cabeza de lado, mirándola desde su posición de pie ante ella, y los grasientos mechones le cubrieron el ojo derecho.
- ¿Por qué está aquí? - resopló, mientras su rostro se contorsionaba en una expresión burlona.
- ¿Por qué aceptar la culpa por todos?
Hemlock pestañeó desconcertado, como si no hubiese esperado esa pregunta.
- ¿Está segura que es esa la duda que quiere aclarar? - preguntó, retirando el cabello de su frente. - Lo hice a cambio de un trato, señorita. Uno mucho mejor que el ridículo acuerdo al que llegó esa bruja de mierda.
Viola.
- Acepté la culpa a cambio de mi libertad y el dinero suficiente para rehacer mi vida lejos de todo esto. Ellos solo pidieron que cerrara la boca y me perdiera entre los muggles.
El hombre hizo una pausa, miró el reloj en su muñeca, y luego atrajo una silla hasta él para tomar asiento frente a ella, nivelando la altura de sus rostros, como si se dispusiera a hablar mucho tiempo.
- Mañana los periódicos explicarán mi escape con una mágica e inesperada desaparición, del mismo modo que lo hizo su amigo- siguió el hombre-. Pero usted y yo sabemos que eso no es posible, ¿verdad? - Acercó su rostro al de Hermione, indagando en sus ojos.- ¿Me dirá cómo escapó Nott realmente? No. Claro que no lo hará. Pero podré vivir con eso.
- ¿Quiénes son "ellos"?
- ¡Ah! La pregunta que estaba seguro usted querría aclarar. La pregunta que usted debió haber hecho hace mucho, cuando yo podía responder. Pero ya no puedo, ¿sabe? - se acomodó en la silla. - Me hicieron tomar un juramento inquebrantable, para que no pudiera hablar las cosas lindas que seguro a usted le habría gustado saber.
- ¿Deshacerte de mí es parte de lo que te pidieron a cambio?
- ¡Ja! - se mofó. - No señorita. Ellos no están contentos con usted, pero eso es tarea de ellos. Yo soy fiel a mis principios, ¿sabe? No levantaría la mano contra una hija de muggles. No mientras no sea necesario. - La advertencia estaba ahí, en sus oscuros ojos, que en el instante siguiente viajaron a recorrer el espacio a su alrededor. - Este es el lugar donde crecí, ¿sabe? La fábrica pertenecía a mis padres y cuando yo recibí mi carta, estaba claro que sería mi hermano quien seguiría a cargo de todo aquí, porque ya no era mi mundo. - resopló. - El problema es que en el mundo de los magos tampoco fui bienvenido. Usted sabe de eso, ¿verdad? Sabe lo que es llegar a ese mundo y sentir el desprecio de aquellos que se sienten superiores porque la magia ha estado en sus familias por generaciones. Magos que tienen toda su vida resuelta, porque saben cómo funciona ese mundo, y los han educado durante años para que gobiernen ese mundo, y tienen el puto dinero para hacerlo.
La rabia era palpable en su rostro, en el modo horripilante en que brillaban sus ojos.
- Usted sabe lo que es verlos pavonearse con sus modales y sus idiomas, sus trajes caros y ese aire de superioridad con que nos miran. El tono con que nos hablan, con sus frases elaboradas, para hacernos saber que no somos como ellos, que jamás seremos como ellos. ¿Nunca le ha molestado a usted, que haciendo todo correcto, siendo brillante y trabajando el doble, tenga que buscar un puesto de mala muerte en el Ministerio, mientras niños mimados como él tienen el dinero asegurado, solo por ser hijos de quiénes son?
Draco, comprendió Hermione. No habla de todos los magos, habla de magos como Draco.
- ¡Vamos, a mí no me engaña! - siguió el hombre, con el reto claro en su expresión. - Debió sentir rabia. Ellos hicieron todo mal y aun así, se les sentencia a condenas ridículas, para que luego puedan volver al confort de sus mansiones y a seguir pavoneándose. ¿Y nosotros? Nos quedamos ahí, sirviéndolos, solo porque ellos nacieron para gobernar y nosotros para obedecerlos. ¿No le parece injusto, señorita?
Hermione le sostuvo la mirada en silencio. No quería dejar traslucir que entendía bien de lo que hablaba. Ella misma había cuestionado el orden de las cosas entre los muggles y brujas sangre puras. Pero no compartía el odio de Hemlock.
- Apoyaron a un psicópata que les prometía aumentar sus privilegios, sólo porque a sus ojos, nosotros somos escoria. Ellos ni siquiera tuvieron que ocultarse durante la guerra, mientras que nosotros, sabíamos lo que nos esperaba si tipos como él nos ponían las manos encima. Y me oculté, ¿sabe? Como muchos otros lo hicieron. Como usted también hizo. Y fue mi familia la que pagó por ello, por haberme ocultado aquí. - separó las palmas de sus manos, exponiendo ante ella el lugar.- Yo escapé, señorita, pero ni mi hermano ni su mujer pudieron hacerlo. Quedaron atrapados por el fuego.
El hombre parecía sumido en un recuerdo doloroso, antes de regresar sus ojos a Hermione, con una expresión acusadora que helaba la sangre.
- Usted sabe lo que arriesgábamos y también sabe lo que perdimos. Y aun así, usted, nuestra heroína, va y los defiende, y hasta se deja joder por uno de ellos.- sus negros ojos se entrecerraron.- Aunque puedo entenderla, ¿sabe?. Es un monstruo con un disfraz tan bonito. Una linda fachada. - rio con burla.- Cuando uno ha nacido sin mucha gracia, puede apreciar esas cosas. Y cuando llegó a Azkaban, tan joven e indefenso, yo casi sentí pena por él. Si el maldito hubiera hecho algo por mostrarse arrepentido de ser quien era, si al menos hubiese dado muestras de humildad, yo podría haberlo perdonado. Pero ¿sabe qué fue lo primero que hizo llegando ahí? Mirarme a los ojos y hacerme sentir como escoria.
La rabia iba desfigurando sus facciones.
- Era él quien debía sentirse como basura, no yo. Y aun así…- se mordió los labios, presa del recuerdo.- Pero en Azkaban no tenía sus galeones ni su magia, y ser guapo ya no le servía de mucho tampoco, ¿sabe?. Cuando los otros mortífagos lo golpeaban, nosotros sentíamos que era una suerte de justicia. Aunque no era suficiente señorita, por lo que nosotros mismos empezamos a mostrarle a él y otros como él, lo que realmente merecían.
Volvió a mirar su reloj, dando cuenta de que esperaba algo, aunque Hermione no se atrevía a preguntar qué, por miedo a la respuesta.
- Cuando nos enteramos que en el pabellón de mujeres cobraban a las prisioneras por evitarles los golpes, - siguió el hombre.- nosotros dijimos ¿por qué no? Pronto los aurores se dieron cuenta, y ¿usted cree que nos detuvieron? No, señorita. Ellos mismos nos entregaron los nombres de los que tenían las bóvedas más abultadas, a cambio de una parte del premio. Otros poderosos incluso nos pagaron para silenciar a los que hacían ruido.
- Lucinda Farley.- comprendió Hermione, recordando la declaración de Laughalot. Los ojos de Hemlock se entrecerraron y sus labios se curvaron en una sonrisa que daba cuenta del regocijo que le producía que ella estuviera al tanto.
- La muy bruja dio resistencia hasta el final, ¿sabe? Aún tengo las marcas de sus uñas en el cuello.
- ¿Por qué silenciarla?
- Sus razones debieron tener, señorita. Yo no hacía esas preguntas. Para mí, Lucinda era una cuestión de dinero. - Se inclinó hacia ella otra vez.- Su mortífago, en cambio, era mucho más que dinero, ¿sabe?. Por eso, cuando los aurores nos advirtieron que lo mandarían a casa dadas las presiones que hacía su madre, y nos recomendaron pedir algo grande antes de que eso ocurriera, nosotros sentimos que el dinero no era suficiente. No con él.
El hombre retiró la silla y se puso de pie, aunque sin dejar de mirarla.
- A las personas como su mortífago, esa cantidad de galeones no les hace ni cosquillas, ¿sabe? y no era justo que él se pudiera largar de ahí, así como así, con toda su jodida arrogancia y su cara bonita. Queríamos que nunca volviera a sonreír igual. Que, si lo topamos por la calle algún día, se le revolviera el estómago como se nos revolvía a nosotros al ver monstruos como él caminando libres.
- Y se transformaron en monstruos.
Poco a poco, la confusión en el rostro del hombre ante sus palabras fue dando paso a la sorpresa, y luego a la comprensión. La sonrisa que se desplegó en los labios de Hemlock daba cuenta de la satisfacción que le producía que ella supiera.
- De modo que se lo dijo…- Hermione no respondió. Sabía que no era necesario. -¿Antes o después de mentir a todos en el juicio?- resopló con burla.- Debe saber que yo habría preferido rajarle el rostro. Destrozar esa cara tan bonita que seguro a usted le encanta. Quería que se viera por fuera tan horrible como es por dentro. Pero eso requería dar explicaciones y podía traernos problemas. Así que nos quedamos con la única alternativa de la que él no querría hablar jamás. Una en que la vergüenza lo hiciera guardar el secreto hasta la tumba. Era un sacrificio que estábamos dispuestos a hacer.
Hermione hubiera querido gritarle la repulsión que sentía, el cómo sus ideas de justicia bordeaban lo macabro, que no era diferente a todos aquellos que decía odiar. Pero el asco y la rabia le impedían transformar sus pensamientos en palabras.
- Mis compañeros participaron solo de una parte. - Sonrió mordiéndose los labios en un modo que provocó náuseas en ella. - No todos tienen el estómago para hacer lo necesario, así que ese deber recayó en mí. - La rabia debía ser palpable en el rostro de Hermione por el modo en que el hombre sonreía, como si lo deleitara su dolor- Al final, dejó de resistirse, ¿sabe?. En cierto modo, él sabía que se lo merecía. Y yo me tomé mi tiempo con él, señorita. Porque si ese iba a ser el único castigo real por todo lo que hizo, tenía que asegurarme de que el arrepentimiento durara toda su puta vida. Al final suplicó como un gusano y nos ofreció dinero, ¿sabe? Todo el dinero que quisiéramos. ¿Le contó también eso? ¿Le contó cómo suplicaba? No, claro que no.
"Eso solo lo hizo peor", recordó las palabras de Draco.
- Pero a mí no se me olvidará jamás, señorita. Cada vez que alguno de ellos me mira como si yo no valiera nada, cada vez que recibo el miserable sueldo del Ministerio, recurro a ese recuerdo, a la sensación de tener a uno de ellos suplicándome, y me alegra la vida, ¿sabe? Y puede que en el fondo yo sí sea el monstruo que usted dice, pero es que se siente tan bien destruir esa soberbia.
- ¡Estás enfermo, Hemlock!
- ¿Enfermo? ¿Por hacer justicia? - la carcajada que salió de sus labios no ayudaba a contradecir a Hermione. - Sólo hice lo que ninguno de ustedes desde sus escritorios de mierda fue capaz de hacer. Dar un castigo real, porque esa es la justicia que ellos merecen.
El hombre extendió su mano hasta coger la mandíbula de Hermione, obligándola a mirarlo.
- Es una pena que tuviera que ser usted. - siguió.- Siempre tuve fe en que usted le demostraría a todos de lo que éramos capaces los hijos de muggle. Que cambiaría el mundo para bien e invertiría el orden de las cosas. Que los haría pagar como debían. Pero en lugar de eso, le abrió las piernas a uno de ellos. - la expresión de su rostro cambió de golpe, transparentando su rabia, mientras sus dedos se hundían en la piel de Hermione hasta sacar un gemido de ella. Sólo entonces, sonrió. - Tendremos que ver cuánto está dispuesto Malfoy a pagar por su puta.
"La puta del ministerio", las palabras de Zabini hicieron eco a través de los recuerdos.
- ¿Y Nott? - preguntó Hermione, cuando el hombre soltó finalmente el agarre sobre su mandíbula. - ¿Valía la pena inculparlo con tal de herir a Draco?- las cejas del hombre se alzaron con sorpresa ante la pregunta.- Theodore no participó en la guerra.
- Theodore Nott no fue idea mía, señorita. El chico hizo las preguntas incorrectas a las personas incorrectas. Los de arriba se dieron cuenta de que era un peligro para ellos y me lo hicieron llegar con instrucción de que no volviera a salir. - Volvió a mirar su reloj, antes de seguir con una sonrisa en los labios, como si el recuerdo le provocara gracia.- Al principio, nos entusiasmó la idea, ¿sabe? Al verlo todo guapo y arrogante, algunos incluso pensaron que tendrían su oportunidad con él. Pero ver las marcas que traía y el oírlo gritar por las noches, le ganó la lástima de los otros. Rubris y Mallard incluso se turnaban para protegerlo de paseos nocturnos.- Hermione frunció el ceño, ganándose una sádica sonrisa por parte de Hemlock- Yo no era el único que buscaba hacer justicia, señorita.- explicó.- Pero para mí, Nott era un chico roto. No había placer en destrozarlo, por lo que me limité a mantenerlo callado cuando usted comenzó a hacer preguntas y aproveché de cobrar a quien sabía que estaría dispuesto a pagar.
Rio, con los ojos mirando a un punto muerto, sumido en un recuerdo que parecía placentero.
- Cuando usted llegó a buscarlo ese día, con una orden del Ministro, llamamos a los de arriba, ¿sabe? Ellos salieron con lo de la viruela. Yo les dije que usted no se lo iba a tragar, pero insistieron, diciendo que enviarían a alguien y que debíamos esperar. Así que pusimos al chico en aislamiento. Partía el alma oírlo gritar ¿sabe? - De pronto frunció el ceño. - Luego desapareció y yo sabía que los de arriba no estarían contentos con eso. Bitterwood planteó que era mejor informar que había muerto. De todos modos, había tanta sangre en su celda, que no creímos que pudiera sobrevivir a lo que sea que le había pasado.
- Y, ¿por qué pedir a Malfoy que me matara? Si de todos modos no había forma de que yo pudiera sacar a Theodore, no entiendo qué…
- Esa nota, señorita, la escribí yo mismo. - La interrumpió el hombre, con sus ojos pequeños y fríos analizando su reacción- Me sentía traicionado, ¿sabe?, porque usted venía a darnos problemas, a nosotros, que estábamos de su lado. Y era un plan muy bueno, señorita, porque ¿cuánto tiempo cree que le habrían dado en Azkaban a su mortífago por matarla? Y yo necesitaba recuperar ese control sobre él, porque… ¡se sentía tan bien!.
- Eres un sádico…- murmuró ella, sin saber qué más decir. - Eres un…- antes de poder seguir, el hombre conjuró una mágica mordaza alrededor de su boca, impidiendo a Hermione decir nada más.
Hemlock se acercó a ella, con una mirada que reflejaba su ira ante lo que parecía considerar un insulto, pero antes de que pudiera hacer o decir nada, la luz de la bombilla eléctrica parpadeó, llamando la atención del hombre, en cuyo rostro la sonrisa se ampliaba en un modo que helaba la sangre.
Sus manos fueron por detrás de su espalda en busca de un revólver muggle que brilló bajo la parpadeante iluminación, antes de que el frío metal de su cañón hiciera presión sobre la frente de ella, obligándola a cerrar los ojos por reflejo y temblar de terror.
¿Es así como termina?, se preguntó, esperando una respuesta de aquella vocecita que siempre tenía algo que decir en su cabeza y que ahora parecía tan enmudecida como ella.
Pero nada pasó por unos segundos y al volver a abrirlos, se percató de que la mirada del hombre estaba puesta en dirección al amplio espacio que daba al pasillo.
- Tengo un arma apuntando a su cabeza, Malfoy.- gritó Hemlock.- En el momento en que sienta siquiera el murmullo de un hechizo, le volaré los sesos a tu mujerzuela.
- ¿Con un arma muggle? - la grave voz de Draco hizo eco a través del aire, mientras su figura emergía de la oscuridad, con una expresión ilegible en su rostro.
- ¿Esperabas un enfrentamiento con varita? - sonrió. - No soy tan idiota para no sospechar que puedas ser bueno con ella y francamente, las armas muggles son más rápidas y efectivas. Aun así, te prefiero desarmado, así que suelta la varita o tu puta muere.- el cañón del arma presionó con fuerza, esta vez contra el cuello de Hermione, claramente intentando sacar de ella un grito que la joven apenas pudo contener, mientras sentía el tintinear de la varita sonar contra el piso.- ¿Y el dinero?
El sonido de peso dejándose caer dio a Hermione clara cuenta de que un bolso debía haber sido arrojado hacia él, aunque con el arma contra el cuello y apretada contra el mesón, era poco lo que podía ver.
- Las manos hacia delante, chico…- insistió Hemlock. - ¡ATARE!
Un brillo amarillento iluminó la penumbra de la habitación y recién entonces, el hombre quitó la pistola de su cuello, permitiendo a Hermione cambiar su posición a alguna que le dejara mayor visibilidad. Las amarras seguían presionando con fuerza en su cuerpo cuando pudo distinguir nuevamente la alta figura de Draco. Vestía de negro, con su cabello rubio resplandeciendo en el fondo oscuro, las muñecas atadas por mágicas cuerdas doradas y la ira clara en su rostro.
Hemlock llevó las manos detrás de la espalda, colocando el arma contra el cinturón, para luego atraer mágicamente la varita de Draco y el bolso hasta él. El "crac" de la varita al romperse resonó en el lugar.
- No vamos a tomar riesgos, ¿verdad? - dijo Hemlock, agachándose hasta abrir el bolso de dinero.
- Está todo lo que pediste. - explicó Draco. Su voz fría no dejaba traslucir gran cosa. - Pero puedo darte más que eso y lo sabes.
- ¿A cambio de que los deje ir? - se mofó Hemlock.
- Solo a ella. Déjala ir a ella y ven conmigo a Gringotts. - Hermione intentó gritar a través de la mordaza, pero Draco ni aún giró a mirarla, mientras sostenía sus ojos en el hombre. - Podrás tomar de mi bóveda lo que quieras, sin restricciones.
- ¿Lo que quiera?
- Lo que quieras…- repitió, ganándose una asquerosa sonrisa de parte del hombre.
- Eso me recuerda algo, ¿sabes? - los labios de Draco se apretaron ante el comentario, comprendiendo la alusión. - ¿Sabe la señorita Granger como suplicabas al final? ¿Cómo te retorcías ofreciendo cualquier cosa, lo que quisiéramos, con tal de que paráramos las maldiciones?
- Ya lo sabe.
- ¿Toda la historia? - Draco no dijo nada, pero el hombre pareció tomar aquello como un asentimiento. - No habrá problema entonces en que le demos una muestra del espectáculo.
- Déjala ir y puedes repetir todo el puto show.
- No estás en posición de negociar, chico. Soy yo quien coloca las reglas aquí, ¿sabes? - volvió a sacar el revólver para apuntar con él a Hermione. - Arrodíllate. - ordenó a Draco.
- Déjala ir.
- Arrodíllate o le vuelo los sesos ahora mismo.
Hermione contempló con impotencia como, lentamente y con las manos atadas frente a él, Draco flectaba las rodillas hasta obedecer.
- No necesito más dinero que este. - siguió Hemlock. - Así que, ¿qué gano con dejarla ir?
Por unos largos segundos, el rubio parecía analizar al hombre, como si buscara en sus ojos lo que quería, leyéndolo del mismo modo que la había leído a ella tantas veces.
- Granger no tiene la culpa, Hemlock. Soy yo quien la sedujo. - expuso. - Me aproveché de ella, como me aprovecho de todos. Tú sabes lo ruin que soy…
- Se enamoró de tu cara bonita…
- Sí, de mi maldita cara. Es una chica idiota por enamorarse de mí, pero no fue su culpa.
- Puede que tengas razón. Pero cuando termine contigo, ya no serás tan guapo, ¿sabes? Veremos si tu puta sigue interesada en ti cuando te raje el rostro. - su risa retumbó en la habitación, como sacada de una película macabra. - ¡Ah!, pero ahí está esa expresión otra vez. La misma expectación de esa noche cuando silenciamos las puertas. Y el miedo…- El hombre inclinó su rodilla para que sus ojos quedaran a la altura de los de Draco- Tener una idea clara de lo que está por venir y aun así desear estar equivocado. Suplicar en tu cabeza porque no ocurra. Rogar que algo lo detenga. - rio, en un modo que helaba la sangre- Pero esta vez tampoco vendrá nadie a salvarte, ¿sabes? - Hemlock dio un par de pasos, quedando mucho más cerca de Draco, quien alzó el rostro, en una expresión en que la rabia y la impotencia se mezclaban ante lo que estaba por venir.- ¿Cómo fue lo que dije esa noche? Oh, si, ya lo recuerdo... Esto va a doler…- lamió sus labios en un modo repulsivo, tomando aire, antes de invocar el hechizo. - ¡CRUCIO!
El grito que escapó por los labios de Draco daba cuenta del odio que había en el hombre al conjurar la maldición. Un odio desatado, inclemente, sin restricciones. Un odio que recordaba a Bellatrix. Pero sin la habilidad de la desquiciada bruja para mantener la concentración en algo más, como descubrió Hermione en el momento que las mágicas cuerdas en torno a ella comenzaron a ceder. Solo un poco, pero ya no apretaban como antes.
- ¡CRUCIO! - volvió a gritar Hemlock y Hermione observaba impotente a Draco doblarse sobre el piso y camuflar un nuevo grito de dolor contra las mangas de su brazo, en un intento sobrehumano por no dar en el gusto al hombre. - ¿Sigues creyendo que tienes algún poder para negociar aquí, Mortífago? ¿Crees que quedará algo de ti, cuando termine contigo?
Las cuerdas volvieron a ceder, mientras un grito ahogado escapaba por los labios de Draco, ante una patada propinada por el hombre sobre su estómago, que lo hizo girar hasta quedar boca arriba.
Resiste, por favor…, gritaba Hermione mentalmente, mientras luchaba contra las amarras.
El hombre caminaba en torno a él, lentamente, como un lobo rodeando a su presa, deleitándose con el dolor ajeno. Draco había vuelto a quedar boca abajo, con las manos atadas entre el piso y su rostro, cuando Hemlock lo cogió por los cabellos, tirando de ellos hasta obligarlo a incorporarse, en posición hincada frente a él. - Esto también me recuerda algo…- murmuró con un tono burlón, mientras sus dedos retiraba los rubios mechones de la frente de su víctima, fingiendo una ternura que no existía.- Un rostro tan guapo.- se mojó los labios- ¡Qué lástima será tener que destrozarlo!
Fue cuando el hombre acercó su varita a la mejilla de Draco, que las manos aún atadas de este se enredaron entre las piernas de su captor en un rápido movimiento que lo hizo caer de espalda. La varita de Hemlock escapó de sus manos, rodando contra el piso.
Draco se lanzó en busca de esta, pero ningún hechizo alcanzó a salir de sus labios, cuando el ruido de un disparo hizo eco en el aire, impactando en su hombro.
Fue en ese momento, cuando Hemlock se reincorporaba, sin dejar de apuntar a Draco con el revólver, que las cuerdas que rodeaban a Hermione terminaron de ceder y ella se apuró en quitarlas, sin detener su labor ni aun cuando el segundo disparo llegó a sus oídos.
Hemlock tenía el grasiento cabello desordenado pegado a su estrecha frente, con sus negros ojos fijos en Draco, y caminaba hacia él, aun apuntando el arma que lo había abatido contra el suelo, cuando Hermione se arrojó sobre él.
Pero tras el forcejeo inicial y desarmada como estaba, no fue mucho lo que pudo hacer antes que un golpe del hombre la lanzara contra la mesa, con el revólver de Hemlock apuntando a ella esta vez.
- Es una lástima, señorita, que esto tenga que terminar así. - Dijo el hombre, sonriendo de lado- Usted merecía una mejor muerte.
El sonido que hizo la pistola al ser amartillada paralizó el corazón de Hermione obligándola a inspirar profundo, pronta a enfrentar su muerte. Pero el verde resplandor de la maldición conjurada a espaldas de Hemlock detuvo el disparo, inmovilizando para siempre al hombre, que se desplomó contra el piso, con sus pequeños y oscuros ojos fijos en el vacío.
A pocos pasos de él, Draco, ya libre de ataduras, contemplaba la escena, con la parte superior de su cuerpo apoyado en uno de sus antebrazos, y el otro extendido con la varita temblando entre sus dedos. El alivio plasmado en su rostro iba poco a poco dando paso a la incredulidad, y luego al horror, como si recién entonces comprendiera que sus labios habían conjurado la maldición asesina.
Incluso cuando Hermione corrió a él, su expresión no cambió del todo.
- Draco, ¿estás bien? - Qué estúpida pregunta, se reprendió mentalmente, sin saber qué más decir, mientras se hincaba a su lado y lo giraba boca arriba, para constatar la tibia humedad de su hombro, por encima del negro de su camisa.- Puedo contener la sangre, pero es riesgoso intentar una aparición así. Tendremos que…
- Lo maté…- susurró, con los ojos fijos en el techo y la respiración entrecortada, aunque las palabras parecían dirigidas no solo a ella, sino también para él mismo, mientras una triste sonrisa se posaba en sus labios.
- Si. Lo hiciste. - susurró Hermione, intentando incorporarlo desde el suelo, con la mano detrás de su espalda, esperando que él no pudiera adivinar el miedo en su expresión. - ¡Pero no vas a regresar a Azkaban! - gritó entre dientes.- ¿Me entiendes, Draco?- él giró su rostro hacia ella, donde la tristeza había borrado toda sonrisa.- Enviaré un Patronus a Harry y él…
- ¡No!- expuso, con un quejido escapando de sus labios cuando ella intentó que se sentara. Tenía una de sus manos aún aferrada a la varita de Hemlock. - No asumirás la culpa por mí. No otra vez.
- Lo resolveremos, ¿sí? - siguió ella. - Draco dejó caer su cabeza sobre el hombro de ella, la respiración entrecortada y la desesperanza clara en su rostro. - No volverás a Azkaban, Draco.- Intentó transmitir seguridad, pero podía comprender su miedo. Nadie presumiría inocencia en su caso. Lo condenarían antes de hacer cualquier pregunta. - Haré venir a Harry y lo resolveremos. - dijo, jalando de la varita de Hemlock, aunque sin lograr que el rubio la soltara. - Dame la varita, Draco. Debo llamar a Harry para poder llevarte a San Mungo. Luego lo arreglaré todo para evitar que regreses a Azkaban.
- No. - repitió, sin que Hermione comprendiera.
- Draco, necesito que…- pero el crack de la varita al partirse la hizo mirar con horror hacia la madera rota, sin poder creer lo que él había hecho. - ¡No! ¿Por qué?
- Hermione…- ella quería gritar, pedir explicaciones, tomar su rostro y exigir respuestas ante lo que acababa de ocurrir, pero en lo único que pudo pensar de pronto, fue en que Draco acababa de llamarla por su nombre.- ¡Diablos! Debí decirlo antes, ¿verdad? - sonrió triste, con voz entrecortada. - Un arrepentimiento más a mi larga lista.
Sus ojos estaban fijos en ella, la palidez devorando su rostro.
- Dijiste mi nombre…- susurró, pero sus ojos no sonrieron como ella esperaba. Algo no está bien.
"¿Cuando me llamarás por mi nombre?"
" El día en que muera…"
- Draco, no te vas a morir. - le dijo de pronto, intentando transmitir su convicción y totalmente confundida con su comportamiento.- Es solo tu hombro. En San Mungo podrán…
- No…- su voz sonó esta vez como un quejido ahogado. La expresión extenuada de su rostro y la rigidez con que su mano cubierta de rojo apretaba sobre su abdomen, hicieron que el corazón de Hermione se paralizara.
¿Por qué hay sangre en su abdomen?
Hermione lo sintió desplomarse entre sus brazos y se apresuró en acunar su espalda, presionando esta contra su pecho.
Algo no está bien, repetía la voz en su cabeza en un modo incesante, al tiempo que se percataba de la tibia humedad que avanza entre sus piernas, como un halo oscuro y espeso que se expandía por el piso.
- Draco…- De pronto lo entendió, en la palidez que devoraba su rostro, el cansancio en sus ojos, la sequedad de sus labios y su respirar fatigado.
Hubo un segundo disparo.
Sus dedos se introdujeron por su camisa, ahí donde estaban los dedos de él apretando, solo para confirmar la líquida tibieza de su sangre emanando de una herida por debajo de su costilla derecha.
Rompió la varita para que no vaya por ayuda.
- ¡No!- gritó al comprender, horrorizada ante el descubrimiento y enrabiada por la triste aceptación que se leía en el rostro de él.- No, Draco. ¿Cómo lo arreglo? - escapó la pregunta a través de sus labios, sin querer transmitir a él su horror. Sin hacerle ver que no encontraba solución, mientras el tiempo corría irremediablemente.
Poción reponedora…
Pero sin varita no hay magia…
Los elfos tienen otro tipo de magia…
La Elfa…
- ¡Debes llamar a la elfa! - le gritó. - Dile que venga, Draco. Nos dará tiempo para…
- Hermione…- susurró débil, mientras su mano, resbalosa por la sangre, se aferraba a la suya, por encima de su herida. Ella clavó en él sus ojos, sin querer transmitirle su miedo. Su horror. - ¿Valió la pena?
- Llama a la elfa, Draco.- su voz sonaba quebrada y sintió la tibia humedad de las lágrimas acumulándose en sus ojos- Por favor, llámala.
- No volveré a Azkaban.
- No, no lo harás, confía en mí. - suplicó. - Lo arreglaré, Draco. Pero llama a la elfa.
- Valió la pena, ¿verdad? - insistió él, y las lágrimas resbalaron por las mejillas de ella, comprendiendo de pronto su necesidad de confirmación. - Lo valió para mí...- dijo de pronto, con sus ojos entrecerrados. Su voz, casi un murmullo, le llegó como un eco lejano, apagado. No era la voz de sus despertares, ni de los momentos previos al sueño. Tampoco los susurros apagados del cansancio de sus momentos compartidos. Era la vida que escapaba por sus labios.
- ¡Si, Draco! - exclamó, apretándolo entre sus brazos. - Lo valió. Cada segundo. Pero no quiero perderte. Llama a la elfa, Draco. Ella puede arreglarlo. No quiero que acabe, por favor…
El fantasma de una sonrisa se dibujó en sus labios pálidos. La incandescente luz iluminaba sus ojos grises, mientras el negro de sus pupilas lo iba invadiendo todo, no por oclumancia, ni por el motivo que se habían dilatado tantas veces, sino porque la vida se escapaba disuelta en un charco de sangre que no había forma de regresar a su cuerpo.
Y ella se aferró a él, rogando para que llamara a la elfa, incluso cuando sabía que ninguna otra palabra saldría nunca más por sus labios y el olor a muerte terminó por invadirlo todo.
- Fin del capítulo 21-
PS: No me odien… Les pido un acto de fe, pues hay luz al final del camino.
Alex.
