Katara se detuvo a recuperar el aliento.

Había estado persiguiendo a Aang durante los últimos minutos, hasta llegar a un parque a las afueras de la ciudad, justo en el límite marcado por las enormes arboledas.

La ciudad en la que vivían se encontraba rodeadas de montañas tapizadas de bosques. Pinos enaltecidos, con algo de nieve todavía sobre sus copas, se erguían sobre las laderas de las montañas, creando así un paisaje etéreo y hermoso, pero también algo terrorífico a esa hora de la noche.

Miró alrededor, en busca del muchacho. Lo había perdido unos metros atrás, Aang siempre había sido mucho más rápido que ella. Sin embargo, este era el único camino que podría haber tomado.

Debía estar cerca.

—¿Aang?—lo llamó, sin obtener respuesta alguna.

Comenzó a avanzar por los caminos de cementos a paso acelerado. El lugar era enorme. Las luces iluminaban su andar, pero dejaban en penumbras el resto del parque, y le era dificil distinguir las figuras más allá de los juegos.

Mientras seguía en su búsqueda, sus pensamientos se desviaron inevitablemente hacia el muchacho de ojos grises. La expresión que tenía cuando lo vio pasar frente al restaurante... estaba herido, y muy triste.

Parecía estar... roto.

Pasaron los minutos y todavía no lo encontraba. La preocupación empezó a carcomerla por dentro. ¿Dónde se había metido? El parque solo tenía una salida hacia la ciudad y era el camino que había estado transitando, así que si el chico hubiera regresado, ya se habría cruzado con él.

¿Estaría en el bosque? ¿Acaso siguió corriendo hasta el pie de la montaña, en la nieve?

Katara ya se estaba preparando mentalmente para adentrarse en la espesa arboleda con tan solo su vestido y tacones bajos cuando de pronto, oyó algo.

Un sonido débil y lastimero, traído por el casi inexistente viento.

Lo siguió en silencio, adentrándose en el lado oscuro del lugar, por donde las luces no se animaban a llegar con demasiada intensidad.

Y entonces, lo vió.

El alma se le quebró en mil pedazos al encontrar a Aang sentado en una banca, con el rostro escondido entre sus brazos, rodeando sus rodillas. Sus hombros subían y bajaban a un ritmo inestable y rápido, y los intentos de acallar los sollozos por parte del chico eran completamente inútiles.

No obstante, al mismo tiempo no pudo evitar sentirse en gran parte aliviada por haberlo hallado al fin, y sus piernas reaccionaron por si solas al echarse a correr hacía él.

—¡Aang!

El pobre chico apenas y tuvo tiempo de sobresaltarse y elevar el rostro, cuando de pronto tenía a aquella muchachita encima suyo. Era seguro que si no hubiera sido por el respaldar de madera, habría caído de espaldas junto a ella a causa de la efusividad de aquel abrazo.

—¿Katara?— murmuró Aang, sorprendido y con la voz aguada al reconocerla.

La morena retrocedió tan solo unos centímetros, sin soltarlo del todo aún, y colocó una mano sobre la pálida y húmeda mejilla del muchacho. Las tenía sonrosadas junto a su nariz a causa del frío y el llanto, dandole una imagen tierna y angelical.

—¿Qué sucedió?—pidió saber ella despacio—. ¿Por qué estás llorando?

Aang permaneció observandola un rato, perdido en esos hermosos orbes azules como océanos que poseía Katara, como si se debatiera internamente sobre si revelarle la razón por la cual sentía que su mundo se derrumbaba encima suyo o no.

Sin embargo, finalmente, apartó la mirada.

—No es nada.

Miente.

Katara sabía que no estaba siendo sincero con ella. Lo que no comprendía era el motivo por el cuál lo hacía.

—Aang...

—Estoy bien.

Miente otra vez.

¡Era evidente que no estaba bien! ¿Por qué insistía en querer engañarla? Le dolía la frialdad con la que Aang la estaba tratando. Quería que confiara en ella, quería poder consolarlo.

—Aang—lo llamó, atrayendo su rostro con suavidad hacia su dirección. Sin embargo, el muchacho seguía esquivando su mirada y Katara entendió inmediatamente el por qué. Aang nunca podía mentirle si la veía a los ojos—, mírame.

La voz de Katara era suave y dulce, pero en ese instante, también poseía un toque de autoridad. Aang no tuvo más remedio que obedecerla. Y cuando lo hizo, ella notó que sus ojos estaban cargados de lágrimas.

—Aquí estoy—susurró Katara, pegando su frente a la de él y acariciando su mejilla con inmensa ternura—. Aquí estoy, Aang. Todo estará bien.

Y como si aquellas palabras hubieran sido la llave de la Caja de Pandora, las gotas saladas descendieron al fin libres como lluvia de aquellos ojos grises como nubes de tormentas, al mismo tiempo que un gemido bajo escapaba de la garganta del chico.

Katara dejó que Aang hundiera el rostro en su cuello, y se aferrara con fuerza a ella, mientras subía y bajaba su mano por la espalda del muchacho, esperando pacientemente a que él liberara todo el sufrimiento que tenía en su interior.

Cuando Aang finalmente se calmó, ya había pasado un rato.

Ahora se encontraban sentandos uno al lado del otro en la banca de madera. Aang había vuelto a su posición de rodear las rodillas con los brazos, con la diferencia de que esta vez, dejaba ver su rostro lo suficiente.

Katara fue la primera en romper aquel cómodo silencio que se había creado entre ambos.

—¿Quieres contarme lo que pasó?— propuso con suavidad.

Aang se quedó callado por unos segundos, y Katara pensó que nuevamente se negaría a abrirse a ella.

—Aang...

—Los monjes—la interrumpió en voz baja, molesto. Pero la morena entendió que ella no era la destinataria de esa ira.

—¿Qué pasa con ellos?—preguntó—. ¿Te hicieron algo?-cuestionó, sintiendose de repente furiosa ante la idea.

—No—respondió, calmando sin saberlo los pensamientos vengativos de la chica—, pero lo harán.

—¿A qué te refieres?

Aang se volvió hacia ella.

—Los oí hablar de ello—admitió—. Hoy, cuando llegué a casa. Escuché sus voces desde afuera, y supe que estarían hablando con Gyatso. Suelen ser reuniones privadas, así que decidí entrar por la puerta trasera para no interrumpir. Pero entonces, los oí—continuó, frunciendo el ceño al recordar con amargura y enojo los acontecimientos de esa tarde—. Me enviarán al Este, y me dejaran a cargo de otro monje como mi tutor.

Katara se quedó congelada.

Por unos minutos, su mente trabajó con pasmosa lentitud. Después, mil preguntas arremetieron contra ella. ¿Aang debía irse? ¿Por qué? Pero si apenas había podido recuperarlo, estar a su lado, y ahora toda la felicidad que había sentido hacia unas horas se le escurría como agua entre las manos.

—¿Te irás?—preguntó, apenas pudiendo pronunciar palabra—. ¿Por qué? ¿Qué pasará con Gyatso?

¿Qué pasará conmigo?

—Consideran que Gyatso ya no es apto para cuidarme—dijo, con voz seca.

—¿Por qué piensan eso?—cuestionó ella.

—¡No lo sé!—exclamó Aang, abatido y se puso de pie, caminando de un lado a otro—. Tan solo sé que han tomado una decisión sin siquiera preguntarme qué es lo que siento o quiero. ¡Van a arrebatarme todo lo que conozco y todo lo que amo!

Un dolor punzó su pecho. Dentro suyo había una mezcla de emociones que no podía describir. Todo esto era tan injusto, y fue consciente de que si ella odiaba aquella situación, ¿cuán molesto, confundido y furioso estaría Aang?

Sabía que él amaba tanto a Gyatso, desde el primer momento en que se conocieron habían sido inseparables. El viejo monje era el mejor amigo de Aang, era como un padre para él, era su familia.

¿Y ahora querían alejarlo de él? ¿Cómo se atrevían? ¡Esos monjes eran tan egoístas e insensibles!

Pero en este momento tenía que controlar sus propias emociones y tranquilizarlo.

—Aang— Katara tomó las manos del chico entre las suyas y tiró suavemente de él—. Cálmate, ven aquí—hizo que se sentara nuevamente a su lado, sin soltarlo—. ¿Qué dijo Gyatso?- quiso saber.

Aang negó con la cabeza.

—No estoy seguro—confesó, cerrando los ojos y liberando un suspiro—. Me fui antes de saberlo. No podía soportar seguir escuchando mucho más— admitió y se volvió hacia la morena—. ¿Qué voy a hacer? No quiero irme. No quiero separarme de Gyatso, ni dejar a todos atrás— dijo, angustiado—. No quiero alejarme de ti, Katara.

Su corazón dio un vuelco dentro de su pecho.

—No lo harás—le aseguró—. Dijiste que no escuchaste la respuesta de Gyatso ¿verdad?—Aang asintió—. ¡Entonces, ahí está! Estoy segura de que él se negó. No permitirá que te lleven lejos, y también sabe lo mucho que te gusta estar aquí— dijo, dedicándole una pequeña sonrisa—. Él lo solucionará y todo estará bien, ¿no lo crees?

Él sonrió levemente, pero no parecía muy convencido del todo. No podía culparlo, ella misma intentaba aún de convencerse de sus propias palabras. Después de todo, ambos eran tan solo unos adolescentes y sus vidas se reguían todavía por las decisiones de los adultos, por más egoístas y sin sentido que fueran.

—¿Sabes?—empezó, llamando la atención del chico—. Siempre podríamos escapar.

Aang arqueó una ceja.

—¿Escapar?— dudó—. ¿A dónde?

Katara sonrió con picardía.

—Oh, no lo sé—dijo—. Si tan solo hubiera un nómada por aquí que pudiera darnos un par de ideas.

Katara sabía que, aunque Gyatso y Aang habian decidido establecerse por un tiempo hasta que la educación del menor finalizara, sus espíritus libres y aventureros los llevaban a viajar al menos una vez por año en las vacaciones de verano hasta los lugares más inhóspitos de la tierra.

Aang comprendió entonces a dónde se dirigía todo esto, y sus labios se tensaron en una sonrisa traviesa.

—Eres una chica con suerte— afirmó—. Da la casualidad de que yo soy un nómada.

—¿De verdad?— preguntó Katara, fingiendo sorpresa y causando una risita suave del chico.

Aquella risa encantadora que le causaba mariposas en el estómago.

—Sí—dijo Aang—. He estado por todas partes.

—Entonces, tú serás nuestro guía.

—Me parece bien—estuvo de acuerdo—. Solo una pregunta, ¿en qué nos iremos?

—Hmmm...—murmuró ella, pensando.

—¡El auto de Sokka!—exclamaron al unísono, provocando una risita de parte de ambos.

—¿En serio crees que nos lo prestará?—dudó Aang.

—Solo si lo incluímos en el plan— dedució Katara.

—Supongo que también deberiamos invitar a Toph.

—¡Por supuesto que sí! ¿Sabes lo que nos haría si la dejamos fuera de esto y hacemos que pierda la oportunidad de poner los nervios de punta a sus padres?—cuestionó ella—. La última vez que Sokka la hizo enojar, no pudo caminar bien por una semana.

Las carcajadas salieron de sus gargantas al recordar al mayor del grupo quejandose adolorido por los pasillos de la escuela, víctima de la furia de Toph Beifong. Una terrible tragedia provocada por él mismo.

El par sabía lo ridículo y descabellado que sonaba aquel proyecto de huída, pero el ser consciente de ello no le quitaba en absoluto lo divertido.

—¿A dónde te gustaría ir primero?—preguntó el muchacho, cuando las risas les dieron tregua.

—Para ser sincera, no lo sé—confesó, apenada. De pronto, Katara se sintió tímida y avergonzada. Aang había conocido mil y un lugares durante toda su vida, y ella nunca había salido de su pequeña ciudad, más allá de los viajes escolares—. Me gustaría conocer el mar—reflexionó con añoranza—. Visitar esos países cálidos, donde todo el año es primavera o verano. ¡Oh! ¡Y ver una aurora boreal! Y recorrer esas praderas infinitas llenas de flores hermosas de todos colores...

Y de repente, se dio cuenta de que quizás se habría entusiasmado demasiado con la idea.

Sin embargo, Aang solo la contemplaba embelesado, con una sonrisa dulce y tierna de bobo enamorado en los labios, y un brillo especial en sus ojos.

—Eso fue un poco tonto ¿no?—preguntó, avergonzada.

—¡No! Para nada—se apresuró a decir. La vio fijamente a los ojos, repleto de adoración para ella—. Algún dia, te llevaré a recorrer el mundo, Katara. Y te mostraré los lugares más bellos que pueden existir. Te lo prometo.

Un sentimiento cálido la inundó de pies a cabeza y las mariposas en su estómago parecían haber enloquecido por completo.

¿Qué era aquello que estaba sintiendo? ¿Por qué se sentía así? Estaba perdida sin remedio en aquellos orbes grises y no podía apartar la vista del encantador chico que tenía enfrente.

Percatandose de que probablemente era su turno de responder, abrió la boca para hablar cuando un escalofrío repentino la recorrió, haciendola temblar a causa de una gélida brisa.

—¿Tienes frío?—Aang no titubeó y se quitó inmediatamente el abrigo—. Ten, ponte esto.

—No es necesario...—pero el muchacho ya se había inclinado y comenzado a colocarle la prenda.

Mientras la pasaba por detrás de ella, fue inevitable la cercanía.

La distancia entre ellos era practicamente ninguna, Katara sintió sus mejillas calentarse y su pulso acelerarse. Estaba a centímetros del cuello de Aang, su piel lechosa y aparentemente suave le provocó la incontrolable tentación de querer besarlo en esa área.

—Listo—dijo él, mientras terminaba de cerrar la cremallera a la altura de la barbilla de la muchacha, y sacándola de su ensoñación.

—Gracias...—la voz de Katara apenas un susurro. La prenda estaba tibia, manteniendo aún la calidez del cuerpo de su dueño original, y olía tan delicioso como Aang—. Pero, ¿y tú? Te enfermarás.

El muchacho habia quedado con tan solo un sueter color crema como resguardo contra el frío de la noche, y aunque parecía proporcionar algún abrigo, Katara temia que no fuera suficiente.

—Estaré bien.

—Pero...

—Katara— los dedos masculinos envolvieron con finura la mano de la muchacha y un nuevo escalofrío la atravesó, solo que esta vez no era por el frío—, parte de mi entrenamiento fue meditar por horas bajo una cascada helada en invierno— declaró, divertido—. Creo poder con una noche fresca.

¿Una cascada helada en invierno? Estaba escandalizada. Comenzaba a cuestionarse fuertemente las enseñanzas de esos malditos monjes.

En ese instante, el teléfono de Aang comenzó a sonar. Lo sacó del bolsillo de su pantalón.

—Es Sokka—comentó, extrañado. La morena se tensó—. ¿Hola?

—¡Ay, gracias a los Espíritus, Aang!—se escuchaba la voz del hermano mayor de la chica—. ¿Has visto a Katara?

—Yo...

—¡Porque desapareció hace horas!—Sokka no dejaba hablar al joven—. ¡Ésta chica me va matar! Salió corriendo del restaurante, ¿puedes creerlo? Y ni siquiera se ha llevado el móvil.

—Sokka.

—¡Y ahora no puedo encontrarla por ningún lado!—se quejó—. Está allá afuera, sola. ¿Y si le pasó algo? Argh, y Toph tampoco me contesta.

—¡Sokka!—Aang no quiso gritar tan fuerte, pero el moreno tampoco ayudaba—. Katara está conmigo.

El mayor guardó silencio.

—¿Sokka?

—¿Está ahí?—repitió—. ¿Mi hermana está contigo?

—Sí.

—¿Está bien? Pásame con ella.

—Si, lo está—le confirmó, intercambiando miradas con la morena. Pero Katara le hizo señas insistentes de no querer recibir la llamada. Ella realmente no quería hablar con Sokka en ese momento. No quería recordar lo que había pasado esa noche, más temprano. No ahora—. Ehmm, está en el baño. La acompañaré a casa, no te preocupes.

Un suspiro de alivio se escuchó a través de la línea.

—Te lo agradezco, amigo—dijo Sokka—. Me has devuelto el alma al cuerpo. Dile que la espero.

—Bien, se lo diré.

La llamada se cortó y Katara pudo volver a respirar.

—¿Así que tienes tendencia a huir, pequeña Cenicienta?—bromeó Aang.

Katara sonrió culpable.

—Solo de lugares elegantes. Ya sabes, castillos, restaurantes lujosos, lo típico—se encogió de hombros—. Pero no olvidé mi zapatilla esta vez—dijo, señalando su punto—. Deberias felicitarme.

Aang rió.

—Felicitaciones—dijo. Calló unos segundos, antes de seguir—. Hoy era la cena con tu papá ¿no?

Katara asintió sin mucho ánimo.

—No salió muy bien—admitió, con pesar.

—Oh—musitó Aang, preocupado—. ¿Quieres hablar de ello?

—No—respondió, melancólica—. No hoy, al menos.

Aang respetó su elección y guardó silencio. Eso le gustaba a Katara. Aang siempre estaba ahí para ella, incluso cuando no estaba lista para decir en voz alta lo que la atormentaba.

Sabía que estaba siendo hipócrita.

Había insistido hasta que Aang le confesó la razón de su sufrimiento, incluso cuando en un principio se había negado. En cambio, ella se lo guardaba para sí misma.

Pero es que estaba disfrutando tanto de esta velada con él... Se rehusó a traer los problemas de su vida a este precioso momento.

Más tarde... más tarde se enfrentaría a ellos, más tarde se desahogaría y lloraría hasta secarse. Ahora no.

—Supongo que deberíamos volver—supuso Aang, inseguro.

Pero como Cenicienta, su noche parecía tener un final demasiado prematuro para su gusto. El tiempo se acabó, su carruaje se convirtió en calabaza, y tenía que abandonar a su príncipe.

—Sí... quizás deberiamos.

Más, cuando se pusieron de pie, Aang sin soltarle mano, la guió para la dirección contraria.

—¿Qué estás haciendo?—cuestionó ella—. La salida es por allá.

—Sí, lo es—concordó él con picardía—. Pero sé de algo que podría animarte—dijo, mientras seguía su andar—. Vamos a deslizarnos en trineo.

Katara parpadeó.

—¿Ahora?— Aang asintió, tirando de ella con delicadeza, guiándola por los atajos del parque—. ¡Pero es de noche!

—El momento perfecto. ¡No habrán filas de espera! Toda la montaña para nosotros solos.

La muchacha liberó una risita.

—¡Estás loco!

Aang no se detuvo, y sin voltear para que la morena no notara su leve sonrojo, susurró:

—Sólo por ti.

Pero Katara, tal vez, logró escucharlo.

—¿Qué q...

—¡Vamos!

Subieron una colina repleta de nieve, y por el desnivel que había desde allí hasta la ciudad, parecía mucho más alta de lo que era realmente.

En la cima, se encontraron con una cabaña algo descuidada, utilizada como depósito. En el marco de la ventana había una radio.

Aquello le pareció extraño.

—Solo encontré un trineo—se lamentó el chico, trayendo el susodicho arrastrando. Mordisqueó su labio, pensando, en una forma que le pareció terriblemente sensual a Katara—. ¡Tengo una idea!

Aang se sentó en el trineo de madera, y palmeó el lugar que había entre sus piernas.

—Ven aquí— la invitó—. Bajaremos juntos.

—¿Allí?— dudó.

—Vamos, será divertido—insistió Aang—. Hay lugar para ambos.

El espacio no era lo que le preocupaba a Katara. O quizás si. ¡Iba a ir sentada entre las piernas de Aang! Parecía del todo inapropiado.

Y es que aquella posición era demasiado íntima. Sabia lo que solia pasarles a los chicos en ese tipo de situaciones. ¿Llegaría acaso a sentir el miembro de Aang contra su espalda baja?

Decidió que iba a averiguarlo.

La muchacha se acomodó. Puso las piernas juntas, para ocupar el menor espacio posible, pero cuando su espalda se recostó en el cuerpo de Aang, se decepcionó.

Su abrigo era demasiado acolchado como para poder sentirlo a detalle.

Nunca había odiado tanto a una prenda de ropa.

Espera un segundo. ¡¿En qué estaba pensando?! Aang era su amigo... ¿no? Y ella estaba deseando sentir su miembro contra ella.

Se sentía una completa pervertida.

—Permiso.

Katara se quedó sin aliento.

Aang había pasado su brazo alrededor de su cintura, sujetandola con masculina firmeza, para que no cayera en el trayecto.

De pronto, sintió las piernas de gelatina y agradeció a los Espiritus estar sentada.

—¿Lista?

Katara estaba en su lugar de ensoñación, hasta que sintió un tambaleo sospechoso.

Y fue en ese instante en el que se dio cuenta que se encontraban en el precipicio de la colina. Desde ahí, el montículo de tierra parecía poseer mucha más altura de lo que creyó en un principio, y el trineo se estaba inclinando de forma aterradora.

—Aang— dijo con voz temblorosa y agarrándose del brazo que la rodeaba—, creo que ya no estoy tan segura de est... ¡Aaaahh!

Demasiado tarde. Aang ya había hecho contrapeso y el trineo comenzó a descender a gran velocidad por la colina al compás del grito de terror de la morena.

Tenía los ojos cerrados. La aceleración y la gravedad hicieron que Katara quedara replegada contra el firme pecho de Aang, mientras las risas del muchacho resonaban.

—Abre los ojos, Katara—susurró Aang, su aliento cálido le hizo cosquillas en el oído de forma placentera.

Katara obedeció solo para darse con que se iban a estrellar contra una protuberancia antes de que siquiera pudiera reaccionar. Pero el supuesto peligro resultó servir de rampa para el trineo.

Y entonces, por tan solo unos segundos en los que estuvieron en el aire, contempló el espectáculo más bello que jamás había visto.

Un mar de luces de todos colores se cernía delante de ella, producto de las casas y calles de la ciudad, mezclandose con el océano de estrellas de la noche.

Era tan hermoso...

La gravedad la trajo a tierra de nuevo. Ahora eran dos los que estaban riendo, mientras su pequeña nave improvisada se deslizaba hasta detenerse en la base de la colina.

—¡Eso fue fantástico!—declaró Katara, entre risas.

—Me alegro que te haya gustado—dijo Aang, ayudandola a levantarse—. ¿Te sientes mejor?

—Mucho— respondió—. Gracias.

Aang sonrió de forma encantadora.

—Vamos, te acompaño a casa.

—No hace falta— titubeó Katara—. Vivo muy lejos.

—Mejor— Aang le guiñó un ojo—. Será más tiempo juntos.

[...]

Sokka los esperaba en el pórtico, cuando el par llegó entrelazados de las manos.

—¡Al fin!—exclamó el moreno, estirando los brazos al cielo de forma exagerada—. ¿Qué les tomó tanto tiempo a ustedes dos? Pensé que dijiste que la traerías a casa, Aang.

—¡Lo hice!

—¡Casi dos horas tarde!—refunfuñó—. Dos horas en las que tuvieron tiempo para hacer...— una arcada vino a él—... cosas.

—¡Sokka!—exclamó Katara, indignada.

—¡Ohh, tú ni me digas nada!— la señaló con un dedo acusatorio—. ¡No puedes huir y desaparecer así! ¿Sabes lo preocupado que estaba? ¡Llamé a Toph! ¡A Toph! En su hora de práctica de... no recuerdo el nombre, como sea. ¡Es su hora sagrada y odia que la interrumpan! Pero no contestó. Y no me ha reclamado todavía—recordó, con una expresión sombría—. Su silencio me perturba—confesó, temeroso, pero inmediatamente regresó a su rostro severo-. ¡Estás en muchos problemas, jovencita!

Aang se posicionó frente a la morena, protector, y mostró las palmas en son de paz.

—Fue mi culpa— dijo—. Yo la entretuve.

Sokka arqueó una ceja y se cruzó de brazos, mirandolos a ambos sospechosamente.

—Recuérdame de nuevo cómo es que ustedes dos se encontraron por favor— inquirió—. Pensé que estarías con Toph esta tarde, Aang.

Katara y Aang intercambiaron miradas.

—¿Sabes qué? No estoy seguro de querer saber los detalles— lo detuvó antes de poder responder y colocó una mano sobre el hombro de Aang—. Gracias por traerla a salvo— le agradeció, sinceramente.

Aang sonrió.

—Vamos, te llevo en mi auto—le propuso al menor—. Katara, entra. Hay comida en la cocina. Sé que no has probado bocado en la cena.

Katara asintió, esbozando una pequeña sonrisa. Era consciente del hecho de que Sokka se preocupaba por ella, y se sintió culpable por haberlo dejado solo cuando salió huyendo. Seguramente había estado igual de impactado que ella.

Papá era su héroe.

Él no se merecía esto.

Mientras Sokka encendía el auto, el par empezó a despedirse.

—Creo que aquí termina nuestro encuentro fortuito, princesa—bromeó Aang.

Katara rió.

—Eso parece—dijo—. Oh, toma—le devolvió el abrigo—. Gracias por prestarmelo.

—Gracias a ti—Aang rascó su nuca nerviosamente y un suave sonrojo apareció en su rostro—, por consolarme esta noche.

Katara le dio una sonrisa y puso su mano en la mejilla del muchacho.

—No he hecho nada.

—Lo has hecho todo—Aang agarró la mano de la morena y depositó un beso casto sobre su dorso.

Aquel roce la estremeció por completo.

Sokka tocó la bocina.

—¿Nos vemos mañana?—preguntó él.

Katara solo pudo asentir con la cabeza.

Viéndolo alejarse, notó que algo le molestaba. Había algo...

Jadeó.

—¡Aang!

El muchacho estaba a punto de entrar al auto de Sokka cuando se detuvo en seco.

—Sé que no sucederá—gritó desde el arriba de las escaleras del portico—, pero, los monjes. ¿Cuándo pensaban... hacer eso?

Ambos entendían el significado secreto.

¿Cuándo pensaban llevarte?

Las comisuras de la boca de Aang se torcieron en una sonrisa ladeada y triste.

—El cuatro de abril—le respondió.