Tic... tac... tic... tac...

Mientras el segundero del reloj martillaba el silencio de la habitación, Katara daba vueltas en su cama.

No podía dormir. Estaba demasiado ocupada pensando en lo que Aang le había revelado esa noche: los monjes se lo llevarían el cuatro de abril.

El mismo día de su muerte.

¿Era este asunto lo que había empujado a Aang a quitarse la vida? Era claro para ella que el muchacho estaba sufriendo por toda aquella la situación.

Haberlo visto derrumbarse en sus brazos, abrazándose a ella, desesperado, y las lágrimas derramándose por esa carita pálida... eso la destrozó por completo.

—Malditos monjes egoístas—murmuró con rabia.

¿Es que acaso no veían el sufrimiento que le provocaban a Aang? Espíritus, se suponía que esos ancianos decrépitos se encargaban del bienestar del chico, no de destruirle la vida.

Estaba enojada. Enojada con los monjes, enojada con la situación, enojada con todo. O quizás, más que molesta, estaba asustada.

Asustada de lo que podría pasar.

¿Y si se lo llevaban? Sabía lo que le había prometido a Aang; que Gyatso seguramente lo solucionaría. Ella creía en lo que dijo. Pero ¿y si no? ¿Y si Gyatso no podía hacer nada? ¿Y si se llevaban a Aang lejos de ella? ¿Y si no volvía a verlo nunca más? Porque sabía lo que pasaría si Aang iba al Este. Lo internarían en esos monasterios, alejado de cualquier forma de comunicación con el exterior, hasta que estuviera listo y lo enviaran a alguna parte de la India o el Tíbet.

O peor aún.

¿Y si no podía salvarlo?

Katara comenzó a hiperventilarse.

No, no podía perderlo de nuevo. No podía dejar que se suicidara. Pero ¿qué podría hacer ella para evitarlo? Recordó entonces el plan de escapar.

Si... eso parecía un buen plan. En todo caso, ella misma robaría el auto de Sokka.

Aunque era difícil que Sokka perdiera de vista las llaves de su auto...

No importa. Se llevaría a rastras a Sokka, con llave y todo, si era necesario. Ya tenía el auto, ¿qué más? Dinero, comida, agua, ropa para todas las estaciones...

Ya estaba armando una lista mental de todo lo que necesitaría para empezar sus vidas de fugitivos cuando, de pronto, un pensamiento fugaz la atravesó.

¿Y si esto no era la única razón por la que Aang decidió suicidarse?

Katara se paralizó.

Ahora que lo pensaba, no recordaba que Aang le hubiera dicho, hacía cuatro años, que se mudaría o lo enviarían lejos. En sus memorias, el muchacho de ojos grises siempre había estado feliz y alegre durante sus últimos días, incluso después de haberlo visto pasar corriendo a través de la ventana del restaurante.

Aang no podría haberles ocultado algo como eso. Entonces, eso significaba que no había pasado. De alguna forma, el plan se había cancelado, y no se lo llevaron.

Porque sino, al menos se habría despedido de ellos ¿no?

Si hubiera querido despedirse, al menos habría dejado una nota.

Se estrelló contra aquella dura verdad. Es cierto. ¿Por qué Aang no había dejado si quiera una carta explicandolo todo? Recordó entonces la tristeza y la impotencia que la golpeó en aquella época.

Aang se fue de la peor forma posible, sin siquiera explicarle el por qué había tomado tal decisión

No es como si el hacerlo, hubiera aminorado el dolor que la desgarró por dentro, o los meses siguientes que pasó llorando durante las noches hasta que no pudo más porque lo extrañaba con desespero. Ni siquiera hubiera sido mejor para su salud mental y ni bajado el precio de las pastillas que tuvo que empezar a tomar para contrarrestar la depresión por no soportar su ausencia.

No hubiera cambiado nada. Porque lo que ella quería no era una excusa de parte de él. Ella había querido que hubiera seguido con vida.

Katara dio otra vuelta y se abrazó a sí misma. No, eso ya no importaba. Si estaba en lo correcto, significaba que todavía tenia que averiguar el verdadero motivo por el cual Aang moriría.

Cualquiera que fuera, solo había una forma de descubrirlo.

—Tengo que conseguir ese diario.

El cuaderno albergaba todos los sentimientos secretos de Aang. Incluso los más oscuros.

Katara recordó que le había prometido al muchacho ayudarle con química al día siguiente, le daría clases en su casa. Era perfecto.

En algún momento, ella lo distraería y se colaría en la habitación del chico. Conocía la ubicación de aquella cajita de madera que mantenía oculto el dichoso diario.

Mañana. Mañana descubriría la verdad.

—Mañana veré a Aang de nuevo.

El corazón de Katara dio un vuelco ante la idea. Sus pensamientos se desviaron involuntariamente hacia los sucesos de aquella noche. De pronto, se volvió muy consciente de ese rostro encantador del muchacho, y cómo disfruto, quizás más de lo que debería, el hecho de haberlo tenido tan cerca cuando le colocó el abrigo.

Katara se removió en la cama, emocionada al repasar cada detalle.

Le había fascinado cuando se sentó entre las piernas de Aang. Su pecho, al apoyarse contra él... era firme y masculino. Le hacía sentir segura.

Y se dio cuenta que Aang siempre la hacía sentir cómoda y a salvo.

Y cuando la rodeó con sus brazos...

Katara liberó un suspiro ensoñador y sintió sus mejillas sonrojarse. Espíritus, tan solo el recuerdo de Aang sujetándola por la cintura la hizo temblar y que sus piernas parecieran estar hechas de mantequilla.

El cálido aliento cuando le susurró al oído, esa voz que le generaba mariposas en el estómago y esos ojos grises que la hipnotizaban. La risita que le entibiaba el pecho, y el beso que él depositó en su mano al despedirse la estremeció entera.

Katara se mordió el labio y pegó las piernas más juntas.

Aang era tan atractivo...

Espera un minuto. ¡¿En qué estaba pensando?! ¡Aang era su mejor amigo! No podía estar enamorada de él.

Katara sacudió la cabeza. Aang era su amigo. Era su dulce, inocente y tierno amigo. ¡Hasta hace poco incluso era más bajo que ella! Y su rostro tenía facciones infantiles.

Aunque, ahora que se percataba de ello, Aang había crecido un par de centimetros más que ella. Y ya no parecía un niño, aunque todavía conservaba ese encanto juvenil.

El zumbido de su teléfono la alertó. Y cuando vio el nombre del contacto, sintió su pulso acelerarse.

—¿Hola?

Wow, eso fue rápido—escuchó—.Creí que estarías dormida.

Katara sonrió.

—¿Me llamaste incluso cuando sabías que estaba dormida?

¿En serio estabas durmiendo?—preguntó, entre sorprendido y asustado—. ¡Lo siento! No quise despert...

La risita traviesa de Katara lo interrumpió.

Era broma, Aang—dijo, mientras comenzaba a dibujar círculos con el dedo sobre la sábana—. No me despertaste—lo tranquilizó—. ¿Qué pasó? ¿Está todo bien?

Mejor que nunca—le afirmó él. El alivio y la alegría inundándola por completo—. Te contaré los detalles mañana.

—¿Por qué no ahora?

Porque es una larga historia, y mañana hay escuela—respondió Aang con resignación, y Katara oyó el sonido del cuerpo del chico cayendo sobre el colchón—. Debemos dormir.

—¿Para qué me llamaste si no me ibas a decir?—se quejó, haciendo un puchero.

La risita divertida de Aang se escuchó a través de la línea, y los labios de Katara se curvaron en una sonrisa. Le gustaba ser la razón de la felicidad del muchacho.

No te llamaba por eso en realidad—admitió él.

—¿Entonces?

Aang pareció dudar antes de responder.

Quería escuchar tu voz—confesó.

Katara se quedó sin aliento.

—Aang...

Me tengo que ir—sentenció Aang rápidamente y claramente nervioso—. ¡Descansa, Katara!

Y colgó.

Katara se quedó mirando el teléfono por un largo rato antes de dejarlo nuevamente sobre la mesita de luz. Estaba derrochando felicidad, con una sonrisita permanente en los labios.

De pronto, estaba muy entusiasmada porque llegara el día siguiente. Deseaba volver a ver a Aang.

Si... claro que no estaba enamorada de él.

[...]

La muchacha pasaba su peso de un pie a otro mientras esperaba a Aang en la entrada.

Había obligado a Sokka a levantarse una hora antes para que la trajera temprano a la escuela -por supuesto, su hermano la había odiado y dicho hasta de lo que se iba a morir por haberle echado un vaso de agua a la cara para que despertara- pero es que la ansias pudieron más con ella y no estaba dispuesta a perder un segundo de tiempo.

Volvió a estirar la falda tableada del uniforme con las manos, asegurándose de estar perfecta para su encuentro.

Cuando de pronto, sus pies dejaron de tocar el suelo. Las manos que la sujetaban de los costados la elevaron en el aire y la hicieron girar un par de vueltas.

—¡Aang!—chilló Katara, asustada, agarrándose con fuerza para no ser soltada. Pero la risita del chico era contagiosa, y ella también terminó divirtiéndose.

—¡Ay no! ¡Tan temprano los oogies no!—se quejó Sokka ante aquella escena. El par a simple vista parecía una parejita de tórtolos enamorados y él venía bebiendo una cajita de leche recién comprada cuando los vio a la lejanía, derrochando esas muestras de afecto—. Y después dicen que son solo amigos. Sí, cómo no—dijo, blanqueando los ojos antes de retirarse sin ser notado.

Finalmente, Aang volvió a dejarla en el suelo con el cuidado con la que se toca una rosa. El chico tenía una sonrisa gigante en el rostro.

—¡Eres increíble, Katara!—declaró.

—¿Por qué?—indagó ella, al girarse hacia él—. ¿Qué pasó? ¿Qué te dijo Gyatso? ¿Te quedarás?

Aang asintió

—Tenías toda la razón, Katara—declaró—. Fue exactamente como me dijiste. ¡Gyatso se negó e incluso llegó a un acuerdo con los Monjes Superiores!

—¿De verdad?-preguntó emocionada la morena—. ¡Oh, Aang! Eso es fantástico—Katara se lanzó sin previo aviso encima de Aang y lo abrazó con todas sus fuerzas.

Aquella era una noticia tan maravillosa. Estaba feliz, rebozante de alegría. Aang se quedaría.

Y eso le encantaba.

Quizás le encantó un poquito más cuando el muchacho correspondió al abrazo.

La jornada escolar pasó sin pena ni gloria. Excepto la última clase.

El profesor Roku les encargó un trabajo en equipo para entregar al final de la hora. El equipo de Katara estaba conformado por Haru, Aang y... Onji.

Para Katara, aquella chica era insoportable. Usaba cualquier excusa para estar cerca de Aang, pavoneandose de un lado a otro. ¿Era su idea o acaso Onji llevaba la falda tres dedos más corta?

Katara, incapaz de soportar más tiempo el para nada disimulado y muy insistente coqueteo de Onji hacia su Aang, pidió permiso y se retiró al baño. Por suerte para ella, se encontró sola. Se vio fijamente en el espejo y se analizó con cuidado.

—Yo soy mucho más bonita que ella—musitó, observando su figura.

Katara desprendió los primeros dos botones de su camisa. Un botón más y se vería el inicio de su escote. Viéndose al espejo, parecía mucho más atrevida y sensual de lo que jamás había sido

Sabía que lo que estaba haciendo era ridículo. Ella no necesitaba competir por la atención de Aang, pero tan solo ver a Onji intentando seducir al muchacho por alguna razón la hacía arder de rabia.

Aún así no volvio a abotonarselos.

Regresando a su salón, al ir por el pasillo su muñeca fue atrapada repentinamente, asustándola en el acto.

—¡¿Jet?!— preguntó sorprendida, al girarse.

Jet la sostenía con firmeza, esbozando una sonrisa seductora y repleta de picardía. Katara se sonrojó cuando su nombre salió de los labios del muchacho.

—Hola, Katara—dijo con voz confiada y presumida.

—¿Qué haces aquí?

Bueno, eso si era una pregunta tonta. ¡Ambos iban a la misma escuela!

Sin embargo, Jet pareció no notar el error.

—En realidad, estaba buscándote.

—¿A mi?

—Sí—Jet tiró de ella. Katara quedando relegada a centímetros del rostro del muchacho—, pero me gustaría hablar contigo en un lugar más privado. ¿Te parece?

—Claro...—musitó Katara, su voz saliendo en un balbuceo débil.

Jet miró a ambos lados del pasillo, como buscando algo, hasta que chasqueó la lengua. Arrastró a Katara hasta el cuarto del conserje, un lugar minúsculo lleno de cosas, pero lo suficientemente perfecto para que un par de adolescentes consiguieran intimidad.

Adentro, Jet acorraló a Katara contra la pared, y un jadeo escapó de su garganta cuando el chico aprisionó con increíble facilidad sus muñecas con una mano, y con la otra la sostuvo de la cintura con posesiva fuerza. Su cuerpo pegado escandalosamente con el de la muchacha. La cercanía amenazando con un beso a la distancia de un suspiro, el muslo de Jet colándose y haciendose lugar entre las piernas de la morena.

—¿J-jet?—Katara pronunció, sintiendo la lengua de plomo—. ¿Qué estás haciendo?

De pronto su cerebro no conectaba una sola idea coherente. No sabía si estaba en peligro o si aquello le gustaba.

Porque Jet le gustaba.

Jet era el chico por el cual había suspirado desde el inicio en la secundaria. Era tan solo un año mayor que ella, pero ya parecía uno de esos tentadores chicos de preparatoria. Poseía una tez bronceada, cabellos rebeldes y negros, y esa sonrisa de dientes blancos y perfectos. Era su rebeldía y desapego a las reglas parte de su encanto, y cuando fumaba un cigarillo y te dedicaba una de sus miradas, te daban ganas de decirle sí a todo y a entregarte a cada uno de sus caprichos, cualesquiera que fueran.

Jet era poseedor de una reputación cuestionable.

Cuando estabas con él, querías que arruinara la tuya y te echara a perder.

Y ahora, lo tenía presionando su cuerpo contra el de ella, su muslo queriendo restregarse contra aquel dulce lugar entre sus piernas, y sus labios a milímetros de los suyos, advirtiendo el deseo de reclamar su primer beso.

—No sabes cuánto tiempo he imaginado tenerte así—suspiró Jet.

Katara no supo qué decir.

—Te he estado mirando, Mizu—dijo, pronunciando su apellido de la forma más sensual que Katara jamás se pudo imaginar. La mano de Jet afianzó su agarre mientras la otra comenzaba a acariciarle la piel sobre la ropa—. Y sé que tú también a mi.

—Jet...—Katara temblaba tal hoja en el viento.

—¿Irás conmigo al baile?—le preguntó él, susurrándole seductoramente al oído—. Dime que sí, Katara. Dímelo o me volveré loco.

—S-sí.

—Bien—Jet depositó un húmedo beso en el cuello de Katara, provocándole que sus pulmones se quedaran sin aire y ella de paso se olvidara cómo respirar.

Finalmente, la liberó. Su boca formando una sonrisa lobuna, triunfante, como quién ha conseguido lo que quería.

—Te veré entonces, Mizu— dijo—. Me encantas así—le acarició el cuello de la camisa, bajando por sus botones abiertos—. Me iré primero, ¿de acuerdo?

Katara movió la cabeza en señal de asentimiento, incapaz de formular palabras.

Luego de que Jet se fue, Katara cayó al suelo. Eso habia sido intenso.

Incluso mucho más que la primera vez. Porque esto también había pasado, cuatro años atrás. Jet, el chico más sexy y popular de la escuela, la había invitado súbitamente al baile. Solo que aquella vez, la había esperado hasta que terminaran las clases y la había acorralado en un salón vacío, cuando ya no había nadie.

Katara salió del cuarto poco antes de que sonara la campana, dando por finalizado el día.

—¡Katara!

Aang la estaba esperando en la entrada del salón. Él llegó hasta ella con dos mochilas. Cuando su miradas se encontraron, Katara se sintió terriblemente culpable.

Tenía la horrible sensación de haber traicionado a Aang. Solo que no entendía el por qué

—¿Guardaste mis cosas?—preguntó ella, impresionada al recibir la mochila ya lista.

—Si, poco después que te fuiste terminamos el trabajo y lo entregamos. Roku nos dejo preparar nuestras cosas antes. Estabas tardando, así que decidí que sería mejor si lo hacía por ti—dijo Aang con cierta timidez—. Puede que no estén acomodadas muy bien pero hice lo mejor que pude.

Katara sonrió sin poder evitarlo. Aang siempre era tan tierno.

—Gracias.

Ambos se dirigieron hasta la parada del autobus y esperaron mientras charlaban. Cuando el transporte llegó y subieron, se dieron cuenta de que el autobús estaba repleto.

Internamente, Katara comenzó a sentir ansiedad. Recordó las experiencias desagradables en el transporte público que había tenido en el pasado, y temió que aquello se repitiera.

Siempre era peor cuando usaba falda.

Manos ajenas y fugaces solian tocarla sin permiso, incomodándola y aterrorizándola durante el viaje. También solian apoyarse intencionalmente contra ella.

Sin embargo, antes de siquiera poder hacer o pensar en algo, Aang la sorprendió.

Sin decir una palabra, Aang tomó la mano de Katara y la guió a través del gentío hacia el interior del autobús. Con cuidado, encontró un pequeño espacio en el rincón, en una parte que no había asientos, tan solo la pared del autobús y algunas ventanas. Aang la posicionó de espaldas a la pared y ventanas, quedando él frente a ella.

Katara se dio cuenta entonces de lo que Aang estaba haciendo y sintió su corazón rebalsarse de ternura y gratitud.

Aang la estaba protegiendo.

Con su cuerpo, cubría a Katara, asegurándose de que nadie pudiera restregarse contra ella de forma incómoda y dándole todo el espacio posible en ese reducido transporte.

El autobús dio una sacudida, seguramente pasando por algún bache o algo por el estilo, causando que la muchacha perdiera el equilibrio.

Aang la sujetó de la cintura, evitando así que ella cayera al suelo, pero el movimiento de la multitud tras él lo empujó hacia adelante, quedando sus cuerpos tocándose levemente.

Un escalofrío recorrió a Katara de pies a cabeza. Aang la sostenía del mismo lugar que Jet la había tocado antes.

—¿Estás bien?—preguntó él, preocupado de que se hubiera hecho algún daño.

Pero esto era muy distinto a la experiencia que tuvo con Jet.

—Si—dijo, su voz apenas un susurro—. Gracias.

La mano de Aang se sentía cálida, su piel reaccionando a su toque involuntariamente. Lo de Jet había sido pura adrenalina, Aang la tocaba delicadamente. Y eso a ella le gustó.

—¿Tengo algo en la cara?—preguntó el chico, tocándose la mejilla, ante la intensa mirada de la chica.

Katara se sintió apenada al darse cuenta que había sido tan obvia.

—No—respondió, aún sin poder apartar la vista—. ¿Te he dicho que eres asombroso?

Aang esbozó una sonrisa ladeada.

—No creo ser tan genial.

Katara negó con la cabeza.

—Lo eres—afirmó—. Eres perfecto.

[...]

Katara estaba disfrutando especialmente este momento. Iban camino a la casa de Aang, yendo a la par, por el mismo recorrido que había hecho ella el día que visitó a Gyatso y halló el diario.

Encontró agradable la sensación tan distinta de pasar por las mismas calles, las mismas esquinas, pero con Aang a su lado, vivo y bien, entre risas.

Pero cuando llegaron a su destino, Katara tuvo que enfrentarse nuevamente con la razón por la que estaba allí en un principio.

—Hemos llegado—canturreó el chico, adelántandose para abrir la puerta.

Katara permaneció de pie en la acera. Veía fijamente la casa, especialmente un lugar en particular.

La ventana de la habitación de Aang.

Las cortinas amarillas esta vez estáticas, y el diario todavía oculto en su escondite bajo la cama.

—¿Katara?—preguntó Aang, observándola con curiosidad—. ¿Sucede algo?

Katara parpadeó un par de veces y fingió una sonrisa.

—No es nada.

Al ingresar, se topó con el espacio correspondiente para quitarse los zapatos, una costumbre de la familia Air.

—¡Ya llegué!—anunció el chico—. Ten—Aang le dispuso unas plantuflas frente a ella—. El piso está frío como para que camines descalza. Encenderé la calefacción.

—Gracias—dijo. Katara sonrió levemente, esta vez con sinceridad—. ¿Y Gyatso?

Dejaron sus cosas en la salita de estar y Katara se sentó sobre uno de los almohadones en el suelo frente a la mesita ratona de la sala. Si bien Aang había dicho que el piso estaba frío y tras de ella había un enorme sofa que parecía ser muy cómodo, bajo ella había una alcochonada y muy suavecita alfombra.

—Al parecer salió—dedució Aang—. Creo que dijo que tenia unas entregas de pasteles por hacer. Volverá pronto seguramente.

—Así que a eso se debe ese delicioso aroma.

Katara inhaló profundamente. Un exquisito olor a pastelitos de fruta abundaba en el aire. Gyatso dirigía una modesta pastelería casera, y sus humildes creaciones eran bien conocidas en toda la zona y alrededores por su adictivo sabor.

—¿Quieres un poco?—le ofreció Aang, con una sonrisa divertida.

Katara lo miró entusiasmada.

—¿Hay?—preguntó como una niña pequeña.

—Debe haber un poco en algún lado—dijo, dirigiéndose a la cocina.

Aang regresó con un plato lleno de aquellas pequeñas delicias y se sentó en el lugar que había enfrente de Katara. Bizcochitos esponjosos y suavecitos, bañados en caramelo y otros en glaseado con relleno sabor a fruta se cernían ante ella.

Y cuando Katara probó el primer bocado, no se pudo contener. La muchacha se terminó el recipiente practicamente sola.

—Me alegro que te hayan gustado—rió Aang, mientras comía su segundo bizcochito. El último que pudo rescatar del hambriento apetito de la que chica que le gustaba.

Katara estaba a punto de chuparse los dedos.

—Mucho—estuvo de acuerdo—. Mis felicitaciones al chef.

Luego de aquel pequeño descanso, comenzaron con la clase.

Rodeados de apuntes y libros de química, Katara se dedicó a explicarle los temas más difíciles.

El ambiente estaba impregnado de una mezcla de amistad y tensión romántica latente. Katara se dio cuenta cómo Aang desviaba ocasionalmente la mirada hacia sus labios y su corazón se detenía momentáneamente al notar cómo sus dedos se rozaban de forma sutil cuando tomaban los mismos apuntes.

—Mira, Aang, para equilibrar una ecuación química, tienes que asegurarte de que el número de átomos de cada elemento sea el mismo en ambos lados de la ecuación. ¿Lo entiendes?—preguntó, volteándose hacia él.

Sin embargo, Aang tan solo la observaba embobado, pero al percatarse que Katara lo veía, reaccionó.

—¡Si! Si, lo entiendo perfectamente—respondió, aunque su voz sonaba algo nerviosa por haber sido descubierto.

—Ajá—Katara cruzó los brazos sobre el pecho, arqueando una ceja y simulando severidad, pero su sonrisa la traicionó—. No estabas prestando atención.

Aang sonrió culpable.

—Me atrapaste—confesó—. Es que tengo una maestra muy bonita y me distraigo—dijo, encogiéndose de hombros con una expresión de inocencia.

Katara parpadeó sorprendida ante el descaro del chico. ¿Acaso Aang estaba coqueteando con ella? ¿Desde cuándo se había vuelto tan atrevido?

—Para tener tantas distracciones, has ido comprendiendo rápidamente los temas—le reprochó, a medida que sus mejillas fueron teñidas de un tono rosado—. ¿Por qué no has aprobado un solo examen?

—¿Aparte de que si hubiera tenido una profesora tan hermosa como tú, la materia se me hubiera hecho mucho más interesante?—preguntó como si nada, provocando que el color rosado se extendiera aún más por las mejillas de la chica—. Supongo que simplemente no soy un chico de ciencias. Me inclino más por las artes, en realidad.

Katara mordisqueó su labio inferior, nerviosa. Espíritus, si seguía así Aang le provocaría una taquicardia. ¿Cómo podía decir esas frases llenas de picardía con tanta facilidad?

Para su fortuna y la buena salud de su cordura mental, Aang le dio tregua y ella siguió explicándole los ejercicios.

Pero no por mucho tiempo.

—Katara, no puedo ver bien el apunte desde aquí, creo que necesito acercarme un poco más. ¿Puedo?—preguntó él—. Es importante que comprenda bien esta parte ¿no?

El corazón de Katara dio otro vuelco ante la audacia de Aang. ¿Acaso querría matarla?

Sin embargo, la idea de tenerlo más cerca no le molestaba para nada.

—Si, por supuesto. Puedes acercarte.

Aang se posicionó a su lado, sus rodillas tocándose. Katara prosiguió, y le asignó algunos ejercicios de ejemplo para que él practicara.

Mientras él los resolvía, muy concentrado, ella se permitió observarlo. A simple vista, parecía tan inocente, como si hace tan solo unos instantes antes hubiera sido otro chico el que provocó que el corazón casi se le explotara dentro del pecho.

¿De donde había sacado tal descarada osadía? ¿Siempre la había tenido?

La luz tenue del atardecer que entraba por la ventana resaltaba sus rasgos masculinos pero suaves, los escurridizos rayos de sol que se colaban entre las cortinas se entremezclaban con el color gris de esos ojos tan cautivadores, haciendo que se vean de un cálido tono café. Se admiró de lo lechosa que era su piel, y cómo contrastaba tan bien con las oscuras pestañas y cabello. Y cuando bajó la vista hacia su boca...

Katara reprimió una risilla. Aang había sacado la lenguita por un costado, claramente enfocado en lo que estaba haciendo. Se veía terriblemente tierno.

—Katara, no entiendo muy bien esta parte...—declaró, genuinamente confundido, mientras apoyaba su mano izquierda en el suelo para poder señalar con la derecha un punto en específico del apunte de Katara. Y no solo invadió el espacio personal de la morena con aquel acto, sino también sus dedos terminaron encima de los de Katara.

Aang levantó bruscamente la vista al sentirla, y Katara se sobresaltó. Sin haberlo hecho a propósito, la distancia entre ambos se había acortado extremadamente. Estaban tan cerca uno del otro que sus alientos se entremezclaban.

Y Aang olía al relleno de frutas.

Los orbes azules de la morena pasaron de los ojos grises del muchacho a sus labios y se preguntó si sabrían igual de dulces y si serían igual de adictivos que aquellos pastelitos. La idea tan solo hizo que su pecho cosquilleara de emoción.

Aang abrió los ojos de sorpresa, y el color carmín se abrió paso violentamente sobre sus pálidas mejillas, haciendolo tan encantador como siempre, cohibido por aquella atrevida pero accidental cercanía con la muchacha.

Allí está mi Aang tímido y adorable.

—P-perdón—balbuceó, dispuesto a retirarse.

Sin embargo, Katara no lo dejó.

La chica le puso la mano libre sobre la mejilla ardiente. Ahora que lo tenía, no permitiría que se alejara de ella.

—Aang—pronunció su nombre, saboreando cada una de las letras, en un susurro—. Creo que hemos estudiado suficiente por hoy, ¿no lo crees?

Aang tragó saliva despacio y asintió de acuerdo. Estaba hipnotizado ante el exquisito movimiento de los labios de Katara al hablar.

Parecían ser tan apeteciblemente irresistibles.

Pero logró liberarse de ese encanto tan solo para perderse en aquellos zafiros tan preciosos.

El ambiente se cargó de electricidad mientras sus miradas se encontraban y un silencio cómodo los envolvía. La tensión se hizo tangible, y ambos se sentían abrumadoramente atraídos el uno al otro.

—Katara...—jadeó su nombre.

Esta vez fue el turno de Katara de perderse por esos orbes grises como nubes de tormenta, y notó que éstos poseían un brillo especial, observandola fijamente, conteniendo el deseo.

Eso la emocionó.

Su estómago aleteaba, su corazón arremetiendo contra su caja toráxica, y la anticipación acumulándose en la parte baja de su vientre. Aang deseaba besarla, y ella también a él, tenía la inminente necesidad de reclamar esa boquita. Pero, además, había algo más. Un sentimiento que la inundaba por dentro hasta desbodarla.

Finalmente, lo comprendió.

Lo amaba. Realmente amaba a Aang. Lo amaba con todo su ser.

Era eso. Todo este tiempo. Era su amor por Aang . Era por eso que le había dolido con tanta intensidad su muerte, y su alma se rompía como cristal en mil pedazos cada vez que lo veía llorar. Era por eso que haría cualquier cosa por hacerlo feliz, porque la felicidad de Aang era también la suya.

Quería estar con él siempre. Y ahora que lo tenía, no lo dejaría ir nunca más.

—Te has portado muy bien, mi joven pupilo—susurró y Aang se estremeció. Katara sonrió tímidamente al descubrir que adoraba poder provocarle esas reacciones al muchacho—, y por eso, te mereces un premio.

Katara se dispuso a eliminar la poca distancia que quedaba entre ellos.

Sin embargo, el sonido estridente del teléfono de la casa fue terriblemente inoportuno, asustando a la joven pareja y provocando que se separaran antes de poder unir sus labios.

Aang soltó una exclamación entre gruñido y bufido, claramente molesto por la odiosa interrupción. Katara contuvo una risita, nunca había visto a Aang reaccionar así.

—Ya vuelvo—dijo Aang apenado y se dispuso a contestar el teléfono, que quedaba en la cocina.

Katara se quedó sola en la sala, su cuerpo recuperandose de los estragos que el muchacho había hecho en ella. Pero aquel baldazo de agua fría sirvió para que cayera en cuenta de lo que realmente había ido a hacer.

—Concéntrate, Katara.

La distracción, aunque inesperada, ya estaba hecha. Lo que quedaba era actuar. Si quería salvar a Aang, primero debía encontrar ese diario.

Katara se puso de pie silenciosamente, dirigiendose a las escaleras.

Pero en el camino, escuchó un auto estacionarse, la radio de éste, encendida, fue apagada y en menos de un segundo, la puerta de la casa se abrió, dejando ver a Gyatso.

—¡Pequeña lémur murciélago!—exclamó el viejo monje al reconocerla y soltó sin preambulos las bolsas que traía y atrapó ambas manos de Katara con cariño—. ¿Qué haces aquí? ¿Has venido de visit...—de pronto, la boca de Gyatso tomó forma de "O", inhalando emocionado, y una enorme sonrisa se instaló en su cara—. ¡No puedo creerlo! ¿Ya te lo pidió? ¿Al fin mi muchacho se atrevió?

Katara no entendía nada, ni podía seguirle el ritmo al anciano.

—Gyatso, yo...

—¿Cómo fue? ¡Cuéntamelo todo!—le exhigió mientras la guiaba a sentarse en el sofá—. ¿Fue romántico? ¿Lindo? ¿Fue bueno contigo? Espero que si, me decepcionaría de lo contrario. Oh, bueno, Aang es un chico sensible, estoy seguro que te lo preguntó de la forma más tierna que se le ocurrió—Gyatso no permitía que Katara pronunciara tan solo una sílaba—. ¡Pero es tan tímido! Pobrecito, tendrás que perdonarlo. Fue, literalmente, criado por monjes, ya sabes—rió encantado.

Katara decidió dejarse llevar, conmovida por cómo Gyatso se expresaba de Aang, aunque aún no comprendía del todo a lo que el viejo monje se refería.

—Cuando me contó que anoche lo había consolado una muchacha tan amable, que había llegado a él en un vestido que parecía de princesa, tan increíblemente preciosa y angelical, y que esa chica eras nada más ni nada menos que tú, Katara... ¡Oh, Espíritus! Lo animé sin dudarlo a que se confesara de una buena vez. ¿Sabías que ese muchacho está enamorado de ti desde los doce años? ¡Y nunca tuvo el valor de decirtelo! Por el santo Buda, fue doloroso para mí, pero no podía obligarlo—rió nuevamente—. ¿Sabes? Yo los... ¿cómo se dice? Chipaba...chipeaba...—Gyatso balbuceó en silencio mientras buscaba las palabras—. ¡Shippeaba! Eso es. Ay, los términos de ahora. Bueno, eso. Los shippeaba desde entonces. ¡Es que ustedes dos son tan encantadores juntos! Su amor se veía a leguas de distancia. Pero, habla querida, cuéntamelo todo por favor ¿o acaso te comió la lengua un lémur murciélago?—preguntó— . Bueno, acaso que haya sido Aang el que te la comió—le dedico una mirada cómplice—. ¡Oh, estoy tan feliz de que al fin Aang y tú sean novios!

Katara escuchó un ruido como un grito ahogado, y cuando volteó, vio a Aang paralizado en la entrada de la sala, tan pálido como una hoja.

Mientras que Katara... bueno, su rostro relucía un vivo tono escarlata.

—¡Ahí estás!—exclamó Gyatso—. ¿Cómo puedes dejar a tu novia sola? Muy mal, Aang, así no se trata a una dama—y ahora un intenso sonrojo abarcó a Aang también—. ¿Qué? ¿Ahora tú tampoco vas a decir nada? ¿Por qué están tan callados los dos?

—Gyatso—masculló Aang, queriendose morir de vergüenza. Evitaba a toda costa ver a Katara a los ojos—. Katara solo vino a ayudarme con química hoy.

—¿Qué?—Gyatso pasó la mirada de uno al otro—. ¿Entonces eso quiere decir que ustedes dos... no...—Gyatso se llevó una mano a la boca, horrorizado al percatarse de su error—. Ups. Jeje—rió nerviosamente—. Lo siento, me equivoqué. Terrible confusión, sepan disculparme. Los dejaré solos... para que estudien...

—No hace falta—sentenció Aang—. En realidad, surgió algo—dijo, refiriéndose a la llamada que había recibido antes. Se armó de coraje para mirar a Katara—. ¿Podemos... seguir mañana?

—S-si, claro—dijo ella.

—En ese caso, ¿quieren que los lleve? Te dejo en tu casa, Katara—propuso Gyatso, completamente arrepentido.

—Si no es mucha molestia...—aceptó en voz baja ella.

—No, claro que no. Por favor, es lo menos que puedo hacer...

[...]

El silencio gobernó todo el camino de regreso a su casa. Katara sostenia fuertemente el dobladillo de la falda escolar entre sus dedos, el par de jóvenes aún levemente ruborizados.

Ninguno se animaba a pronunciar palabra.

Gyatso se estacionó en la acera de enfrente de la casa de Katara.

—Gracias por traerme, Gyatso—le agradeció amablemente al viejo monje.

—Cuidate, pequeña—la saludó con una sonrisa suave. Gyatso miró a través del retrovisor a Aang y le hizo un ademán disimulado con la cabeza.

Aang se ruborizó aún más, y bajo del auto para después abrirle la puerta a Katara. La acompañó a cruzar la calle hasta llegar al pórtico de la casa.

Aang arqueó una ceja al percatarse de que no había ni una luz encendida.

—¿Sokka no está en casa?

—¿Eh?—Katara volteó y se dio cuenta que Aang tenía razón— Si, eso creo.

—¿Estarás bien sola?—preguntó preocupado.

Katara sonrió.

—Puedo cuidar de mi misma, Aang—declaró—. Además, no creo que Sokka tarde demasiado.

Aang asintió, apretando los labios.

—Así que...

—Katara, yo...

Ambos hablaron al mismo tiempo. Intercambiaron miradas antes de echarse a reir ante lo divertido de la situación, disolviendo en gran parte la incómoda atmosfera que se había creado entre los dos.

—Tú primero—dijo Katara.

Aang puso una mano en su nuca, titubeando.

—Katara, quería disculparme por lo que dijo Gyatso. Debió... ser incómodo para ti.

—Está bien, no te preocupes por eso, Aang—lo tranquilizó—. ¿De verdad dijiste todas esas cosas sobre mi?—preguntó tímidamente.

—¿Qué cosas?

—Sobre que parecía una princesa, me describiste como angelical y preciosa me parece.

—Oh, eso—Aang rió nerviosamente—. Si, lo dije.

Katara se paró de puntillas de pie, y depositó un tenue beso en la mejilla de Aang, cerca, muy cerca de la comisura de la boca del muchacho.

—Eso fue muy dulce, Aang—le susurró—. Gracias.

De pronto, el brazo del chico pasó por la cintura de Katara, atrapandola con firmeza y la pegó a su cuerpo.

—¿Aang?—jadeó Katara en confusión, elevando el rostro para verlo a los ojos.

Aang la veía fijamente, serio. Su expresión reflejando fuerte determinación.

—Todo lo que dije es verdad—declaró—, y lo que Gyatso dijo también—confesó, sonrojandose nuevamente—. Yo.. estoy enamorado de ti, Katara.

Sin poder resistir el impulso de su corazón, Aang se inclinó repentinamente hacia la morena hasta alcanzar sus labios. El choque fue un poco torpe. La besó despacio al principio, pero cuando Katara pudo superar su sorpresa y le correspondió, pasando sus manos tras la nuca del chico, le dio el valor suficiente para intensificar el beso.

A Katara los labios de Aang le supieron a gloria. Los saboreó con un suspiro placentero, eran increiblemente dulces, tiernos y cálidos. ¿Cómo es que pudo vivir tanto tiempo sin probarlos?

Sus pulmones pronto comenzaron a clamar por oxígeno, y tuvieron que separarse en contra de la voluntad de ambos.

—Aang...—pero él no le dio tiempo a decir nada más, antes de reclamar los labios de la morena una última vez con hambrienta necesidad, robándole jadeos que morían en la garganta de él, y atrajo el cuerpo de la chica contra el suyo.

Cuando sus bocas se apartaron una vez más, ambos con las respiraciones agitadas, no pudieron alejarse demasiado.

—Aang—pronunció su nombre con voz temblorosa, apenas pudiendo mantenerse cuerda.

—Katara, por favor—suplicó Aang con voz ronca, apoyandose en la frente de la muchacha—. No digas nada. Ya sea que aceptes mis sentimientos o no, no me lo digas ahora. No te pido una respuesta ahora.

—Pero...—ella quería decirle que sí, que también lo amaba.

—Mañana—murmuró él—. Mañana puedes decirmelo, u otro día. Pero hoy no—Aang gimió—, mi valentía se está desvaneciendo.

Katara sonrió enternecida.

—Bien—murmuró ella, colocando una mano sobre el pecho del chico, sintiendo los acelerados latidos. Su corazón bombeaba con fuerza y rápidez igual que el de ella—. Mañana.

Aang la soltó, deslizandose suavemente como una caricia, y Katara lo vio irse y alejarse en el auto de Gyatso.

Aquella noche casi no pudo dormir por la inmensa felicidad sentía y tan solo anhelaba que el reloj trabajara más rápido para que las horas pasaran volando y así poder decirle a Aang cuánto lo amaba.

Sin embargo, Aang no se presentó al día siguiente.