El día había llegado.

Katara tocó sus labios con la punta de los dedos, fascinada todavía con lo que había sucedido ayer.

Aang la había besado.

De una forma tan apasionada y sensual, pero tierna y suave a la vez. Había sido tan romántico y al mismo tiempo había hecho que el cuerpo de Katara ardiera por completo de placer.

Y luego, se había ido, dejándola sin aliento e impidiéndole decirle que ella correspondía también a sus sentimientos.

Ahora, se encontraba en la entrada de la escuela, ansiosa porque Aang llegara.

¿Cómo lo recibiría? ¿Qué diría Aang al verla? ¿Lucía bien? Esa mañana se había esmerado para estar lo más bonita posible. Incluso se había puesto el collar de plata con el dije de gema azul de su madre. Aquel elegante accesorio había sido el "algo azul" en su boda.

Algo tan especial... solo podía usarlo ante Aang.

Miró a ambos lados, y escondió un mechón de cabello tras su oreja, solo para volver a soltarlo después.

―Queda mejor así ―se recordó a sí misma.

La campana de la escuela sonó, y se vio obligada a entrar.

―Tal vez se le hizo tarde ―murmuró.

La jornada escolar inició, y Katara esperó y esperó.

Pero Aang jamás se presentó.

¿Qué podría haber pasado? ¿Por qué Aang no había aparecido? Al finalizar el día, Katara se retiró decepcionada.

―¡Hey, Princesita de Azúcar! ―la saludó Toph en la salida.

La morena solo asintió en forma de saludo y musitó sin ganas:

―Hola, Toph.

Toph arqueó una ceja y se volteó hacia Sokka, quien venía tras la muchacha de ojos azules.

―¿Qué le sucede? ―cuestionó, señalándola con el dedo pulgar.

―Ha estado derramando suspiros todo el día― declaró el mayor, llevando una mano a su nuca. Katara no se percató del leve nerviosismo en los gestos de Sokka, ni la casi sonrisa o el minúsculo sonrojo en el rostro de su hermano―. ¿A qué has venido? ¿Acaso es por lo de...

―Vine a entregarle esto a Pies Ligeros ― se apresuró a aclarar Beifong, levantando la bolsa que tenía en la otra mano.

―Aang no vino a la escuela hoy―dijo Katara―. Puedo dársela yo, si quieres. Se supone que hoy estudiaremos química, y estaba por dirigirme a su casa ahora.

Toph arrugó las cejas, escuchando con atención lo que había dicho la morena.

―No creo que eso sea posible, Princesita.

―¿A qué te refieres?―pidió saber Katara.

―Si Pies Ligeros no está aquí, dudo mucho que esté en su casa―declaró―. En realidad, esta mañana lo vi. Iba camino a dejarle esto, pero él se subió a un auto. Y no era la camioneta de Gyatso. Iba con un hombre mayor, vestido con ropas ceremoniales.

―¿Un monje? ―dedució la morena, incómoda al respecto. Aquello no le gustaba para nada―. ¿Por qué se iría con uno cuando hay escuela?

―Supongo que tendrá que ver con eso de que los Monjes Superiores querían llevárselo al otro lado del país ― infirió Toph, cruzando los brazos sobre el pecho―. Esos ancianos me dan mala espina.

Una punzada le pinchó el pecho. Katara estaba confundida, había creído que tan solo ella sabía sobre eso, que Aang solo había confiado en ella esa noche. ¿Cómo es que Toph también conocía algo que había sido tan íntimo para los dos?

―Momento ―habló Sokka―. ¿Cómo que Aang se irá? ¿A dónde? ¿Cuándo? ¿Por qué?

―Wow, más despacio, Cola de Caballo― ordenó Beifong, frunciendo el ceño―. Al parecer, querían enviarlo a una especie de internado. ¿Cómo lo llamó? A un... mmm...

―Monasterio ― completó Katara.

―Sí, eso ―dijo la menor―. Y ahora que lo pienso, creo haber visto a ese monje antes... ―los labios de Toph se curvaron en una mueca―. Si, escuché de él. Tiene fama de que suele maltratar a los niños que tiene a cargo.

¿Maltrato? Se suponía que los monjes practicaban la paz, ¿verdad? Aunque por alguna razón, aquello no le parecía del todo extraño. Sabía que había monjes mucho más... estrictos a la hora de educar. No todos eran tan amables como Gyatso. Él era la excepción, no la regla.

¿Entonces, Aang estaba con ese tipo del que hablaba Toph? Tan solo la idea de que le hiciera daño a Aang le hizo quemar las entrañas de rabia.

―Toph, ¿sabes a dónde se fueron?― preguntó Katara.

―Creo tener una idea.

―Bien, con eso me basta―declaró la morena y empezó a encaminarse―. Sokka, enciende el auto.

―¿Katara?―dudó el mayor―. ¿Qué estás haciendo?

―¿Y tú qué crees, Sokka? Vamos a ir a rescatar a Aang―dijo, abriendo la puerta―. No podemos dejar que ese viejo le haga algo. ¿Y bien? ¿Se van a quedar ahí parados? ¿Vienen o no?

Mientras que Sokka la observaba estupefacto, Toph soltó una risa divertida.

―¡Vaya, Princesita! No conocía este lado tuyo―exclamó Beifong, extasiada―. ¡Muy bien! Rompamos algunas reglas.

―Pero... ―balbuceó Sokka―. ¡Argh! Está bien―el moreno se resignó―. ¡Toph, sal de ahí! Tú no tienes licencia de conducir. ¡Suelta el volante ahora mismo!

[...]

Aang titubeó antes de llamar a la puerta, pero cuando finalmente se decidió y tocó, un niño salió de allí.

Tenía el rostro tensado, claramente esforzándose por no deformarlo en una mueca y largarse a llorar. Sin embargo, las lágrimas que bajaban de sus ojos hinchados revelaban fácilmente la inmensa agonía que el pequeño estaba conteniendo.

El niño era un aprendiz, no superaría los nueve años de edad. Con la cabeza rapada, y las mismas vestiduras simples y amarillas que le habían obligado a ponerse al llegar al Templo.

Tampoco pasó desapercibido para él las marcas rosadas y horizontales sobre las diminutas manitas del menor.

A Aang se le partió el alma. Ese niño era tan pequeño... no merecía ser castigado de tal forma.

El niño miró a Aang sin expresión alguna, solo gotas saladas resbalándose sobre la blanca piel de sus regordetas mejillas de infante. Y con una leve reverencia, siguió su camino por el pasillo.

―Adelante ― escuchó una voz inflexible que provenía desde dentro.

Aang entró a la sala y cerró la puerta. Apenas puso un pie en la habitación, el olor a incienso le inundó el olfato.

―Oh... eres tú, Aang ―dijo el monje. El hombre era alto, muy delgado. Las arrugas destacaban en sus manos huesudas y dedos alargados. La barba blanca, bastante escasa, pero aun así larga, caía sobre su túnica roja y amarilla como el otoño. Sus ojos eran afilados, severos y su sonrisa, escalofriante. Las palabras salían de su boca tal serpiente siseando―. Veo que te has cambiado de ropa. Muy bien, así está mejor.

Aang se inclinó en forma de reverencia y sujetó su puño con la mano contraria, en un saludo de respeto.

―Maestro Afiko.

Afiko sonrió satisfecho y tomó asiento en la silla tras el escritorio de madera. Sobre este, se encontraba una pequeña vasija de cerámica marrón, donde estaba clavado el palito de sahumerio. Al lado, una vara delgada de madera, manchada con tintes rojos.

―Empezarás con las prácticas a partir de hoy. Ya has desayunado, has roto el ayuno ―dijo el anciano, disgustado―. Para compensarlo, no comerás nada por dos días. El hermano Jangbo te mostrará tu habitación. ¿Alguna duda?

Aang apretó los labios.

―Maestro, yo...―buscó la forma correcta de decirlo―. Gyatso me dijo que había llegado a un acuerdo. No tendría que internarme hasta cumplir los dieciocho años y...

Afiko estampó la vara sobre el escritorio, cortando sus palabras.

―¡Gyatso!―siseó Afiko, furioso―. Es por ese viejo inútil que te has atrasado tanto en tus estudios y disciplina. Tendrías que haber estado en un monasterio hace años. En cambio, te ha criado en el exterior y te ha mimado. Yo me encargaré de que te endereces.

―Pero...

―Entrenarás todos los días y yo me encargaré de tu educación. Bajo mi tutela, recuperaras los años perdidos en cuestión de meses, y...

―¡No quiero ser un monje!―gritó Aang.

Silencio. Afiko lo observó estoico.

―Yo... bueno...―balbuceó el chico.

Aang se arrepintió de inmediato, pero ya era tarde. Sin embargo, tal vez esta podría ser su oportunidad de ser sincero, de escapar de una vida que no quería vivir. Quizás, Afiko lo comprendería.

―No deseo convertirme en un Maestro. A mi me gusta... pintar. Y también, hay una chica y yo...

Afiko soltó una risotada.

―Eres tan divertido, muchacho. Me encanta tanto tu sentido del humor, esa fue una muy buena broma―dijo, y de pronto, todo atisbo de amabilidad y gracia desapareció del rostro del anciano―, porque era una broma, ¿cierto?

Aang sintió escalofríos y un miedo irracional. Por algún motivo, sintió que estaba en peligro.

―Gyatso no te lo dijo―comprendió Afiko―. ¡No te lo dijo! ¡Ja!―se puso de pie, caminó alrededor de la habitación y, repentinamente, se giró hacia Aang―. No puedes escapar de tu destino, mocoso malcriado. Para esto naciste, esto es lo que eres.

Aang no entendía a lo que se refería.

―¿Qué...

―A los Monjes Superiores les agradará tanto saber que Gyatso ha fallado estrepitosamente en su misión―exclamó, gozando tan solo de la idea―. ¿Y qué habías dicho, una chica? ¿Gyatso te permitió enamorarte?―se burló el anciano―. Para ti, niñato, ¡eso está prohibido!―bramó, golpeando la mano contra el escritorio.

El muchacho retrocedió un paso, asustado y confundido.

―Sin embargo, esto es bueno. Muy bueno―dijo, saboreando el pensamiento―. Me has dado la excusa perfecta para deshacerme del vejete tutor tuyo. Si ha fallado en su misión, ¡quedará deshonrado! Los monjes lo desterrarán, como al estúpido de Kelsang.

―¡No!―suplicó Aang, aferrándose al brazo de Afiko y poniéndose de rodillas. No podía permitir que deshonraran a Gyatso, eso y el repudio de su gente era el peor castigo que se pudiera recibir―. ¡Por favor, no, se lo suplico! Gyatso no tiene nada que ver con esto. Y-yo... ¡fueron ideas mías! Haré lo que usted diga, Maestro Afiko. Seré un monje y me convertiré en un Maestro, haré lo que usted quiera. Pero, por favor, deje a Gyatso fuera de esto.

Afiko bajó la mirada, con desdén, y observó la desesperación y angustia que reflejaban los ojos grises del muchacho. Verlo así, arrodillado, rogando por su favor... estremecimientos de placer recorrieron cada fibra de su ser.

―¿Harás todo lo que te diga?―preguntó el anciano.

El cuerpo de Aang tembló por completo, algo le imploraba que huyera de allí, rápido.

―Todo.

Pero hizo caso omiso.

Los labios de Afiko se curvaron en una sonrisa espeluznante.

―Bien―sentenció y sacudió su brazo, soltándose del agarre de Aang con brusquedad.

El chico se puso de pie al instante, y se paró muy recto.

―Comprenderás que si voy a dejar ir a Gyatso, al menos debo corregir su error. Así no habrá consecuencias por su ineptitud en el futuro.

―Sí, Maestro.

―Debo disciplinarte―dijo, mientras tomaba la varilla de madera del escritorio, y la acariciaba lentamente con los dedos―. Debo quitarte esas inútiles ideas tuyas sobre querer huir de tu deber. Es grave que Gyatso no te haya dicho cuál es tu papel―lo miró de reojo―. Un gran papel―dijo―, pero que te aseguro, no es vivir una vida... normal.

Aang tragó saliva. Sabía lo que significaba la disciplina para Afiko. Lo había visto, con el niño de antes.

―Y el dolor, querido pupilo―dijo, volviéndose hacia el muchacho―, resulta ser un excelente maestro.

El corazón de Aang se aceleró, la respiración comenzó a salir entrecortada.

Afiko se paró frente suyo, sonriente, entusiasmado por lo que iba a suceder.

―¿Lo entiendes, Aang?

El chico asintió. Extendió las manos, con las palmas hacia arriba, y esperó sin querer ver, el doloroso golpe de la vara.

Afiko negó con la cabeza.

―Eres especial, mi niño. Muy especial. No puedo tratarte como a los demás aprendices―declaró―. Tu disciplina debe ser mejor que la de los otros.

El chico levantó la mirada, sin comprender.

―Bájate los pantalones.

Aang se congeló.

―M-maestro Afiko―tartamudeó Aang―, si... s-si debe ser en las piernas, puedo arremang...

―¿Arremangar la tela?― cuestionó Afiko―. Al décimo golpe la tela se cae y amortigua el dolor. ¡Eso no sirve!―bramó―. ¡Te he dicho que te bajes los pantalones, así que hazlo, AHORA!

Afiko dió un azote a la mesa con la vara.

Aang estaba aterrado, quería salir de allí. Con manos temblorosas, intentó desajustar el nudo que sostenía la prenda en su lugar como cinto, pero sus dedos parecían no querer colaborar. Parecía como si le estorbaran a propósito, suplicando porque no lo hiciera.

Finalmente, los pantalones cayeron al suelo.

Aang quedó tan solo con la prenda superior de mangas largas y su ropa interior.

―Lo de arriba también―ordenó―, y sobre la mesa.

Él obedeció y apoyó su torso sobre el escritorio.

Allí, semi desnudo, Afiko se lo bebió entero con la mirada. Se posicionó atrás de Aang, y acarició lentamente las piernas del muchacho con la varilla.

―Créeme que esto me dolerá más a mi que a ti, Aang.

Y el primer latigazo aterrizó sobre las pantorillas del chico.

Aang contuvo la respiración y un quejido de dolor.

El segundo vino más fuerte, golpeó más profundo. El siguiente no se hizo esperar.

Luego otro, y otro, y otro más. Pronto las marcas rojizas se hicieron notar, la piel comenzó a abrirse y puntos de sangre empezaron a brotar de ella por ser azotada una y otra vez en el mismo lugar. La carne empezó a quemar, los puños cerrados con fuerza, el labio siendo mordido en busca de acallar los sollozos de dolor. Las ganas de llorar, las lágrimas escociéndole los ojos.

Mientras Afiko se regocijaba, Aang rogaba en silencio que aquello se acabara pronto. Imploraba porque se terminara.

Pero nadie escuchó sus rezos.

[...]

―Es aquí―declaró Toph.

―¿Estás segura?―cuestionó Sokka, una vez que estacionó el auto a un lado de la carretera y bajaron―. Aquí no hay nada.

―¿Acaso estás cuestionando mi sentido de la orientación?―preguntó Toph, ofendida―. Es aquí, estoy segura. Vine una vez con mi padre para dar ofrendas al Templo.

Habían llegado a un punto en medio del bosque. La carretera en la que estaban pasaba justo entre dos montañas, repletas de pinos y demás árboles enaltecidos, con laderas barrosas por el derretimiento de la nieve, y restos de hojas secas.

―Sokka, mira, allí―señaló Katara―. ¡Son escalones!

La morena se apresuró a llegar a ellos.

―Te lo dije―Toph le sacó la lengua al mayor.

Una gran y empinada escalera de piedra se cernía ante ellos. Parecía casi infinita, vislumbrándose apenas la cima, donde se encontraba el típico arco de entrada al Templo.

Katara sonrió aliviada. Ya estaban cerca.

―Vamos―dijo. Sin embargo, Sokka le impidió avanzar, sujetándola del brazo―. ¡Suéltame, Sokka!―se quejó la muchacha―. Tenemos que llegar a Aang rápido.

―Si, pero no lo lograremos si caes y te lastimas―advirtió―. Yo iré primero, pisen donde yo piso. La nieve se derritió, por lo que las rocas podrían estar resbalosas.

Katara aceptó a regañadientes y Sokka se adelantó un par de escalones de ambas muchachas. Ella se apresuró a seguirle el paso, con Toph a su lado.

Tenía prisa, necesitaba llegar a Aang lo antes posible y poder verlo. Necesitaba asegurarse de que estaba bien.

¿Por qué lo habían traído aquí? Se suponía que todo esto ya estaba arreglado. ¿Aang también había faltado a la escuela este día hace cuatro años? Por más que se esforzaba, Katara no lo recordaba.

Había algo que le molestaba, y estaba empezando a preocuparse. ¿Y si se le estaba escapando algo? ¿Y si esto era parte de la razón por la que Aang decidió suicidarse? ¿Y si ese monje le había hecho algo... terrible?

Algo que hubiese quebrado el alma de Aang, tanto como para que prefiriera quitarse la vida.

―Que silencio incómodo― murmuró Toph, soplando su flequillo mientras seguían subiendo.

Aquellas palabras descolocaron a Katara y la sacaron de sus pensamientos de forma abrupta. Sin embargo, quizás eso era bueno. Quizás eso necesitaba ahora: distraerse y dejar de pensar.

―Podemos hablar de algo, si quieres―propuso la morena―. Mmmm, a ver... ¿a quién has atormentado más esta semana?

Toph la miró con una mueca de disgusto.

―¿Qué?―se quejó Katara―. ¿Qué esperabas que preguntara? No es como si tú y yo hablaramos de cosas de chicas alguna vez, esas cosas no te gustan. Como "¿hay algún chico que te guste?"

La pregunta de Katara era retórica, no esperaba una respuesta, pero el sonrojo suave de vergüenza de la menor la tomó por sorpresa.

―¡Oh, por todos los Espíritus! Te gusta alguien―chilló la morena.

De pronto, Katara se sintió emocionada. Nunca antes había hablado de estos temas con Toph, y tomó consciencia de que, por primera vez, veía a la chica que tenia en frente con una luz diferente.

Toph era buena, pero nunca fueron realmente cercanas. Ella era brusca y rebelde. Muchas veces, hacía cosas que Katara juzgaba en desacuerdo, sus modales eran horribles, y su personalidad extremadamente problemática.

Y, si bien era cierto que le tenía cierto afecto, nunca pensó en ella como una verdadera amiga... hasta ahora.

Era extraño, pero esto le agradaba. Y se sintió agradecida de que Toph se abriera a ella. Para Katara, esto significaba mucho. La idea de que Toph y ella se convirtieran en buenas amigas la hizo sentir bien.

Quizás pueda evitar que se convierta en la Toph del futuro que conocí.

―Muy bien, Reina Azucarada. ¿Por qué no lo gritas más fuerte? En China no te escucharon.

―¿Quién es? ¿Lo conozco? ¿Es alto, atractivo?―inquirió―. ¿Cómo es que logró conquistar tu duro y frío corazón de piedra?

―¿Quieres bajar la voz, maldita sea?―se quejó Toph con sus mejillas encendidas, pero una vez que estuvo segura que Sokka no podría oirlas, susurró:―. Si, es alguien que conoces. Es... más alto que yo―continúo―. Y es algo torpe. Es dulce también, pero es un completo idiota al mismo tiempo. Un debilucho, eso es.

―¡Oww, Toph!―exclamó Katara―. Me alegro tanto por ti. ¿Puedo saber su nombre?

―No.

Katara estuvo a punto de insistir, pero fue interrumpida por Sokka.

―¡Shh!―les indicó que guardaran silencio y con una seña les ordenó que se agacharan.

Habían llegado a la entrada del Templo. Se escondieron tras unos arbustos. Monjes adultos iban de aquí para allá, cumpliendo distintas tareas.

―¿Cómo vamos a sacar a Aang de allí?― susurró Katara―. Ni siquiera sabemos donde está y el templo es enorme.

Sokka se llevó una mano a la barbilla, pensativo.

―Creo saber cómo.

[...]

Aang contuvo la respiración unos segundos, antes de soltar el aire.

Hacía unos minutos que los azotes habían finalizado, y ahora se encontraba sentado en medio de una habitación. Afiko lo había encerrado en aquel lugar, y le había ordenado que meditara por el resto del día.

Sentado sobre el suelo duro y frío, Aang intentaba concentrarse y liberar su espíritu.

Inhala... exhala...

Gyatso le había enseñado que controlando su respiración, podía dominar su cuerpo. Podría, incluso, olvidar el dolor.

Pero le dolía tanto...

Aang sorbió su nariz y, sin abrir los ojos, se secó las dos lágrimas rebeldes que quisieron salir. El resquemor siguiente tras los latigazos, el ardor de la sangre caliente y la piel tirante que intentaba cerrar y curar las heridas producidas durante la paliza lo atormentaban. A pesar de que le habían vendado las piernas, el dolor aún estaba al rojo vivo y era casi insoportable.

Cien azotes recibió. Lo sabía, no por su buena memoria que fue nublada por completo durante el castigo, sino porque Afiko se lo había presumido al terminar.

Apenas y podía mover las piernas. Mucho menos caminar correctamente sin liberar algún quejido.

Inhala... exhala...

Al soltar el aire, un gemido de lamento salió.

¿Era esta la vida que le esperaba? Aang amaba la cultura en la que creció, las enseñanzas que Gyatso le dio, los amigos monjes que tenía... Pero esto no era lo que él quería en su futuro. Sin embargo, entendió, por las palabras mencionadas por Afiko, que su destino ya estaba sellado.

Un sollozo ahogado salió de su garganta.

No, él no quería esto. Temia muchísimo que esta fuera su vida. Tan solo la idea le cerró el pecho, la angustia lo carcomió por dentro como veneno mortal, a tal punto que se le dificultó respirar y una horrible sensación de ahogamiento lo abarcó.

Y, por un momento, prefirió estar muerto.

Él quería ser dueño de su propia vida, hacer lo que lo hacía feliz, estar con las personas que amaba, quería...

Él quería estar con Katara. Quería poder ser libre de amarla.

Aang abrió los ojos despacio y su cuerpo se fue relajando lentamente. Las imagenes de la morena pronto inundaron su mente.

Aang sonrió ante el recuerdo. Tan solo pensar en ella hacía que todos sus problemas desaparecieran, y se sentía ligero, liviano... feliz.

Le encantaba los pucheros que la chica hacía cuando algo no le salía como esperaba, las miradas asesinas que otorgaba a quien la hiciera enfurecer -aunque, debía admitir, podía llegar a ser realmente aterradora cuando se enfadaba-, y la increíble astucia e inteligencia que ella poseía. Su piel chocolate, los hoyuelos que se le formaban al reir, el encantador sonido de su risa, sus ojos tan azules y preciosos como zafiros, que se iluminaban con un brillo especial. Era increíblemenre bonita y no podía evitar enamorarse un poquito más cada vez que ella sonreía.

Y el día anterior, cuando casi se habian besado... verla allí, tan cerca de él, con las mejillas sonrosadas, esos orbes azules observándolo expectante...

Espíritus, la amaba demasiado.

Incluso se había confesado a ella la noche anterior.

Aang gimió.

Es verdad, él le había confesado sus sentimientos a Katara. ¡Incluso la había besado! Y se había ido sin permitirle responder nada.

Y para empeorarlo, hoy ni siquiera se había presentado a la escuela. ¿Qué habrá pensado de él? Seguramente había quedado como un idiota.

Necesitaba verla, deseaba poder encontrarse con Katara y hablar con ella.

Al menos, quisiera poder despedirme.

A partir de mañana, Aang quedaría a cargo de Afiko en lugar de Gyatso, y sería enviado al Este como había sido planeado en un principio.

No volvería a verla.

Cerró los ojos nuevamente, y respiró profundo, intentando vaciar su mente y calmarse antes de que el nudo en su garganta se formara de nuevo.

Sin embargo, un único nombre se rehusaba a abandonar sus pensamientos.

Katara.

―Aang...

Genial, ahora creía escuchar su voz. Su adorable y melodiosa voz.

―¡Aang!

¿Tan fuerte había sido la paliza de Afiko? ¿O acaso también se había golpeado la cabeza en algún momento?

―¡Aang!

―¡Auch!― se quejó el muchacho.

De repente, algo colisionó dolorosamente contra su cabeza. Al levantar los párpados, descubrió que había sido una pequeña piedra.

―¡No lo apedrees!―Katara regañó molesta a su hermano mayor.

Aang se paralizó por un segundo. Y entonces, se permitió voltear hacia la ventana alta que había en la pared.

Jadeó sin poder creerlo. Allí, sujetados del marco, seguramente parados sobre algún objeto alto para poder alcanzar aquella ventana, estaban Sokka y...

―¡Katara!―exclamó Aang, emocionado. Sin poder evitarlo, sus labios se curvaron en una sonrisa y sintió cómo su corazón saltaba de alegría dentro de su caja torácica.

Y cuando ella lo miró y le dedicó una sonrisa... Espíritus..

Es tan hermosa.

―¡Oye! Quita esa sonrisita estúpida de tu rostro, jovencito― advirtió Sokka, apuntándolo con un dedo acusatorio―. ¡Deja de ver a mi hermana de esa forma, Aang! Te lo advierto.

Aang rió encantado.

―¡Sokka!―dijo―. ¿Qué hacen aquí? ¿Por qué están colgados de alli?―le preguntó al moreno, pero en realidad nunca apartó la vista de Katara.

Y pudo notar el suave rubor que se formaba en las mejillas de la chica, provocando que Aang sonriera un poco más y sintiera cómo su propio rostro empezaba a calentarse también.

―Vinimos a sacarte de aquí, amigo―declaró Sokka, pero se percató de que ninguno de sus dos acompañantes le estaba prestando atención―. ¡Oh, vamos! Aang, sal de una vez . No soporto sus miraditas. Me dan naúseas.

―No puedo― se lamentó Aang, saliendo momentáneamente de su trance y se giró hacia la entrada―. La puerta está cerrada con llave.

―Entonces sal por la ventana―propuso Katara.

―Pero está muy alto―gimió el muchacho―. No hay nada aquí que pueda servirme de apoyo.

―Salta― dijo Sokka―. Nosotros te sostendremos y te jalaremos fuera.

Aang lo dudó un momento, no porque fuera mala idea, sino porque si salía, ¿qué pasaría con Afiko? ¿Qué sentido tendría irse si de todos modos tendría que regresar a este horrible lugar?

Al parecer, su preocupación se vio reflejada en su rostro.

―Todo estará bien, Aang―habló Katara suavemente―. Ven con nosotros.

Aang sintió como si una carga enorme dejara sus hombros. Confiaba en Katara, y si ella prometía que iba a estar bien, debía tener razón. De una u otra forma, Katara siempre tenía razón.

Además, esta podría ser la última oportunidad que tendría de estar con ella antes de irse.

No iba a desaprovecharla.

No obstante, aún había un problema: las heridas en sus piernas le impedían caminar con normalidad. Se cuestionaba si podría llegar a saltar.

―¿Aang?―lo llamó Katara y él levantó la vista―. ¿Sucede algo?

Aang no quiso decirle nada, así que solo negó con la cabeza.

Tomó una respiración profunda mientras se ponía de pie. Tuvo que hacer uso de toda su serenidad mental para no esbozar una mueca o que se le escapara un gemido de dolor.

Aún así, no pudo evitar cojear al principio.

―¿Aang, qué te sucede?―preguntó Katara, arrugando el ceño en preocupación al verlo.

―No es nada― la tranquilizó, y alzó su mano hacia su nuca, con una sonrisa avergonzada―. Es solo que se me durmieron las piernas por permanecer tanto tiempo en esa posición.

―¡Ja!―se jactó el mayor―. ¡Sabía que era imposible que pasaran horas meditando y no les pasara eso! ¡Lo sabía!

Sokka se regocijó en su triunfo mientras que Katara lo observaba con una ceja levantada. Aang rió, divertido ante la escena.

Cuando saltó, se mordió fuertemente el labio para no gritar. Logró sostenerse del marco de la ventana mientras Sokka y Katara lo sujetaban de la ropa y los brazos, ayudándolo a salir.

Al aterrizar, pudo soportarlo mejor de lo que pensó, y terminó justo al lado de la muchacha. Ambos intercambiaron miradas, tímidos y nerviosos.

―Hola...―murmuró Aang, con una sonrisa ladeada y penosa.

―Hola― respondió Katara del mismo modo.

―¿Cómo es que supieron que estaba aquí?― preguntó él, intentando buscar una salida antes de ceder al impulso de querer besarla allí mismo.

―Toph― respondió Sokka con simpleza.

―¿Toph?―dudó Aang, arqueando una ceja―. ¿Y dónde está ella?

―Por allá―dijo, señalando a lo lejos el patio principal del Templo.

Los tres amigos se escabulleron hasta allí y lo que vieron... bueno, tuvieron que morderse la lengua para no reir a carcajadas.

―¿Qué está haciéndo?―cuestionó Aang.

―Bueno, necesitabamos una distracción, así que...― Katara se encogió de hombros, una melodiosa risilla saliendo de sus labios.

―Fue mi idea―reveló Sokka, orgulloso―. Tengo buen ojo para el talento actoral.

Y es que allí, frente suyo, Toph Beifong interpretaba una perfecta escena dramática. Tirada en el piso, rodeada de todos los monjes y aprendices intentando socorrerla.

―¡Oh, no, creo que veo la luz al final del tunel!― exclamó, aferrada de las prendas de Afiko―. ¿Abuelita? ¿Abuelita, eres tú?―dijo―. ¡Oh, no! ¡Ayúdeme, por favor!

―Muy bien, señorita Beifong, ¡pero por favor suélteme!

―Jamás―sentenció Toph, frunciendo el ceño―. ¡Si yo muero, usted vendrá conmigo!

Afiko se quejó, hastiado, mientras trataba sin éxito alguno safarse de las garras de aquella niña endemoniada.

―¡Que alguien llame a sus padres, a una ambulancia, o a un exorcista!―gritó Afiko.

Mientras tanto, Sokka, Katara y Aang no podían reprimir la risa.

―Creo que ya es hora de irnos― sentenció Katara.

Sokka asintió y silbó de una forma peculiar.

―Vamos.

Aang los siguió por el costado del templo. Saltaron el bajo muro que había y comenzaron a correr montaña abajo.

―¡Esperen! ¿Y Toph?―preguntó Aang.

―¡Pisándote los talones, Pies Ligeros!

―¡Toph!― exclamaron los tres al unísono.

―¿Cómo es que te safaste tan rápido?― quiso saber Sokka.

―Tengo mis métodos― se jactó la menor―. Además, alguien fue de ayuda.

Gyatso había llegado al templo.

―¡Afiko!―llamó furioso.

Todo el mundo se detuvo. Afiko lo observó con seriedad, y ordenó a los demás que se dispersaran. Toph se escapó disimuladamente de la escena.

―Gyatso―pronunció Afiko con voz seca.

Gyatso se acercó a él a grandes zancadas.

―¿Cómo te atreves a llevarte a Aang sin mi permiso? ¿Qué derecho crees que tienes para hacer algo como eso?

Afiko sonrió burlonamente.

―¿Vienes a sermonearme? ¿Tú, precisamente?― dijo y luego deformó su rostro en ira―. ¡Has fallado en tu misión! Ese mocoso debería estar disciplinado y listo para cumplir con su deber. En cambio, has permitido que desarrolle ideas blasfemas. ¡Dejaste que se enamorara!

―¡Es un niño!

―¡Es el nuevo dalái lama!―gritó Afiko―. Es nuestro lider espiritual.

―Él merece ser feliz.

―Lo que merezca no importa―dijo, con desprecio―. Y tú también lo sabes.

―Suficiente― dijo Gyatso―. Aang está bajo mi cuidado, los Monjes Superiores están de acuerdo con eso, y tú también lo sabes―lo señaló con el dedo―. Estuviste ahí.

Afiko solo hizo una mueca de desagrado.

―Me lo llevaré ahora mismo, y más te vale que no vuelvas a interferir con él, ¿queda claro?―advirtió Gyatso con abrumadora severidad, y antes de que Afiko pudiese emitir palabra, se adentró al templo―. ¡Aang! ¡Aang! ¿Dónde estás? Es hora de ir a casa.

―¡Gyatso, no!― gruñó Afiko tras él, pero Gyatso abría cada puerta que se encontraba.

Sin embargo, cuando llegó a una sala con vista al lado oeste del Templo, logró vislumbrar a lo lejos a cierto muchacho que le pareció muy familiar, acompañado por su grupo de amigos, corriendo juntos y entremezclándose entre el paisaje del campo minado de árboles.

Gyatso contempló aquella escena de camadería pura, de amistad sincera, y agradeció en silencio que Aang fuera tan amado.

―¡Escucha, Gyatso, no te permito que...

―Si, si, es verdad, Afiko―lo interrumpió, tomandolo por los hombros y guiándolo a otra parte mientras el otro monje despotricaba―. ¿Qué te parece si mejor nos calmamos y discutimos esto con una taza de té?

[...]

Entre risas, los cuatro amigos bajaron por la ladera. El viento semi helado llenó los pulmones del muchacho, y le tiñó la nariz y las mejillas pálidas de carmín. Impulsados por la adrenalina y felicidad, Aang casi no sintió molestia alguna.

―¡Ya casi llegamos!― oyó decir a la morena.

Katara corrió más rápido, pero la montaña era demasiado empinada, resbaladiza y llena de obstáculos traicioneros, que provocaron que Katara tropezara.

―¡Cuidado!―gritó Aang, antes de lanzarse a atraparla. La fuerza de gravedad los llevó a rodar el último tramo de la montaña mientras que Katara chillaba entre sus brazos. Aang la cubrió con su cuerpo para evitar que se lastimara, protegiendo su cabeza con la mano y enterrándola contra su pecho.

Finalmente, ambos se detuvieron al llegar a la base, quedando el muchacho bajo de la chica de ojos azules.

―¿Estás bien, Katara?―preguntó de inmediato, preocupado―. ¿Te lastimaste?

La muchacha se incorporó despacio, aún encima de él.

―No, estoy bien―afirmó y Aang pudo suspirar aliviado―. ¿Qué hay de ti?

El chico se encogió de hombros, sonriendo.

―Siempre estoy bien si estoy contigo.

La piel bronce de las mejillas de la muchacha se coloreó de rosado, y Aang pensó que se veía terriblemente adorable.

De pronto, Katara empezó a tironear de la camisa de monje de Aang, intentando aflojar el nudo.

―¿Katara?―dijo Aang―. ¿Qué haces?―preguntó sorprendido. Los dedos finos y delicados de la morena se colaron entre la prenda y le hicieron cosquillas―. ¡Katara!― chilló, entre risas.

La muchacha agarró el cuello de la camisa y la estiró lo suficiente como para poder revisarlo.

―Solo me estoy asegurando.

―¿De qué?―rió el chico.

―De que estés bien―respondió y lo miró fijamente―. ¿Te... hicieron algo? ¿Te hicieron daño, Aang?

Aang dejó de reir y percibió en los ojos de Katara la angustia y preocupación por él. Aang no quería verla así, odiaba ver triste a Katara.

¿Cómo es que sabía lo que había pasado?

No, no lo sabía. Pero, por alguna razón, lo sospechaba. Sin embargo, él no quería preocuparla. No quería que se sintiera mal por él.

Así que mintió.

―No, no―dijo, y aprovechando que el fantasma de la risa reciente aún no había abandonado su rostro, esforzó una sonrisa que casi parecía real―. Estoy bien. No me hicieron nada.

―¿Estás seguro?―dudó Katara―. Puedes confiar en mi, Aang...―Katara acunó cuidadosamente la mejilla del chico―. Escuché que había un monje un poco... violento en el Templo. Si... si acaso te golpearon o algo, puedes...

Aang se apoyó contra la tibia piel de la mano de la chica.

―Katara, de verdad―dijo―. Estoy bien. Especialmente ahora que estás aquí, conmigo.

Los labios de la muchacha se tensaron en una pequeña sonrisa. Aang la imitó inconscientemente, y agradeció interiormente que Afiko lo hubiera golpeado en las piernas y no en la espalda o manos.

Así los golpes eran más fácil de ocultar.

En ese momento, Sokka aterrizó en el piso. Al parecer, también había resbalado y rodado hasta allí. La única que bajó con estilo fue Toph.

―Auch― se quejó el mayor de los Mizu―. ¡No me lastimé, sigo vivo, por si se lo preguntaban!

―Nadie lo hacía―sentenció Beifong.

Katara y Aang liberaron una risita.

[...]

El grupo iba en el auto por la carretera.

―Ten, Pies Ligeros. Cámbiate― Toph, quién iba sentada en el asiento del copiloto, le tiró la bolsa al muchacho―, estás asqueroso.

Aang la atrapó.

―Gracias, supongo―musitó, y abrió la bolsa―. ¿Cómo sabías que necesitaría ropa?

―No lo sabía― Toph apretó los labios―. Digamos que es una... compensación.

Aang arqueó una ceja, curioso.

―¿Compensación por qué?

―Ya lo sabrás―declaró Beifong―. Tan solo póntela, nadie te verá.

Aang aceptó, aunque con cierta sospecha.

Mientras Toph y Sokka continuaban conversando sobre la asombrosa aventura que acababan de tener, Aang comenzó a descambiarse.

Katara, quién se encontraba sentada a su lado en los asientos traseros del auto, contempló al muchacho quién no había notado que estaba siendo observado.

Estaba tan aliviada. Aang estaba a salvo, con ella. Y al mismo tiempo, su corazón latía con fuerza contra su pecho.

Desde que lo había visto en el templo, fue incapaz de no sentirse nerviosa y emocionada a la vez.

El recuerdo de los sucesos de la noche anterior, el cómo Aang la había besado, y las palabras que él había pronunciado volvieron a ella como una ola salvaje de la marea.

La anticipación de anhelar decirle que ella también correspondía a sus sentimientos y los nervios por saber cómo reaccionaría o qué le diría, le causaban cosquillas en el vientre.

Pero al mismo tiempo, decidió que no era el momento adecuado para decirle.

Después. Cuando estemos solos.

Y ahora, se encontraba observando cada uno de los movimientos del chico sin darse cuenta. Una vez que el torso de Aang quedó al descubierto, y que la preocupación de que estuviese herido se desvaneció, Katara dejó de respirar.

La piel lechosa de Aang, los hombros firmes, los músculos que ella desconocía que tenía.

El muchacho era delgado, magro, sin embargo, claramente se ejercitaba. No demasiado, pero si lo suficiente como para que Katara se maravillara y quisiera pasar sus manos por el cuerpo del chico.

Lo recorrió con la mirada, deleitándose con cada centimetro de piel que vislumbraba.

De repente, sintió sus mejillas acalorarse y mordisqueó levemente su labio inferior, sin poder apartar la vista de Aang, imaginándo cómo sería besar cada rincón de su piel.

―Vaya, Reina Azucarada. Quién diría que eres toda una pervertida― se burló Toph, a través del espejo retrovisor―. Cuidado, Pies Ligeros, alguien te está devorando con la mirada.

Y entonces, todas las miradas se posicionaron sobre ella.

Katara se quiso morir de la vergüenza.

―¡Y-yo no estaba haciendo nada!―refutó, completamente abochornada y se giró hacia la ventanilla.

Toph emitió una carcajada, muerta de risa.

¡Estaba tan avergonzada! La habían descubierto mientras veía a Aang cambiandose de ropa.

Lo peor era que no podía negar lo que Toph había dicho. ¡Y Aang también se había enterado! Eso la avergonzaba todavía más.

De pronto, Katara sintió una mano sobre la suya, y se volteó, sobresaltada.

Aang, ya vestido, la miraba con una sonrisa encantadora. Él no la juzgaba, ni se burlaba de ella por lo que había hecho. Al contrario, la hacía sentir cómoda y segura.

A Katara se le derritió el corazón.

Mordisqueó su labio, antes de acercarse más a él.

―¿Esto no te recuerda a algo?―le susurró al oído.

―¿A qué?―le respondió él del mismo modo.

―A nuestro plan de escapar― dijo―. Toph, Sokka, el auto. Oficialmente estamos en fuga.

Aang rió. Katara disfrutó de verlo reir, de admirar aquella sonrisa que tanto amaba.

―¿Estamos seguros de que es buena idea que Sokka sea el que conduzca?―preguntó él, haciendole cosquillas en la oreja con el aliento.

―¿Propones que lo haga Toph?―cuestionó Katara―. ¿Y arriesgarnos a que conduzca como si se tratara de un camión monstruo? ¿Estás seguro?

Ambos rieron.

―¡Hey! ¿Qué pasa allá atrás?―reclamó Sokka.

―¡Nada!―respondieron al unísono, cómplices, como un par de niños pequeños.

―Hmm...

―No hagas preguntas de las cuales no quieres respuestas, Cola de Caballo―dijo Toph, en tono burlón.

Pero la dulce pareja no los escuchaba.

Aang y Katara reían discretamente, mientras poco a poco se iban acercando más y más, hasta que sus hombros chocaron.

Fue entonces cuando Katara se armó de valor, y puso su cabeza sobre el hombro izquierdo del muchacho. Entrelazó sus dedos con los de Aang y se acomodó lo más cerca posible de él.

Sintió cómo el cuerpo del chico se tensaba por su acción tan repentina, pero a los pocos segundos, comenzó a relajarse. Katara suspiró contenta, estar con Aang le daba tanta paz y al mismo tiempo le revoloteaba el corazón.

―Katara―oyó a Aang susurrar, su voz casi opacada por la fuerte conversación que protagonizaban Toph y Sokka en los asientos delanteros.

―¿Mmm?

―Gracias―dijo, presionando con cálida firmeza la mano de la morena―, por hacer esto por mi.

Los labios de Katara dibujaron una sonrisa tranquila y se acurrucó más.

―Gracias a tí, por escapar conmigo.

Después, ambos se quedaron en silencio, saboreando el cálido contacto y compañía del otro, teniendo de fondo a Sokka y a Toph charlando.

Luego de unos minutos, la muchacha sintió una presion sobre su cabeza. Y por la respiración tranquila y la relajacion en su agarre, comprendió que Aang se habia quedado dormido.

Katara sonrió sin abrir los ojos, e intentó descansar un poco también.

Cuando Sokka lo notó, se propuso regañarlos por la cercanía, pero Toph lo detuvo.

-Sigue conduciendo-pidió, sonriendo melancólica-. Déjalos en paz. Después de todo, ya casi no les queda tiempo juntos.

[...]

Era algo increíble amar a una persona. Y más aún, era asombroso el efecto que tenía esa persona en ti.

Cuando Katara se pegó a él y se apoyó en su hombro, Aang casi explotó de felicidad.

Pero también le brindó una sensación de bienestar.

Era impresionante que con tan solo su presencia, la ansiedad del día se volvía diminuta, el dolor era anestesiado y el inmenso amor que tenía por ella se transformaba en lo que más necesitaba en ese momento: tranquilidad.

La amaba tanto.

A cada minuto que pasaban juntos, ella le daba esperanzas, alegría. Hacía que tuviera ganas de respirar de nuevo, de reir.

De vivir.

Y por eso, pudo sentirse a salvo por primera vez en ese día, y se permitió relajarse un poco.

Pronto el cansancio lo venció.

Cuando despertó, habían llegado a una estación de servicio cerca de casa. Sin embargo, una discusión con el mayor reclamó la atención de su amada.

Aang aprovechó para hablar con la menor del grupo.

―Toph ―dijo Aang en voz baja―. ¿Me prestas dinero?

―No.

El chico frunció el ceño.

―Por favor, te lo devolveré después― insistió, pero Toph fingió sordera. Aang tuvo que tomar medidas drásticas―. Por favor, o les diré a todos sobre lo que pasó anoche.

Toph escupió el agua que había estado bebiendo.

―¿Me amenazas?―dijo ella, entrecerrando los ojos.

El muchacho solo se encogió de hombros, fingiendo inocencia.

―Es posible, sí.

―Pensé que los monjes no recurrían al chantaje―dijo la muchacha, mientras le entregaba el billete―. Ten.

―¡Te agradezco tu infinita amabilidad, oh, generosa Toph!

―¿Puedo preguntar para qué lo quieres?

―Medicina―admitió Aang―. Acaso que tengas análgesicos contigo.

―¿Qué, te duelen los ovarios?

Aang rió entre dientes.

―Algo así.

En realidad, necesitaba tomar algo con urgencia antes de llorar por el ardor en las piernas. Aún dolían, menos, pero la incomodidad era insoportable.

El par de hermanos regresó y Katara volvió a colocarse cerca del muchacho.

―¿Está todo bien con Sokka?

Katara blanqueó los ojos y cruzó los brazos.

―Sí, solamente que es muy terco―declaró la chica.

Aang tomó la mano de la morena, con un suave sonrojo acariciandole las mejillas, y sus ojos mirándola con fascinación.

―Te ves muy bonita―cuando se dió cuenta, la frase ya se le había escapado de los labios.

A Katara se le volvieron a pintar las mejillas de carmín, y colocó un mechón de su cabello tras la oreja, tímida.

―Gracias... Hoy era un día especial, así que me arreglé un poco más―confesó―. ¿Te gusta?

―Me gustas todos los días, en realidad.

Aang mismo se sorprendió de su propia audacia. No sabía de dónde sacaba el valor para mencionar aquellas frases tan atrevidas y certeras, que reflejaban plenamente sus pensamientos. Pero se sintió enormemente aliviado y contento al ver cómo a Katara parecían gustarle.

Muy bien, Aang. Sigue así. No metas la pata.

―También me coloqué el collar de mi madre.

Aang bajó la mirada hasta el cuello de la chica, pero allí no halló nada.

―¿Cuál collar?

―Este...―Katara alzó sus dedos hasta su cuello, solo para encontrarse con que, efectivamente, estaba desnudo―. ¡Mi collar! ¡No está!

Katara comenzó a revisar por todo el piso.

―¿Qué sucede?―cuestionó Sokka.

La muchacha lo miró alarmada.

―¡Perdí el collar de mamá!―exclamó―. Sokka, lo perdí. ¡Perdí el collar de bodas de nuestra madre!

―¡Tranquilízate!―pidió su hermano―. Lo buscaremos. Toph, por favor revisa el auto. Aang y Katara, revisen el estacionamiento. Yo veré si no cayó en dentro de la tienda.

El grupo buscó y buscó, pero no hubo rastro del collar por ningún lado.

[...]

Katara dio vueltas en la cama.

Había tenido que regresar a casa sin el preciado objeto. Aquel accesorio había sido el objeto más importante que poseía como recuerdo de su madre. Ella solía adorarlo con fervor, y se lo había heredado a Katara antes de morir.

Y ella lo había perdido ridículamente.

La búsqueda seguiría al día siguiente, pero la muchacha no podía esperar hasta mañana.

No, no podía esperar tanto. Katara necesitaba hallarlo.

Salió de casa en medio de la noche, y tomó el auto de Sokka.

Si el collar no estaba en el estacionamiento ni el auto, solo había un último lugar posible.

La montaña del Templo.

Condució hasta allí, y subió sola la montaña lodosa. Con tan solo la linterna tenue de su celular, buscó por donde habían pasado más temprano ese día.

Cuando, de pronto, oyó una voz.

Era femenina, y entrecortada. Katara apagó la linterna y se dirigió con cautela hacia el sonido.

¿Qué podría ser? ¿Acaso alguien necesitaba ayuda?

A medida que se acercaba, el sonido era más claro.

Sonaba como... gemidos.

Iba a retirarse, completamente incómoda por casi descubrir a una pareja. ¿Quién elegiría un lugar así para hacer... eso? Bueno, ella no era nadie para juzgar.

Sin embargo, algo llamó su atención.

―¡Sácalo, sácalo!―escuchó―. ¡Me estás lastimando, Pies Ligeros!

Katara se congeló.

―¿Quieres quedarte quieta?― escuchó que Aang respiraba agitadamente―. Es la primera vez que hago algo como esto, Toph. Colabora.

Katara se acercó un poco más, y se escondió tras un árbol, sin poder creer lo que estaba pasando.

Justo en ese momento, un auto pasó por la carretera, y por un breve momento, iluminó la escena.

Y entonces, vió algo que jamás pensó ver.

Aang sujetaba a Toph, ella enroscando una pierna alrededor de la cintura de él, y rebotando en un movimiento de sube y baja. El chico estaba de espaldas a Katara, y Toph se sujetaba con fuerza de los hombros del chico.

La luz fue fugaz y su vista fue escasa pero aquella breve vista borrosa fue suficiente para que se le destrozara el alma.

De pronto, ya no podia respirar. Sentía cómo el estomago se le hundía, las nauseas la atacaban y un desgarrador dolor le rasguñaba en el pecho. El nudo en la garganta le impedía respirar y las lágrimas ardían tras sus ojos.

Katara se marchó corriendo de aquel sitio, con el alma herida y el corazón roto.