¡Muy buenas tardes a todas! Ahora sí que ha llegado actualización prontamente, mas no aseguro nada para la siguiente. Sobre todo, porque mi agenda laboral se vuelve más apretada y las futuras guardias nocturnas me auguran sólo dormir y comer. Espero no morir. ¡Nos leemos próximamente!


Apparances


—¿Cómo es que acabé haciendo esto? —Se cuestionaba Sora en voz alta.

Por extraños azares del destino había terminado en aquel campo techado, sentada sobre una reja mientras lanzaba pelotas de béisbol para que fueran bateadas por el eufórico de Sawamura.

—¡Una más por favor! —pidió con euforia.

—Porque eres la novia del capitán. Debes esforzarte tanto como él —explicaba Kuramochi a la vez que se dedicaba al arduo trabajo de abanicar.

—No veo que el capitán les ayude con estas cosas. Deja de mentir, Kuramochi-kun —soltó indignada.

Mandó la pelota hacia él. Una pena que pudiera batearla.

—Esa ha sido una muy fácil. —Se jactó el corredor en corto.

—La próxima irá directo a tu cabeza —sentenció.

—Mujer, realmente eres peligrosa. —Porque alguien como él podía hacer dos cosas simultáneamente, no como Eijun que perdía el ritmo en cuanto abría la boca.

—No es mi culpa que se hayan comido esos panquecitos con laxante —mencionó sin culpa alguna, como si no hubiera tenido nada que ver en aquel asunto—. Una opción era que los tiraran… Supongo que su ego las llevó a probarlos y comprobar qué tan buena era en la cocina.

—¡Láncelas más rápido, Sora-senpai!

—Lo del baño fue un poco perverso. —Sonrió al imaginárselo—. ¿Cómo se te ocurrió?

—No soy buena para hacer bromas. Todo lo que hice fue planeado por alguien más. A esa persona se le dan muy bien esa clase de cosas —informó—. Anoche le hablé y me explicó lo que tenía que hacer. Y justo hoy antes de clases fui por todo.

—¿Con qué clase de personas te juntas? —interrogó con mesura, mirando fijamente a la calmada chica—. Siento que perteneciste a una pandilla peligrosa.

—La que me dio los consejos para esas chicas, sí. —Sonrió fugazmente—. Se ganó mi respeto.

—Esta chica podría ser peligrosa, mejor no hacerla enfadar.

—¿A quién respetas? ¿A mí acaso?

El incordio de Sora había aparecido sorpresivamente. Allí estaba Miyuki, recargado sobre el margen izquierdo de la puerta, con esa sonrisa socarrona que ya era un sello de su persona.

—No puedo respetar a alguien que va por la escuela en calzoncillos —comentó burlonamente. Sus dos acompañantes se carcajearon.

Kazuya se acercó a ella para taparle la boca. No quería darles más material a esos dos para que se burlaran de él.

—A eso le llaman karma. —Yōichi debía de aceptar que nunca le habían pasado cosas tan bochornosas a Kazuya desde que Sora apareció en su vida—. Eres todo un galán, capitán.

—Chris-senpai nunca haría cosas tan desvergonzadas como esas, Miyuki. —Eijun y su gran respeto y aprecio hacia su antiguo tutor.

—Pasando a otra cosa, debes irte ya —indicó—. Ya pasan de las nueve.

—¿Tan rápido se fue el tiempo? —Liberó de su bolsillo su celular y examinó la hora. Efectivamente era momento de decir adiós—. Debo poner una alarma o algo.

—Vamos, te acompaño.

Todos callaron. Cada uno lucía diferentes gestos faciales que reflejaban su estupefacción ante la «amabilidad» repentina del capitán de Seidō.

—¿Qué es lo que pretendes? Dímelo de una buena vez, Miyuki-kun.

—Eres bastante desconfiada conmigo, ¿verdad? —Por algún motivo sentía que lo tenía en peor estima de lo que pensaba.

—Por esta vez aceptaré tu petición.

—¿Cómo que mi petición? ¿Y cómo que por esta vez? ¿Qué significa eso? —interrogó una y otra vez. Ella lo miró sin darle respuesta—. Ya vámonos antes de que me arrepienta.

—Andando entonces.

No demoraron en salir y sentir la suave brisa nocturna, fría y refrescante.

Las calles se encontraban bastante concurridas pese a la hora que era, como si existieran aún un montón de cosas por hacer. Incluso las congestionadas avenidas hacían pensar en que no era de noche, sino la hora pico en la que los trabajadores abandonaban la oficina para ir a comer.

—Escuché que encontraron a unas chicas totalmente dormidas en los baños del segundo piso y que nadie sabe cómo fue que terminaron allí. —Empezó la charla con los ojos puestos hacia el frente.

—Eran tus admiradoras. —El otro se giró hacia ella, preguntándose qué demonios había hecho—. ¿Quieres saber qué les hice? —Él negó con lentitud. Sabía que era mejor no conocer ciertas cosas y vivir en la ignorancia—. Los panquecitos tenían un fuerte laxante de acción lenta con efectos significativos. Sí. Eran los que te había a dar, pero ellas se los comieron.

—Te dije que no me contaras —objetó—. ¿Y qué demonios pretendías hacerme?

—Era un señuelo, Miyuki-kun. —Su ceño se frunció tenuemente ante sus lamentaciones—. Luego me citaron en los baños, intentaron intimidarme, pero el laxante había hecho efecto por lo que se encerraron en los sanitarios —relataba con mucha burla. De sólo recordarlo quería reírse—. Al final solté una botella con gas para dormirlas.

—¿Qué tan malvada puedes llegar a ser? —No era malo que temiera, no cuando sabía lo que había hecho.

—Lo mío no son las bromas —suspiró exhausta—. La idea de todo fue de una vieja conocida. Yo solamente me limité a seguir sus instrucciones. Necesitaba consejos y eso fue lo que me ofrecieron.

—Debes cortar lazos con esa clase de personas —aconsejó para proteger su pellejo en el futuro. No era tonto y sabía que podía aplicársela tarde o temprano.

—Eijun-kun va mejorando día a día. En verdad que es bueno. Y su explosiva personalidad es de sus mejores cualidades. Aunque debe pulir sus técnicas para poderlas emplear adecuadamente dentro del juego.

—Eres como Furuya…

Justo antes de doblar en la esquina siguiente, Sora se detuvo al notar que le faltaba alguien al lado. Por lo visto Miyuki había decidido detenerse frente a una pastelería.

—Necesito comprar algo. —Fue la excusa antes de entrar y dejarla allí, sola a media calle.

—¿De verdad va a comprar cosas dulces a estas horas? —Se resignó y entró. Al menos se distraería con los productos que allí vendían.

Lo primero que veías al entrar era un enorme mostrador donde permanecían los productos más vendidos de toda la tienda. Cada uno de ellos lucía más apetitoso que el anterior, resultando irresistibles para cualquiera que amara comer. Todo a su alrededor era un mundo de adorables creaciones cremosas y dulces.

—¿Estarás bien comiendo tanta azúcar a estas horas? —Ya se encontraba al lado del joven que dudaba sobre qué llevarse.

—¿Qué crees que es mejor el mousse de chocolate, el choux de crema o un tiramisú? —cuestionaba—. No es que sea afecto a los dulces o el chocolate, pero se ven apetecibles.

—Diría entonces que mejor te lleves el mousse de café. —Le señaló el postre mencionado.

—Podría ser. —Rascó su barbilla, viéndose demasiado serio únicamente para elegir qué pastelillo llevaría.

—Yo llevaré tres. Tú puedes llevarte el que más te atraiga. Así habremos conseguido todos —sugirió la joven, sacando su cartera de su mochila—. ¿Qué? ¿Por qué me miras como si hubiera asesinado a alguien? Me siento insultada.

—Es que no pensé que te gustaran estas cosas —dijo antes de pedir los postres de su elección.

—Siento debilidad por las cosas dulces. De pequeña venía a comprar mucho por estas zonas —confesó previo a hacer su pedido y aguardar por la bonita caja alba que Miyuki ya tenía prendada de su mano derecha.

—Es la primera vez que compro aquí, así que espero sepan bien. O te culparé a ti.

¿No se cansaba de sonreír todo el tiempo? Era una de esas preguntas existenciales que acosaban a Sora de vez en cuando.

—Saben muy bien. No tendrás queja alguna. —Ya con su compra en mano fue hora de seguir su camino.

Tras esa pequeña escala prosiguieron hasta su destino final. Querían llegar e hincarle el diente a esas delicias culinarias que compraron.

A pocos metros de donde se detuvieron por petición de Sora se erigía una casa de dos plantas color beige con una impecable puerta de madera de roble teñida de un azul añil. Se vislumbraba un tímido jardín a ambos lados del sendero de piedra que conducía hacia la entrada de la casa. Un portón blanco impedía que cualquiera entrara sin previo consentimiento.

—¿Tetsu-san no ha llegado aún? —Miyuki permanecía a su costado, aguardando a que abriera el portón.

—Seguramente esté con Jun-san para despejar su mente de estar estudiando. Lo de la universidad lo tiene un tanto ocupado.

Al fin pudieron acceder. Por lo que ninguno demoró en entrar y escurrirse hasta la puerta de entrada.

—Meikai, ¿eh? —susurraba Miyuki.

—¿Tienes planeado aplicar para alguna universidad? —curioseó.

—No lo he pensado en realidad —Esas cosas sobre su futuro lo tenían sin cuidado momentáneamente—. ¿Y tú?

—De momento la Universidad de Nagoya, Keio y Tokio son mis opciones.

—Aspiras alto —señalaba con cierto nerviosismo—. No mucha gente ingresa.

—Lo sé. Me gustan los retos. —Sonrió ladinamente. Él rio un poco.

Por algo era la hermana de Tetsuya.

Cuando Miyuki fijó su interés en el interior de la residencia, pudo apreciar inmediatamente cada detalle.

Hacia su izquierda se encontraba el inmaculado comedor con un bonito mantel y cuadros de lo más pintorescos que daban un mejor ambiente. Hacia su derecha estaba la sala, un recinto donde las aficiones de la familia eran puestas en manifiesto ya que había numerosos reconocimientos de béisbol, uno que otro trofeo referente a ese deporte y muchos más de artes marciales. Tampoco podía faltar un televisor, un sofá y un par de sillones.

Más al fondo se apreciaban las escaleras que conectaban a la segunda planta y a un costado la cocina.

—¿Quieres algo para acompañarlos o los comes solos?

—Estoy bien sin nada —respondió después de tomar su lugar en el comedor. Ya estaba abriendo la cajita para exponer sus ansiados postres.

—Yo iré por algo a la cocina. —Se retiró, dejando totalmente solo al joven.

—Sí que es silencioso este sitio.

Fue la premisa que tuvo, pero que quedó atrás cuando escuchó voces cada vez más nítidas y próximas. Habían entrado recién y se dirigían hacia su localización.

—Ah, buenas noches —saludó de inmediato cuando esos dos padres aparecieron.

—Perdona la demora, estaba buscando…—calló al notar ese ambiente tan espeluznantemente amistoso que se vivía en el comedor y que tenía de punto central al receptor—. ¿Qué demonios está pasando aquí?

—Sora, cariño, al fin apareciste. No debes dejar a tus invitados solos y menos si es tu novio. —La regañó su progenitora torciendo levemente la sien—. Ahora siéntate y platiquemos.

«Cuando mi madre dice eso no significa nada bueno».

Suspiró, se resignó a tomar asiento a un lado de su padre y colocó su vaso con leche de fresa en la mesa.

«Mi papá debió de haberle contado a mi madre sobre Miyuki-kun. Después de todo dimos todo un espectáculo en el restaurante…»

—¿Por qué siempre soy la última en enterarme de tus relaciones, Sora? —Se quejó con dramatismo su madre—. Bien que te lo tenías guardado.

—Hasta lo trajo al restaurante anoche —comentó el padre con satisfacción.

—No te diré nada más solamente porque tu novio es sumamente encantador y muy guapo —expresaba feliz la mujer, enfocando su atención en el embustero chico que ya se había echado en el bolsillo a sus padres.

«Sabía que era un error aceptar su compañía. Ahora ha engatusado a mis padres y se piensan que es el mejor hombre que puedo tener de novio».

La mejor elección era centrarse en comer sus postres y olvidar todo su alrededor.

—De manera que tú eres el nuevo capitán del equipo. Tetsu nos comentó que había dejado a alguien muy capacitado para el cargo.

La plática se había hecho más extensa y Sora estaba en su nube.

«Cuando venga mi hermano le preguntaré nuevamente sobre esa decisión. Empiezo a tener mis dudas».

Ella continuaba en silencio, observando la situación como lobo aguardando a que el rebaño de ovejas se separara para atacar.

—Ups, ya es bastante tarde. Debo irme —soltó Kazuya de improviso.

—Si ya te tienes que ir, no hay nada que hacerle. Pero permite que te lleve. Es lo menos que puedo hacer ya que has traído a mi hija a casa —ofertó el padre.

—No quiero causar molestias.

«Ya las estás causando de todos modos», razonaba Sora, quejándose abiertamente de Miyuki.

—Descuida. Siéntete en confianza —añadía la madre.

—Aquí nadie considera cómo me siento —susurró con melancolía—. ¿No que ya se iba?

—Mira lo que acabo de encontrar: el álbum de fotos de cuando Sora estaba en el kínder —anunció muy rimbombante el padre.

Esa simple palabra activó la alarma roja de la chica.

—¡Papá, no le muestres eso! —replicó. No quería que alguien como él contemplara sus penosos momentos de infancia.

Cuando la puerta se cerró, pudo descansar y considerar aquella visita como un recuerdo borroso del cual no debería acordarse el día de mañana. Pero que su madre estuviera observándola con una pilla mirada no la ayudaba a estar tranquila en su habitación.

—¿Sucede algo? —No había terminado de ponerse el pijama. Sin embargo, que su madre se mantuviera de pie frente a su habitación le arrebataba la calma.

—Parece un buen chico. No dudes en traerlo más veces a casa a cenar con nosotros.

—No tiene mucho tiempo libre. Se entrena a diario y hasta altas horas. —Cosa que no era mentira y que ahora le era de gran ayuda para zafarse de esos tediosos pedidos—. Por lo que dudo que eso sea posible.

—Igual no dudes en traerlo. —Sonrió resplandeciente.

—¿Qué le hiciste a mis padres, Miyuki? —Ya no tendría consideración en darle un honorífico—. Parece que te aman y eso me aterra.

El día había empezado magníficamente bien. Quizás más de lo que se esperaba, mas no se quejaría. La ansiada armonía que por varios días no tuvo, finalmente llegó a sus manos y no dejaría que se le escapara así porque sí; ni siquiera cuando había alguien que la observaba fijamente desde la entrada del salón.

—Oye, ¿quién es esa y por qué te está viendo tan persistentemente? —Fue el susurro que llevó Kuramochi al oído izquierdo de Sora.

Estaban en medio de su receso y podían hacer el tonto un rato.

—Se llama Namikawa Kokone, te la puedo presentar. Está soltera y le gustan los de tu tipo —decía casual, mirando de soslayo al chico. Incluso le sonrió con complicidad.

—Es bonita. —Sus ojos escanearon a la joven.

Miró con enorme detenimiento su cabello castaño cenizo, su rostro, sus ojos, sus labios, el resto de su anatomía. Nada pasó desapercibido para él.

—Le falta algo para que sea mi tipo.

—No lo menciones en voz alta o te golpeará. —Había sacado un pequeño libro de su mochila y comenzó a hojearlo, ignorando a Yōichi.

—¿Ella? ¡Parece ser que se escapó de secundaria!

Gracias a su estruendosa voz y esa carcajada que todo mundo conocía, Kokone lo escuchó. Fatal error.

—No debiste de haber dicho eso, Kuramochi-kun.

Él supo inmediatamente a lo que se refería Sora cuando sintió aquel golpe dirigido hacia su zona hepática. Sí. Esa jovencita había ejecutado un magnífico gancho al hígado.

—Debí mencionar que práctica kick boxing desde secundaria.

—No me lo dijiste a p-propósito… —Gimoteaba. El impacto había sido lo suficientemente fuerte para dejarlo en el piso, retorciéndose de dolor.

—¿Qué haces todavía por aquí, Kokone?

—Todas te echan mucho de menos, Yūki-san. Tienes que volver. —No le interesaba que estuviera pisando al pobre hombre caído si podía hablar con ella.

—¡No soy un tapete humano!

—Eres muy ruidoso. Cállate. —Un puntapié bastó para mantener al bravío hombre bien domesticado.

—No lo golpees tan fuerte, es un valioso jugador de Seidō. Estaré en problemas si queda muy dañado —comentaba—. No puedes ir por allí golpeándolos a todos.

—¡Yūki-san, siempre diciendo cosas tan geniales! —No pudo resistirse y se lanzó a abrazarla como si fuera su hermana perdida.

Y claro, continuaba pisoteando a Yōichi.

—Va a ser un día largo y cansado —suspiró, pidiendo paciencia para soportar a dos personas volátiles que ya estaban insultándose.

Un cielo nublado y un poco de lluvia no harían desistir al público de asistir al partido de Seidō contra Teito. Se trataba de una contienda donde los mejores equipos del este y el oeste se enfrentarían para escalar dentro del Torneo de Otoño.

Miyuki pedía más lanzamientos agresivos que de costumbre. Ansiaba eliminar a los bateadores a través de la potencia bruta de los lanzamientos de Furuya. Y un tercer ponche auspiciado por el temido pitcher de primero llevó al equipo a cerrar otra entrada en cero.

No obstante, la lluvia arreció dificultando las maniobras de Furuya y del resto de los miembros del equipo.

—Debido a la lluvia, el juego se detendrá momentáneamente. Solicitamos que tengan paciencia hasta la reanudación. —Se oyó desde el altavoz.

—¿Está todo bien, Yūki-kun? —preguntó Haruno al notar angustia en el rostro de la callada muchacha—. No tienes nada de qué preocuparte. Estoy segura de que el juego se reanudará pronto.

—Sí, gracias. —No la miró. No deseaba que notara la inquietud que la cobijó desde que la llovizna adquirió tanta intensidad—. Regreso, iré a comprar una bebida. ¿Quieren que les traiga algo? —Las dos mánager negaron.

Buscó una máquina expendedora que ofreciera la bebida que tanto le encantaba. Lo hacía más como un método de distracción que por saciar su capricho. De esa forma olvidaría que la lluvia muchas veces venía acompañada de truenos y relámpagos.

Se recargó contra la pared, sujetando su bebida con su mano izquierda. Cerró los ojos. Inhaló y exhaló profundamente repetidas veces. No podía mostrarse tan patética por un poco de lluvia.

«Solamente es una ligera llovizna. No hay motivos para alterarme».

—Yūki-kun, ¿todo bien?

Takashima Rei la había seguido y no se había percatado de ello.

—Sí…

—No lo creo. Estás muy pálida —refutó—. ¿Qué es lo que está pasando aquí, Yūki-kun?

Siempre se esforzó por ocultarle a los extraños lo que pasaba con ella cuando la lluvia incrementaba su intensidad. Lo hacía para no dar explicaciones, para no demostrarle a los demás que se odiaba un poco a sí misma y a esa ridícula debilidad.

Sin embargo, no podía ocultárselo a Takashima porque no creyó en su mentira.

—Sufro de pluviofobia…—confesó avergonzada—. Por favor no se lo cuente a nadie. Es algo que me gustaría mantener en secreto.

—¿Pluviofobia…? Con este clima. —Sus años como reclutadora no la habían preparado para aliviar los temores de alguien con una fobia—. No sé si llevarte a casa sea lo mejor.

—Puedo controlarlo… Mientras no truene estaré bien. —Se despegó de la pared. Estaba decidida a quedarse—. Regresemos. Seguramente el juego se reanudó.

—Tan necia como tu hermano mayor. —Sonrió ante su testarudez—. No obstante, si te pones peor te llevaré a casa.

—Sí, está bien.

Regresaron para presenciar el doblete que consiguió Miyuki apenas comenzar. Había adivinado la rápida hacia afuera que lanzó Taiyō. Sin outs y un corredor en segunda era la oportunidad perfecta para que Seidō anotara. No obstante, aquel deseo no se concretó.

Furuya, pese al buen trabajo que estaba realizando, estaba perdiendo el ritmo y la fuerza en sus lanzamientos tras la pausa que sufrió el partido. Y ante el asombro del público, el empate entre ambos equipos había acabado y el cambio de pitcher fue anunciado.

Sawamura subió al montículo sin conceder carreras. Con dos outs y bases llenas en la baja de la octava, Maezono llevó a todos los corredores a home.

Con un cielo despejado, Kawakami cerró el juego, ayudando a Seidō a conseguir su victoria sobre Teito.

—¡Qué partido tan parejo!

—¡Fue un intenso juego de pitchers!

—¡Seidō ganó la batalla entre dos grandes escuelas!

Había agradecido profundamente que el desarrollo del partido hubiera poseído la pasión y la tensión suficientes para que se olvidara del mal clima que casi provoca que expusiera su fobia ante toda la hincha de Seidō.

El buen clima de aquella nueva mañana era una de las tantas razones que la habían puesto de buen humor. La otra fue que Sawamura había recuperado su usual chispa y seguridad. La última, pero no la menos importante había sido los mensajes que recibió de las personas más cercanas e importantes para ella.

Su mañana escolar no podría ser arruinada por nadie.

—¿Y esas caras llenas de confusión?

Los pensamientos de ambos hombres se desviaron inmediatamente cuando vieron a Sora recién volver al salón de clases.

—Nada en realidad —respondió el de gafas con actitud despreocupada.

—Parece que tienes pensado ir al viaje escolar —mencionó Kuramochi al percatarse de que llevaba consigo aquella hoja que marcaba las fechas de salida y cómo estaban organizados los grupos.

—No me atrae mucho la idea. —Se encogió de hombros y guardó la hoja en el bolsillo de su falda—. Ustedes deberían ir y disfrutar su juventud. —Nada como mofarse del estado social tan precario que todos los del equipo de Seidō poseían.

—No tenemos pensado perder —aseguraba Miyuki, sonriendo como si supiera de antemano que la victoria ya era prácticamente suya.

—Esa es una excusa para no salir a ninguna parte —decía vilmente—. Aunque admito que lo hicieron bastante bien en el partido contra Teito. Una pena que hayan sacado al pobre de Furuya, pero Eijun-kun lo hizo espléndidamente. —Una felicitación de lo más indirecta.

—¿No podrías ser más sincera?¡¿Y por qué demonios pareces feliz por lo último que dijiste?! —Se quejaba Yōichi.

—¿No será que te has enamorado de él? —lanzó burlesco Kazuya, aguardando por ver su reacción.

Ella se limitó a sonreírle, como si hubiera entendido de inmediato su pequeña jugarreta y estuviera pensándose cómo responderle.

—No me quejaría de que hubieran hecho todo este malentendido alrededor de él…—Exhaló fatigosamente—. ¿Y ya vieron la manera en que sonríe cuando se dispone a lanzar?

—¡Esa sonrisa da miedo! —exclamaba Kuramochi.

Hasta a Miyuki le provocaba escalofríos el recordarla.

—No aguantan nada. —Les echó en cara. Disfrutaba verlos sufrir—. Mírenlo, se ve tan lleno de paz.

Por si no los había maltratado lo suficiente, habría de mostrarles una fotografía del aludido con aquella sonrisa que por razones desconocidas a la única a la que no le provocaba incomodidad era a ella.

—¡Quita eso de mi vista! —Yōichi quiso robar el móvil de Sora, mas todo se quedó en banales deseos.

Ella poseía mejores reflejos de los que él imaginaba.

—Debería imprimirla y poner una a mayor escala en sus habitaciones.

Esos dos hombres la creían muy capaz de eso y más. Por ello tenían que asegurarse de eliminar esa fotografía antes de que les causara un trauma de por vida. Y antes de que pudiera seguir amedrentando sus jóvenes mentes, la persona menos esperada se presentó a la entrada del salón de clases. Era imposible no reconocerlo.

—Tetsu-san —saludó Miyuki con formalidad.

—Felicidades por su victoria —elogió tras aproximarse a los pupitres de sus ex compañeros—. Lo están haciendo muy bien. —Sonrió lleno de orgullo y ansias por ver su futuro desarrollo dentro del torneo.

—Muchas gracias.

Para Kazuya no era muy común que su ex capitán fuera a visitarlos. Sin embargo, suponía que tenía que ver en cierto modo, con Sora.

—Quiero hablar contigo un momento. —Sus dorados ojos se deslizaron rápidamente hacia su querida hermana.

Se dirigieron hacia la azotea del edificio. A Tetsuya no le gustaba tener mucha concurrencia cuando quería hablar con alguien en privado.

—¿Qué es lo que sucede, hermano? —cuestionó cuando estuvieron frente al gran mallado que impedía que cualquier loco estudiante quisiera arrojarse desde las alturas.

—Solamente quería preguntarte si las cosas van bien —mencionó serenamente con su atención puesta en el mundo de abajo.

—Las cosas han marchado muy bien —respondió inmediatamente—. Ha sido muy divertido formar parte del club de béisbol…—Una pequeña sonrisa curvó sus labios—. Mamá y tú tuvieron tomaron la decisión correcta.

—Al final lograste llevarte bien con los chicos del club. Sobre todo, con Miyuki…

Sora estaba consciente que irremediablemente su hermano terminaría enterándose de «su relación» con él. Sin embargo, no estaba lista para que se lo dijera personalmente.

—Ah, sobre eso. No es como tú crees. —Rascó su mejilla izquierda, buscando liberar la carga de estrés que llevaba a cuestas—. Todo…es un malentendido generalizado…

—Como tu hermano no me queda más remedio que felicitarte.

Se quedó pasmada. Únicamente podía sentir las fuertes manos de su hermano sobre sus hombros y esa seriedad puesta en su cara de póker.

—Quizás debería decirle a Miyuki que cuide de ti. Aunque luzcas como una chica de carácter fuerte eres muy frágil.

—¡Ni se te ocurra! ¡Y no soy frágil!

Si él hacía algo como eso sería su acabe. No sería capaz se evadir las burlas de Kazuya. A veces se pasaba de sobreprotector con ella.

—¿Te da pena?

Para él ese rostro totalmente rojo denotaba que estaba sumamente apenada. Y si bien era así, las razones diferían entre lo que él creía y lo que en realidad era.

—¡Obviamente no! —vociferó, ambicionando tranquilizarse—. Solamente que no es necesario…—indicaba con una sonrisilla forzada—. Nuestra relación va viento en popa —aseguró—. Tú no debes preocuparte por nada.

Una cosa era mentirle al resto del colegio, otra muy distinta hacerlo con su hermano.

—Me alegra. —Volvió a sonreírle con felicidad.

Parecía estar contento por la relación que poseía ella con Miyuki.

«¿Por qué te ves tan feliz al respecto, hermano? Todos parecen estarlo disfrutando menos yo».

—No pudo pasar en mejor momento.

Había pocas personas en el mundo que la desconcertaban tanto como Tetsuya. Ya estaba de nuevo diciéndole algo que no captaba.

—¿Por qué lo dices? —Temía hasta preguntar.

—Por nada en particular.

«¿A qué se estará refiriendo…?».

La victoria contra Nanamori fue la impulsada final que requerían para hacerle frente a sus rivales declarados; esos que habían cortado de lleno sus sueños de llegar a las nacionales al lado de los de tercer año. No obstante, cuando creyeron que ese ansiado anhelo iba a materializarse, las ironías de la vida golpearon a su puerta y trajeron consigo el funesto desenlace que vivió Inashiro contra Ugumori. La noticia tuvo reacciones variadas en cada uno de los jugadores. Y simultáneamente logró tensar la percepción de los jugadores hacia su actual capitán.

—No puedo creer que hayan perdido…—comentó Sora después de haber escuchado el informe detallado de Kuramochi sobre lo acaecido la noche de ayer.

—Todos quedamos igual de sorprendidos.

Mientras Yōichi hablaba, Sawamura continuaba armando tremendo jaleo en el bullpen. Parecía estar sacando toda la frustración.

—Y parece que cierto chico terminó metiendo la pata, queriéndolo o no —expresaba, concluyendo su trenza de espiga. Hacía bastante calor como para andar con el cabello suelto—. En cierto modo es comprensible su comportamiento, pero quizás no debió usar esas palabras.

—Ya que eres su novia, ve y dale consuelo. —Su vileza era proporcional a su estruendosa carcajada.

Sora intentó golpearlo, mas este se escabulló grácilmente.

—Me las vas a pagar pequeño bribón…—Encubrió sus maldiciones y dio media vuelta únicamente para chocar—. Genial, lo que me faltaba.

—¿De nuevo ya estás con esa cara de pocos amigos? —lanzó con elocuencia—. Ni porque me ves todos los días se te quita ese malhumor.

—Es justamente porque te veo diariamente que estoy de este modo.

—Envejecerás antes de tiempo —prosiguió con su burla.

—Como sea. —Cada día tenía menos energías para discutir con ese hombre—. Ya escuché que Inashiro perdió.

Si Kazuya quería olvidar ese tema estaba muy equivocado. Y no pudo ocultar esa pizca de enojo que le provocaba el recordarlo.

—Me dijeron que te enfadaste por lo que ocurrió con Narumiya-kun.

—¡Qué no! —Temía de todo lo que pudieron haberle contado.

—Supongo que es normal, considerando que eres un catcher y debes evitar que el pitcher termine destruyéndose durante un partido. —Así es como ella lo veía—. No sé, ustedes se complican mucho las cosas.

—Mira quién lo dice. —Ya se encargaría de poner en su sitio a Kuramochi por estar de lengua suelta.

—Por cierto… ¿Te gusta ser capitán?

Sus pupilas se estremecieron ante una pregunta tan directa y personal. Aquel cuestionamiento había estado repitiéndose en su cabeza desde hace mucho. Y seguramente el resto del equipo vivía con esa misma inquietud.

—A veces las personas no nacen para ser líderes natos y aunque intenten serlo, ocasionalmente fracasan y causan la amargura y frustración en quienes los rodean. —Aguardó y lo miró detenidamente—. Reconozco que tienes un gran talento para el béisbol. Pero ¿tienes la vocación para ser el capitán que lleve a Seidō a la victoria?

No esperaba que fuera precisamente ella la que viniera con semejantes cuestionamientos; menos cuando había tanta tensión entre él y el resto del equipo. No obstante, debió preverlo si consideraba que era la hermana de Tetsuya. Obviamente querría saber si el actual capitán podría llenar la expectativa que quedó tras la partida de su hermano.

—No se puede ser bueno en todo, ¿no lo crees? —No existía ni una suave curva que indicara que pronto sonreiría con despreocupación.

Su mirada se observaba tranquila, imperturbable, de algún modo, lejana.

—En realidad no —añadió, encogiéndose de hombros—. No tienes que tensionarte por mis palabras. No voy a evaluarte y compararte con mi hermano. Únicamente tenía esa curiosidad. Es todo.

A ese punto ya se había creado su propio juicio de por qué su hermano lo seleccionó como capitán. Él ya le había demostrado que estaba capacitado para dirigirlos. Mas era consciente de que se le dificultaba el liderazgo y apoyo directo al equipo por sus malas prácticas comunicativas; algo que Maezono hacía con naturalidad.

—Eres muy sincera o una buena embustera —soltó tan bajo como pudo, pero ella lo escuchó claramente—. No dije nada.

Allí estaba de nuevo esa sonrisa, ese gesto engañoso que a Sora le incomodaba porque no sabía lo que en verdad se ocultaba tras este.

—No soy el único que se dedica a eso, Miyuki —apuntó a decir con doble intención.

—Será mejor que te vayas a casa. Las demás ya se fueron.

—Siempre termino perdiendo la noción del tiempo cuando me pongo a hacerle caso a las bobadas de Kuramochi y Eijun-kun. —Era tan divertido verlos pelearse y hablar de cosas sinsentido.

—Eso es porque eres igual de simple que ellos —Rio. Ya estaba de nuevo metiéndose con su persona.

—En todo caso, me retiro. Ya nos veremos mañana. —Se despidió moviendo su mano suavemente y dirigiéndose hacia la salida.

—¿No piensas acompañarla hoy? —Yōichi estaba en todo. No sorprendía que hubiera abordado al de gafas en compañía de Sawamura.

—No es tan tarde. —Justificó.

—Miyuki, deja de ser un insensible y ve con ella. —Hasta Eijun lo sermoneaba—. Es la única mujer que no parece molestarle tu horrible forma de ser.

—Ciertamente es así, Sawamura.

¿Desde cuándo le daba la razón al pitcher? Tal vez desde que era un buen comentario para meterse con él.

—Ey, les recuerdo que soy el capitán. Respétenme —ordenó.

Sora no demoró en tomar sus cosas e iniciar su usual retirada. Sin embargo, cuando estuvo a punto de abandonar la pequeña área que empleaban las mánager para guardar sus pertenencias, algo robó su atención.

¿Qué era esa libreta? ¿Y a quién de las tres chicas pertenecería?

—Hasta donde recuerdo, Haruno siempre está escribiendo algo en esta libreta…. ¿Un diario de Seidō? —El título y su contenido le causó curiosidad.

Procedió a guardarlo para entregárselo mañana a su respectiva dueña.

—¿Qué es lo que querrá Miu a estas horas? —Se preguntó después de leer el mensaje recién llegado.

Había pasado un largo tiempo desde que visitó aquella cafetería que ahora le resultaba un sitio de lo más ajeno. Incluso juraba que había un par de establecimientos que no estaban en esos añorantes años de secundaria.

Aquel viejo barrio le pareció tan nostálgico.

Miró la hora en su celular y curioseó en todas direcciones. Aún no había señales de Miu. Y sin más ganas de esperarla de pie, tomó asiento en una de las solitarias mesas exteriores con las que gozaba el modesto lugar.

—Demoraste —dictaminaba con un leve malhumor—. Estas no son horas para reunirnos.

—Me amarás cuando sepas la razón por la que te he llamado. —Sonrió cínica y con la confianza de que obtendría su perdón—. Quita esa mala mirada y ve lo que tengo conmigo. —Se sentó y sacó de su bolsillo un folleto—. Léelo.

—¿Y qué quieres que haga precisamente con esto? —Fue su incógnita para cuando leyó la información que se manejaba allí.

—Sé que podría interesarte —estableció—. Eso sería un gran apoyo.

—¿Como para qué? —No cachaba las indirectas de la pelirroja.

—Sora, eres más lenta de lo que pensaba. Deberías darte una vuelta por nuestra querida secundaria —sugirió.

—No hay nada ni remotamente interesante allí.

—¿Y qué tal han estado tus tardes desde que te uniste al equipo de béisbol de Seidō? ¿Y tu queridísimo novio?

—No sé cómo lo hizo, pero mis padres lo adoraron pese a que lo han visto una sola vez —expresó abiertamente, torciendo los labios. Estaba molesta—. ¿Puedes creerlo? —Se cruzó de brazos ante semejante desgracia—. Solamente fueron engañados por su faceta de chico bien portado y comprensible.

—Suenas como si lo odiaras rotundamente.

—¿Aborrecerlo? No, claro que no —habló de inmediato, no quería que ella malinterpretara su descontento—. Eso sería darle mucha importancia y es justamente lo que él desea.

—No quiero ni imaginarme cómo es que se llevan cuando cruzan palabra…

—Y luego está Kuramochi que se la vive metiéndome en sus jugarretas para molestar a Miyuki —prosiguió—. Al menos hay gente decente en el equipo como Eijun-kun y Kominato-kun. Furuya-kun es reservado, mas nunca molesta a nadie.

—Tú quisiste meterte de mánager. Nadie te mandó a ello. —Le recordó—. Ahora guárdate tus quejas y cumple con tus responsabilidades.

—No me estoy quejando. Estoy expresando mi sentir contigo, quien se supone es mi amiga, pero no veo mucho su apoyo —objetó.

—Te traje ese folleto y te pasé el tic para que vayas a darte una vuelta por la secundaria.

—Eso no es apoyo. Eso es explotación —protestó.

—Es una sugerencia muy buena —animó—. Estoy segura que con esto serás la mejor mánager de todas.

La emocionada parecía ser ella y no Sora.

—Cada uno de ustedes vienen y me causan dolores de cabeza. —Quería irse a dormir y olvidarse de todo.

Ya en su domicilio pudo enfocarse en las cosas que aún necesitaba realizar. Las cuales para su disgusto no eran pocas. Nunca se imaginó que esa semana todos sus profesores tuvieran la brillante idea de pedir diversos trabajos.

Tomó un par de latas del refrigerador para mantenerse despierta y subió a su habitación. Lo primero que debía hacer eran las tareas del profesor Kataoka; a quien le pareció muy interesante dejar un ensayo sobre la historia japonesa a través de los años con un mínimo de quince hojas.

—Estoy empezando a dudar si estas latas de café frío serán suficientes para soportar la noche haciendo mis deberes. —Estaba sentada frente a su pequeño escritorio blanco, aguardando a que su portátil encendiera—. Ni siquiera he leído las lecciones de las que se supone debo realizar el trabajo. —Lamentarse no iba a aligerarle la carga, pero la hacía sentir mejor—. Aunque…

Aquel cuadernillo que había traído consigo permanecía al borde de su cama, totalmente cerrado, pidiéndole a gritos que lo hojeara.

—Hija, ¿hasta cuándo piensas estar despierta?

La voz de su madre la hizo percatarse de que pasaban de las dos de la mañana y Sora permanecía sentada en medio de su cama rodeada de un montón de papeles.

—Ah, madre. Es que todavía no termino toda mi tarea.

Lo cual era cierto. Aunque se había atrasado por sus severas distracciones.

—Me da mucho gusto que te estés esmerando tanto en el club de béisbol. —Ingresó a la habitación y le echó un vistazo a todo el lugar—. Hacía un tiempo que no te veía tan centrada en algo.

—Lo dices como si no hiciera las cosas como debería —bufó.

—Sabes a lo que me refiero, Sora. —Tomó asiento en la esquina de la cama y la observó fijamente.

—Eso ya quedó en el pasado —concluyó, devolviéndole la atención—. Simplemente estoy haciendo mi papel dentro del equipo. Es todo —alegaba, ordenando las hojas que tenía a su alrededor.

—Por supuesto. Y estar al pendiente de tu lindo novio —canturreó.

Su hija por su lado se limitó a torcer la boca.

—No es tan lindo como crees. Es un engreído, egoísta, mentiroso, chantajista, burlón y embaucador —enunció los defectos del capitán sin olvidarse de ninguno.

—Pues estoy sorprendida de que hayan terminado saliendo.

—Es complicado de explicar madre. En fin, ya no hablemos sobre ese tema en particular.

Lo mejor era cambiar de tópico y hacer a un lado a Miyuki. Ya eran demasiadas menciones sobre su persona por un solo día.

—Podrías llevarle un delicioso desayuno para mañana —planteó la madre. Ella no quitaba el dedo del renglón.

—Incluso si existiera la remota posibilidad de que quisiera hacerlo. No sé cocinar.

¿Qué tenía su madre que le gustaba molestarla tanto con ese hombre? O, mejor dicho, ¿qué tenía el mundo contra ella?

—Puedo enseñarte a preparar algo sencillo.

—Prefiero dormir a desperdiciar mi tiempo en esa tarea.