Complicado
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—No sé por qué los humanos consideran que hacer esto es algo complicado. Cuando le dije a Miroku que sería yo quien lo hiciera desde el principio, pareció como si los ojos se le fuesen a salir y se echó a reír de una forma extraña, parecía que si lo hubiese poseído un demonio.
—¿Crees que no es complicado? —preguntó, Kagome, recostada junto a InuYasha, luego de escuchar la alocución de su compañero.
—Bueno, supongo que una vez que aprendes es como todo. Además, no apesta.
—Apestará con el tiempo, ya verás.
—¡Qué va! Más apestará la sangre de demonio —se rio y la miró. Kagome pensó que InuYasha, además de ingenuo, era luminoso como lo son las personas honestas.
—Puede que tengas razón y no sea tan complicado como dicen —lo animó.
Él la miró y, tal como todos los días anteriores a éste, se sintió lleno de amor. Le sonrió.
—Ahora lo sabremos —sentenció con seguridad.
Acarició el pequeño cuerpo de su hija, la que había llegado a sus vidas hace sólo unas horas, y comenzó a retirar la manta que la envolvía. De pronto un golpe de consciencia le llevó a reconocer la fragilidad de la pequeña.
—Sango ¿Dijo algo de cómo hacerlo? —necesitaba algo, una guía.
—No, sólo que la llamara si necesitaba ayuda —Kagome supo leer el temor de su compañero. Ser padres era maravilloso y aterrador—. Puedo hacerlo yo —sugirió, intentando incorporarse a pesar del dolor.
—No, yo puedo. Si no te he roto nada a ti en todos estos años, no voy a hacerlo con ella.
La declaración debía calmarla. Respiró hondamente y contuvo el aire un instante, sin perder detalle del modo en que InuYasha había comenzado a maniobrar con Moroha. Las manos, de largos dedos terminados en garras blancas, se movían con destreza y precisión, además de meticulosa delicadeza. Le quitó la ropa y comenzó a desatar el pañal.
—Esto ¿Es normal? —preguntó, observando el color y la textura de lo que había en la tela.
—Sí, lo he visto en bebés de la aldea —aceptó.
InuYasha olfateó el aire con cierta curiosidad.
—No apesta.
Kagome rio.
—Ni siquiera ha intentado comer aún —le aclaró.
InuYasha estuvo a punto de hacer un comentario, sin embargo se lo reservó. Probó, una vez más, la temperatura del agua que tenía en la vasija y sostuvo a la bebé para lavarla. Lo hizo con tal cuidado que parecía que aquello era habitual para él. La secó y volvió a vestirla. Moroha no despertó en ningún momento, aunque emitió un par de sonidos quejumbrosos. Una vez la puso junto a Kagome se echó boca abajo en el futón y se quedó mirándolas a las dos. Sólo en ese momento se permitió suspirar.
—¿Complicado? —quiso saber, Kagome.
Se quedó observando los ojos de su compañera. Tocó la mano pequeña de su hija y la acarició con la yema de un dedo.
—Sí, porque en todo momento tuve miedo de hacerle daño. No, porque sé que no permitiré que le pase nada.
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N/A
Me gusta mucho recrear momentos con estos drabbles. Me gusta ver a InuYasha y Kagome en aquellos instantes que sólo tenemos en la imaginación.
Gracias por leer!
Besos
Anyara
