Lluvia

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Estos días me dejan una melancólica calidez en el corazón. Son días armónicos, quizás porque la luz y la oscuridad se acercan, creando un equilibro que deja en el aire una sensación de calma y de espera silenciosa. También son pacíficos, el ajetreado trabajo de recolectar y guardar se ha acabado y ahora sólo queda esperar a que el tiempo frio pase. Los árboles en el bosque se matizan de tonos intensos mientras sus hojas se despiden y pasan a abonar la tierra, esa misma tierra que ahora huele a… ese nombre que le das tú.

—¿Cómo se llama el olor a la tierra mojada? —te pregunto, guardando que mi voz apenas sea un susurro que no interrumpa el espacio que hemos creado.

Te tengo abrazada con tu espalda hacia mi pecho, como tantas veces hacemos. Estamos en el descansillo de la entrada a nuestro hogar y nos hemos cubierto con esta manta que has tejido a ratos durante las largas tarde de verano.

—Petricor —murmuras con un tono calmo. Estás relajada, probablemente por el sonido de la lluvia que nos ha venido a acompañar esta tarde.

—Petricor —repito y vuelvo a oler el aire con la fragancia de la naturaleza pura.

El aroma de tu pelo se mezcla con el ambiente y termino rebuscando con la nariz entre las hebras. Tú mueves un poco la cabeza y ríes despacio, mostrando agrado al recibir la caricia. Noto tu mano sostenerse un poco más de la mía, que en este momento te rodea la cintura y entonces me pides lo que quiero hacer.

—Bésame —musitas como si fuese un secreto que no quieres contar a nadie más que a mí.

Mis dedos recorren las formas de tu cuerpo bajo la manta, desde la cintura, hasta llegar a la mejilla. Toda tú te giras en medio del abrazo y me miras con tus maravillosos ojos castaños, cuyo tono se asemeja a las hojas del roble cuando se secan sobre la hierba.

Me humedezco los labios, como antesala a ti y a tu sabor preciado que no me canso jamás de probar. Tú deslizas una sonrisa por tus labios, mientras tocas mi boca con los dedos y la acaricias ralentizando el momento. De pronto las tímidas gotas de lluvia resuenan como si no existiera nada más en el mundo y repiquetean como lo hace mi corazón cuando te abres paso y estás tan cercana a mi alma que la puedes moldear.

—Bésame —te pido yo, ahora. Dejando escapar un suspiro que cosquillea en las yemas de tus dedos y brilla en el castaño de tus ojos.

Te acercas, acatando mi petición, y sin prisa acaricias con tu labio los míos en un roce húmedo que no hace más que encender mi ansia. Te acerco a mí en medio del abrazo y tu sonrisa se dibuja sobre mi boca.

Kagome —recito tu nombre.

InuYasha —murmuras el mío.

Y el beso se crea, se expande y nos envuelve: bajo el sonido de la lluvia.

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N/A

Otoño, para mí la estación más romántica de todas.

Muchas gracias por leer y estar.

Besos

Anyara