KUSO
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Kuso—maldije y pisé con fuerza una rama que tuvo la mala idea de estar en mi camino.
¿Cuál era ese camino?
Ahora mismo, cualquiera que me alejara de Kagome.
Hacía mucho que no discutíamos con el nivel de rabia contenida que surgió rato atrás. Yo le conté de mi plan de ir con Miroku para hacer unos trabajos en aldeas, como hemos hecho últimamente, y que el recorrido nos tomaría unos días. En ese momento ella se quedó en silencio, no dijo nada en absoluto y aquello me alertó, habitualmente Kagome me decía: bien, suerte, estoy de acuerdo, trae papel. Sin embargo en ese momento su silencio me pesó en el pecho como si me hubiesen puesto una piedra conjurada por un kitsune.
¿Pasa algo? —quise saber y me acerqué un paso hasta ella, que estaba organizando su caja con hierbas.
Nada —fue toda la respuesta que recibí y aunque una sola palabra no parece peligrosa, fue el tono y la rudeza la que no encajaba.
Me quedé en silencio, esperando por alguna aclaración, porque nada no parecía que fuese lo que le estaba pasando. Como ella no agregaba más, me animé a llamarla por su nombre.
Kagome —use mi mejor tono de pregunta y mi mayor delicadeza. Ella se giró y me miró como si mil demonios habitaran en sus ojos.
¡Si te vas a ir, vete de una vez! —su grito me cimbró las orejas y a punto estuve de aplastarlas contra la cabeza para que no me dolieran.
Pero ¿Qué… —no pude terminar de expresar mi confusión.
¡Vete, te digo! ¡No te necesito! ¡No es como si te extrañara cuando te vas por días! ¡No me haces falta! —cada una de esas declaraciones me dolía. Olfatee el aire por si había lágrimas o algo que me demostrara que no eran palabras literales, sin embargo ella se mantenía firme y se silenció del mismo modo que lo hace la montaña cuando ha pasado el desprendimiento de una roca.
¡Pues me iré ahora mismo! —rompí ese silencio, alzando la voz todo lo que pude, porque me dolía y no sabía decirlo.
¡LÁRGATE! —fue la respuesta. Resultó tan violenta que su energía casi me saca de la cabaña.
Desde entonces llevo media tarde dando vueltas por el bosque, rodeando en todo momento la cabaña que habitualmente es nuestro hogar. Me siento enfadado, soy un buen compañero, o al menos eso creo. Traigo peces y caza para que comamos, he arreglado el tejado dos veces para que no caiga agua dentro en temporada de lluvias, he aprendido a hacer ese guiso que Kagome prepara con miso y voy con Miroku a hacer los trabajos, aunque sepa que la mayor parte del tiempo me desprecian en las aldeas. Me esfuerzo y no entiendo.
En medio del bosque escucho el sonido de pasos que están a cierta distancia, son vacilantes y son de Kagome, al igual que su aroma. Me dirijo hasta ella y cuando me la encuentro sólo la miro y su mirada se queda en la mía. Al principio quiero mostrarle mi enfado, que sepa que me ha hecho daño; sin embargo sus ojos castaños se plagan de lágrimas que se esfuerza por contener.
—No me gusta quedarme sola —expresas y entonces la nada que habías declarado cobra sentido.
—No te quedas sola, esta Sango —intento. Tú oprimes los labios un poco.
—No me gusta quedarme sin ti.
Eso sí que lo entiendo. Me acerco a ti y te tomo por los brazos para atraerte y abrazarte con todo mi amor por ti.
—Kuso, Kagome, haber empezado por ahí.
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Besos!
Anyara
