MUGEN

Invadido

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Otra vez tengo esta sensación miserable de que te voy a perder y aunque la cabeza me dice que no es más que un enfado pasajero, aún resuenan en mis oídos, y en mi corazón, las palabras que me dijiste antes de marcharte.

Te odio.

Supongo que se puede ser despreciable aunque se quiera ser bueno.

No supe decirte que estaba feliz de tenerte conmigo y el que no supieras cocinar ni una verdura no te hacía menos valiosa para mí. Sin embargo, terminé diciéndote todo mal.

Déjalo, no sabes hacerlo. Comeremos con Kaede.

No me digas eso —te quejaste y el aire comenzó a oler al agua salina de tus lágrimas que asomaron un instante después. La desesperación que suele abordarme cuando te veo llorar se apoderó de mis palabras.

Tonta ¿Por qué lloras?

Eso vino a reventarlo todo.

Sucedió hace tres noches y desde entonces no duermes aquí.

Miroku intentó hacer de conciliador entre nosotros. Fui con él hasta la cabaña de Kaede e intenté hablar contigo. Ninguno de los dos contaba con que no estabas dispuesta a perdonar mis palabras.

Hoy es luna nueva, para hacerlo todo más dramático, y siento el latido que comienza a desperdigarse por mi cuerpo un momento antes de cambiar. Me miro la mano a contraluz del fuego que he encendido en el hogar y mis garras desaparecen, lo mismo que la fuerza visible de mis manos, dando paso a las características de un humano.

Miro alrededor, llevamos viviendo en esta cabaña unas pocas semanas y todo en el espacio que se ilumina por el fuego me recuerda a ti. El futón doblado en una esquina, las hierbas que has puesto a secar junto a la ventana, la forma en que te gusta apilar los leños que utilizamos para el hogar. Todo eres tú.

La puerta se abre, me pongo de pie de un salto y te veo aparecer. No te he escuchado llegar en medio del silencio de la noche y mis sentidos no me acompañan bajo este cielo oscuro. Me miras aún desde la puerta. Debería decir algo, sin embargo no sé cómo empezar. Bajas la mirada a tus pies y aunque no puedo oler el agua salina de tus lágrimas, el pequeño encogimiento de tus hombros me avisa que quieres llorar.

Sólo me toma unos pocos pasos largos el llegar hasta ti y te abrazo con toda la fuerza que tengo. Sé que te estoy quitando el aire, no obstante te presiono durante un instante más y relajo un poco la sujeción antes de decirte al oído lo que ha estado dando vueltas en mi mente desde que te marchaste.

—No me dejes nunca.

Noto tus brazos rodearme y sostenerme por la espalda. Siento un profundo alivio en el corazón que ha permanecido enjaulado por estos días en mi pecho como un prisionero de la incertidumbre.

—No me importa comer raíces crudas contigo o asar pescado todos los días en el hogar —confieso—. Sólo quiero estar a tu lado.

Has comenzado a llorar y entre lágrimas buscas mis labios y me besas recordándome lo maravillosamente invadido que estoy de ti.

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N/A

Un pedacito más de esta construcción de vida InuKag que estoy haciendo.

Gracias por acompañarme

Anyara