MUGEN

Cuidados

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¡Tú puedes! —dijo Kagome, animándome, desde la puerta de nuestra cabaña.

Apenas había amanecido y ella ya estaba vestida y lista para ir, junto con Sango, a uno de los pueblos cercanos más grandes en busca de telas, vasijas y quizás algo especial para las familias. No era la primera vez que Kagome hacía esto, aunque sí la primera en que iba sin mí y la primera, también, desde que Moroha había llegado a nuestra vida.

¡Tú puedes! —había dicho; y sí, casi todo había salido bien, siempre que considerara que una rodilla raspada, la comida a medio comer y el cadáver de un youkai serpiente junto a nuestra cabaña era algo normal.

En cuánto Kagome cruzó el umbral de nuestra puerta, Moroha comenzó a rezongar en el futón de ese modo curioso que tenía ella y que anunciaba que despertaría dentro de poco. Su siguiente movimiento también fue el habitual. Recogió las piernas hacia su estómago y, al estar ella durmiendo boca abajo, levantó el trasero con el fundoshi de dormir que abulta un montón, creando una divertida figura. Luego de eso se sentó y con los ojos aún cerrados preguntó por ofukuro.

Decirle que Kagome había ido con la obasan Sango no fue complicado, de hecho, Moroha no mostró mayor problema con eso. No obstante, cuando tuve que darle la primera comida de la mañana, comenzó a extrañar a su madre y el avioncito que ella le hacía. Me costó acceder a hacer ese sonido que se parecía a casi todo lo que llevaba ruedas o volaba en el tiempo de Kagome; alto, inquietante y poco armónico con el espacio. Sin embargo, sólo entonces Moroha comenzó a aplaudir y recibir las cucharadas de comida picada en pequeños trozos, tal y como su madre hacía.

Lo cierto es que por la tarde nos divertimos mucho. Después de la siesta de medio día de Moro, me la metí entre el kosode y la sostuve mientras corría con ella por mitad del bosque. Contrario a lo que pudiese pensar, mientras más rápido corría, más alegre parecía. Llegamos al río y le mostré los peces que nadaban junto a la corriente. Se maravilló al sentir el frescor del agua en las manos, del mismo modo que ha hecho las veces anteriores que la hemos traído Kagome y yo. Correteó un poco por la orilla del río, se cayó y se hizo una raspadura pequeña que ella misma sopló, o lo intentó, imitando a su madre. Luego capturamos un par de peces, con Moroha atada a mi espalda, y regresamos a casa cuando el sol comenzaba a caer.

¡Has podido! —expresó Kagome, con entusiasmo contenido, cuando cruzó el umbral de la puerta de nuestra cabaña y olió el pescado asado y vio a Moroha dormida en su futón.

Ahora mismo, es ella quién duerme recargada hacia mi cuerpo, agotada de su propia jornada. La miro y agradezco que me confiara este día, porque sí, ahora sé que con esto también puedo.

Lo del youkai serpiente lo dejaré para otro momento.

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N/A

Ese "¡Tú puedes!" del inicio, le dio paso a todo lo demás.

Espero que les guste y me cuenten.

Besos

Anyara