Es la tercera noche que Haerin despierta sintiendo que el dolor la ahoga, siempre es uno de esos sueños donde Tao y ella comparten un momento feliz y ríen tanto que el estómago duele, Tao la abraza y no puede evitar las lágrimas porque el sueño es perfecto pero sabe que es eso solamente, un sueño, cuando despierte Tao no estará ahí. La sensación de pérdida es tan fuerte que despierta en llanto.

Espera que pronto esa sensación de vacío en su pecho desaparezca, quería poder olvidar que su amigo está muerto, que ha dejado atrás su cuerpo sin vida. Y tal vez un día será normal pensar en Tao, incluso decir en voz alta su nombre pero por el momento pretender es su mejor opción. Así que se apega a la idea de que todo está bien, no importa cuantos compañeros y batallas ha perdido, aún hay una esperanza pero a través de una grieta pequeña de nostalgia se filtra un sentimiento desagradable con el que no sabe qué hacer.

Así que aferrarse al enojo y rabia que siente en ese momento es mejor que el dolor. Permite que el calor en su estómago se expanda a todo su cuerpo, deja que inunde su garganta: se siente como una cápsula amarga que se rompe sobre la lengua y hace que los oídos ardan por la sensación. Invade su mente como si fuera un virus y nubla su pensamiento.

No se da cuenta que los deseos de su corazón se tornan oscuros y crueles, y lo que un día hizo por justicia ahora lo hace por venganza. La muerte de Tao no ha sido su culpa pero todo lo que sucedió después, sí.

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Nacimos de una idea.

Somos la respuesta a una plegaria, el resultado de la violencia y corrupción de un corazón roto. Fuimos concebidos para terminar con esta humanidad que solo consume. Destruiremos todo y una vez que terminemos con este planeta, seguiremos con todo aquel ser vivo que pueda ser corrompido, cualquiera que pueda ser tentado.

Cuando terminemos no habrá más corazones rotos, no habrá más dolor, ni confusión, no quedará nada.