Mis memorias olvidadas

Por Nochedeinvierno13


Disclaimer: Todo el universo de los Juegos del Hambre es propiedad de Suzanne Collins.

Esta historia participa en el "[Multifandom] Casa de Blanco y Negro 4.0" del Foro "Alas Negras, Palabras Negras".

Frase: Como rey sin corona.


1

Yo

Me despierto una vez más en el hospital.

Al ver las paredes recubiertas de azulejos blancos y la luz amarillenta que pende del techo, tengo que recordarme que ya no estoy en el Capitolio sino internado en el hospital del distrito 13. Se parece a la minúscula celda en la que me tenía encerrado el presidente Snow, de la que me sacaba solo cuando necesitaba algo de mí: aparecer en televisión para pedir un alto al fuego, mandar mensajes personalizados a cada distrito o para torturarme cuando mi esfuerzo no resultaba lo suficientemente fructífero.

La única diferencia es que aquí no existe el silencio. Estoy rodeado por un montón de máquinas que monitorean constantemente mis signos vitales, miden mis niveles de estrés y regulan la dosis de sedantes que deben bombear por la vía intravenosa de mi brazo derecho. Y, a pesar de que estoy aislado en una sala privada ―tengo una cinta de plástico que dice «mortalmente peligroso» en letras azules―, me llegan los sonidos del exterior en esas escasas ocasiones en las que la puerta se abre: zapatos que repiquetean en el suelo pulido, conversaciones de cubículos y más pitidos de monitores cardíacos.

Se supone que esta habitación está insonorizada y que funciona en doble sentido: nadie puede escuchar mis gritos y yo no puedo escuchar lo que acontece fuera de estas paredes. Pero lo hago. Y eso me lleva a pensar que el veneno que me inyectaron para manipular mis recuerdos ―los médicos se refieren a este método de tortura como «secuestro»― ha dañado mis tímpanos de forma permanente. O, simplemente, estoy imaginando lo que debe ser la vida fuera de aquí.

La puerta se abre.

Por ella entra uno de los tantos doctores que me están tratando. Viste igual que los demás: túnica blanca, camisa y pantalón gris, zapatos negros. Usa una tablilla para anotar los números que reflejan las máquinas y asiente con la cabeza.

Nunca me dicen sus nombres. No les importa establecer un vínculo de confianza conmigo. Lo único que quieren es que me recupere y me vuelva productivo para la causa. A mí tampoco me interesa. En otro momento, me hubiera esforzado por obtener una palabra, un gesto, una sonrisa que me hubiera hecho sentir reconocido; ahora, me da igual. Son extraños, rostros desconocidos que no despiertan nada en mí, y por eso me los han asignado.

―Has pasado una buena noche ―dice. Afirmación, no pregunta. Mira el gotero que está por la mitad. Eso significa que, mientras caía en el sueño, no me alteré y el flujo de la medicación no aumentó para tranquilizarme―. ¿Qué te parece si hoy intentamos algo diferente? ―Asiento―. Ya han pasado dos semanas desde la última visita.

Desde la última y única visita que he tenido.

Desde que un soldado la sacara a rastras de la habitación, Delly Cartwright —la chica con la que dibujaba sobre los adoquines de la calle de la panadería—, no ha vuelto a visitarme. Tampoco puedo culparla porque Katniss le ha envenenado los oídos con mentiras.

No.

Quiero decir, Delly me tiene miedo. La asusté cuando grité que matara a Katniss, por eso no ha regresado.

Katniss no es un muto del Capitolio. Eso es lo que el presidente Snow quiere que crea, pero no es verdad. No debo permitir que me utilicen como un arma contra los rebeldes. Los rebeldes me han alojado en su hogar porque el distrito 12 ya no existe. Los rebeldes me han dado inmunidad después de que insté a los distritos a mantenerse leales al Capitolio. Yo soy un rebelde.

―¿Quién vendrá a verme?

El doctor hace un movimiento de cabeza en dirección a la mampara que se encuentra en la pared frontal de la habitación.

La respuesta llega por sí sola.

Pelo dorado, piel besada por el sol y ojos de un inmenso azul. Le falta su característico andar, ese de «soy el rey del mundo», sigue pareciendo un rey, pero es más como un rey sin corona. Sus ojeras se parecen a las mías. Le miro los nudillos destrozados.

―¿Cómo estás, Peeta? ―me pregunta―. ¿Te acuerdas de mí?

―Finnick Odair. Vencedor del distrito 4. Acompañante de lujo en el Capitolio. Me besaste cuando choqué contra el campo de fuerza. ―Sé que técnicamente no me besó, sino que me dio respiración boca a boca porque mi corazón se detuvo por un instante, pero me apetece quitarle solemnidad al asunto. Es el primer rostro conocido que veo en dos semanas, según las palabras de mi doctor―. Eres imposible de olvidar.

Él sonríe, satisfecho.

El doctor se retira silenciosamente, pero no me dejo engañar. Sé que observará cada una de nuestras interacciones al otro lado del cristal tintado.

Finnick camina hasta mí, rodeando la cama. Ve que la manta está en el suelo, enredada entre las ruedas de la camilla metálica. La levanta y me cubre con ella. Me roza la prótesis de la pierna que perdí en los primeros juegos, pero si el metal le causa un escalofrío, no lo dice.

―No fue el mejor beso que he dado ―responde, siguiéndome el juego―. El miedo no me permitió lucirme.

Imágenes fugaces golpean mi mente.

Recuerdo la vegetación indómita de la selva, el agua salada en el paladar y el ataque de los monos modificados genéticamente por el Capitolio. También recuerdo a esa chica, la adicta del distrito 6, que se lanzó a los brazos de la muerte por evitar la mía. Nunca supe su nombre y no sé si algún día lo sabré, pero me digo que no volver a olvidar será mi prueba más grande de agradecimiento.

Ese, al igual que otras reminiscencias que he ido recuperando durante mi período de internación, parece pertenecerle a otra persona, no a mí, pero lentamente me voy haciendo la idea de que tendré que enfrentarme a ellos y cuánto antes lo haga, antes saldré de aquí.

―¿Por qué vistes así? ―pregunto. Necesito refugiarme en detalles ínfimos que no me arrastren a las pesadillas―. El gris no es tu color.

―¿A quién puede sentarle bien el color gris? ―contesta―. Pero es la vestimenta obligatoria del distrito. Cuando salgas del hospital, también la llevarás. ―Al principio, pienso que su mirada se posa en la bata que llevo; luego, comprendo que está examinando mis clavículas. He perdido masa muscular durante mi tiempo de encierro, por eso mis huesos resaltan―. No creas que te ves mejor con esta bata de hospital ―agrega.

Me siento tentado a preguntar más.

Aquí la información es escasa y suministrada con cuentagotas. Sé que, si indago, Finnick va a responderme, pero también temo que, de hacerlo, no le permitan seguir estando conmigo y no quiero volver a estar en soledad.

―¿Cómo es la vida en el distrito 13?

Finnick revolea los ojos.

―Rigurosa. Disciplinada. Todos tenemos un horario previamente establecido que cumplir. Las comidas se racionan, así como las medicinas. Es la única forma que encontraron de sobrevivir estos setenta y cinco años, y no la van a cambiar por nuestra comodidad.

Tiene sentido lo que dice.

Todavía se me hace increíble que el distrito 13 exista, que siempre haya existido en realidad. Recuerdo que, antes de cada cosecha, nos enseñaban una filmación sobre los escombros del distrito caído. Ahora sé que es mentira, que el distrito 13 creció como una raíz invertida y se extendió como un rizoma.

Finnick se sienta a mi lado. El colchón se hunde ligeramente bajo su peso. Su cercanía me sorprende y agrada a partes iguales. Él no me teme y tampoco me mira como si fuera un juguete roto al que hay que recomponer. Me masajea los dedos de la mano derecha para que la sangre vuelva a fluir libremente; luego, hace lo mismo con la izquierda. Mira las correas de cuero que me mantienen anclado en esta posición y suelta un bufido.

―Me las pusieron luego de que intentara atacar a Delly ―digo. Siento vergüenza por mi comportamiento. No he vuelto a alterarme desde entonces, pero las siguen considerando necesarias, dado que todavía sigo «secuestrado». El dolor fìsico disminuye con los sedantes; las secuelas psicológicas son más difìciles de engañar―. No serán eternas.

―Por supuesto que no ―asiente.

Sé que pretendo demasiado para nuestro primer encuentro, pero me gustaría que se quedara un ratito más. Solo un ratito más. Me gusta su olor ―huele a algodón, suave y esponjoso―, la calidez de su mano sobre la mía, sus ojos que me miran, que me reconocen como ser humano, y la media sonrisa que se esfuerza por enseñarme.

―¿Volverás? ―pregunto con la esperanza de un niño.

―Todos los días ―promete.

Y yo le creo.