Nota de la traductora: ya sé, ya sé! Qué hago subiendo otra historia cuando lo que debería estar haciendo es actualizar la que ya tengo empezada. Pues verán, en cuanto la autora me dio permiso de subir esta historia no me pude esperar más, ademas es muy cortita así que planeo terminarla el fin de semana y la siguiente semana seguir con Corrigiendo el destino. Y bueno, como ya saben, nada me pertenece, los personajes son propiedad de JKR y la historia fue escrita por Ausland, a quien pueden encontrar en FF y AO3.

Nota de la autora: Otro fic escrito originalmente para mi adorable prima. Solo una advertencia de que esto eventualmente se convertirá en una relación entre Severus Snape y Hermione Granger. En esta historia, Hermione tiene 25 años y Severus 45. Esto tiene lugar seis años después de la Batalla final, después de lo cual Severus se mudó a Estados Unidos. Por alguna razón, Hermione también está allí. Disfruten.

No había esperado verla aquí, su refugio, su santuario, el lugar a donde había corrido para esconderse del mundo y de todas las heridas abiertas y dolorosas que le había infligido.

Y, sin embargo, allí estaba ella, una desordenada maraña de rizos que luchaban por escapar de los confines de lo que en algún momento podría haber sido un peinado pulido, rostro pálido con pecas dispersas, batallando por pararse de puntillas para agarrar un libro en el estante superior. Su blusa se levantó, mostrando una franja blanca de piel que contrastaba fuertemente con su falda negra y su top verde oscuro. La mirada de triunfo en sus ojos cuando tomó el libro tambaleante del estante y lo acunó contra su pecho fue algo que él reconoció después de tantos años de haber tenido su mente brillante en clase.

Severus la miró por última vez y giró sobre sus talones, alejándose.

No había estado preparado para verla; no había estado preparado para ver a nadie de su antigua vida. El simple hecho de ver su rostro- esbelto, concentrado, con las cicatrices de la guerra, sangre y dolor en sus ojos que cualquiera podía ver- había despertado a la vida cosas que deberían haberse quedado sepultadas. Había pensado que las había sepultado para siempre años atrás.

Pero ahora Hermione Granger estaba en su somnolienta ciudad estadounidense y eso significaba que la guerra y todo lo que implicaba estaba allí junto con ella.

La primera vez que Severus vio a Hermione Granger en su biblioteca fue un martes. Había renunciado a su viaje habitual el miércoles, pero encontró que su necesidad de libros y rutinas era demasiado apremiante para postergarla hasta el viernes. El jueves se puso su abrigo negro con su habitual expresión hosca y caminó por las calles frías y ventosas hasta llegar a las puertas de la biblioteca.

El invierno de Nueva Inglaterra oscurecía el cielo temprano, convirtiendo las calles en una especie de crepúsculo gris sucio que estaba débilmente iluminado por las farolas que emitían inútilmente débiles resplandores dorados. Incluso a las cinco de la tarde, las nubes arriba eran de un púrpura amoratado, y la nieve que cubría el suelo era de un gris maligno. Se adaptaba perfectamente al estado de ánimo de Severus.

Un edificio gótico albergaba la biblioteca, cuyo interior era cálido y alegre, con un ligero aroma a menta, libros viejos y café. La familiaridad del lugar que se había convertido en su escondite tranquilizó a Severus, desvaneciendo la incómoda sensación de ver una parte de su antigua vida entre la nueva.

No es que la nueva fuera algo especial. Severus leía, hacia sus compras, se quedaba adentro cuando nevaba. Se aventuraba más allá de las paredes de su hogar lleno de corrientes de aire pero aún así cómodo, para ir al viejo supermercado destartalado, a una pequeña cafetería y a la biblioteca. Casi todos los días caminaba de su casa a la biblioteca, sumergiéndose en libro tras libro con una intensidad que asustaba a las dos jóvenes bibliotecarias.

La bibliotecaria principal, una anciana llamada Martha, estaba allí cuando entró. Ella le sonrió alegremente, sin inmutarse por su ceño fruncido.

"Tenemos otro inglés" —le dijo con ese acento americano plano y extraño que lo molestaba tanto como lo consolaba solo porque era tan diferente de los tonos de Inglaterra—. "Una chica a la que parece gustarle leer tanto como a ti".

El ceño fruncido de Severus se profundizó. "Estaré en mi área habitual", dijo brevemente.

"El cierre es a las ocho", dijo la bibliotecaria simplemente en respuesta, acomodándose en su silla.

Incluso cuando seleccionó un libro grueso y se acomodó en la silla (cómoda, gastada y con olor a antiguo y a libros) que había reclamado como suya a su llegada hace seis años, Severus no pudo evitar la sensación de que algo andaba mal. Se preguntó qué había tocado ella, qué estaba haciendo allí. Si había pasado sus dedos por los lomos de los libros a su derecha, o si había pasado por alto la sección de no ficción para dirigirse a los estantes llenos de novelas románticas y cursis.

Se suponía que Hermione Granger no debía estar en Estados Unidos. El martes por la noche se había ido a casa y se enfureció sin razón, rompiendo algunos de sus platos no tan buenos en las baldosas del piso de su cocina. Se suponía que Hermione Granger no debía aparecer de la nada y recordarle que en una pequeña isla húmeda había una escuela de magia con un cobertizo para botes que probablemente había sido demolido y reconstruido porque Severus Snape había muerto allí.

Todos lo habían dado por muerto en ese pequeño y húmedo cobertizo para botes que apestaba a agua de lago, madera podrida y serpiente. Potter había tomado sus recuerdos (sus preciados recuerdos de Lily- no preciados porque la había amado sino preciados porque le recordaban que en un momento había sido amado) y había desaparecido. La única que había mirado hacia atrás había sido Granger.

Dolor en su cuello y dolor en su espalda y dolor en su mente y solo dolor dolor dolor. Sus recuerdos se habían ido, primero se hicieron borrosos y después ya no estaban allí y no podía recordar por qué había querido que Potter lo mirara, todo lo que podía recordar era que el antídoto que había preparado y consumido hacia semanas podría haberse agotado y dejado de funcionar. Los ojos verdes se habían ido y luego el calor a su alrededor se había ido y ellos se iban.

Potter se fue primero, tenía los ojos medio cerrados, pero aún podía distinguir la forma del chico saliendo por la puerta. El pelirrojo alto fue el siguiente, y luego la esbelta figura de una chica, con la cabeza extrañamente distorsionada por su tupido cabello. Luego, en lugar de su tupido cabello, la estaba mirando a los ojos.

Duros, eran duros mientras lo miraban. Juzgando. Enojados. Luego-

Suaves.

Ella movió su varita, y de repente había una sábana blanca sobre él, cubriendo su rostro. Ella dijo algo que él no entendió, y luego se fue.

Severus gimió, la sábana estaba sobre su boca y sus ojos, pero al menos lo estaba calentando. Ya estaba pegajosa con su sangre, algo en el veneno de la maldita serpiente hacía que la sangre se negara a coagularse. O el antídoto funcionaba pronto o estaría muerto.

En el silencio de la biblioteca, Severus se llevó la mano al cuello y pasó las yemas de los dedos por la tela que cubría sus cicatrices fibrosas. Había funcionado. Él había vivido. Reunió sus fuerzas y se apareció en un hospital muggle. Lo habían curado y tan pronto como tuvo fuerzas, se fue en medio de la noche y regresó a la calle de la Hiladera. Allí recogió sus cosas, prendió fuego a la casa y al día siguiente estaba en América.

Vivía cómodamente en Maine, en un tranquilo pueblito que no prestó mucha atención cuando un hombre alto y solemne que siempre vestía un jersey de cuello alto o una levita se presentó y se mudó a una casa que no se había habitado durante casi veinte años. Severus se alegró de haber hecho su plan de contingencia cuando era joven, casi se había olvidado de la casa que había comprado en Estados Unidos meses después de que Lily muriera y él se hubiera cambiado de bando. Ahora era un lugar seguro al que volver. Un refugio seguro.

Lentamente, Severus se perdió en el libro, sus largos dedos golpeaban el costado de la silla mientras repasaba la química muggle.

Un tarareo lo sacó de sus ecuaciones y químicos. Levantó la cabeza haciendo un pequeño sonido de disgusto.

"Oh- lo siento, no quise molestar a nadie-" la dulce y clara voz se apagó, y los amables ojos marrones se abrieron como platos. "Oh Dios." Lo dijo en voz alta y entrecortada, en pánico, aterrorizada. "Ha pasado, ha pasado, me estoy volviendo loca-"

Sonaba tan absolutamente rota y aterrorizada. Severus notó los cambios en su postura, en su coloración. Vaciló, palideciendo dramáticamente cuando dejó caer los libros que sostenía y se cubrió la cara con las manos, todavía hablando consigo misma.

"Cálmese, señorita Granger," espetó Severus. "No soy ni un fantasma ni una aparición. Detenga esta-"

Estaba mirando la punta de una varita apuntando directamente a su corazón. La mano que la sostenía temblaba terriblemente, explicando por qué no apuntaba al objetivo más pequeño que era su cabeza. "Explícate," ordenó Hermione Granger, su voz no más firme de lo que había sido antes. "Severus Snape murió y yo lo vi, así que o eres alguien que se hace pasar por él o finalmente perdí la razón".

Con acciones cuidadosas y deliberadas, Severus cerró su libro, recordando la página para futuras referencias. "Error en ambos aspectos, señorita Granger".

"No soy una niña de primer año con miedo a recibir una S", dijo Hermione, con una pizca de peligro en su voz. Cuando levantó la vista hacia su cara, hacia sus ojos, había algo allí que lo inquietó. Bellatrix Lestrange solía tener ojos así. "Soy una mujer que luchó en una guerra. Vi morir a personas que amaba y respetaba, incluyéndote a ti, así que si no quieres un Imperdonable en el pecho, será mejor que te expliques".

Él le creyó. "Anti-veneno elaborado en una poción de vitamina diaria. Tomado diariamente durante dos años y medio", dijo suavemente. "Aunque-"

"Eso explicaría cómo sobreviviste", dijo Hermione, negándose a dejar caer su varita una pulgada. "Pero eso no prueba que seas quien dices ser".

Él frunció el ceño sombríamente hacia ella. "Me hechizaste en tu tercer año cuando Lupin y Black estaban teniendo su pequeña reunión. Mi comentario más frecuente sobre tus ensayos era apéguese a la longitud requerida. Me conjuraste un sudario antes de que muriera. ¿Suficiente?"

Ella lo miró por un momento, luego dejó caer su varita. "Sí." Miró los libros esparcidos a sus pies y luego se arrodilló para recogerlos. Severus se sintió vagamente mal, todavía estaba sentado y no se movió para ayudarla.

Cuando los libros estuvieron nuevamente apilados en sus brazos, ella se puso de pie y lo miró fijamente. Sus ojos se encontraron y se sostuvieron la mirada por un momento, y luego ella se dio la vuelta y se fue.

Con un suspiro, Severus se hundió en la silla, apretando la mandíbula mientras se tensaba y luego se relajaba. Se sentía extrañamente cansado, le dolían los huesos y había un cosquilleo de preocupación en la base de su columna vertebral de que ella le diría a alguien en Inglaterra que estaba vivo.

Frunció el ceño ante su libro, luego lo volvió a guardar y salió de la biblioteca.

Al día siguiente, volvió a ir valientemente a la biblioteca, con la esperanza de que ella se hubiera asustado lo suficiente y no regresara. Estaba equivocado: cuando llegó a las puertas dobles, miró a través del vidrio para verla sentada en una mesa directamente frente a la puerta. Sus ojos se encontraron, y él apretó los dientes con un chasquido audible mientras la miraba.

¿Qué la chiquilla no entendía? No quería ver a nadie de allá, no quería que le recordaran lo que había hecho y lo que no había hecho. Severus no estaba muy seguro de querer morir, pero tampoco le preocupaba vivir mucho más. Quería morir en paz, quería vivir el resto de su vida en un pueblo tranquilo donde nadie lo molestara y pudiera estar solo con sus libros y sus pociones y tal vez un gato si se llegara a sentir lo suficientemente solo.

Con un gruñido, giró sobre sus talones y comenzó a alejarse, dirigiendo pensamientos oscuros a la niña tonta que pensaba que-

"Espere- Profesor Snape, por favor-" Ella lo estaba persiguiendo. Chica impertinente.

Se detuvo y se dio la vuelta. "No tengo interés en nada de lo que tenga que decir", le susurró. "No le diga a nadie que estoy aquí". Su aliento formaba nubes en el aire frío.

"No lo haré", dijo ella, tropezando para detenerse frente a él. Respiraba con dificultad y sus mejillas estaban rosadas. Se veía asquerosamente saludable. "Yo sólo-" Ella miró hacia otro lado. "No sé."

"Obviamente", dijo arrastrando las palabras. "Márchese de aquí."

Su cabeza se levantó de golpe y sus ojos se encontraron con los de él desafiantemente. "No", replicó ella. "Estoy viviendo aquí ahora".

Esa idea lo enfureció. "Regrese a Inglaterra con su precioso Niño-Que-Vivió y su compinche maravilla", dijo en voz baja y peligrosa. "Olvide que alguna vez me vio aquí, olvide cualquier examen de conciencia que esté tratando de hacer".

"No haré tal cosa", respondió Hermione, indignada. "Estaré aquí por un tiempo".

"Entonces no me moleste" murmuró Severus, la ira, la furia y la tristeza se arremolinaban en una neblina roja e hirviente en algún lugar de su caja torácica. "Déjeme solo."

Podría haber dolor en el rostro de ella, pero no se tomó la molestia de fijarse demasiado. "Bien," dijo Hermione. "Yo solo… no estaba segura de fuera real. Pensé que me había vuelto…" Ella se interrumpió y solo lo miró. "Lo siento. Le dejaré en paz".

"Por favor, hágalo", dijo con crueldad. Ella se puso rígida, luego se alejó. Dio media vuelta y siguió hasta su casa. Al menos ahora podría tener la decencia de mantenerse alejada de la biblioteca.

A partir de entonces, solo la vio una o dos veces por semana. Un día ella estaba en el mismo pequeño supermercado al que él iba, empujando un carrito de plástico rojo lleno de todo tipo de hojas verdes y lo que parecían ser los ingredientes de un asado; él pasó junto a ella ignorándola y terminó sus compras justo cuando ella se dirigía a la caja registradora.

En otra ocasión la vio a través de su ventana, caminando, su cabello estaba desordenado y estaba bien abrigada para protegerse del frío. Había algo mal con sus movimientos- la observó por un rato antes de darse cuenta de que estaba llorando. Había algo demasiado personal en eso. Cerró la cortina y se adentró más en la casa para preparar un poco de té.

Sin embargo, la mayor parte del tiempo la veía en la biblioteca. Leía con tanta voracidad como lo había hecho en Hogwarts, devorando seis o siete libros enormes cada semana. Ella pasaba por delante de su asiento, mirando con determinación a cualquier lugar menos a él, con su testaruda barbilla erguida.

La primavera llegó con una serie de lluvias torrenciales; las tormentas de primavera aparentemente eran comunes en la región. Severus disfrutaba de los truenos y relámpagos. Sin embargo, la humedad hacía que caminar hacia la biblioteca fuera incómodo y, a menudo, recurría a usar su varita para secarse discretamente antes de entrar.

Hermione no tenía esas ideas: llevaba un gran paraguas y lo dejaba apoyado junto a la puerta cuando entraba. No podía decidir si la manera de ella era mejor o si la suya era más eficiente.

Siempre se refería a su atención hacia ella, incluso en la privacidad de su propia mente, como interés propio. La supervisaba en busca de signos de felicidad, de angustia, de preocupación. No quería perderse algo y luego encontrar a Potter y Weasley en su ciudad al día siguiente.

Pero ella parecía bastante normal. Grandes sonrisas para las bibliotecarias, charlas rápidas con todas ellas. A veces se reía, con una inclinación de cabeza que le hacía caer el pelo por la espalda. La humedad en los Estados Unidos no le hacía ningún favor a su cabello: era enorme como siempre, esponjado alrededor de su cabeza y bajando por su espalda en una masa de rizos desorganizados. Supo a través de estas conversaciones que ella trabajaba en la pequeña escuela primaria enseñando primer grado. No tenía idea de que ella tenía las credenciales para enseñar en los Estados Unidos, pero habían pasado casi siete años. Habría tenido dieciocho años durante la guerra, por lo que eso significaría que ahora tendría veinticinco. Se enteró de que su gato, Crookshanks, que nombre tan ridículo, amaba Estados Unidos. Se enteró de que ella se estaba adaptando bastante bien, muchas gracias, y que lo que en Inglaterra conocían como "thong" aparentemente, en America eran "flip flops" y que "thong" era un tipo de ropa interior escandalosa y que hablar de ropa interior hacía que Hermione se sonrojara.*

En un ataque de rebeldía, había decidido llamarla Hermione en su cabeza, no señorita Granger. Él había renunciado a cualquier derecho a ser profesor en una posición de respeto durante su último año en Hogwarts, y ella ya no era estudiante de ningún tipo. Él no le mostraría ninguna formalidad en la santidad de su propia mente.

A medida que llegaba el verano, los días se hacían más cálidos y claros. Las lluvias primaverales cesaron, las flores se abrieron hermosamente, y su continuo uso de cuellos altos atrajo extrañas miradas hacia Severus.

Incluso las bibliotecarias se dieron cuenta, o al menos, Emily, la más tonta de las dos jóvenes.

"Todos los días está aquí", le dijo a Hermione la voz alta y gorjeante de la chica. "Británico como tú, ¿no te lo dije?"

La voz de Hermione sonaba tenue cuando habló. "Martha lo mencionó una vez, creo. ¿Vendrás a la obra que están haciendo los pequeños?"

"Nah. Viene todos los días. Y él siempre viste de negro y se cubre el cuello. ¡Si yo fuera diez años más joven, juraría que es un vampiro!" Ella se rió, irritando los nervios de Severus. "¡Es tan raro!"

"Tiene todo el derecho de usar suéteres de cuello alto en el verano", dijo Hermione, con voz suave y enojada. "Así como tengo derecho a usar mangas largas. ¿O hablas de mis elecciones de ropa con otras personas que vienen aquí?"

Se fue, y Severus la observó mientras salía furiosa. Extraño, en todos sus meses observándola no se había dado cuenta de que ella nunca dejaba sus brazos al descubierto. De repente, quiso saber por qué.

A principios de julio, ambos estaban en la biblioteca, ignorándose cuidadosamente, cuando Martha se acercó a Severus y la otra bibliotecaria junior a Hermione. "La biblioteca cerrará temprano esta noche", le dijo. "Los fuegos artificiales comenzarán en cualquier momento y todos queríamos ir".

"¿Fuegos artificiales?" inquirió Severus, frunciendo el ceño mientras se ponía de pie y volvía a colocar su libro en su lugar, ante el asentimiento de aprobación de Martha.

"Es día cuatro", dijo Martha, riéndose. "El 4 de julio. Por lo general, cerramos el 4, pero este año tuve que conseguir que las chicas cumplieran todas sus horas". Eso lo explicaba: el Día de la Independencia de Estados Unidos.

Severus llegó a la puerta al mismo tiempo que Hermione, no sería bueno ser descortés, pero apenas pensó antes de abrirla para ella.

"Gracias", dijo ella, la sorpresa tiñendo su voz. Era la primera palabra que le había dicho en meses.

"De nada", dijo brevemente. Él comenzó a caminar en dirección a su casa, y ella lo siguió. Estaba a punto de gritarle cuando se dio cuenta tímidamente de que casi todas las casas estaban en la misma dirección.

Al menos no se sentía inclinada a llenar cada silencio vacío con cháchara. La noche era clara, aunque un poco demasiado cálida. Las luciérnagas parpadeaban en los arbustos y volaban perezosamente por el aire, y las cigarras cantaban sin ser vistas en los árboles.

El aire tembló con la presión, un fuerte sonido apresurado presionó su pecho y se disparó hacia arriba. Sonó un boom y el cielo se iluminó con chispas de colores. El pánico se apoderó de Severus cuando la chica a su lado se congeló de miedo, su expresión se mostró claramente en un rostro coloreado por el rojo y azul del cielo. Dos estruendos más sacudieron la tierra y sin pensarlo la agarró y corrió unos pasos más hacia su casa, arrastrándola con él mientras la adrenalina llenaba su sangre y su corazón latía con fuerza en sus oídos. Su varita estaba en su mano antes de pensar y estaba a la mitad de conjurar un escudo cuando se dio cuenta de dónde estaba y qué estaba pasando.

Era desconcertante la forma en que la guerra y la lucha habían vuelto a él con una claridad repugnante. En medio de la lucha, nunca había perdido los nervios como ahora, tal vez porque se había acostumbrado a la sensación de seguridad que tenía en este pequeño y tranquilo pueblo. En Inglaterra había estado constantemente esperando morir, aquí no lo estaba. Estaba a salvo, y solo eran fuegos artificiales. Y otra serie de rugidos que sacudieron la tierra enviaron más colores al cielo, con vítores desde el parque donde una multitud de personas se había reunido para mirar.

Se dio cuenta con un sobresalto de que todavía estaba sosteniendo a Hermione. "Mis disculpas", dijo, soltándola inmediatamente.

Con un sonido entrecortado, ella se aferró a él, los ojos todavía muy abiertos por el miedo. Ella estaba temblando, notó, temblando tan fuerte que cuando él la trató de estabilizarla él mismo se sacudió.

"¿Qué-qué-" estaba tratando de decir, pero tenía problemas para respirar, jadeaba y sus rodillas se doblaban. Él la sostuvo aún más, pero sintiéndose arrastrado hacia abajo con su peso, murmuró una maldición y la levantó por completo.

La puerta se abrió cuando su mente se concentró en ella; entró y cerró de golpe detrás de ellos, haciendo un ruido que hizo que Hermione se estremeciera dramáticamente en sus brazos. Su calidez era extraña, inquietante. Rápidamente la depositó en su sillón, arrodillándose en el suelo frente a ella.

"Son los fuegos artificiales", dijo con voz áspera. "Sus celebraciones del Día de la Independencia. Son solo fuegos artificiales".

Por un momento ella solo lo miró, ojos angustiados aterrorizados y rotos, llenos de lágrimas. Luego se derrumbó, colapsando sobre sí misma mientras sollozaba. Daba una imagen lamentable, la chica doblada sobre sí misma, agarrándose las extremidades y temblando de miedo y entre sollozos.

Le angustiaba verla con un dolor tan evidente; a Severus Snape le tomaba mucho tiempo apegarse a la gente, pero conocía a esta chica desde hacía catorce años y era su último vínculo con Inglaterra y la magia. "Deja de llorar. Por favor. Son solo fuegos artificiales". No estaba suplicando, exactamente, ni rogando.

Estaba llorando tan fuerte que se cayó de la silla; no era de extrañar, era demasiado grande y él la había colocado demasiado cerca del borde. Hermione cayó encima de él y él instintivamente la abrazó. Pequeños puños apretaron con fuerza su camisa, y ella lloró sobre su camisa, en sus brazos.

Su forma era femenina, redondeada y suave en la mayoría de las áreas. Sin embargo, sus codos eran huesudos y las rodillas le presionaban los muslos. Silenciosamente acomodó su cuerpo hasta que estuvo perfectamente alineado con el de él, y dejó que ella terminara sus sollozos en el hueco entre su hombro y su clavícula.

El tiempo no se arrastró lentamente ni duró una eternidad; en cambio, la sensación de sostenerla y brindarle consuelo y seguridad pasó rápidamente hasta que los pequeños hombros se tranquilizaron y dejaron de temblar, y el cálido aliento en su cuello se hizo más lento. Pronto se quedó quieta, y las manos enroscadas en puños en su camisa se aflojaron y ella se sentó tentativamente.

Torpemente, él se apartó. "¿Té?" preguntó.

"Por favor", respondió Hermione, negándose a mirarlo a los ojos.

Él la levantó de nuevo y la colocó en la silla, sintiendo su vergüenza y humillación. El acto físico de preparar el té fue simple y relajante: lanzó un hechizo y limpió los mocos y las lágrimas de su cuello de tortuga y colocó con cuidado la bandeja del té. Afuera de la ventana de su cocina todavía podía escuchar el estruendo y ver el destello de los fuegos artificiales, iluminando el cielo en azul, rojo y blanco.

Cuando llevó el té a la sala de estar, el rostro de Hermione estaba seco, aunque todavía enrojecido, y solo le temblaban las manos. "¿Te gustaría algo más fuerte en el té?"

Ella sacudió su cabeza. "No sería una buena idea", dijo con voz ronca. "El alcohol- he descubierto que agrava el daño nervioso causado por el Cruciatus".

Mientras le entregaba la taza, hizo un cálculo rápido en su cabeza. El daño por cruciatus entre los mortífagos jóvenes no era nada infrecuente: en los viejos tiempos, el Señor Oscuro se había contenido cuando castigaba a los seguidores y sus mortífagos mayores habían construido gradualmente una resistencia a medida que su señor y maestro caía en la locura y los torturaba por períodos cada vez más largos. Para que Hermione siguiera experimentando las consecuencias después de casi siete años, tendría que haber estado bajo la maldición durante un período prolongado de tiempo. Entonces recordó: había sido torturada por Bellatrix en la Mansión Malfoy y había escapado.

"Podría preparar una poción para ayudarte", dijo, sin saber si ella aceptaría su ayuda.

La mirada que le envió estaba llena de esperanza. "¿De verdad?"

"No me ofrecería si creyera que no es posible", dijo, un poco molesto porque ella dudara de él.

Inmediatamente se ruborizó. "Lo siento", murmuró ella. "Es solo que he estado buscando algo por... bueno, al menos cinco años. Me había rendido". Ella se encogió de hombros.

Ahora se sentía mal. "Era un problema frecuente entre los mortífagos", dijo con voz forzada. "No eran útiles si estaban temblando y alucinando. Y los ataques aparecían sin previo aviso-" se detuvo de repente. "¿Qué tan malo es?"

Hermione miró su té, sus manos blancas envolvieron la taza. "Malo", admitió ella. "En los primeros años era peor. Al menos dos convulsiones a la semana, a veces hasta una al día. Las alucinaciones no eran tan severas, solo me regresaban a ciertos momentos. Ahora tengo tal vez una o dos convulsiones cada seis meses. Y solo tengo esas regresiones cuando hay un desencadenante. Como-"

"Como los fuegos artificiales," terminó Severus. "Sé lo que puede ayudar".

Dejó escapar algo que era una mezcla entre un suspiro y una risa. "Todo este tiempo estuve pensando que si estuvieras vivo, maestro de pociones, podrías inventar algo. Y luego te encontré cuando finalmente me rendí y-" lo hizo de nuevo, pero esta vez sonó más cerca de un sollozo.

El sentimiento de culpa empeoró. "¿Y por qué estás aquí?"

Ella encontró sus ojos con los suyos, que eran oscuros en su pálido rostro. La oscuridad de su masa de cabello y los diminutos puntitos de sus pecas hacían resaltar el tono de su piel. "Me sentía fuera de lugar allí. Todo y todos me recordaban a la guerra, pero todos seguían adelante y yo estaba estancada...", su voz se apagó. "Enseñé en Hogwarts durante un año. Defensa. No podía seguir así. Neville está enseñando Herbología. Sprout se retiró".

"Entonces reabrió", dijo Severus, sin saber qué decir.

Hermione asintió, aparentemente agradecida de haber encontrado un tema más seguro y menos personal. "Tomó casi cinco meses de reconstrucción, pero el castillo salió adelante. Pusieron un monumento con todos los nombres de los caídos, muggles y magos por igual".

"¿Está mi nombre ahí?" Severus preguntó, mórbidamente curioso.

Hermione hizo una mueca. "Sí", respondió ella. "La mayoría de los nombres están en orden, pero Harry insistió en que al tuyo se le diera un lugar de honor porque-" volvió a hacer una mueca. "Él te usó para derrotar a Voldemort".

Eso confundió a Severus. "¿Me usó?"

"Usó el conocimiento de tu verdadera lealtad," aclaró Hermione. "Que no fuiste leal a Voldemort porque él mató a Lily y tú-" Se detuvo. "Tuve algunas palabras con Harry después de eso sobre revelar cosas personales frente a grandes multitudes".

Severus rió amargamente. "¿Así que ahora soy un héroe por una exageración?" preguntó sarcásticamente. "Puedo verlo: qué trágico fue que el murciélago grasiento de las mazmorras se enamorara de Lily Potter y su amor por ella salvara al Niño-Que-Vivió".

Se acabó el té, así que recogió las cosas del té y las puso en la cocina, tomándose un momento para calmarse. Cuando regresó, Hermione estaba acurrucada en el sillón. "¿Así no fue realmente, entonces?" ella preguntó.

"No," dijo Severus brevemente. "Allá nada era lo que parecia".

"Me encuentro de acuerdo contigo", dijo Hermione irónicamente. "Pensé que las cosas cambiarían después de la guerra, que el sistema cambiaría y que la igualdad para todos sería posible... en fin, aprendí que estaba siendo ingenua e idealista".

"Yo podría haberte dicho eso," dijo Severus con una risa corta. "¿Pedo?"

"P.E.D.D.O.", replicó Hermione. "Tenía quince años". Había un rastro de sonrisa en su rostro. "¿Sabías sobre eso?"

Severus sonrió. "Era un chiste bastante contado entre el personal", dijo Severus, tratando de mantener su tono neutral. "Desde hipogrifos hasta elfos domésticos. Pensé que las siguientes serían las arpías". Se sentía como un sueño, estar sentado en su sala de estar con una ex alumna, muy posiblemente la alumna más molesta que había tenido, hablando sobre los derechos de los elfos domésticos y el pasado.

Hermione gimió, apoyando la cabeza en el asiento de la silla. Los ojos de él recorrieron la larga extensión del cuello que se reveló, esbelto y blanco y enmarcado por rizos. El nudo en su vientre lo inquietó, y apartó la mirada hacia sus libreros.

Otra explosión de fuegos artificiales, esta vez más grande, sacudió el suelo, y tanto el mago como la bruja se estremecieron. "No esperaba eso," admitió Hermione. "Probablemente por eso la reacción fue tan mala".

"A mí también me tomó por sorpresa", dijo Severus, frunciendo el ceño hacia la ventana y el cielo multicolor detrás de ella. "Demasiado brillante y demasiado fuerte".

"¿Tienen fuegos artificiales en cualquier otra época del año?" preguntó Hermione, temblando. "No me gustan".

"Nochevieja", respondió Severus después de pensarlo un momento. "No estabas aquí entonces, ¿verdad?"

"No", respondió Hermione. "El período de primavera de la escuela comenzó a fines de enero y llegué justo a tiempo. Cuando te vi era mi... segundo día aquí".

Los dos estuvieron en silencio durante un largo rato, el único sonido en la habitación era el de sus respiraciones. Severus echó una mirada evaluadora alrededor de la casa, contento de que ordenaba constantemente y no era una persona muy desorganizada. Las cortinas de las ventanas eran de un verde oscuro y en su mayoría se encontraban corridas, el piso era de madera que solo estaba rayado en algunos lugares. Los pocos muebles eran viejos y desgastados por el tiempo, el escritorio a un lado estaba un poco polvoriento y sin usar. Un pasillo a un lado conducía al baño y las escaleras conducían a su dormitorio, al otro lado había una habitación libre que usaba como biblioteca. En el sótano estaba su laboratorio de Pociones, y en el ático de arriba guardaba las pocas cosas que había traído de Inglaterra.

"Se está haciendo tarde", dijo Hermione con pesar. "Debería irme a casa". Miró preocupada el reloj y luego a las ventanas.

Los fuegos artificiales seguían explotando, seguían produciendo ruidos y colores brillantes. Severus suspiró. "Iré contigo."

Al menos esta vez sabía que no debía preguntarle si estaba seguro. "Gracias," fue todo lo que dijo. Se pararon al mismo tiempo y salieron de la casa. Afuera, los sonidos de los fuegos artificiales eran más fuertes, y ella se estremeció de nuevo, a pesar del aire cálido y su delgada camisa de manga larga.

El camino a su casa fue rápido y silencioso, interrumpido solo por el estallido de los fuegos artificiales. La casa que Hermione había elegido era pequeña, linda incluso, con un techo empinado en forma de A y persianas azules. "Buenas noches," dijo Severus, deteniéndose torpemente en la puerta.

"Buenas noches," dijo Hermione, un tono serio en su voz y una mirada seria en su rostro. "Gracias. Por todo, profesor".

"Severus," dijo rápidamente. "Ya no soy tu profesor".

Ella le sonrió. "Y ya no soy tu estudiante. Hermione, entonces."

Había estado repasando los ingredientes que necesitaría para la poción que estaba planeando de camino a su casa. Un inventario mental de su almacén le había informado que necesitaba varias cosas. "¿Te gustaría venir a Salem conmigo este fin de semana? ¿Por la poción?" Tan pronto como salió la pregunta, se arrepintió.

Ella se iluminó y sus dudas se desvanecieron. "Me encantaría. Hay que conducir, ¿no? Tengo un auto que podríamos llevar, aunque casi no lo uso".

"O podríamos Aparecernos," sugirió Severus, con una seca diversión en su voz. Hermione se ruborizó.

"Eso también funcionaría", estuvo de acuerdo.

Él sonrió. "Entonces estaré aquí a las nueve de la mañana del sábado", dijo con firmeza.

Los tres días que transcurrieron entre el cuatro de julio y el sábado por la mañana transcurrieron con una lentitud insoportable. Los libros aburrían a Severus. En cambio, dedicó su tiempo a escribir los pasos de la poción, revisando los ingredientes, considerando nuevas técnicas y cómo podrían aplicarse para lograr su propósito.

Vio a Hermione una vez mientras caminaba por el parque de camino a la cafetería en la que a veces tomaba un bocadillo; ella saludó con cautela y él asintió en su dirección. Dio propinas especialmente buenas ese día, y aunque se dijo a sí mismo que era porque el adolescente que estaba a cargo de la caja registradora era apropiadamente apático, no fue lo suficientemente convincente como para engañarse a sí mismo.

El sábado, Severus se levantó a las siete y terminó de ducharse, vestirse y comer a las ocho. Tenía una hora para acortar hasta las nueve, y la pasó alternando entre caminar y revisar su lista de ingredientes. A las nueve estaba llamando a la puerta de Hermione.

Cuando se abrió, estaba medio sin aliento, con una gran sonrisa extendiéndose por su rostro. "Lo siento, ya casi estoy lista. Adelante, solo necesito agarrar mi bolso y tratar de hacer algo con mi cabello".

Entró en la casa, era un hombre alto y la puerta era apenas más alta que su cabeza. "¿Llegué temprano?" Una mirada hacia el reloj en su repisa le dijo que no era así.

Hermione solo se sonrojó. "Me desperté tarde", dijo en explicación. "Y mi cabello decidió ser difícil".

De hecho, los rizos volaban por todas partes. Con un suspiro, se apoyó contra una de las paredes. "Lo puedo ver."

Ella le hizo un gesto con la mano y se adentró más en la casa. Aprovechó la oportunidad para mirar a su alrededor, era bastante pintoresca, mucho encaje pero sin adornos. Había una pila de cartas sobre el escritorio, así como lo que parecían planeaciones escolares. Él sonrió, estaba contento de haber renunciado a la docencia antes de que lo volviera loco. Las estanterías estaban repletas y Severus podía contar dos tazas de té abandonadas, una sobre la repisa y otra sobre una mesa pequeña. Había una tele que parecía poco usada y tres o cuatro sillas cómodas, todas rodeadas de libros. En la nevera había varios dibujos y pinturas infantiles, todos colocados con cariño.

Hermione corrió de regreso, con el cabello firmemente sujeto (aunque algunos mechones ya estaban luchando por escapar) y una bolsa en su hombro. "Está bien, estoy lista".

"Bien," dijo Severus secamente. "¿Has estado en Salem antes?"

"Solo una vez, cuando tomé el Traslador de larga distancia" dijo Hermione, arrugando la nariz. "¿Te gustaría Aparecernos a ambos?"

Él asintió una vez. "Sería lo mejor. El gobierno estadounidense no rastrea la Aparición como lo hace el británico: la libertad de las personas, y todo eso. Seremos indetectables".

Severus le ofreció a Hermione su brazo. Ella lo miró por un momento, sorprendida, luego enganchó su brazo con el de él y agarró su bíceps con fuerza mientras se comprimían a través del tiempo y el espacio. La familiar sensación de aire siendo expulsado de sus pulmones mientras su cuerpo salía disparado a través de una serie de apretados tubos de acero se desvaneció justo cuando la falta de aire se volvía incómoda.

Llegaron a un callejón no muy lejos del edificio anodino que era la entrada a la versión de Salem del Callejón Diagon. Hermione se apartó y se encorvó, tosiendo fuerte. Una chispa de preocupación se encendió en el pecho de Severus, la preocupación de que él la había hecho sufrir una desparticion dejado atrás sus pulmones o que ella no había estado preparada y...

"Estoy bien," graznó ella. "Ay."

El alivio se estrelló contra él como una ola que lo puso furioso y feliz al mismo tiempo. "Vámonos, entonces."

Por alguna razón, le ofreció su brazo de nuevo. Sus ojos estaban llorosos cuando lo miró y sonrió. "Gracias", dijo felizmente, y lo tomó. La sensación de pequeños dedos descansando en su brazo era extraña, pero buena.

Los dos caminaron por la calle vacía, mirando a ambos lados antes de entrar en el pequeño edificio cubierto de carteles descoloridos que anunciaban una banda, algo que recordaba vagamente de los años ochenta. Atravesar la ilusión era como salir de debajo del agua: lo que había sido una burbuja silenciosa de paz, quietud y soledad (qué extraño era que la presencia de ella se registrara de manera diferente en sus sentidos) a una cacofonía de ruido que había sido silenciada antes.

La Villa de Salem se instaló como un mercado de agricultores, casi, con vendedores alineados en las calles y anunciando ofertas de sidra de manzana, pastel recién hecho y perros calientes. Por primera vez en meses, Severus escuchó conversaciones a su alrededor llenas de palabras imposibles de encontrar en el mundo muggle; muggle, por ejemplo, Saeta de Fuego y Harry Potter.

"¿Él es noticia incluso aquí?" Hermione susurró. "Merlin."

Los labios de Severus se curvaron. "Incluso en Estados Unidos, El Niño Que Vivió es famoso. La única persona que sobrevivió a dos maldiciones mortales. Un milagro. Y una celebridad".

Los labios de Hermione se fruncieron y miró a la multitud con ojos insolentes. "Vamos a encontrar lo que necesitamos", dijo finalmente. "Me alegro de no ser tan famosa como él".

Él la miró con una mueca burlona. "¿Quieres decir que estoy en presencia de una celebridad?"

De nuevo arrugó la nariz en una mueca que parecía la de una adolescente. "Tonto. Tú también lo eres, ¿sabes? Al menos en Inglaterra".

Caminaron por la calle adoquinada en un agradable silencio. El calor era tan opresivo aquí como lo era en Maine; Severus lanzó hechizos refrescantes sobre los dos. Llevaba, como era su costumbre incluso en el calor del verano, un jersey de cuello alto. Hermione vestía una camiseta de manga larga en un hermoso color gris. Se preguntó qué escondía ella en sus brazos.

Fue bastante rápido encontrar un vendedor de ingredientes para pociones. Severus miró los intestinos de salamandra y la belladona con ojo de experto, frunciendo el ceño al vendedor cuando le mostró la piel de un knewase.

"Debemos encontrar otro lugar", le dijo a Hermione, la ira se reflejaba en su voz. "Estos ingredientes son de mala calidad".

Con una mueca de desdén, se alejó, disminuyendo el ritmo para que Hermione pudiera seguirlo. "¿La siguiente, entonces?" ella preguntó.

Los siguientes tres no tenían la calidad que Severus estaba buscando, pero el quinto tenia bayas de solanáceas a un precio razonable y heliotropo lo suficientemente fresco como para hacerle llorar. Eran las once y media cuando terminaron de hacer sus compras. Severus miró a Hermione con tanta incredulidad cuando ella se ofreció a pagar que se apresuró a guardar la billetera en su bolso y murmuró una disculpa.

"¿Tienes hambre?" preguntó Severus de repente. Por lo general, no comía mucho, pero muchas personas a su alrededor estaban comenzando a almorzar y se preguntó si ella tenía hambre y no decía nada. También había estado mirando a los diversos vendedores de comida.

Ella se encogió de hombros. "¿Y tú?" Ah- ella estaba evitando la pregunta.

"Esa no es la respuesta a la pregunta que hice", respondió con sarcasmo. "¿Tienes hambre?"

"Entonces, si" respondió Hermione tratando de ser igualmente sarcástica. "¡No tuve tiempo de desayunar!" Ella pareció horrorizada de repente, él estaba confundido hasta que ella le explicó. "Mi estómago no estaba haciendo ruidos, ¿verdad?"

Qué- "No", dijo. "¿Qué te gustaría?"

"No sé, pero yo invito", dijo con firmeza. "Me toca. En aras de la justicia". Ella lo miró, estirando ligeramente el cuello. "Estamos en Estados Unidos, ya sabes", dijo con seriedad. "Democracia. Justicia e igualdad y todo eso".

Él resopló, pero permitió que ella comprara pretzels para ambos, con la promesa de almorzar más tarde. Les tomó tiempo salir de la Villa de Salem, pero cuando finalmente llegaron a la calle muggle, la falta de ruido era casi ensordecedora.

El almuerzo se realizó en un pequeño restaurante que ofrecía auténticos mariscos americanos; él pidió sopa de almejas y Hermione pidió una especie de ensalada de cangrejo, papas y salchichas que pareció disfrutar mucho.

No había estado muy seguro de qué esperar en cuanto a la conversación con su antigua alumna, todo lo que sabía sobre ella no era realmente tanto. Era joven, sí, pero él sabía que no parlotearía sobre los problemas promedio de la bruja promedio en sus veintes. Y era inteligente, pero no era el tipo de académica torpe que solo podía hablar sobre una pasión en particular.

En cambio, hablaron de cosas triviales. Los hábitos estadounidenses que encontraban extraños, el trabajo de Hermione como maestra de escuela, las bibliotecarias, teoría de Pociones. Le complació descubrir que su comprensión de su arte era sorprendentemente buena, un testimonio de su enseñanza o de su propia investigación, no lo sabía. Hermione era una animada compañera de conversación, con un ingenio tan rápido como el suyo, si bien no tan mordaz. Ella ya sabía que no debía tomar su sarcasmo en serio; de hecho, se rió de su humor seco.

Los temas que la pareja evitaba incluían la guerra y la gente mágica en Inglaterra. Evitaron con cautela nombres y lugares que pudieran causar una reacción en el otro, y evitaron ciertas preguntas. La comida desapareció, pero se quedaron en el restaurante hasta que la camarera trajo la cuenta con una pregunta bastante mordaz sobre el postre.

Eran las dos en punto cuando Severus los Apareció a ambos en la sala de estar de Hermione, los dos aterrizaron limpiamente en el piso de madera.

"Toda la mañana fue encantadora", dijo Hermione, con un toque de melancolía en su tono. "Si no te importa, ¿puedo mirar mientras preparas la poción?"

Una pizca de duda y timidez paralizó a Severus por un momento, pero rápidamente recuperó el juicio y respondió. "Si quieres. Había planeado comenzar mañana por la mañana. La primera parte es bastante delicada y requiere atención continua durante más de seis horas".

Ella le sonrió. "Entonces, ¿a qué hora debo venir?"

"¿Diez?" él sugirió. "Podríamos preparar los ingredientes, comer y luego comenzar".

Ella lo recompensó con una sonrisa aún mayor. "Perfecto. Te veré entonces".

Se fue rápidamente, sin poder evitar que una pequeña sonrisa se extendiera por su rostro. Había algo que anhelar en el horizonte.

*Como sabrán, "thong" es español significa "tanga", pero en algunos lugares se les llama así a las sandalias que se usan para la playa.

Nota de la autora: Esta es solo la primera parte. Habrá al menos una más, tal vez dos. Quería probar un estilo diferente (como escribir solo desde la perspectiva de Severus) ¡y espero que lo hayan disfrutado! Si lo hiciste, dime por qué, en una reseña, ya sea aquí o en tumblr. Por supuesto, si sabes leer en francés, mi prima tiene unas historias preciosas. ¡Gracias por leer!

Nota de la traductora: para empezar, el hecho de que Severus tuviera la oportunidad de sobrevivir y reclamar su propia vida ya es suficiente para que me encante este fic, ya que considero que pagó con creces sus errores y se merecía vivir. Por otro lado, aunque hasta ahora estaba contento, la vida y sus casualidades ahora le presentan una oportunidad de ser feliz, aunque al principio él no lo viera de esa forma. Me da gusto que en un mismo capítulo los vemos pasar de conocidos hostiles a los inicios de una amistad, y solo les tomó meses 😅 ya veremos como se desarrolla todo en los próximos capítulos. Besitos.