Agradecimiento especial a Estefania Rivera por su aporte e inspiración para este capítulo y los tres que prosiguen. Me salvaste.
Capítulo beteado por Yani, gracias por ayudarme.
Aviso: Estoy haciendo mi mejor esfuerzo por basarme en costumbres y creencias del grupo indigena Yanomami. Comunidad étnica en la que me he basado para recrear el lugar que narro, por supuesto que siempre con mucho respeto.
Disclaimer: la mayoría de los personajes mencionados son propiedad de Stephenie Meyer.
Capítulo 16
Bella
Desorientada corrí sin descanso entre la vegetación.
Los ruidos me sobresaltaban y la lluvia me aterraba mientras mis pies descalzos se deslizaban entre el barro y la maleza; mi ropa mojada se adhería a mi cuerpo volviéndolo pesado.
No sabía cuánto tiempo llevaba caminando, pero no tenía fuerzas para continuar.
Sin embargo, sabía que no podía detenerme… corrí, caminé y me detuve al llegar a un arroyo.
Me llevé una mano a la cabeza y vi la sangre fresca en mi palma.
Había vuelto a sangrar.
El vértigo volvió y las náuseas hicieron lo propio.
Apenas di un paso y mi cuerpo resbaló, volviendo todo oscuro.
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Grité y me defendí a patadas al escuchar una voz grave que me hablaba.
―No te haré daño ―susurró el hombre en mi idioma―, lo prometo.
La cabeza me iba a explotar, la luz estaba lastimando mis ojos. Los cerré fuertemente esperando que el dolor pasara, pero no fue así.
Asustada intenté salir de esa incómoda cama. Todo mi cuerpo dolía y mis piernas no querían responder. Necesitaba salir, no entendía el porqué, solo quería salir corriendo.
El hombre alto y fornido se acercó, deteniéndome con sus manos. Me hizo sentarme de nuevo y me recostó encima del mugriento colchón.
Mi respiración se agitó tan fuerte que mi cuerpo empezó a temblar.
—Por favor ―pronunció en un tono suave―, lastimarás a tu hijo si no te controlas.
Junté las cejas. Su mirada bajó lentamente a mi vientre y descubrí la gran barriga que tenía.
Mi corazón empezó con ese latir de tambor que retumbaba en mis oídos, escuchaba claramente su palpitar.
Mis manos fueron a mi hinchado vientre y empecé a llorar.
Estaba enloqueciendo.
―Mi nombre es Nahuel ―articuló con un español lento al mismo tiempo que movía sus manos―. Soy el curandero de la aldea. Ustedes lo conocen como médico. ¿Cómo te llamas? Por favor, no llores.
Negué con la cabeza, me sentía muy confundida.
―No importa ―musitó―. Te llamaré Wenda, significa mujer luchadora.
―Yo… ―Sacudí la cabeza, me dolía lo suficiente para no soportar la luz que se colaba entre los espacios de la choza―. ¿Dónde estoy?
Él suspiró largamente. Tiró de una extraña silla que no tenía respaldo y la puso frente a mi colchón, sentándose. Me observaba fijamente con sus orbes oscuras.
―En lo más recóndito del Amazonas, ¿has escuchado de los yanomami? Supongo que no por tu cara. Somos una tribu lejana de la civilización, que aún conserva tradiciones ancestrales. Aquí hemos cuidado de ti desde que te encontré hace siete meses.
―¿Siete meses? ―De nuevo la sensación de angustia se apoderó de mi cuerpo. Empezó ese sentimiento clavado en mi pecho.
Quería salir corriendo. Correr mucho y desaparecer.
―Has estado la mayor parte del tiempo inconsciente, te encontré mal herida, con un gran golpe en la cabeza y a punto de ser arrastrada por la corriente del río. Has despertado poco y no lograbas pronunciar una palabra, solo has comido en exceso.
Llevé las manos a mis sienes y me ovillé en la cama. El dolor iba a matarme y pensé que no solo sería el maldito dolor, sino que no íbamos a poder entendernos. No existiría comunicación porque había escuchado que hablaban un dialecto extraño.
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Era una mañana cuando salí de la choza donde dormía. La luz aún seguía molestando mis ojos, era una sensación que no me permitía disfrutar de la naturaleza que me rodeaba.
Los habitantes me observaban raro, logrando intimidarme. Murmuraban en su dialecto mientras me veían pasar acariciando mi gran barriga.
Llamaba mi atención que eran demasiado bajos de estatura, incluso más que yo, y que solo Nahuel y otra chica fueran altos en toda la aldea.
Todo en el lugar era sencillo, las chozas tenían techos de paja y la gran mayoría andaban descalzos, era algo a lo que no me podía acostumbrar.
No me quejaba, aunque me sentía intranquila, también lograba sentir el cobijo y protección que necesitaba.
―Nohí.
Me giré hacia esa voz profunda y desconocida. Era una mujer con el cabello tan largo que parecía Medusa.
―Te estoy llamando amiga en mi idioma. Falas portugués?
Sacudí la cabeza, negando.
―Soy Huilen. ―La chica me sonreía alegremente―. Nahuel hermano mío.
Era muy parecida al que ahora sabía era su hermano. Huilen, al contrario de su hermano, era una mujer espontánea y dicharachera. Nunca se cansaba de parlotear; tenía sueños, muchos, y uno de ellos era salir lejos de su comunidad. Un deseo que según ella estaba muy lejos de suceder.
Entre mis dudas quise saber quién se había encargado de mi aseo personal. Me dejó tranquila confesando que había sido ella. Que su hermano era demasiado caballeroso para atreverse a acercarse a mí sin que no hubiera más personas alrededor.
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La vida se fue y regresó en segundos que escuché el chillido más hermoso que alegró mi alma.
Era un llanto fuerte que parecía protestar por cobijo.
―Es una niña. ―Nahuel la dejó en mi pecho y mis brazos instantáneamente la arroparon protectores.
Era un diminuto cuerpo caliente y sonrojado que era capaz de traer paz a mi desconsolada alma.
Sonreí maravillada al ver lo perfecta que era con esa cabeza calva y la nariz en forma de botón, me sacó una sonrisa al apreciar el puchero formado en sus diminutos labios rosas.
No protesté cuando Huilen puso unos chiqueadores en mis sienes. Era una hierba llamada pápalo, era ansiolítico y a la vez antidepresivo.
Según Nahuel temía que estuviera cayendo en depresión al no poder recordar mi pasado.
―Aline ―susurré―. Quiero que se llame así.
En mi mente estaba muy presente ese nombre y no comprendía la razón. Acerqué a mi bebé a mi rostro y me regocijé con su olor delicioso, quería impregnarme de ella.
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De nuevo estaba viendo hacia el cielo oscuro.
Se había convertido en un hábito, lo hacía cada noche después de dormir a mi bebé Aline.
Me tomaba el tiempo, solo salir algunos pasos lejos de la choza y así mirar el cielo, había algo en él que me llamaba la atención. Podrían ser las estrellas luciendo como pequeñas luciérnagas en el firmamento o posiblemente era algo más que me atraía.
Los dolores de cabeza persistían, así como algunos flashes que llegaban como recuerdos. Lo curioso era que siempre había lluvia en cada remembranza.
De algo estaba segura, era una mujer casada porque mi dedo anular tenía una alianza platinada, también tenía una cicatriz de diez centímetros en mi vientre bajo, era una cesárea.
Tenía hijos, un esposo. Una familia que seguramente me buscaba.
Dejé que mis lágrimas fluyeran y así encontrar un poco de desahogo.
―Sabía que estarías aquí ―me dijo Nahuel cuando llegó junto a mí. Lo miré de soslayo, su estatura de casi dos metros me hacía recordar a alguien, pero no sabía exactamente a quién.
―Me quiero ir.
―Lo sé.
―No, no sabes ―lo enfrenté, golpeando con mis puños su duro pecho―. ¡Quiero irme de aquí! ¡Quiero ir con los míos! Quiero saber quién soy ―lloré sin dejar de golpearlo.
Estaba cansada de los malditos dolores de cabeza y de no saber quién era. No quería seguir viviendo en un lugar donde no era bienvenida.
No podía seguir aquí, necesitaba huir.
Son tres capítulos donde Bella nos interna en su mente y en lo vivido estos años. Quizá este capítulo las deje más confundidas o ansiosas, pero ya nos quedará más claro cuando termine de contarnos su larga estancia en esa comunidad. Estoy muy agradecida con su apoyo, realmente estoy tratando de dar lo mejor para estar a sus expectativas.
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