¡Hola a todos! ¡Lamento la tardanza! ¡Pero ya estamos aquí! ¡Bienvenidos a un nuevo capítulo! La historia original pertenece a Mitzuki e Igarashi, y que ésta es una adaptación de mi autoría, sin fines de lucro, hecha totalmente ¡por cariño a nuestra linda pareja de rubios! ¡Bendiciones!
"UNA DECISIÓN DE VIDA"
CAPÍTULO XXII
Al casi detenerse el auto, la portezuela del vehículo ya iba totalmente abierta, y Anthony saltó a la banqueta y corrió dentro de su casa antes de que Stear terminará siquiera de estacionarse. Sus primos lo siguieron después corriendo también dentro de la Mansión Brower.
Habían recibido una llamada desde el nuevo teléfono recién instalado en la mansión, avisando del percance.
Tras abrir la puerta principal, el alto rubio se dirigía a toda velocidad hacia la escalera ancha de madera en medio del vestíbulo, cuando una voz lo detuvo.
"¡Anthony!"
El muchacho se congeló en los primeros tres peldaños y volviéndose, miró hacia dentro del salón de la sala principal de donde creyó oír la voz, y vio a su pecosa sentada en el diván francés, cubierta hasta su cintura con una colcha, y un blanco chal sobre sus hombros.
Con el alma de vuelta al cuerpo, el joven Brower regresó sus pasos y corrió hacia ella. Entrando en la sala, se hincó frente a la rubia y la abrazó con fuerza. "¡Candy!" dijo aliviado, teniéndola en sus brazos, "¡Amor, ¿estás bien?!" le dijo apartándose para revisarla visualmente, tomando su rostro y recorriendo con su otra mano su brazo. Sus verdes ojos lo veían de vuelta emocionada pero también le parecía que había llorado un poco recientemente.
"Su esposa se encuentra mejor, señor Brower." Le dijo otra voz masculina en la habitación. Había entrado tan angustiado a la sala que no había notado a un hombre canoso, de unos 60 años, que junto a una mesa lateral guardaba un estetoscopio y un termómetro en su maletín. Tampoco había visto a su empleada de pie junto a la pared opuesta, atenta a cualquier requerimiento de su señora.
Anthony se puso de pie, mientras sus dos primos también entraban a la sala consternados, pero aliviados de inmediato de encontrar a Candy despierta y sonriente junto a su primo. El señor Timothy entró tras ellos luego de haber cerrado la puerta principal de la residencia, al Anthony casi estrellarle la puerta en la cara al no darse cuenta en su prisa que él estaba abriéndole cuando la empujó para entrar.
Anthony se aproximó al galeno de fino traje. "Mucho gusto, señor. Anthony Brower." Le dijo presentándose y dándole la mano, educadamente. "¿Doctor…?"
"Hans Campbell." le dijo sonriendo el caballero de ojos azules y de cabello blanco y bigote gris. "Mucho gusto." Estrechó su mano.
"El doctor Campbell es nuestro vecino de la siguiente calle, amor." Le dijo Candy sonriente. "Amablemente vino a ayudarnos cuando Timothy lo fue a buscar."
"Su mayordomo me avisó del desmayo de la señora y justo estaba yo regresando de mi consultorio, así que me vine de una vez para acá".
"Muchísimas gracias, doctor Campbell, le agradezco mucho su pronta atención a mi esposa." Le dijo. Luego el rubio se volvió a su mayordomo, "Y muchas gracias a usted también, señor Jones", dijo Anthony sincero. El caballero de pelo entrecano asintió amablemente, al platicar él a diario con la servidumbre de las casas vecinas, le habían contado que un médico vivía cerca de ellos. Por suerte lo había encontrado.
Anthony regresó su atención a su anterior interlocutor, "Pero dígame, doctor Campbell ¿cómo está Candy? ¿Es grave?" preguntó preocupado, regresando hacia su esposa y tomando su mano entre las suyas, volviéndose para ver atento al médico. Su pecosa le veía totalmente enamorada, admirando su perfecto perfil, y la dulce preocupación en su rostro.
"No hay nada grave de qué preocuparse por lo pronto, señor Brower", dijo el amable médico. "Parece ser que la señora Brower solo presenta un cuadro clínico de anemia. Pero cuidando de su dieta, mejorará. Deberá comer sano, muchas frutas, verduras y carnes. Y deberá hacerlo siempre a sus horas. Aconsejaría que descanse más tiempo también, una siesta vespertina estaría bien, y que tome estas vitaminas que le he recetado." Dijo extendiendo hacia él una hoja de papel membretado, con anotaciones y su firma. "Nada de grandes esfuerzos ni de levantar cosas pesadas".
El rubio leyó lo escrito. "Muchas gracias, doctor Campbell. Pero… la anemia, ¿no es peligrosa entonces? ¿Es solo por mala alimentación?" preguntó sintiéndose de pronto culpable. Entre tantos quehaceres legales de las últimas semanas, el viaje en barco, la preparación de la casa y sus nuevas responsabilidades en la administración de la naviera, ya no se había fijado si su pecosa comía a sus horas. De hecho, hasta poco antes de la llegada de los señores Jones a la casa, lo habían hecho cuando podían y de lo que había. Anthony ¡se sentía fatal!
"Es un poco más que eso en realidad, pero su esposa se lo explicará más tarde." Le dijo con una sonrisa. La rubia le sonrió agradecida al doctor, asintiendo.
"Gracias, doctor Campbell. Se lo agradezco muchísimo." Le dijo la rubia.
"Recuerde, señora Brower," le dijo amablemente el doctor a la rubia. "Coma bien y en sus tiempos."
"Así lo haré, doctor. ¡Gracias!", dijo convencida una sonriente Candy.
"Muchas gracias, doctor Campbell. ¿Cuánto le debemos?"
"Oh", el doctor palmeó el aire con su mano, "no es nada, joven Brower. Esta consulta corre por mi cuenta. Pero le dejé con su empleada la dirección de mi consultorio privado, por si me necesitan por cualquier cosa más adelante."
"Muchísimas gracias, doctor." Sonrió el rubio. "Lo acompaño hasta la puerta." Dijo Anthony cortés y pasó junto con él frente a sus primos quienes lo saludaron también agradeciéndole.
Candy se quedó viendo hacia la chimenea y sus ojos se llenaron nuevamente de lágrimas, viendo sobre ésta la foto de ellos el día de su boda en Lakewood.
Stear y Archie se le aproximaron, hincándose junto a ella "¿Te sientes bien, gatita?" le dijo Archie preocupado.
"¿Te duele algo?" preguntó Stear, al ver que lloraba en silencio. "¿Quieres que le diga al médico que vuelva?"
Candy secó sus lágrimas con su mano negando y les sonrió a ambos agradecida. "Descuiden, chicos. Solo fue el susto, nada más. Afortunadamente doña Mina me sostuvo y no me golpee al caer. Estoy bien. ¡En serio!"
"¿Entonces por qué lloras?", preguntó Stear.
"Es que… estoy feliz de que estemos todos juntos otra vez." Les dijo con una sonrisa tan brillante que no les dejó duda de que estaba bien.
"Señora, ¿desea beber un poco de leche caliente y una rodaja de pan con mermelada antes de la merienda?" Dijo la señora Jones con amabilidad y cierta ternura.
La joven señora asintió sonriente. "Sí, se lo agradecería, doña Mina.", sintiendo de pronto el antojo por algo muy dulce.
"Señora Jones, suba la leche a nuestra recámara cuando esté lista, por favor", dijo Anthony entrando de vuelta en la sala. "Candy descansará el resto de la tarde en nuestra habitación." Por más que había presionado al doctor afuera a decirle si había algo más en el malestar de su esposa, el doctor sonriente le había asegurado que no se preocupara. Pero igual, no la descuidaría otra vez
"Pero Anthony, todavía me falta terminar de preparar el pastel", protestó la rubia.
"Descuide, señora Brower, yo me encargo de eso." Dijo contenta la señora Jones y se retiró junto con su esposo del salón.
Anthony tomó en sus fuertes brazos a Candy del diván, y la rubia rió en sus brazos. "Amor, pero si puedo caminar sola." Le dijo divertida.
"Lo sé, pecosa. Pero hoy yo me encargo, ¿sí?" Le dijo con una sonrisa, besando la punta de su nariz. "Muchachos, bajo en un momento.", les dijo a sus primos.
"Descuida, Anthony", le dijo Stear, "Archie y yo iremos por las vitaminas si nos das la receta."
"Sí, gracias." Les dijo Anthony. "Se los agradezco. Creo que hay un boticario sobre la Avenida Colley, como a diez calles de aquí." Mientras antes tomara su pecosa las vitaminas que le dejaron, para él mejor.
Candy, colaboradora, sacó del bolsillo interno del saco de su apuesto esposo la receta que ella había visto él había guardado allí, y ofreciéndoselas a ellos, Archie la tomó de su mano. "Descansa, gatita." Le dijo. "Nosotros regresamos más tarde."
"¡Gracias, muchachos!" Les dijo Anthony sonriente, y se volvió con ella.
"¡Gracias, Stear y Archie...!" Les dijo también la rubia viéndolos sonriente sobre el hombro de su Príncipe, mientras su alto esposo ya la llevaba en sus fuertes brazos hacia las escaleras al segundo piso y luego hasta su habitación.
Ese día la cena se sirvió temprano. Y como al día siguiente Anthony ya no trabajaba, y era Noche Buena, Anthony y Candy insistieron en que los señores Jones se fueran a casa con su familia, al llegar la carreta de sus familiares que los llevaría, tal como había sido acordado, y que ambos volvieran el 27 de diciembre, sin preocuparse. Agradecidos, aunque con pena porque apenas comenzaban a trabajar con ellos, el matrimonio mayor se fue a la casa de uno de sus hijos en las afueras de la ciudad, donde su familia cercana se reuniría.
Por lo tanto, y para su sorpresa, los tres muchachos Andley se hicieron cargo oficialmente del resto de los quehaceres de la casa esa noche, y al día siguiente se negaron a que ella hiciera esfuerzos ayudándoles, poniéndose los tres a preparar lo pendiente de la casa y la comida de ese día y del día siguiente, - ¡Si los viera la tía abuela! caería desmayada, pensó la pecosa divertida al verlos tan dedicados, en especial al ver desde la ventana de la cocina a Archie apaleando la nieve de la entrada trasera, tras haber terminado de apalear la del frente. La primera nevada había caído temprano esa madrugada y había amanecido una bella capa blanca sobre toda la ciudad. Por su parte, Stear y Anthony picaban y cocían cosas en la cocina, bajo la tutela y dirección de la pecosa, pero algo que le pareció a Candy un tanto molesto fue que ni siquiera la dejaran picar alguna verdura, aunque también le pareció encantador el ver, cómo a pesar del tiempo, los tres aún la seguían protegiendo como antes. Una actitud de sus paladines que convenientemente le dejó tiempo esa mañana y más tarde para dejarlos un momento divertidos en la cocina o los jardines, y en sus qué haceres compartidos, para tomarse unos minutos para ella misma, y preparar en su pequeño estudio de manualidades algo especial para esa noche.
Pasaron una alegre tarde comiendo pastel y café en la sala del té, riendo por las ocurrencias de Stear y de Archie del día anterior porque se habían perdido en la ciudad, buscando al bendito boticario en las calles de Norfolk. Luego de un pequeño interludio en el que cada uno se dedicó a su propio descanso, o a escribir cartas, los cuatro jóvenes pasaron, ya caída la noche, al elegante comedor, y por primera vez en su vida, Archie colocó la vajilla y los cubiertos de plata con la ayuda de Candy, que ponía la cristalería contenta, mientras Anthony y Stear iban y venían colocando, tras calentarla en el horno de panal, toda la comida en platos hondos para que todos se sirvieran sin tener que ir de vuelta a la cocina, colocándolos en la larga bufetera lateral que tenía el salón en un extremo, un mueble espectacular, decorado con un bello espejo rectangular enmarcado en un labrado de rosas, estilo victoriano, con las bellas vetas del roble a la vista. Los paneles de madera y el bello papel tapiz con detalles dorados de las paredes del comedor le daban una vista exquisita al lugar, y a la luz del bello candelabro de cristal con luz eléctrica, hacía ver al salón, junto a las decoraciones navideñas de la mesa, sumamente acogedor. Tras una breve oración dirigida por Anthony, desde el lugar principal de la mesa, agradeciendo por los alimentos y por estar juntos, le pidió a su feliz y elegante pecosa que también realizara una oración por las fechas. Candy ofreció una petición por todas las personas menos afortunadas en ese día para que tuviesen comida, un lugar seguro y cálido donde dormir, y gente buena que los ayudase - haciendo que a los tres jóvenes Andley se les formara un nudo en la garganta al recordar que la rubia había vivido esa situación en carne propia - y continuó Candy agradeciendo a Dios por darles la oportunidad de compartir en familia y por todas las bendiciones que cada uno había recibido, pidiendo que la Santa Familia y el Niñito Jesús trajeran paz y bendiciones a todas las familias en el mundo y los ayudaran a perdonar y a ser mejores cada día. Luego de un conmovedor Amen de parte de todos los presentes, el alegre grupo disfrutó de la comida preparada durante todo el día por los entusiastas muchachos, teniendo la joven que admitir que realmente estaba deliciosa, para orgullo de los tres apuestos primos que sonreían felicitándose unos a otros, bromeando, sin tomar nota de que habían dejado la cocina hecha un completo desastre.
"¿Se dan cuenta que talvez la próxima vez que nos juntemos, lo haremos quizás con nuestras nuevas esposas?" dijo Stear tomando su copa de vino de la mesa para darle un sorbo, ya le habían contado a Candy lo de las damas Britter y O'Brien. "Porque yo insisto en que debemos mantener la tradición de juntarnos así para estas fechas", continuó Stear.
"Por supuesto." dijo Anthony. "Aunque…" el muchacho dudó. "… ¿no creen que podrían tener problemas con la tía abuela? A ella le gusta mucho hacer grandes bailes en esta época."
Archie y Stear se vieron mutuamente un momento.
"Bueno…" Archie habló dudando. "Creo que ya no tanto", dijo, dejando su copa de agua sobre la mesa. "Este año ya no planificó ningún festejo. De hecho, regresó a Chicago para pasar allí el fin de año. Así que cuando le dijimos que la familia O'Brien nos había invitado a pasar las fiestas en Inglaterra con ellos, no tuvimos problemas en que nos dejara ir."
"¿Ella piensa que están en Inglaterra?" dijo sorprendida la pecosa.
"Sí." dijo Stear. "Era la única manera de atender la invitación que nos habían hecho ustedes en su carta sin darle explicaciones a ella. George prometió hacerse cargo de todo en Chicago, y a Patty le enviamos un telegrama pidiéndole que, si le preguntaban, nosotros estuvimos allí. Que después le explicábamos."
"Siento haberlos hecho mentir de esa manera." Les dijo Anthony sincero. "Pero insisto," dijo Anthony tomando la mano de Candy sobre la mesa, mientras la bella joven, ahora con su cabello recogido en una sola cola alta - tal como ahora lo usaba desde su matrimonio -, le sonreía a su lado. "…nos alegra muchísimo que ambos estén aquí con nosotros hoy y que podamos compartir juntos así, una vez más, como familia."
Los dos hermanos asintieron con una sonrisa, también felices de estar celebrando la Navidad junto a ellos.
Tras la deliciosa cena y de que los chicos se quedaran poniéndose al día en la mesa, conversando sobre sus planes y lo que habían estado haciendo en el consorcio y Anthony en la naviera. Candy discretamente retiró los platos, diciendo que solo los dejaría en el fregadero cuando le advirtieron que no hiciera nada. Pero al verlos tan embebidos en su charla, escuchando sus risas, la traviesa pecosa adelantó el lavado de las ollas en la cocina, y tras levantarse los muchachos llevando el resto de platos que habían quedado en la mesa, se dieron cuenta de que Candy había estado lavando trastos y la regañaron con cariño, y tomando un delantal, Anthony y Stear se turnaron para lavar el resto de platos y vasos pendientes, Archie no se ofreció porque insistió que se podía lastimar las manos con algún vaso roto y aún tenía que tocar al piano los villancicos. Candy solo rió por su excusa, al igual que los otros muchachos, y ellos terminaron de lavar solos el resto. Así que, mientras Candy ponía el ponche navideño a calentar, el elegante joven Cornwell colaboraba guardando los cubiertos y limpiando las superficies de la cocina.
Candy insistió luego en que Archie la ayudara a marinar el pavo para el día siguiente y con un poco de caras chistosas al tener que tocarlo, el elegante joven Cornwell aceptó la tarea tras desafiarlo Anthony y Stear a que no se animaba, y con renovada dignidad, Archie restregó al ave con mantequilla y mostaza casera fingiendo una total decisión, haciendo, sin embargo, caras de vez en vez, al ensuciarse su gabacha blanca, haciendo reír a su anfitrión y hermano. Pero lo chistoso para ellos fue cuando Candy puso al elegante caballero Cornwell a rellenar también el pavo con el relleno preparado por Anthony y Stear al medio día, y Candy le dio el honor de usar la aguja con el hilo para que lo sellara, lo cual causó carcajadas en sus compañeros varones de cocina, recordándole burlones que no se quejara porque él era el que mejor cosía de los tres, haciendo referencia a cuando cosiera el vestido para Candy el día de su primera fiesta en Lakewood. Candy sin entender de qué se reían, les regañó con una sonrisa y luego les pidió que si ya no estaban tan ocupados, que por favor adelantaran sacando la basura de la cocina y entraran más leña para las chimeneas de la casa, fue entonces cuando resonó la risa de Archie en la gran cocina al ver los mohínes del rubio y de su hermano al tener que abrigarse para salir al frío de la noche invernal para cumplir sus tareas.
Así, al calor de la chimenea, más tarde, luego de terminar en la cocina dejándolo todo listo para hornear y cocer lo último al día siguiente - metiéndolo en el mueblecito de hielo para que se conservara -, el matrimonio Brower y sus dos invitados especiales decidieron cantar unos villancicos en el salón, junto al bello árbol navideño, como era su tradición desde pequeños.
El viejo piano de su padre que justo Anthony lo había mandado a afinar el viernes anterior, fue puesto a alegrar aún más la reunión con sus notas prístinas, tras Archie comprobar complacido su gran sonoridad. Y en medio de amistad y familia, su elegante invitado tocó varios villancicos tradicionales escoceses e ingleses, mientras Anthony y Stear cantaban a coro, algo destemplados, pero con gran sentimiento, sacando lágrimas y risas a la feliz pecosa que los escuchaba y también los acompañaba de vez en vez, cuando conocía la letra de alguno de ellos.
"Vamos, Candy, canta tú algo también." Le insistió su elegante pianista.
La rubia asintió. "Está bien. ¿Conoces el villancico 'Una Rosa ha brotado'?", creo que es… no recuerdo, la Hermana María nos ponía a cantarla la mañana de Navidad."
"¿Cómo va?" preguntó Archie.
"Así… Una Rosa ha brotado…" dijo cantándola suavemente.
"Ah! ¡Ya sé! Te refieres a Es ist ein Ros entsprungen, ¿de Pretorious?" Dijo con seguridad. Y comenzó a tocarla un poco para confirmarlo.
Candy sonrió "¡Sí, esa es!" dijo feliz al reconocer la melodía.
"Esa no me la sé, Candy", le dijo el muchacho decepcionado… "Lo siento". Haciendo reír a sus primos detrás de ellos, sentados en diferente sillón. Lo cual hizo que Archie frunciera el ceño hacia ellos.
"Oh…" dijo triste la pecosa. "Pero debes conocer 'El Primer Noel' … ¿El Primer Nacimiento?" le preguntó.
Archie sonrió. "¡Sí, Candy! ¡esa sí!" se sentó más erguido al piano el menor de los Cornwell, "Bien," dijo levantando su mano para marcar el tiempo a Candy. "Dos compases de introducción." Le anunció. "Uno, dos, entrada en tres cuartos."
"Archie… es solo un villancico de navidad" le recordó su hermano divertido. "No es un solo de ópera."
"Oh, sí." Dijo apenado. "Comienza cuando estés lista Candy y yo te sigo." Le dijo. Y Anthony sonrió divertido viendo la situación.
Y la joven señora Brower sonriendo divertida también, cerró sus ojos, recordando en su corazón sus primeras navidades junto a sus madres en el Hogar de Pony. Recordó el árbol navideño alto que buscaban en los campos aledaños para decorar con papel y poporopos en el hogar, y las clases de canto de la Hermana María, aprendiendo cantos de la iglesia y navideños, hasta que se marchó a los 11 años. Su mano había ido a la cruz que le diera la Hermana María el día que se fue para la casa de los Legan, y que esa noche llevaba sobre su pecho. Ella conservaba con gran cariño aquel crucifijo ya que la llevaba puesta el día que le robaron su maleta en el andén de Little Rock, fue una de las pocas alegrías que vivió en aquel lugar, cuando una señora viendo su cruz, haciéndole notar lo singular que era, sacándole conversación, le contó Candy su triste situación y la amable señora le ofreció albergue en su sala esa noche. Si no la hubiese llevado puesta ese día, habría podido perderla junto a todas sus demás cosas. Dios había sido muy generoso con ella al traerla ahora, después de todo lo vivido, hasta Norfolk, Virginia, para vivir otra vez una feliz Navidad, junto a quienes tanto quería y junto a quien tanto amaba con todo su corazón. Abriendo sus ojos finalmente, soltando su cruz, sonriendo, Candy comenzó a cantar.
Las buenas nuevas un ángel dio…
De Belén a pastores que encontró…
Su vigilia fría pastoral…
Fue cambiada en visión angelical…
Noel… Noel… Noel… Noel… Cristo nació Rey de Israel
Pues una Estrella vieron brillar… - Candy volteó a ver su pequeño nacimiento, colocado en una mesita junto a una vela blanca encendida.
Tan brillante que les hizo admirar…
Porque en la Tierra Luz grande dio…
Que de noche y de día continuó…
Noel… Noel… Noel… Noel… Cristo nació Rey de Israel
Los chicos se quedaron conmovidos, y fue su Príncipe quien se puso de pie primero aplaudiéndole.
Candy sonrió y yendo hacia él, lo abrazó apenada, mientras sus primos la felicitaban sonrientes.
Anthony se conmovió viendo el cariño con que su pecosa recordaba su primer hogar, algo que lo llenaba a él ahora de alegría al pensar en su elección. Durante su reciente paso por Nueva York, junto a su pecosa habían asignado una importante cantidad de dinero al Hogar de Pony mediante un encargo a su abogado, para entregárselos de manera mensual, junto con una carta de parte de Candy, informándoles a sus madres sobre su matrimonio y su futura ubicación, con la promesa de visitarlas junto a su esposo tan pronto tuvieran oportunidad. Y anexándoles unas fotos del día de su boda. Velar por el Hogar de su pecosa se había vuelto una deuda de honor y agradecimiento para él, y lo hacía ahora con total alegría.
Luego de departir el feliz grupo, tomando ponche, servido por la pecosa de una charola traída desde la cocina por su sonriente marido, los cuatro jóvenes platicaron muy contentos unas horas más, hasta que dieron las 11:30 p.m. y los hermanos Cornwell se retiraran a dormir, queriendo estar descansados para abrir los regalos a la mañana siguiente y luego acompañarlos a la Misa de Navidad de mediodía en la Basílica de Santa María de la Inmaculada Concepción, a la que los rubios asistían. En realidad, querían dejarles su espacio de pareja también.
Todos se desearon un feliz descanso y una Feliz Navidad por adelantado, y los esposos Brower se quedaron todavía un poco más en la sala de su casa, abrazados bajo una tibia colcha, disfrutando del calor de su elegante chimenea. Con la nieve recién caída afuera, era una noche muy fría en Norfolk. Era su primera navidad juntos en su nuevo hogar y ninguno de los dos podía sentirse más feliz de lo que ya estaban. O eso creía Anthony hasta entonces.
La escena era como sacada de un libro navideño. El aroma del Árbol Navideño, iluminado por sus velitas, inundando la estancia con su frescura. El candor de la chimenea y el chasquido ocasional de la madera. Las coronas navideñas en los muros con grandes moños rojos. El muérdago que Anthony habían aprovechado cada vez que cruzaba el ingreso a la acogedora sala junto a su pecosa. Los calcetines con los nombres de Anthony y de Candy, y luego los nuevos que hiciera para Stear y Archie la pecosa, llenos con dulces y pequeños adornitos, colgados en la chimenea, mientras sobre la repisa en la parte superior descansaban las fotos traídas por Anthony desde Lakewood, de ellos dos y sus primos, de sus padres en su boda, y las fotos de la boda de ellos mismos. Y junto al árbol navideño, su bello nacimiento de porcelana con su vela encendida frente al Niño Dios.
"Ésta ha sido la mejor Navidad de mi vida." Le dijo feliz su esposo viendo hacia el fuego en la chimenea. "Siento que tengo aquí conmigo a toda mi familia al fin." Sonrió. "El recuerdo de mis padres en esta casa, en la cual compartimos como familia brevemente," dijo viendo a su alrededor y luego hacia el cuadro al óleo de sus padres con él pequeño, cargado por su madre, con su padre de pie junto a ellos, colocado desde años atrás en uno de los muros. El rubio continúo, "Mis primos, Stear y Archie, que siempre fueron como mis hermanos para mí…" continuó detallando feliz, recordando sus propias navidades en Lakewood. "- Eso fue una agradable sorpresa -", comentó. "…y Tú, mi Princesa" le dijo, volviendo su rostro hacia ella, enamorado, con su hermosa mirada azul cielo que la hacía perderse en ella. "Tú eres mi milagro de Navidad, pecosa…" le dijo, estrechándola más a él bajo la colcha que los envolvía en aquel sillón. "Eres mi razón de seguir."
"Anthony…", dijo conmovida su esposa y vio cómo el muchacho se inclinaba, tocando su nariz brevemente con la suya, esbozando una suave sonrisa, "Mi único amor…Mi Esposa… Mi Dulce Candy", le dijo, orgulloso, antes de besar sus suaves labios. Candy suspiró y lo abrazó de vuelta, entregándole con cada beso su corazón, su alma y su adoración, como lo había hecho siempre desde aquel su primer beso en Lakewood.
Y sintiendo cómo el entusiasmo de su esposo se incrementaba a medida que los besos aumentaban su intensidad, la pecosa rompió poco a poco el beso, y ella sostuvo el rostro desconcertado del muchacho agitado entre sus manos, mirándole con ojos de ternura. "Ya es media noche, amor" le dijo feliz la rubia, y haciendo eco a su afirmación, justo en ese momento el reloj de pie en el pasillo comenzó a sonar sus reverberantes doce campanadas.
Anthony escuchó y sonrió, "¡Es verdad, amor!" Y viéndola a los ojos besó sus labios esta vez con ternura, "Feliz Navidad, amor mío" le dijo y, luego, su rostro se mostró más juvenil "¡Te daré mi regalo entonces!" dijo emocionado, y haciendo a un lado la colcha que los abrigaba, fue hasta el árbol y se hincó a buscar su regalo para su pecosa. Sus primos habían traído bastantes regalos de su parte y no lo hallaba fácilmente. Mientras lo buscaba, Candy se levantó y se puso junto a la chimenea.
"Aquí está, amor". Le dijo ilusionado, viendo hacia el sillón, pero se sorprendió viéndola al otro lado del salón, junto a la chimenea. Así que sonrió y poniéndose de pie fue hacia ella. "¡Feliz Navidad, amor mío!" le dijo colocando en sus manos una caja blanca con moño de seda verde.
"¡Anthony!" dijo sorprendida la pecosa. "¡Es una caja muy grande! Ya me has dado tanto, amor…" le dijo apenada.
"Ni una centésima de lo que tú me has dado a mí, Candy." Le dijo sincero. "Vamos, ábrela" le dijo emocionado.
Candy lo vio divertida por su entusiasmo, así que, con mucha dedicación, apoyándola en uno de los sillones, la abrió con gran gusto. "Anthony…" dijo la pecosa sorprendida, cuando apartando el papel blanco, vio el contenido de la caja.
"¿Te gusta…?" dijo el rubio con gran expectación. "Es para que tus recuerdos de familia también estén completos dentro de esta casa." Le dijo.
Candy sacó de su interior un marco de foto, "¡Anthony!" exclamó al apreciarlo. "¡Santo Cielo, Anthony!", dijo Candy asombrada, mientras sus ojos se llenaban de lágrimas y comenzaban a correr por sus mejillas, acariciando con sus dedos el cristal con ternura.
"No llores, por favor, pecosa", le dijo Anthony con una sonrisa. "Es para que seas feliz." Le dijo acariciando su espalda con cariño. "recuerda que eres mucho más linda cuando ríes que cuando lloras."
Candy sonrió al escucharle, pero sacudió su cabeza asombrada, "Pero…es que… ¿cómo?", dijo con un hilo de voz, viendo la foto de sus dos Madres y de los niños en el Hogar de Pony, tomada con el fondo del Hogar tras de ellos.
"Le pedí a Maxwell Mayer, nuestro abogado que al enviar la primera cuota mensual al Hogar, enviara también un fotógrafo para que la tomara. La señorita Pony y la Hermana María se sintieron muy felices de hacerlo, y te enviaron también esta carta." Anthony la sacó de la misma caja y Candy la tomó de sus manos, incrédula primero, y luego tomándola y abriéndola, ansiosa por leerla...
Querida Candy:
¡Nuestra querida Candy! ¡La Hermana María y yo estamos tan orgullosas de ti! ¡No sabes la alegría que nos dio saber de tu matrimonio con el buen joven Anthony Brower y verte tan feliz en las fotos! Descuida el que no nos hayas contado antes, solo saber que estás bien y contenta junto a tu esposo nos hace sentir un alivio por ti que no sentíamos desde el día que cruzaste nuestro umbral para ir a la casa Legan, hace tantos años atrás.
Pero los caminos del Señor son perfectos, querida hija, y aunque por tu carta sabemos que no fue fácil para ustedes llegar a esta etapa en sus vidas, nos enorgullece saber que tuvieron el valor y la fe de continuar su camino juntos.
La foto que el joven Brower nos pidió fuera tomada en el Hogar te la enviamos con todo nuestro cariño, esperando verte pronto y celebrar así junto a ti tu felicidad y la de tu esposo. Le pedimos al fotógrafo tomara una foto de cada una de nosotras también, las cuales te enviamos con todo nuestro cariño y amor.
¡Cuídate, Candy!, y ¡Dios los bendiga a los dos por su bondad para con nuestro Hogar! El abogado que vino nos explicó que han abierto una cuenta para nosotros, para suplir nuestras necesidades. ¡Es como un sueño para nosotras! ¡Muchas gracias, dile a tu esposo! Y dile también que para él ésta siempre será también su casa y que estamos felices de que haya formado un hogar junto a ti, ya que por lo que nos has contado en tus cartas, a lo largo de los años, es una persona extraordinaria y muy querida. Como tú, hija.
Los niños me pidieron que te dijera que te extrañan ¡y que te envían su amor! Dile a tu esposo que esperamos verlo en persona pronto, y que nos avise con unas semanas de antelación para poder prepararles una pequeña bienvenida junto a los niños.
Tú siempre fuiste, Candy, la alegría de este Hogar mientras viviste con nosotros, y estamos seguras de que tu hogar junto al joven Anthony, estará lleno de esas mismas risas y felicidad que siempre te han caracterizado. ¡Que tengan ambos una muy Feliz y Santa Navidad, hija! ¡Cuídate mucho y que Dios los bendiga siempre!
Con todo nuestro Amor,
Tus Madres que te quieren,
Señorita Pony. Hermana María.
P.D. El fotógrafo nos permitió tomar otras fotos extras del Hogar y de los niños las cuales también te enviamos con todo nuestro cariño.
La joven de verdes ojos vio en el sobre dos fotos pequeñas, una de cada una de sus madres sonriéndole con amor. Y cuatro más de los niños jugando, comiendo y saludándola desde el Padre Árbol.
La pecosa no podía parar de llorar, llevando las fotos y la carta de sus madres sobre su corazón.
"Amor…", dijo Anthony preocupado de que su regalo tuviese el efecto contrario.
La joven se volvió a él y lo abrazó de pronto. "¡Te amo tanto!," le dijo. "¡Gracias, Anthony!", le dijo y al aflojar su abrazo le mostró una sonrisa sincera y llena de sentimiento. "Gracias, mi amor." Le dijo.
Anthony sonrió aliviado. "Me alegra que te haya gustado, Princesa.", le dijo.
Candy puso en una mesita la carta y sus fotos, y guardó con cuidado otra vez en su caja el marco. Y secando sus lágrimas, sonrió. "Ahora te daré el mío." Le dijo feliz nuevamente. Y acercándose a la repisa de la chimenea, tomó algo de detrás de su foto pequeña de bodas, donde aparecían viéndose uno al otro con amor, y volvió junto a él.
Anthony recibió de su pecosa una cajita negra del tamaño de su palma. Cuando habían estado en Nueva York, él le había dado a su pecosa una cantidad de dinero para sus gastos personales y, una mañana que él había tenido una reunión con los de la naviera, ella había fingido cansancio para quedarse en el hotel y luego ir a la joyería que habían visitado el día anterior, cuando paseaban juntos. "¡Gracias, Princesa…!", le dijo feliz su esposo, cuando al abrirla, reconoció el pisa corbatas y las mancuernillas con motivos náuticos que le habían gustado tanto pero que después no habían encontrado. Pero de pronto su sonrisa fluctuó.
"¿Qué sucede?" preguntó Candy inocente.
"Ah… es que… creo que se me cayó una de las mancuernillas al abrirlo…" dijo, viendo a su alrededor, para que su pecosa no se sintiera mal.
"¿Se te cayó?" dijo sorprendida. Y viendo efectivamente que en la cajita solo estaba el pisa corbata y una de las mancuernillas, ambos miraron al suelo buscándolo.
"Qué lástima…" dijo la pecosa luego de una infructuosa pero breve búsqueda. "Pero si yo los vi tan solo esta mañana."
"Descuida, amor." Le dijo el rubio comprensivo. "Mandaré a hacer el otro"
"¡Ah! ¡Ya sé!" dijo feliz Candy. "El señor que me los vendió dijo que eran un excelente regalo para caballero, justo porque eran un gran recuerdo qué pasar de generación en generación." Anthony la vio confuso.
Candy sonrió "¿Por qué no miras en tu calcetín navideño, amor?" Le dijo feliz. "Puede que esté junto a tu otro regalo de Navidad."
"¿Mi calcetín navideño?" dijo extrañado.
"Ajá.", confirmó la hermosa rubia.
Anthony sacudió su cabeza y fue al calcetín en la chimenea con su nombre, miró a Candy extrañado y sonriendo, metió su mano preguntándose qué nueva travesura tenía en mente su pecosa. Al hacerlo, notó de pronto que los dulces que le habían colocado ya no estaban dentro. Solo había una cosa en el fondo. Al sacarla, notó que era una caja blanca y al abrirla, sus ojos se quedaron fijos en su contenido, y tomándolo en su mano, sus labios se entreabrieron. "No puede ser…"
Eran dos rosas hechas en crochet, unidas por un listón azul y uno verde. La primera, una rosa era de color celeste, con la mancuernilla faltante de su regalo sujeta a su centro corazón; y la otra, de color rosa, con la cadena con dije de rosa y brillante que él le había regalado a su pecosa en Lakewood, enredada en los puntos de crochet, con el dije en el corazón de la rosa.
"Uno de nosotros dos dará algún día uno de estos bellos recuerdos en herencia, solo falta saber… el de quién quedará apartado primero dentro de siete meses y medio."
"Pecosa…", dijo Anthony sin aliento, viéndola finalmente a través de una mirada cristalina. "¿Estás…?"
Candy colocó sus manos en su vientre aún plano, y asintió a su Príncipe con lágrimas en los ojos, sonriendo. "El doctor Campbell dijo que en poco más de siete meses, tendremos a un pequeño bebe que-"
La pecosa no alcanzó a terminar de hablar, cuando su príncipe ya la tenía entre sus fuertes brazos, besándola con total amor y adoración.
"¡Pecosa!" dijo él quedándose sin aliento al mirarla a sus verdes ojos, aun con las rosas de crochet sujetas en su mano, "¡Candy!... ¡Mi Candy…!" dijo el rubio, mirándola como si fuese el más grande tesoro en su vida. Anthony cerró sus ojos llenos de lágrimas con fuerza, y juntó su frente a la de ella, sintiendo a su pecosa más cercana y más suya que nunca antes en su vida.
"Anthony…"
Ambos permanecieron en un acogedor silencio por unos momentos, sintiéndose mutuamente, sintiendo su amor, y luego Anthony abrió sus ojos y contempló el bello rostro de su pecosa, marcado igualmente por lágrimas de alegría.
"Seremos papás, amor mío…" dijo Candy feliz. "Seremos papás…" repetía sonriendo entre lágrimas.
Los ojos azul cielo del muchacho la acariciaban con su mirada, "Nuestro hijo, Candy…" dijo sin poderlo creer y apoyó por primera vez su mano sobre el plano vientre de su esposa, maravillado. "¡Un hijo nuestro!" Candy asintió.
El joven Brower se hincó de pronto frente a ella, y miró su pancita inexistente, acariciándola con una mano, y con la otra sujetando dulcemente la cadera de su esposa, tratando maravillado de comprender y de percibir la vida que acunaba su pecosa ya en su vientre. Anthony sonrió, acariciando su pancita otra vez, "¡Hola, hijo mío!" dijo de pronto el rubio ilusionado. Era una escena encantadora, pensó Candy enternecida de verlo. "O también, ¡hola, hija mía!", agregó feliz Anthony. "Soy tu papá.", le dijo, haciendo que Candy sonriera también, acariciando su suave y corto cabello. "Te amamos, hijo." El rubio le aseguró, hincado frente a su pecosa, "Y quiero que sepas ¡que eres el mejor regalo de Navidad que jamás me hayan hecho en la vida! Aquí te esperamos afuera tu mami y yo. Cuídate mucho y… tómate tu tiempo, cuando estés listo, te conoceremos. ¡Feliz Navidad, hijo! ¡Pórtate bien!" le dijo y besó la pancita de Candy con cariño. Luego se incorporó. "¡Gracias, princesa!" le dijo, y tomándola en sus brazos con delicadeza, la besó con toda la devoción y gratitud que su ser era capaz de expresar.
Una calidez en la que la joven pecosa se perdió, atesorando cada uno de sus besos apasionados y la ocasional caricia de su mano sobre su vientre.
Después de un interminable beso que, por un infinito momento, los llevó a recordar todas las experiencias inolvidables que habían compartido hasta ese momento … su primer baile de ensueño juntos en Lakewood… el paseo a caballo en silencio a la luz de un espectacular atardecer… una rosa floreciendo con los primeros rayos de la mañana… un picnic nocturno junto a un lago, disfrutando de un delicioso pastel de chocolate… un beso bajo la magia de la noche, sentados bajo una pérgola en Lakewood… un beso apasionado en una sala de música, a escondidas de todos… su reencuentro en una pequeña habitación en la parroquia, tras dos meses de penosa separación… su mágica boda con los primeros rayos del amanecer junto a sus nuevos amigos… sus risas y alegría mientras viajaban juntos en el vehículo de Anthony por los caminos de Lakewood… sus primeras noches tímidas juntos… y su apasionada e inolvidable primera vez… luego su viaje romántico por Nueva York y la sorpresa de descubrir la belleza de su nueva casa en Norfolk… recordando todo aquello, Anthony sonrió, tocando aún sus dulces labios a los suyos, "Gracias, mi pecosa…" le dijo en un varonil susurro, y mirándola, agregó, "Me has hecho el hombre más feliz de la tierra hoy", le dijo con verdadero sentimiento en sus expresivos ojos azules.
Candy le sonrió dulcemente de vuelta, "Y tú me has hecho a mí la mujer más feliz, amor. Te amo, mi Príncipe de las Rosas." Le dijo su pecosa enamorada.
"Y yo te amo a ti, mi princesa encantada… mi Dulce Candy", le dijo su alto esposo con convicción. "Siempre… hasta la Eternidad…" completó.
La joven reconoció sus palabras, haciendo eco a las de ella misma en la iglesia el día de su boda, y sonriendo con lágrimas en sus ojos, asintió, "Hasta la eternidad.", le dijo. Y Anthony inclinándose, buscó los labios de su pecosa para sellar con un beso profundo aquella promesa de verdadero amor.
Después de un largo rato, los enamorados esposos, en silencio, apagaron las velas del árbol y del nacimiento, así como las luces del resto de la casa, cerrando Anthony puertas, y revisando ventanas, y al encontrarse después en el vestíbulo, ambos sonriendo, se abrazaron, besando Anthony su coronilla, y subieron juntos hasta su habitación, donde, tras asegurar bien su puerta, Anthony Brower tomó en sus brazos a su joven esposa y colocándola sobre su lecho, se dedicó a desvestirla entre besos apasionados y luego, a amarla con ternura, una y otra vez hasta el amanecer.
La nieve continuaba cayendo sobre la ahora silenciosa ciudad portuaria de Norfolk, mientras una sola luz continuó encendida hasta el amanecer en el segundo piso de la Mansión Brower.
Continuará…
Muchas gracias por leer.
Quiero agradecer a GeoMtzR (¡Cabal, Georgy! ¡Viene la cigüeña! ¡Ji, ji, ji! Y no te preocupes, Anthony es totalmente leal a su pecosa, ¡siempre pondrá en su lugar a las lagartonas!, ¡ji, ji! Y en cuanto a cómo supo de la segunda opción de Stear, recuerda la conversación de Anthony con la tía abuela en el capítulo 14, cuando se revela quien planeaba ella fuera su siguiente gran amor. - Al menos lo intentó la tía otra vez con Stear! - ¡ji, ji, ji! - pero igual no se pudo! - ¡Ja, ja, ja! Un abrazo, amiga!I), Anguie (¡Sí, Anguie! ¡Nuestro rubio es la excepción a la regla! ¡Totalmente honorable y leal! ¡Otra de sus tantas cualidades! Ji, ji, ji! ¡Un abrazo!), Sharick (¡Cierto! ¡Viene otro Browercito en camino! ¡Bendiciones!), Guest 1, Guest 2, Guest 3, Cla1969, Julie-Andley-00, Mayely leon, Lisbeth Haruk (Hola, ¡bienvenida a la lectura! ¡Qué bueno que te animaste a leerla, y qué bueno que nos alcanzaste! Como habrás visto, mis historias tienen drama pero no exagerado, porque su intención es sanar y hacer felices a quienes leen, siguiendo los personajes una línea de vida de realidad. Por lo mismo su separación no fue larga, dijeron dos meses y fueron dos meses, ya que no sería justo para dos personas tan buenas torturarlas con meses o años de cruzarse solo para alargar la historia, diluyendo así su felicidad. Es mi apreciación, espero me comprendas y disfrutes la lectura que falta. Te invito a leer también mi otra historia, MI REALIDAD, bajo la misma tónica. ¡Y bienvenida otra vez a la lectura! ¡Gracias por comentar, linda, y porque te guste esta inspiradora pareja! ¡Bendiciones!), Guest 4 (¡Gracias! Y qué bueno que te guste) y Guest 5 (Disculpa la tardanza, amiga. ¡Gracias por estar pendiente! Estoy bien, ¡gracias! Es que me atrasé ayer revisando y como era tan grande el capítulo, no me alcanzó la mañana de hoy tampoco para terminar y poner los agradecimientos, porque tenía ya una actividad planificada. Pero ya estoy aquí, ¡ji, ji! ¡Gracias otra vez por preguntar! Espero te haya gustado el capítulo.).
¡Y mil gracias a Ailee16 por agregarla a sus favoritos y darle seguir también! ¡Un abrazo, amiga! (Es lo único que sí me marca el sistema ¡Ji, ji, ji! Sigo a la fecha sin poder ver lecturas o visitantes, y creo que así se quedará.)
¡Gracias a los lectores silenciosos también!
¡Les envío un fuerte abrazo a todos! ¡Y que tengan un lindo fin de semana!
Con cariño,
lemh2001
23 de septiembre de 2023
P.D. La continuación se publicará el martes. ¡Hgs!
