Mis memorias olvidadas

Por Nochedeinvierno13


Disclaimer: Todo el universo de los Juegos del Hambre es propiedad de Suzanne Collins.

Esta historia participa en el "[Multifandom] Casa de Blanco y Negro 4.0" del Foro "Alas Negras, Palabras Negras".

Tiempo: Recordar.


2

Él

El médico de ese día me dice que probaremos una «nueva táctica de recuperación».

Trae consigo un proyector portátil que coloca frente a la camilla y un montón de cintas para reproducir. Apaga la luz del techo y lo enciende. Quiere que intente recordar y entiende que enfrentarme cara a cara con el pasado es la mejor forma de hacerlo.

En un principio, estimo que seré el protagonista de esas filmaciones, pero en realidad todas se tratan de Katniss.

Primero la veo ofreciéndose como voluntaria en lugar de su hermana Prim mientras que los Agentes de la Paz la escoltan hasta la tarima de la plaza del distrito 12. Después, el escenario cambia abruptamente y ya no está en casa ―que ya no existe, me digo una vez más― sino en el bosque que nos sirvió como Arena durante los primeros juegos: Katniss descubre que el chico del distrito 1 ha matado a Rue―la pequeña niña del distrito 11 que tomó como aliada―, coloca la flecha y rasga la cuerda, él muere. Mientras las lágrimas se deslizan por su rostro, Katniss acuesta a Rue sobre un colchón de hierba y le canta la canción de la pradera. Luego, aparezco yo en escena. Estamos en la cueva. Tengo la pierna herida y estoy delirando por la fiebre; ella acuna mi rostro entre sus manos sucias y ateridas y me besa.

El doctor detiene la filmación en ese instante y nuestro beso queda congelado en el aire.

Está esperando una respuesta de mi parte, pero me niego a dársela. Lo que está buscando es que recuerde mi amor por ella, ese amor que todos conocen mejor que yo. «Primero fue una actuación para sobrevivir; después, siguió fingiendo para convencerme», recuerdo que me dijo el presidente Snow en persona. Al parecer, Katniss y él tenían una especie de trato, del cual yo permanecía al margen.

Haciendo a un lado las afirmaciones de Snow, hay palabras que resuenan en mi mente, gestos y sonrisas que no puedo ignorar. Pero esos recuerdos floridos están distorsionados por el veneno y no puedo distinguir si lo que siento al respecto es real o no.

Lo que me muestran esas filmaciones me hace pensar que ella, a su modo, me quería ―o me quiere, todavía no lo sé―, pero su ausencia es un vacío que traspasa. ¿Por qué no ha venido a verme? ¿Por qué no intenta hablar conmigo una vez más? Podría estar aquí, a una distancia prudencial, pero no es así.

«Porque no le importas», me dice la voz de mis temores.

Entonces, recuerdo que Gale y ella también se besaron y la desazón que eso me produjo. Pienso que es egoísta y manipuladora, y que puede que no sea un muto creado por el Capitolio, pero no significa que sea inocente. Hay acciones que no pueden ser justificadas.

No.

Una vez más me obligo a detenerme antes de sacar conclusiones que me hagan precipitarme en un ataque de ansiedad. Me han liberado de las correas y ahora se me permite cierta movilidad por el recinto, no quiero volver a estar anclado a la camilla.

Cuando terminamos, me siento agotado mentalmente, así que el médico me dice que me traerá la cena y podré dormirme pronto.

Coloca una charola de metal sobre la mesita apostada junto a la cama. Hay una ración de puré de rábanos, carne previamente troceada ―nunca traen cuchillo, ni siquiera tenedor― y un cuenco con cereales y avena a modo de postre. Según he deducido, las raciones de comida se establecen de acuerdo a la edad, altura y peso corporal. Como he perdido mucha masa muscular durante mi cautiverio, se están esforzando en rellenar el espacio entre mis huesos y mi piel. El lado negativo es que a veces no puedo tolerar la comida debido a los efectos secundarios de la medicación.

Sin embargo, me esfuerzo por llenar la cuchara y alimentarme. Me doy cuenta que la mano me tiembla y me resulta imposible llevarme el puré a la boca.

―Ya te ayudo yo ―escucho que dice la voz de Finnick, después de que el tablero electrónico de la pared haya aprobado su código de acceso. Él se sienta a mi lado, se coloca la bandeja sobre las rodillas y me alimenta como a un niño―. Vamos, abre grande. Sabe mejor de lo que se ve —me dice, pero está mintiendo. La consistencia del puré es demasiado gelatinosa.

Él me ha venido a visitar todos los días, sin excepción, tal como prometió. Lo hace en ese breve ínterin que tiene entre la hora del aseo y la cena, por eso huele a jabón debajo del algodón de la camisa gris. Es una mezcla de olores que me acompaña a lo largo de nuestros encuentros. Y yo trato de que la emoción no me desborde, pero intuyo que se me nota en mi sonrisa tonta, en el tono de mi voz.

Si hay alguien observando al otro lado de la mampara, no le doy importancia. Me concentro en Finnick y en lo mucho que significa que esté aquí para mí.

―¿Cómo hacen para cultivar los rábanos?

―Granjas subterráneas ―contesta―. Tienen tres pisos dedicados exclusivamente al cultivo. Cuando salgas de aquí, podrías trabajar allí. Creo que te gustaría.

Sé que no me pondrán un arma en las manos mientras me consideren «mortalmente peligroso», así que las granjas subterráneas son una buena opción para mí.

Pero sus palabras van más allá del contenido manifiesto. Me hacen pensar en que Finnick Odair realmente me conoce ―o que soy un libro abierto, demasiado fácil de leer― y que puedo confiar en él, por eso le cuento sobre las filmaciones que me han enseñado este día.

―¿Crees que algún día podré recordar lo que sentía por ella? ―pregunto―. Tengo ciertas imágenes dentro de mi cabeza que me hacen pensar que esos acontecimientos sucedieron en realidad, pero hay voces que surgen desde lo profundo de mi mente y me hacen dudar de todo.

―El secuestro es la forma más arcaica de tortura del Capitolio, pero no es un método infalible ―asegura. Me gusta que sea sincero, que no disfrace sus palabras con falsas esperanzas―. No puedo imaginar cómo te sientes, Peeta, porque nunca me torturaron como tal. El presidente Snow era más directo en sus chantajes emocionales. Pero preguntar si algo es real o no, puede ayudarte a aclarar esa confusión mental ―explica y enseguida me muestra un ejemplo―: Nos conocimos en el Desfile de Tributos, ¿real o no?

―Real.

Pone otra cucharada de puré en mi boca.

Yo me quedo en silencio y observo detenidamente su rostro. El pelo dorado le cae sobre los ojos que están ligeramente hundidos, circundados por pequeñas líneas de expresión. Mi mano busca su cuello y acaricia el pulso que allí late. Finnick no se aleja, sino que se entrega a mi tacto y echa la cabeza hacia atrás.

Pienso que es un impulso desconocido lo que me lleva a tocarlo, a sentirlo bajo las yemas de mis dedos, pero en realidad se trata del deseo de ser uno con otro ser humano. He pasado tanto tiempo aislado, sumergido en soledad y desesperación, que necesito prolongar este contacto en el tiempo y el espacio.

Deslizo el pulgar por el relieve de su tráquea y me detengo justo en la base de su cuello. La piel está tensa, llena de nudos que lucho por deshacer. Imito los mismos movimientos que él hace cuando toma mi mano y observo cómo contiene la respiración.

―¿En qué piensas? ―me pregunta sin abrir los ojos.

―En el día que nos conocimos. Recuerdo que no podía apartar los ojos de ti. ―Era imposible hacerlo cuando solamente llevaba una red dorada fuertemente anudada en la entrepierna. Ahora que lo veo vistiendo una sencilla camisa gris y un pantalón abotonado, entiendo que mi fijación no tenía que ver con la vestimenta. Finnick Odair es una oda a la belleza―. Me preocupaba que alguien más pudiera notarlo.

―Lo ocultaste muy bien. Ni siquiera tartamudeaste cuando te ofrecí un azucarillo.

Él abre los ojos con pereza y me sonríe.

Yo también lo hago.

Finnick introduce la mano en el bolsillo del pantalón y extrae trocitos de papel doblado. Me los entrega junto con un bolígrafo que está por quedarse sin tinta. Los esconde debajo de mi almohada y me dice que será un secreto entre nosotros, ya que a los del distrito 13 no les gusta derrochar ningún tipo de material.

―No soy bueno escribiendo.

―Había pensado en algo así como un dibujo. Es más cercano a pintar.

La luz del techo parpadea. Es la señal de que pronto se apagará. Eso significa que Finnick tiene que irse a su comportamiento y que yo debo permanecer aquí.

Sin embargo, cuando se pone de pie, le sujeto la mano e impido que se vaya.

―Volveré mañana, ¿sí?

Me gustaría que se quedara y que pudiera dormir a mi lado. Estoy seguro de que, si lo tengo cerca, podré hacerlo sin necesitar la dosis habitual de calmante, pero sé que no es justo para él porque no hay otra cama o una silla si quiera para asegurarle un mínimo de comodidad.

Finalmente lo dejo marchar.

El aroma limpio de su piel me acompaña hasta que me quedo dormido.