Mis memorias olvidadas

Por Nochedeinvierno13


Disclaimer: Todo el universo de los Juegos del Hambre es propiedad de Suzanne Collins.

Esta historia participa en el "[Multifandom] Casa de Blanco y Negro 4.0" del Foro "Alas Negras, Palabras Negras".


3

Nosotros

Pronto llego a la conclusión que me gustaría saber más del verdadero Finnick Odair, el que no es un producto diseñado por y para el Capitolio.

En lo que espero que llegue, hago una lista mental de lo poco que sé sobre él.

Fue cosechado tan solo catorce años. Se convirtió rápidamente en el favorito de los patrocinadores. El regalo más caro en la historia de los Juegos del Hambre fue el tridente bañado en oro que le enviaron en un paracaídas. Una vez que se hizo con la corona de laureles, el presidente Snow lo obligó a vender su cuerpo para los capitolinos que fantaseaban con poseer a un vencedor. Tengo entendido que Finnick es un huérfano del mar, por eso me pregunto a quién amenazó con matar para que él accediera.

Un nombre emerge en mi memoria desde lo profundo de la selva.

«Annie.»

Ese fue el nombre que Finnick repitió una y otra vez mientras escuchaba el sonido que imitaban los charlajos.

Annie Cresta es la vencedora del distrito 4. Creo que ganó hace cinco o seis años, no lo recuerdo con exactitud. Ella también fue cosechada para el Vasallaje, pero Mags se ofreció en su lugar. En la transmisión, Annie Cresta gritaba en silencio y se arañaba con el rostro con desesperación.

¿Finnick se convirtió en acompañante para protegerla?

Temporalmente no tiene sentido, pero tampoco puedo descartarlo. Si le pregunto al respecto, ¿me dirá la verdad? ¿O me lo ocultará para no destruir las incipientes fantasías que tengo respecto a el?

No.

Lucho contra los pensamientos persecutorios. No tengo razones para desconfiar de Finnick. No puedo permitir que el veneno de las rastrevíspulas se infiltre también en él, en esto ―sin nombre― que tenemos.

Meto la mano debajo de la almohada y saco el trozo de papel que me trajo. He estado haciendo bocetos de los destellos que me llegan por la noche: la panadería de mis padres en la zona comercial del distrito 12, la chimenea de mi casa en la Aldea de los Vencedores y el broche del sinsajo que Madge Undersee le regaló a Katniss el día de la cosecha. También he plasmado el rostro de Finnick tal cual lo recordaba antes de que todo sucediera —pómulos llenos, boca firme y mandíbula afilada—, pero no estoy seguro de enseñárselo.

Por eso lo vuelvo a esconder cuando escucho que están digitando el código de la puerta.

Esa noche, Finnick Odair tiene el pelo revuelto y no se ha abotonado del todo la camisa, pero sí la lleva pulcramente enfundada en los pantalones. Un retazo de piel bronceada le queda al descubierto y yo no puedo evitar que mi mirada se quede allí, observando cómo ondula al caminar.

―¿Ves algo que te guste? ―pregunta. Yo siento el calor subiendo por mis mejillas. Trago saliva al ser puesto en evidencia―. Cierra los ojos y abre la boca. Te he traído un bocadillo.

Hago lo que me dice.

Aunque no puedo verlo, lo siento: el sutil aroma del algodón camuflado por el roce de la pastilla de jabón, el aliento fresco cosquilleándome en la mejilla y el cuerpo, firme y varonil, junto al mío.

Abro la boca y aguardo. La dulzura inunda mi boca. Reconozco el sabor al instante: es un azucarillo.

―¿De dónde lo sacaste?

―Del comedor. Son muy estrictos con la acumulación de alimentos, pero no echarán en falta un par de azucarillos ―dice. Él come otro. Supongo que las viejas costumbres son difíciles de erradicar―. El 2 está por caer. ―No tiene que decir más. Eso significa que es cuestión de tiempo para que el Capitolio también lo haga. Ahora sé que por eso Katniss no ha venido a verme. Está demasiado lejos para hacerlo―. Lo que más detesto del hospital es el sonido de las máquinas. Al principio, me enloquecían.

―¿Has estado antes aquí antes?

―Prácticamente desde que llegué. Mi pulsera decía: «mentalmente desorientado». Me dieron el alta hace poco ―confiesa. Me cuesta imaginarlo con la bata, encerrado en un cuadrado minúsculo, con un circuito en el antebrazo. Finnick parece tan integro, tan inquebrantable―. Tengo un cubículo reservado al fondo de este pasillo. Trato de no recaer, pero a veces no puedo lidiar con la ansiedad y la incertidumbre.

Me muestra un trozo de cuerda anudada que lleva consigo. Ahora comprendo sus nudillos lastimados y la callosidad de sus manos. ¿Cuántos nudos hará al día? ¿Y por la noche? Me enseña esa cuerda como si fuera su tesoro más valioso.

Entonces, me siento culpable por no enseñarle mis dibujos. Al fin y al cabo, fue él quien se preocupó por otorgarme una manera de alivio momentáneo.

Se los muestro y espero su reacción, al fin y al cabo, él ha sido mi inspiración.

―Nunca me habían dibujado ―dice, después de examinarlo. Me cuesta creerlo, teniendo en cuenta su belleza deslumbrante. ¿Nadie ha querido plasmarlo para la posteridad?―. ¿Puedo quedármelo?

―Seguro.

Luego, le digo que me han quitado la vía intravenosa, que ya no bombean sedantes constantemente a mi flujo sanguíneo. El médico que me visita al final del día, se encarga de darme un somnífero para poder conciliar el sueño. En los últimos tres días no lo he necesitado. No consigo dormir toda la noche de un tirón, pero no me despierto gritando o envuelto en sudores. Quiero ―necesito― que sepa cuánto me está ayudando su compañía.

También le cuento que he aceptado su consejo sobre trabajar en las granjas subterráneas, a pesar de que al antiguo Vigilante en Jefe no le entusiasmó la idea.

«Te necesitamos al frente para mostrar que tu corazón está con los rebeldes», me dijo Plutarch Heavensbee.

«No puedo convertirme en un soldado», le contesté, pero en realidad quería decir: «no quiero que me sigan usando. Ni el Capitolio ni ustedes». Me niego a que vuelvan a capitalizar mi imagen, a que trasmitan en vivo mis fallos y mis aciertos, mis quiebres y mis reconstrucciones.

La única ventaja de que me consideren «mortalmente peligroso» es que no estoy apto para aparecer en directo con Katniss, por eso han retrasado nuestro inevitable reencuentro.

―¿Cuál es tu color favorito? ―pregunto de repente, queriendo distender el ambiente que se ha vuelto denso a nuestro alrededor.

Finnick sonríe.

―Azul marino.

―¿Y tu comida favorita?

―Los ostiones frescos. En el distrito 4 abundan. Acostumbramos desayunar eso antes de hacernos a la mar. ―Imagino playas abiertas, acantilados abruptos y un mar extenso, salpicado de botes pesqueros―. Por eso nuestros niños no piden casi teselas. Tomamos todo lo que podemos de las olas.

También me habla sobre el lugar en el que creció, un orfanato llamado «Huérfanos del Mar». Y yo tomo cada pedazo que me entrega de él, cada detalle de su vida íntima que no ha sido trasmitida en televisión abierta, y lo entiendo como una muestra de confianza. Poco a poco voy rellenando los huecos y me hago una idea más completa de su persona.

Snow lo amenazó con destruir el orfanato si no aceptaba venderse. Lo hizo para proteger a los niños que, como él, habían perdido a sus padres en los naufragios, y también a Mags que, a pesar de una vencedora, era un blanco fácil para el Capitolio.

A medida que construye su relato, yo me acurruco contra la barandilla de la cama y lo invito a recostarse a mi lado. Finnick se quita los zapatos y se mete debajo de la manta. Apoya su mano contra mi espalda para sujetarse. Su pelo parece oro líquido sobre la impoluta almohada. Le hago a un lado los mechones que le camuflan los ojos. Quiero encontrarme una vez más con el azul de su mirada.

Pienso en preguntarle quién es su persona favorita, pero la reemplazo por otra más directa:

―¿Quién es Annie?

No quiero romper la magia de este momento, pero ese nombre es una interrogante que no puedo ignorar. Necesito saber si alguien le espera en el distrito 4, si su corazón le pertenece a otra persona, para así arrancar de raíz esto que siento que está floreciendo en mi interior.

―No es fácil de explicar.

―¿Cuándo lo es? ―intento conciliar―. ¿La quieres?

―No de la forma que imaginas, pero ella es la persona que más me importa en el mundo. Tanto que le rompí el corazón para mantenerla a salvo. Temía que, si el presidente Snow se enteraba de lo importante que era para mí, la usara en mi contra ―responde―. Renuncié a ella antes de que surgiera algo romántico entre nosotros.

―¿Te arrepientes de haberla alejado?

―En absoluto. Fue la mejor decisión que tomé en mi vida. Si nos hubiéramos involucrado sentimentalmente, se la habrían llevado al Capitolio. ―«Y la hubieran torturado como a ti», no lo dice, pero lo piensa.

―Debe ser hermoso ser protegido de esa forma.

―Katniss no sabía lo que iba a sucederte ―dice. Es la primera vez que la defiende, que intenta convencerme de que soy verdaderamente importante para ella―. A su modo, ella también intenta protegerte.

―Aunque eso fuera verdad, no borra el hecho que me ha mentido y jugado con el amor que sentía por ella. Por su culpa, el distrito 12 ya no existe. Si no hubiera disparado la flecha cuando el relámpago golpeó el árbol, el Capitolio no lo habría bombardeado.

―El Capitolio lo habría bombardeado de todas formas cuando hubieran descubierto la rebelión.

Sé que tiene razón, pero no quiero admitirlo porque es más fácil culpar a Katniss que aceptar que, poco a poco, me estoy despojando de las falsas creencias que tenía sobre ella, pero que no siento resurgir el amor del que todos hablan.

Le acaricio la mejilla para que sepa que no estoy enojado o desbordado por nuestra conversación. Me sorprende lo suave que es al tacto. Mi pulgar se recrea en su barbilla; luego, sube hasta sus labios. Él abre la boca y succiona la yema de mi dedo. La punta de su lengua presiona contra mi piel y enciende cada poro de mi ser.

Una idea cruza mi mente.

―Finnick ―susurro con mi voz cargada de deseo―. Quiero besarte, pero entiendo si tú no...

No me deja terminar.

Antes de darme cuenta, sus labios están sobre los míos, robándome el aliento. Su lengua, húmeda e inquisitiva, se cuela en mi boca y yo gimo por la intromisión. Debo estar rojo por la vergüenza, pero no me importa. No pienso, solo siento. Me aferro a él y a este beso. Somos un desastre de lenguas, saliva y dientes. Finnick sabe a azucarillo, a mar, a un nuevo amanecer. Es exótico y volátil, suave y armónico.

No es justo compararlo con los besos de Katniss porque esos forman parte de un pasado que está distorsionado, que parece irreal, mientras que Finnick está aquí, ahora, llenándome de certeza y esperanza.

―Deja de preocuparte por los demás, Peeta ―me dice una vez que nos separamos para recuperar el aire―. Haz lo que sientas. Sé egoísta por una vez en la vida.

Tomo en serio sus palabras.

Esta vez lo beso yo.