Mis memorias olvidadas

Por Nochedeinvierno13


Disclaimer: Todo el universo de los Juegos del Hambre es propiedad de Suzanne Collins.

Esta historia participa en el "[Multifandom] Casa de Blanco y Negro 4.0" del Foro "Alas Negras, Palabras Negras".


4

Ustedes

Tres días después me dan el alta transitoria.

El médico que cubre el turno de la mañana rompe la pulsera de plástico que dice: «mortalmente peligroso» y la reemplaza por una de «mentalmente desorientado», la misma que usaba Finnick durante sus internaciones. Me explica que, de esa forma, estaré exento de cumplir un horario riguroso como el resto de los ciudadanos del 13. Una vez que tenga el alta definitiva, tendré que meter el brazo en un artefacto metálico que me tatuará mis responsabilidades diarias. No me dice qué sucederá en caso de no cumplirlo, pero lo intuyo.

Me quita los electrodos que tengo desperdigados por el pecho y los hombros, y apaga el monitor cardíaco. Yo me siento aliviado de, por fin, estar en silencio, sin ese constante pitido de fondo que ha dominado mis días y noches aquí. Reemplazo la bata por una camisa y un pantalón gris, y me alejo de la camilla en la cual he estado postrado el último mes.

Me entrega una mochila con provisiones: otra muda de ropa, cordones para zapatos, dos pastillas de jabón, cepillo de dientes y dentífrico.

―Tendrás que venir por la noche, después de la cena y antes que se apaguen las luces, para que midamos tu nivel de estrés ―dice. Anota las instrucciones en su tablilla para dejar constancia de que me lo ha informado―. Si el valor es bajo, podrás dormir en el compartimiento asignado. De lo contrario, tendrás que quedarte en un cubículo.

―No será necesario.

El doctor hace un ligero movimiento de cabeza. No sé si me cree o está siendo condescendiente. No me quedo averiguarlo.

Al otro lado de la puerta, me encuentro con un pasillo largo y estrecho, bordeado por cortinas deslucidas que llevan a los distintos cubículos de internación. A medida que avanza, el olor a desinfectante se vuelve más intenso y tengo que arrugar la nariz. Sigo la hilera de luces opacas hasta llegar a la puerta principal del hospital.

Lo que veo del distrito 13 es tal cual lo imaginé: es una compleja construcción subterránea de alta tecnología, dividida en pisos, escaleras y barandillas que conectan las plantas inferiores con las superiores. Hay compuertas que exhalan vapor opalescente cuando se abren, compartimientos con números grabados sobre sus puertas y conductos de ventilación que se encargan de regular el suministro de oxígeno.

Los ciudadanos del distrito que pasan por la puerta del hospital me observan y cuchichean. No los miro. Ya sé lo que piensan. Me culpan por haber pedido un alto al fuego. No están de acuerdo con la inmunidad diplomática que Katniss pidió para los vencedores rescatados. Están resentidos por no haberme puesto delante de una cámara. No quiero que me importe y, aun así, siento el impulso de justificarme. Pero ellos no lo entenderían. Cuando el Capitolio los aplastó con su yugo opresor, se negaron a extinguirse. Han sobrevivido setenta y cinco años al margen de Panem, una tortura escapa de su comprensión.

Por suerte, Finnick me encuentra antes de que el calor se acumule en mi nuca.

Tiene las mangas de la camisa dobladas a la altura de los codos, dejando al descubierto el horario impreso con tinta púrpura sobre su piel. Leo lo que dice: «7.00 ― desayuno», «8.00 ― entrenamiento», «10.00 ― recorrido por el distrito»…

―Hola ―saluda―. No sabía que te habían dado el alta, me enteré por mis horarios.

―El alta transitoria ―corrijo―. Yo tampoco lo sabía. De hecho, me pregunté por qué el médico la firmaría.

―El doctor Caius es el mejor de toda la planta. Sabe que pasamos la noche juntos, pero no lo ha reportado. ―Me guiña un ojo y yo me siento arder. No hemos hablado de lo que sucedió y no sé si quiero hacerlo. Me da miedo que la complicidad se evaporé―. ¿Te parece si empezamos por el comedor?

Asiento.

Finnick me toma de la mano, sin preocuparse por el qué dirán, y me guía a través de pasillos, pequeñas escaleras y puertas que se abren y cierran a nuestro paso.

Enseguida nos encontramos con el brazalete que imprime los horarios. Echo un vistazo por el diminuto cristal de la puerta antes de entrar al comedor. Veo una estancia tan amplia como la planta del hospital, llena de mesas, bancos y cubos de basura. Teniendo en cuenta que cada ciudadano del distrito 13 debe ser productivo, me sorprende ver la cantidad de personas que se encuentran allí.

―Son los del turno de la noche que recién están desayunando ―me explica.

―Son demasiadas personas ―digo. Retrocedo instintivamente. Las manos me tiemblan y la saliva se me acumula en la boca―. No quiero entrar... No puedo. No estoy preparado todavía.

―Está bien ―responde―. ¿Qué sientes en este momento?

―Miedo. Pánico. ―Lo he sentido tantas veces en el último año que ya sé identificarlo. Ya somos viejos amigos―. Ganas de correr, de correr muy lejos. No quiero estar aquí, pero tampoco tengo a donde ir.

Él entiende que no me refiero al comedor en sí sino al distrito 13.

Finnick me lleva por otro pasillo en dirección contraria. Nos refugiamos en un conducto de ventilación que está atravesado por tuberías y grifos de cobre. Allí, el aire es un beso húmedo sobre la piel. Me siento en el suelo, con la espalda apoyada contra la pared y trato de calmarme.

―Inhala y exhala. Hazlo lentamente ―indica. Yo obedezco. Él se sienta frente a mí y me coloca sus manos sobre los hombros―. Muy bien. Una vez más. ―Me acomoda un mechón de pelo detrás de la oreja―. Inhala y exhala.

Después de repetir el ejercicio cinco veces consecutivas, el temblor de mis manos desaparece. Mi respiración es acompasada, aunque el latido de mi corazón palpita en mis oídos tan fuerte que creo que él también lo escucha.

Si midieran mis niveles de estrés ahora mismo, seguro me pondrían una pastilla bajo la lengua y me dejarían en el primer cubículo vacío.

―¿Dónde aprendiste…?

―Annie ―respondió―. Empezó a tener ataques después de ganar los Juegos. A veces, se iba tan lejos que temía no poder traerla de vuelta. ―Su tono de voz hace que me estremezca.

―Ella debe ser realmente especial para cautivarte de esa forma. Ustedes habrían sido realmente felices.

―Eso no lo sé. Como te dije en el hospital, no me arrepiento de haberla protegido. Podríamos haber sido felices o nos podríamos haber destruido mutuamente. Cuando estás roto, tiendes a hacerle daño a los demás ―dice. Cuánta verdad tiene en la boca. Luego de una pausa, agrega―: De cierta forma, me la recuerdas. Eres demasiado bueno para este mundo, Peeta Mellark.

Me muerdo el labio inferior.

―Entiendo.

No tengo derecho a que me duela porque Annie llegó antes. Ella significa todo para él, por eso la alejó, por eso le rompió el corazón.

Esquivo su mirada, pero me obliga a volver el rostro hacia él.

―¿Quieres hablar de lo que sucedió la otra noche en el hospital? ―pregunta. ¿Tanto se nota mi incomodidad? De verdad debe ser un libro abierto para él, incapaz de ocultar mis emociones. Le digo que no―. ¿Te arrepientes?

―En mi cabeza, he reproducido ese beso unas treinta veces al día ―revelo.

―Entonces, ¿por qué no lo repetimos?

Lo atraigo hacia mí y lo beso.

Esta vez su boca sabe una hoja de menta, como del dentífrico que incluyen en las mochilas de provisiones. Atrapo su labio con mis dientes y tiro de él. Recibo un pequeño jadeo de aprobación. Su lengua y la mía se encuentran y es una explosión de sabores y sensaciones.

No sostengo su cara entre mis manos, sino que busco su cintura y me peleo con el dobladillo de la camisa para poder acariciar el nacimiento de su columna vertebral. Esto, él, nuestro beso, se siente correcto, tan real que duele.

Cuando nos separamos, Finnick dice:

―No me lo estás poniendo fácil, Peeta.

―No quiero ponértelo fácil ―contesto.

El segundo beso es más profundo, más íntimo. Una mano está en mi nuca; la otra, amoldada a mi mejilla. Las dos me atraen hacia él. Me bebo su respiración. Siento un remolino formándose en mi vientre que se expande en todas las direcciones. Paso de sólido a líquido en cuestión de segundos.

―Hay algo que no te he dicho ―susurra Finnick en la penumbra del conducto de ventilación. Temo por lo que viene a continuación―. Me asignaron al escuadrón 451, el que será televisado durante la toma del Capitolio. ―No puedo decirle que no vaya. Esta causa es más grande que yo, que todos nosotros―. Pero no iré. No te dejaré.

Atino a sonreír.

Me he convertido en un egoísta, lo admito, pero saber no se pondrá en riesgo es la mejor noticia que puedo recibir.

Nos quedamos en el conducto la siguiente hora. Descubrimos que estamos pertrechados detrás de la lavandería por el sonido que hace la maquinaria. Nos llega alguna que otra pompa de jabón. Finnick las mira con la fascinación de un niño; luego, la explota con el dedo índice. Me doy cuenta que tiene los nudillos vendados, lo que significa que se están curando. Ya no usa la cuerda para hacer los nudos, asegura. Me dice que ha descubierto una nueva manera de mantenerse lúcido y me guiña un ojo con descaro.

En algún momento, entre besos y pompas de jabón, nos quedamos dormidos. Finnick tiene el brazo alrededor de mis hombros; yo recuesto la cabeza en el hueco de su cuello. Inhalo. Me lleno los pulmones de él. Me siento seguro, sin temor a lo que pueda encontrarme en mis sueños.

Nos despertamos cuando alguien grita:

―¡Le han disparado!