Mis memorias olvidadas

Por Nochedeinvierno13


Disclaimer: Todo el universo de los Juegos del Hambre es propiedad de Suzanne Collins.

Esta historia participa en el "[Multifandom] Casa de Blanco y Negro 4.0" del Foro "Alas Negras, Palabras Negras".


5

Ella

Me pongo de pie a ciegas, con las rodillas temblando y el latido de mi corazón resonando entre mis costillas. Sigo el rebaño de ovejas grises que se dispersa por la colmena que es el distrito 13. El disparo ha causado tal conmoción que nadie repara en mí, no hay miradas inquisitivas o comentarios por lo bajo. De alguna forma, consigo orientarme entre tantos pasillos, escaleras y compuertas, y llego al hospital.

Quedo envuelto en el caos de médicos que gritan órdenes a diestra y siniestra, camillas de metal que ruedan de un lado al otro y el pitido incesante de los monitores que no he extrañado para nada. El olor a desinfectante me envuelve la nariz como un guante. Respiro por la boca, pero no mejora.

Rebusco en cada cubículo que encuentro, deslizando cortinas sin la menor consideración. Luego, entiendo que Katniss es el Sinsajo, el alma de la revolución, por lo que jamás la dejarían sin custodia. Por eso me dirijo al único cuadrado que tiene un soldado.

El hombre que veo es el mismo que me golpeó la cabeza cuando intenté asfixiarla. Es alto, fuerte y me mira como si todavía llevara mi pulsera de «mortalmente peligroso». No le agrado; él a mí, tampoco.

―¿A dónde crees que vas?

Me bloquea el paso.

―Quiero verla.

―No lo creo, niño ―responde. Me doy cuenta que no está armado, pero no tengo ninguna oportunidad contra él―. ¿Tienes permiso siquiera para estar fuera de la sala privada?

Entiendo que no voy a llegar a ninguna parte si no le enseño mi alta transitoria. Lee mi nueva pulsera de «mentalmente desorientado», pero tampoco lo convence. Lo entiendo. Su misión es mantener a Katniss con vida y dentro de estas paredes, yo soy la amenaza más próxima. O lo era. No luzo como una amenaza precisamente: desgarbado, hundido y frágil.

―¿Peeta?

La cortina se abre y entonces la veo.

Se ha puesto de pie solo al escuchar mi voz. Las piernas le flaquean. No es para menos, tiene una mancha violácea a lo largo del pecho y del abdomen. Tiene un suministro de morflina conectado al brazo, pero una mueca de dolor le cruza el rostro. Se va a caer, pero la sostengo como acto reflejo, incluso antes que el soldado que debe protegerla.

Entonces, recuerdo el episodio del pan bajo la lluvia.

Ella estaba revolviendo los cubos de basura de afuera de la panadería. Estaba famélica. Se le notaba el hambre en la desesperación. Yo quemé el pan que se suponía que debía hornear para vender esa misma tarde. Mi madre me golpeó con el palo de madera y me gritó que se lo arrojara a los cerdos. Tendría que haberme acercado a ella y habérselo colocado en las manos, pero se lo arrojé a través de la llovizna.

―Peeta ―dice mi nombre una vez más―. Has venido…

Tiene el pelo mojado como aquel día. Huele a lluvia, a tierra mojada. Tiene los brazos erizados por el frío. Deslizo mi mano de su espalda hasta su nuca y la estrecho contra mi pecho. Ella contiene la respiración, por el dolor y por nuestra cercanía.

―He corrido hacia aquí después de saber que te dispararon.

―Fue en el 2. Beetee sabía lo que hacía cuando diseñó el traje. La bala no me hizo daño. Solo sentí como si un mazo me aplastara las costillas.

―Debe haber una filmación sobre ello.

―Lo más probable ―admite.

Valoro el esfuerzo físico que ha hecho por mí, pero es hora de regresar a la cama. Le ayudo a recostarse. Le peino los mechones que le caen sobre las mejillas de porcelana. Me arrodillo junto a ella y le sostengo la mano que tiembla sin cesar.

Está herida, pero considero que no podemos posponer esta conversación, así que empiezo diciendo:

―No volverá a ser como antes.

―¿Es por el veneno? ¿Los efectos serán permanentes? ―pregunta―. Ellos dijeron que necesitarías tiempo… Solo ha pasado ¿un mes? ¿mes y medio? ―Katniss está tan desorientada mentalmente como yo.

―No, no es por el veneno ―aseguro―. He tenido sesiones de recuperación. He visto filmaciones y he recordado momentos que no fueron dañados por el Capitolio, que parecen realmente verdaderos. Pero también he entendido que tú no me quieres de esa forma y no sé si algún día podrás hacerlo ―digo. Ella abre la boca para responder, pero se calla y me deja continuar―. Me aferré a ti porque eras lo único que tenía y no fue justo exigir que me vieras de la misma forma porque tú tienes a tu madre, a Prim… y a Gale. Hiciste todo para que sobreviviera a los Juegos, al Vasallaje e incluso a la rebelión. Jamás me habrían dado inmunidad diplomática de no ser por ti.

Katniss se toma un momento para digerir mis palabras. Veo que sus ojos se llenan de lágrimas, pero se esfuerza en no derramarlas. Eso siempre me ha gustado de ella: su entereza, su solemnidad.

―Entonces... esto es una despedida.

―Al menos, del Peeta y la Katniss que tenían que besarse frente a las cámaras para sostener la historia de los amantes trágicos del distrito 12. ―La esperanza le ilumina la mirada―. Siempre estaré para ti Katniss. ―Hay una reminiscencia con la palabra «siempre» que no puedo ubicar con claridad―. Eso es algo que nunca va a cambiar, pero lo haré desde la amistad. ¿Es suficiente para ti?

―Es más que suficiente para mí.

Deposito un suave beso en su frente.

Le hubiera sostenido la mano por el resto de la noche, pero el soldado ―Katniss le dice Boggs cuando le suplica que nos dé un poco más de tiempo― insiste en que tienen que intervenirla quirúrgicamente. Al parecer, el traje detuvo la bala, pero el impacto hizo que el bazo le estallara.

Se le contraen las facciones. Tiene miedo. Miedo de que esta versión de mí mismo desaparezca o cambie de opinión, que vuelva a odiarla, a intentar matarla. Solo se relaja cuando le prometo que estaré cuando salga de la cirugía.

Dos médicos arrastran la camilla de metal hacia el final del pasillo. La veo desaparecer en una curva poco pronunciada, entre batas, tablillas y más órdenes.

Me quedo de pie en el cubículo, rodeado una vez más de azulejos blancos y una luz amarillenta que hace palpitar mi cabeza. Tenía muy claro que debía venir al hospital, pero ahora que la he visto, que he hablado con ella, vuelvo a estar desorientado. Me siento más ligero, la losa que doblegaba mis hombros ha desaparecido, pero ahora, ¿qué hago? ¿A dónde voy?

Fue tal mi desesperación al saber que le habían disparado que abandoné a Finnick en el conducto de ventilación. ¿Qué pensará en este instante? ¿Su idea de mí, de nosotros, habrá cambiado o seguirá intacta? Las preguntas me abruman; las posibles respuestas, aún más.

—Teniendo en cuenta lo intensa y larga que fue la historia de los amantes trágicos, me siento decepcionado por el final —dice Finnick con ironía. Cruza los brazos sobre el pecho—. Le faltó algo. ¿Un beso de despedida, quizás? —Chasquea la lengua—. No. Aguarda. Se lo diste. Te gusta ir repartiendo besos por ahí, ¿verdad, chico del pan?

Sus celos deberían preocuparme, pero me divierten.

—¿Escuchaste toda nuestra conversación?

—Toda la planta lo hizo. Una enfermera se largó a llorar.

—Entonces, sabrías que le di un beso en la frente, no en la boca —respondo. Camino hasta él. Me doy cuenta que tiene la camisa arrugada en torno a la cintura, tal cual se la dejé antes de abandonarlo. La aliso y la acomodo dentro de los pantalones—. ¿Sabes lo que pienso? Que estás molesto porque no le hablé de ti, de nosotros.

Contiene la respiración.

—Tienes razón. Eso hirió mi orgullo.

—¿Y qué puedo hacer para compensarlo?

Finnick ladea la cabeza, exponiendo su cuello. Enseguida me hago una idea de cómo puedo resarcirme.

Dejo un reguero de besos a lo largo de su garganta, succiono la piel tierna que encuentro a mi paso, mi lengua serpentea por su yugular. Siento el pulso que late bajo mi tacto.

―Sigo pensando que el mundo no te merece, Peeta Mellark —dice de forma entrecortada.

Me separo un instante solo para perderme en su mirada cristalina.

―¿Y qué hay de ti, Finnick Odair? ¿Crees poder merecerme?

―Puedo esforzarme.

Entonces lo beso.

No siento que el deseo estalla y me nubla los sentidos, sino que me sumerjo de lleno en el mar con la seguridad de que no voy a ahogarme. Me siento seguro en sus brazos. Creo en su sonrisa, en sus manos que me sostienen, en sus palabras balsámicas para mi alma. Eso es lo más real que he experimentado en mi vida.

Me quedo congelado en ese abrazo.

El Capitolio todavía no ha caído. Solo es cuestión de tiempo. Estoy empezando a ver la aurora de un mundo nuevo, más justo y menos cruel. Sigo teniendo miedo del pasado, no voy a mentir, pero bosquejar el futuro me ayuda a mermar el pánico.

Tengo que seguir adelante. Ahora sé algo nuevo sobre mí que antes sospechaba, pero que no me animaba a admitir en voz alta: me gustan los chicos. Me gustan los chicos y, más concretamente, me gusta Finnick Odair. Y yo también le gusto.

Me rompieron en pedazos, pero ahora estoy completo.