Verano e inicio
—¿Así que te interesa la alquimia, muchacho?
Una voz inoportuna resonó en la habitación. Roy Mustang perdió el equilibrio y cayó del banquillo, derribando varios libros en el proceso. El sonido resonó en toda la habitación, y luego se incorporó, mirando al coronel Grumman con el rostro avergonzado.
—Creo que tu reacción responde a mi pregunta —señaló Grumman al ingresar a la habitación, ayudando al muchacho a colocar los libros en los estantes—. ¿Alquimia de Xing?
—Es la alquimia para sanar heridas, se dice que es diferente a la de este país —argumentó Roy mientras observaba con curiosidad cómo Grumman arrugaba el rostro—. ¿Coronel?
—La última vez que supe algo de él, estaba estudiando lo mismo. Pero no pudo hacer nada para salvarla.
—No comprendo, señor.
Grumman alzó la vista del libro y notó que el joven lo observaba con intriga. Regresó a la realidad, dándose cuenta de que sus recuerdos lo habían llevado a la época en la que su hija vivía y tenía un esposo dedicado a la alquimia, desesperado por evitar su muerte prematura.
Cuando, lamentablemente, ella falleció, recordó la expresión de Berthold Hawkeye jurándole que ese día no solo había perdido a su hija. Amarga fue la realidad al darse cuenta de que era porque él se llevaría a su nieta y se convertiría en un desconocido para ella. A pesar de su deseo de rescatarla, la situación en el país y su posición no garantizaban que pudiera cuidarla. Tuvo que rezar para que su yerno no hiciera nada extraño con su nieta.
Un día, no obstante, una carta había llegado a sus manos. Berthold seguía rechazando unirse a la milicia como alquimista estatal, pero dejaba entrever que necesitaba confiar a alguien sus conocimientos, además de su investigación más importante que aún no había concluido.
Esa fue la señal que Grumman aprovechó para buscar a Roy Mustang. De esa manera podría obtener información sobre su nieta sin parecer demasiado obvio, aunque no podía negar que, si presentaba a Berthold al descendiente de un viejo amigo, la obviedad sería evidente.
—¿El maestro Hawkeye, coronel? —discutió Roy mientras pasaba a la parte principal del bar de su madre adoptiva. En ese horario, permanecía cerrado—. ¿Cree que él querrá enseñarme?
—Enseñará alquimia a quien busque usarla para el bien. Y tú quieres eso, ¿verdad? —dijo Grumman. Roy asintió sin dudarlo—. Aunque Berthold no ve con buenos ojos que el ejército esté cerca de la alquimia. Piensa que solo la utilizan como un arma de guerra.
—La alquimia nació para ayudar a las personas y el ejército se encarga de defender el país, tiene sentido. ¿Por qué el maestro Hawkeye no querría ser alquimista estatal entonces?
—No conozco los motivos —le sonrió Grumman con complicidad—. Pero tal vez estudiando con él lo descubras, ¿no crees?
La mirada de Mustang brilló al imaginar la posibilidad de ampliar sus conocimientos. Si el maestro Hawkeye era como Grumman afirmaba, podría adquirir más información en pocos años y tal vez convencerlo de unirse a la milicia. El plan parecía perfecto.
Sin embargo, Mustang contuvo su entusiasmo al mirar a Madame Christmas. Al fin y al cabo, sólo tenía trece años, y su tía lo había educado junto a sus hermanas para ser un hombre ejemplar. Sabía que debía consultar antes de tomar medidas precipitadas.
Con eso en mente, ajustó su postura y miró fijamente a su tía, que hasta ese momento había observado con curiosidad. Chris Mustang pareció captar sus intenciones al arquear una ceja, igualmente intrigada.
—¿Qué sucede, pequeño Roy?
—Madame, el coronel Grumman me ha ofrecido la oportunidad de ampliar mis conocimientos en alquimia a través del maestro Hawkeye —recitó Roy, recordando todo lo que le habían inculcado sobre el protocolo de caballerosidad y elegancia—. Mi deseo es profundizar en el arte de la alquimia. ¿Me concedería el permiso para ir a la residencia Hawkeye?
La mujer le dirigió una mirada interesante a su sobrino mientras dejaba su habano a un lado. Era la viva imagen de Robert, alguien que también había compartido su entusiasmo por la alquimia y había intercambiado conocimientos con Berthold Hawkeye años atrás.
Si había alguna forma de rendir homenaje a su hermano y cuñada, era con Roy Mustang aprendiendo de Berthold Hawkeye.
—Ese hombre conoció a tu padre. Hablaban el mismo idioma que jamás pude comprender —admitió Chris mientras apretaba los párpados con fuerza al incorporarse de la barra—. Recuerda, pequeño Roy, que te crie para ser un buen hombre. No me defraudes ante Berthold Hawkeye.
En ese instante, Roy Mustang irradiaba un brillo que nunca había mostrado. Una sonrisa sincera iluminó su rostro, compartida con su tía y el coronel Grumman.
Dos semanas después, el mismo muchacho se encontraba de pie frente a la morada Hawkeye, esperando pacientemente. Para su sorpresa, quien salió a recibirlo fue una niña.
—¿Eres Roy Mustang? —susurró en voz baja.
Roy asintió, y la niña le hizo un gesto para que entrara. Al cruzar el umbral, notó que el aspecto desgastado del exterior no tenía eco en el interior; parecía un hogar acogedor.
—Mi padre te atenderá pronto —anunció la niña—. Soy Riza Hawkeye.
—Oh —respondió Mustang algo confundido—. Un placer conocerte.
La niña asintió y se dirigió hacia la cocina. Roy la siguió sin otra alternativa. En ese instante, ella giró rápidamente y provocó que su cabeza chocara con la barbilla de Roy, quien, por desgracia, terminó cayendo sobre un tazón de agua, empapando sus pantalones.
El rostro de ella se llenó de terror. El de Roy, por otro lado, se contagió de risa.
—¿Cómo puedes reír en un momento así? Mi padre podría...
—Aparecer en cualquier momento y encontrarse con que su aprendiz está empapado.
La sonrisa de Mustang se desvaneció al ver al maestro Hawkeye en el umbral que separaba el pasillo de la cocina. Era un hombre alto, con cabello castaño y reflejos dorados cayendo a los lados, y tenía un aire serio y distante.
«Es el tipo de apariencia que uno esperaría de un hombre de su sabiduría» pensó Mustang.
—¿Eres el sobrino de Chris? —inquirió el maestro Hawkeye, observando al muchacho que se erguía y asentía. Su pantalón estaba empapado—. Has conocido a mi hija. Aunque es más joven, estoy seguro de que no se habría caído de manera tan ridícula.
Roy se preguntaba si el maestro pretendía soltar un chiste o si en realidad estaba a punto de regañarlo, pero notó una leve sonrisa en el rostro de Riza.
—Maestro, perdóneme, pero...
El hombre alzó la mano, deteniéndolo en seco.
—Observé que te reíste ante tu propia torpeza. Eso demuestra que tienes la capacidad de enfrentar la frustración —indicó Berthold, mirándolos a ambos con seriedad—. El verano apenas comienza, y habrá tiempo de sobra para aprender lo que los profesores tardan en enseñar. Especialmente tú, Mustang. No quiero que mi discípulo solo domine la alquimia.
Los jóvenes se miraron y asintieron ante el maestro, quien esbozó una sonrisa satisfecha.
—Me llamo Berthold Hawkeye, Roy Mustang —añadió, extendiendo la mano—. Tengo una gran confianza en ti, muchacho.
Roy titubeó antes de responder al gesto, pero al ver la mirada que Riza le dirigía, comprendió que aquel verano marcaba el inicio de algo sumamente significativo.
En el futuro, llegaría a comprender que tropezar con Riza y el tazón fue la mejor bendición que pudo recibir en su camino hacia la transformación del país.
Nota de la autora: Al igual que con los temas anteriores, decidí hacer una sola historia, dado que pueden juntarse.
Por ahora, sigan disfrutando y disculpen la demora porque sinceramente tuve un bloqueo corrigiendo esto.
Ciao.
