Buenos Aires, aeropuerto:

Caminaba hacia mi asiento en el avión, emocionada por mi primer viaje en avion a Japón. Al llegar, descubrí que me tocaba el asiento junto a la ventana. ¡Qué suerte! Me encantaba observar el paisaje desde las alturas. Para pasar el tiempo, saqué mis auriculares con cable y los conecté a la pantalla del asiento de adelante para ver una película.

Acomodé mi mochila en mi regazo y saqué algunas golosinas que había comprado antes de subir al avión. Aunque sabía que Japón no era un lugar con alto riesgo de robos, prefería llevar conmigo lo más importante. Costumbres que no podía abandonar, fruto de mi crianza.

La película comenzó y el viaje prometía ser largo.

Aeropuerto de Japón:

Eran las 10 de la mañana en el hemisferio sur cuando el avión descendió hacia tierra firme. Me levanté de mi asiento, con las piernas adormecidas debido a las largas horas de vuelo. No había salido mucho de mi asiento, excepto para ir al baño.

Al salir, busqué mi equipaje y me tranquilicé al tenerlo en mis brazos. Había leído que a veces se perdían maletas y las aerolíneas no siempre se hacían responsables, así que estaba aliviada.

Caminando hacia la salida, vi a varias personas sosteniendo carteles con nombres. Entre ellos, un hombre vestido como un héroe sostenía un cartel con letras grandes que decían "Nahiara Ramírez". Supuse que era mi guía y me acerqué hacia su dirección.

―¿Eres la estudiante de intercambio? ― interrogo Eolo cuando me vio detenerme frente a él. Sus ojos inspeccionaron mi cabello azul corto, ojos dorados y piel bronceada.

―Buenos días, sí. ¿Y tú eres Eolo? ― hice el esfuerzo de hablar en japonés, recordando las lecciones, aunque me resultaba un poco extraño escuchar mi propia voz en otro idioma.

―Sí, yo seré tu guía por el momento. Ahora te llevaré a tu... Depa... ¿Lo dije bien? ― dudó, mirándome, a lo que asentí con la cabeza. ―Ustedes los jóvenes y su forma de hablar. Bueno, no perdamos tiempo y salgamos ― Eolo caminó hacia fuera del aeropuerto, y yo lo seguí.

Llegamos a un auto negro y antes de subir, Eolo se dio vuelta.

―Entrégame tus maletas, las guardaré en el maletero mientras tú puedes ir subiendo al auto ― le entregué mis dos maletas y me senté en la parte trasera del vehículo.

Una vez que las maletas estuvieron guardadas, Eolo se subió al auto y comenzó a conducir, mientras yo sacaba mis auriculares de la mochila y los conectaba a mi celular, poniéndome solo uno de ellos y reproduciendo música.

Observaba atentamente el lugar por la ventana.

Los japoneses sí que son limpios ― al ver las calles impecables, comparándolas con Buenos Aires ―. Espero que no sean demasiado estrictos ― observé a los asiáticos caminando por la acera.

Mientras contemplaba las calles, el auto se detuvo frente a un edificio, habíamos llegado.

Salimos del auto, acomodé mis auriculares y la mochila en el hombro, mientras Eolo se encargaba de sacar las maletas del maletero y cargarlas. El héroe tomó la delantera y me guió hacia mi nuevo hogar. Entramos al edificio, pasamos por la recepción y nos dirigimos al ascensor. Eolo presionó el botón número 4 y, después de unos minutos, las puertas se abrieron.

Piso 4 ― repetí para no olvidar mi destino. Tal vez más tarde debería anotarlo por si acaso.

Caminamos hasta detenernos frente a una puerta. Eolo sacó unas llaves de uno de los bolsillos de su traje, abrió la puerta y se apartó para permitirme pasar. Sin dudarlo, entré y examiné el apartamento mientras el héroe dejaba las maletas en la sala. Carraspeó para llamar mi atención.

―En una semana, la UA hará el examen de ingreso, Joven Ramírez ― se acercó y me tendió las llaves, las cuales tomé ―. Hasta luego, joven ― dicho esto, se retiró, dejándome sola en mi nuevo hogar.

Sin perder tiempo, comencé a explorar el apartamento, visitando el baño, el comedor, la cocina y las habitaciones, ya que tenía dos dormitorios. Después de revisar todo, dejé mis maletas en la habitación y saqué mi teléfono.

Me dirigí a la sala, donde me recosté boca abajo en el sillón, exhausta tanto física como mentalmente.

Estiré los brazos sobre los reposabrazos, desbloqueé mi teléfono y abrí la aplicación de mensajes.

"Acabo de llegar a mi nuevo hogar. Les envié algunas fotos".

―Tengo hambre ― me quejé mientras me sentaba y miraba la pantalla ―. La comida tardará en llegar ― incliné la cabeza hacia atrás y cerré los ojos ―. Mejor veo qué puedo hacer para no morir en Japón.

Así comenzó mi primer día en mi nuevo hogar, organizando mi ropa, cocinando y limpiando. Los días pasaban rápidamente mientras me acostumbraba a mi nuevo hogar y exploraba la ciudad. Y finalmente llegó el 26 de febrero, el tan esperado día del Examen de la UA.

Me levanté a las 6:00 a.m. para prepararme, ya que debía ir vestida con el uniforme de mi antiguo colegio: una camisa blanca, corbata y falda. Olvidé el delantal, pero decidí que no había otra opción y me dispuse a tomar una ducha, vestirme y desayunar.

Mi desayuno consistió en una taza de té y un sandwich de queso y jamón, un desayuno ligero. Después de terminar, dejé todo en la pileta de la cocina y fui a lavarme los dientes.

―Justo a tiempo ― miré la hora en mi teléfono, que marcaba las 7:00 a.m. Salí de mi departamento con la mochila que había preparado la noche anterior y una chaqueta lo suficientemente abrigada para las bajas temperaturas matutinas.

El clima era muy frío en esas épocas. Al salir del edificio, me puse los auriculares y comencé mi trayecto hacia la estación de tren. La gente me miraba de reojo o me observaba fijamente, ya que no era tan común ver a una latina, pero otros simplemente me ignoraban.

A unas pocas cuadras de llegar a la estación, chocé con un desconocido encapuchado, quien dejó caer un papel de su bolsillo. Recogí el papel y quise entregárselo, pero ya no estaba.

No puedo perder tiempo ― no podía detenerme a buscar a esa persona entre la multitud. Guardé el papel en mi abrigo, suponiendo que si era importante, lo encontraría nuevamente en el mismo lugar.

Continué mi camino hacia la estación, donde esperé unos 5 minutos el tren.

Al parecer, hay muchos candidatos para ingresar a la UA ― observé a varios estudiantes. No me resultaba difícil suponerlo, ya que ese tren era el más cercano a la academia de héroes.

El tren finalmente llegó y sin esperar un minuto más, subí y me senté en uno de los pocos asientos disponibles, esperando pacientemente.

La música se convirtió en mi entretenimiento en ese nuevo entorno al que no estaba acostumbrada, brindándome tranquilidad. No me malinterpreten, no estaba nerviosa por el examen. Simplemente, me resultaba extraño hablar otro idioma que no fuera mi lengua materna y las costumbres e incluso la comida, me presentaban un nuevo mundo ante mis ojos azules.

El tren finalmente llegó a su destino, sacándome de mi inmersión en el mundo de la música. Al bajarme del transporte, comencé mi caminata hacia la academia, que se acercaba cada vez más y se veía repleta de estudiantes.

―Ni siquiera los hospitales reciben edificios tan modernos del gobierno ― murmuré en español al presenciar el gigantesco edificio.

Seguí caminando hacia la entrada, recibiendo miradas curiosas de los demás. No era algo común ver a una extranjera todos los días. Sin embargo, en la UA aceptaban estudiantes de todo el mundo, siendo la escuela de héroes más prestigiosa entre muchas otras en el mundo.