Fiestas y acercamientos
Los entrenamientos para el Grand Prix se volvieron más intensos a medida que se acercaba la tan esperada fecha, y a pesar de la presión que se iba sintiendo en los patinadores elegidos, la determinación y el espíritu competitivo no mermaron ni por un solo instante.
En el caso de los alumnos de Nanaba, que si bien tuvieron actuaciones destacadas pero sus puntajes no alcanzaron a los mínimos establecidos por la Federación Japonesa de Patinaje para la categoría júnior, se dedicaron a seguir repasando sus coreografías anteriores mientras la rubia le daba a Zeke algunas explicaciones sobre el carácter y la personalidad de los chicos en el hielo para que tuviera un mejor panorama de trabajo una vez que tuviera que abandonarlos.
Estos, ya hechos a la idea de que pronto sucedería, se enfocaron de lleno en sus entrenamientos evitando pensar en ello, pero cuando ese día finalmente llegó, fue inevitable que se pusieran sentimentales ya que, a pesar de su forma tan exigente de ser, la habían llegado a apreciar bastante, sentimiento que era completamente recíproco.
—Mis queridos niños —se despidió de cada uno con un abrazo—. Ha sido una grata aventura haber trabajado con ustedes. Son unos verdaderos guerreros y me llevo grandes experiencias.
—La vamos a extrañar mucho —dijo Gabi con un nudo en la garganta.
—Yo también, pero no crean que me voy a olvidar de ustedes.
—¿No la vamos a volver a ver nunca más? —preguntó Udo.
—Quizá no aparezca en un buen tiempo, pero procuraré ir de espectadora a sus competencias.
—Es bueno escuchar eso. Creo que en algo alivia la tristeza —mencionó Zofía.
—Sí. Hemos sido muy afortunados por haberla tenido como instructora —agregó Falco.
—Ay. Con esas palabras va a ser más difícil que me vaya —se limpió una lágrima traviesa. Sí que se había vuelto más sensible—, pero bueno, me alegra saber que quedan en buenas manos.
—Agradezco la confianza —intervino Zeke, quien se había mantenido al margen, sin interrumpir aquel emotivo momento.
—Son todos tuyos ahora.
De igual forma se despidieron los demás chicos, y tras un último agradecimiento, retomaron sus actividades. Con las coreografías ya listas, solo fue cuestión de practicarlas, y a eso le dedicaron todo su tiempo hasta comprobar que todo estuviera perfecto o, por lo menos, con el menor número de errores visibles posible.
—No tengo ninguna queja. Han hecho un muy buen trabajo en este corto tiempo que hemos tenido para entrenar —dijo Levi una vez finalizó la última jornada antes de la competencia—. Solo me queda desearles buena suerte, aunque no la necesitan ya que sé que lo harán bien.
—Sí, señor.
—Mikasa —esta la miró—. No has presentado ninguna molestia en tu pie, ¿o me equivoco?
—No. Todo está en orden.
—Perfecto. Y en el caso de que algo suceda ya sabes lo que tienes que hacer.
Asintió.
—Quiero oírlo.
—Daré prioridad a mi salud y me retiraré de la competencia.
—Muy bien. Pueden irse.
Puede que para algunos sea un tanto exagerada la medida precautoria cuando ya pasaron cinco meses de la lesión, pero en el mundo deportivo todo era posible y Levi sabía muy bien eso dada su experiencia, por lo que no estaba de más recordárselo de vez en cuando a la azabache.
Esta, con la lección más que aprendida, tomaba muy en cuenta sus palabras, aunque a veces no consideraba tan necesario que lo reiterara.
—Sé muy bien lo que no debo hacer.
—Sí. Solo me aseguro de que lo tengas bien claro. No vaya a ser que se te olvide.
Así como esta, hubo también otras interacciones más recurrentes que, en efecto, intrigaron a Sasha sobremanera. No sabía qué había pasado durante su corta ausencia luego de la boda, pero de lo que sí estaba segura era de que verlos llevarse bien era algo tranquilizador y digno de apreciar.
"Y ella que no creía que fuera posible", pensó refiriéndose a Mikasa mientras los veía hacer bromas con comentarios irónicos, algo que se había vuelto característico de ambos.
Eran bastante compatibles, sin lugar a duda.
A la mañana siguiente, y con la expectativa alta, partieron rumbo a los demás patinadores e instructores a Tokio, en cuyo estadio central se llevaría a cabo la competencia. El ambiente estaba saturado de emociones y color, con competidores nacionales y uno que otro invitado de países vecinos, pero a pesar de la presión que ello suponía, se mantuvieron concentrados y se presentaron con el más auténtico de los profesionalismos una vez que el evento comenzó.
Para la ocasión, Mikasa vistió un traje rojo sin mangas que iba acorde a la interpretación y a la música. Sintió un poco de nervios al ver a tantas personas en el público después de tanto tiempo, pero el saber que entre ellas se encontraban sus amigos y su tía la llenó de seguridad, plantándose en el hielo como solo ella podía hacerlo.
Con su parte ya hecha y sin ningún inconveniente, solo era cuestión de esperar a las otras competidoras y ver cómo se tabulaban lo puntajes. Ello generó mucha incertidumbre, pero cuando al día siguiente la tabla de posiciones varió con la presentación del programa libre, la alegría se desbordó al constatar que se había quedado con el primer lugar y que, por ende, competiría en el Grand Prix Final.
Las felicitaciones no se hicieron esperar por parte de sus más allegados y de otras patinadoras, y aunque se sintió un poco triste al saber que Sasha no logró la clasificación, esta la reconfortó diciendo que llegó su turno de reivindicarse y brillar representando a su nación.
—Has demostrado el nivel que tienes. Sé que darás una dura batalla a tus próximas rivales.
—No puedo esperar a que ese día llegue.
El Grand Prix Final se llevó a cabo en Estados Unidos. Al ser su primera vez en otro país, fue inevitable dejarse llevar por el huracán de emociones que la sacudió desde que abandonó Japón hasta que aterrizó en suelo americano, pero afortunadamente contó con la compañía de Levi, quien procuró que se mantuviera con la cabeza fría y la calmó con palabras cálidas cuando parecía que los nervios estaban por traicionarla.
—Vas a hacerlo bien. Solo sé tú misma y demuestra de lo que estás hecha.
Tenerlo en un evento tan importante le trajo sosiego e hizo que se enfocara completamente en la competencia. Las frases de aliento (dichas a su manera) continuaron hasta que llegó el tan ansiado día. Fue sorprendente ver a otras competidoras provenientes de distintas partes del mundo, y más aún al recordar que ella formaba parte de las seis mejores, pero ello no impidió que mantuviera su temple, sintiéndose lista para dejar todo en el hielo.
Y así fue como sucedió.
Su presentación, tanto del programa corto como del programa libre, fue una de las más destacadas y preferidas por los jueces, esto debido a la sutileza y expresividad en cada movimiento, pero a pesar de ello fue superada por una representante de una de las escuelas más poderosas de Rusia quien, a pesar de su expresión seria e impasible, mostró un espectáculo sublime que cautivó y conmovió a todo el público.
Se quedó entonces con la medalla de plata, compartiendo el podio con aquella rubia y con una chica de cabello naranja representante de Austria en medio de una ceremonia llena de ovaciones que hizo que nuevamente las emociones salieran a flote.
Y es que no era para menos ya que, si de por sí era todo un logro llegar a la final, obtener el segundo lugar en su primera competencia internacional no tenía precio, y eso era motivo más que suficiente para sentirse muy feliz.
—¡Qué orgullo fue verte entre las tres mejores, mi niña! —le dijo Kiyomi una vez se retiraron al hotel. Ella había prometido no perderse por nada del mundo la competencia final, por lo que ahora se encontraba ahí, envolviéndola en un fuerte y cálido abrazo.
—Me alegra mucho que hayas venido a apoyarme, pero ¿no tenías cosas qué hacer?
—Reprogramé un par de reuniones con los embajadores de Portugal y Suecia, pero no debes preocuparte. Después de todo, no podía quedarme si ver a mi querida sobrina brillar en primera fila.
—Gracias una vez más —sonrió.
—Por cierto, ¿dónde está tu entrenador? Pensé que lo vería por aquí.
—Otros instructores lo invitaron a comer y beber algo. En un principio se negó porque no quería dejarme sola y estaba cansado por lidiar con la prensa, pero yo le convencí de que fuera ya que le haría bien distraerse un poco. Además, sola no estoy; tú estás conmigo.
—Yo y toda la buena vibra de tus amigos allá en Japón.
—Así es —en ese instante su celular sonó, recibiendo una serie de notificaciones. Lo tomó y sonrió al comprender de lo que se trataba—. Y hablando de ellos…
Dada la lejanía de la competencia, los chicos no pudieron darse el lujo de ir a verla por más que quisieran, pero estuvieron muy pendientes de su participación a través de la televisión y ahora la estaban llenando de mensajes conmovedores, felicitándola por tan maravilloso y merecido logro.
—¿Está todo bien? —preguntó Kiyomi.
—Creo que tantas palabras bonitas me van a hacer llorar.
—Es natural. Has sido bendecida con grandes personas que celebran tus triunfos aun estando lejos.
—Sí. Soy realmente afortunada… aunque podría ser mejor.
Esto último lo dijo haciendo referencia a sus padres. Seguramente el momento sería distinto si los tuviera a su lado, pero así lo quiso el destino y sabía que ellos la miraban orgullosos desde dondequiera que estuvieran.
—Lo sé, querida —Kiyomi la tomó de las manos—. Aunque eso no resta que tú… —fue interrumpida por el tenue sonido de una llamada telefónica. Suspiró—. Les dije que no estaría disponible por algunos días y aun así… —sacó el celular de su bolso, pero al mirar el remitente, se calló unos segundos.
"Hiroshi".
—Si es importante, puedes nomás contestar —dijo Mikasa.
—¿Eh? Ah, sí. Lo siento. Ya vuelvo —se levantó del sillón y caminó por un pasillo que la llevó al balcón. Tras cerrar la puerta, contestó—. ¿Hiroshi?
La vista de Los Ángeles a esas horas de la noche era un verdadero espectáculo, lleno de luces y una suave brisa que alborotó sus cabellos, pero eso no impidió que pusiera atención a todo lo que el interlocutor decía, llevándose una mano a los labios producto de la sorpresa al recibir la información.
—Lo sabía… —susurró luego de algunos segundos—. ¡Lo sabía! Sabía que no debían detenerse las investigaciones —la voz al otro lado siguió diciendo algo—. Sí. Contáctalos de inmediato, por favor… —calló un instante—. No lo habría hecho sin un propósito y lo sabes bien —desvió la vista hacia Mikasa, quien se encontraba tecleando en su celular—. Descuida. Yo me haré cargo de lo demás. Gracias por todo —colgó y permaneció un rato más en el lugar, pensando en cuál sería su siguiente movimiento.
"Qué bueno que no me di por vencida".
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El tiempo siguió transcurriendo hasta que llegó diciembre y, con ello, las Fiestas Navideñas. Las calles se vieron abarrotadas de gente que iba y venía comprando regalos, y si a eso se le sumaban los escenarios multicolores de las tiendas y casas, todo se fusionaba en un mosaico cálido y lleno de prosperidad, algo característico de la época.
Para mucho era un momento para compartir con familia y amigos, pero en el caso particular de Mikasa, la situación era un tanto diferente.
Siendo Noche Buena, y por tanto uno de los días más agitados del año, fue necesaria su presencia en el trabajo para poder cubrir la alta demanda de clientes que llegaban a pasar un buen rato a pocas horas de Navidad. Portando un vestido y un gorro alusivos a la fecha, se mantuvo ocupada yendo de un lado para otro juntos a sus compañeros, y aunque podría parecer que estuviera exhausta, la verdad era que se sentía con mucha energía y más al ver a los clientes felices y disfrutando de la comida.
Cuando menos se lo esperó, el reloj marcó las once de la noche, anunciando el final de su turno. Se cambió de ropa, se despidió de sus compañeros y jefe deseándoles Feliz Navidad y emprendió el camino a casa, pero esta vez sin patines ya que quería darse el tiempo de admirar el ambiente a su alrededor.
Sinceramente no estaba en sus planes hacer algo en lo que restaba de la noche ya que la cena con sus amigos sería al día siguiente, pero tal fue su sorpresa cuando llegó a su departamento y se encontró a su tía, quien la estaba esperando con la mesa ya servida, algo sencillo para las dos.
No lo vio venir, y fue más que evidente dada la expresión dibujada en su rostro, pero agradeció de todo corazón aquel detalle que la inundó de mucha alegría y algo de nostalgia.
A la mañana siguiente se levantó pasadas las ocho y salió a pasear en medio de la fina capa de nieve que cubría las calles y los árboles sin hojas. Regresó luego de una hora, desayunó junto a Kiyomi y luego de que ella se fuera realizó algunas actividades hasta bien entrada la tarde. Al ver la hora, fue al baño a darse una ducha, se vistió con un enterizo y sandalias, tomó su abrigo junto a su bolso y abandonó el departamento.
La cena con sus amigos tendría lugar en la casa de Sasha y Nicolo, por lo que se dirigió directamente hacia allá y, al llegar, se encontró con la mayoría de ellos quienes la saludaron alegremente. Poco después llegaron Armin y Eren (este último aprovechando que estaba de visita a sus abuelos), y cuando ya estuvieron todos, colaboraron para preparar la cena entre risas y algo de música navideña, y como también iba a ser la última que compartirían con Sasha antes de que viajara, se esmeraron mucho para hacer de ese un momento inolvidable.
Sirvieron la comida un par de horas después y luego se acomodaron en la sala para conversar mientras tomaban algo de sake.
—No debería ponerme sentimental, pero es imposible sabiendo que falta poco para que te vayas —le dijo Connie a Sasha.
—Creo que todos nos sentimos así de alguna forma, pero es mejor no ponernos tristes y alegrarnos por su oportunidad de conocer el mundo —dijo Historia.
—Y de la mano de una gran persona —agregó Mina.
—Les agradezco por permitirme formar parte de ustedes —dijo Nicolo.
—No podía ser de otra forma. Nuestra amiga eligió bien y eso nos hace felices —habló Jean.
—Basta. Van a hacer que llore a mares —dijo la castaña, espantando las lágrimas que amenazaban con salir.
Para evitar que el ambiente se tornara nostálgico, procedieron a hablar de otras cosas relacionadas al patinaje y a los últimos acontecimientos del mismo respecto a los grandes patinadores del momento.
—He visto que Erd Gin ha escalado mucho en el patinaje francés —comentó Ymir.
—Sí, aunque todavía le falta mucho para ser una figura de renombre como el entrenador Levi —agregó Marco tras beber una copita de sake.
—Creo que tendrán que pasar muchos años para que alguien esté a su nivel —mencionó Eren aleatoriamente—. Incluso estando retirado llama mucho la atención.
—Cierto que lo conociste en persona hace tres meses, ¿no? —preguntó Armin y él asintió—. ¿Qué te pareció?
—Tiene un carácter imponente y es bastante asombroso, aunque… por alguna extraña razón, siento que no le agrado.
—¿Ehh? Pero ¿cómo es eso posible? ¡Eres de las mejores personas que existen en la vida! —exclamó Mikasa, consternada ante sus palabras.
—Seguro algo debiste hacer para no simpatizarle —dijo Connie.
—Eso es lo que todavía estoy averiguando.
Siguieron conversando de otros temas, pero la mención del azabache hizo que la ojigris se desconectara de la charla y, recordando cierto detalle, sacara su celular. Entró directo al chat que tenía su nombre, pero antes de teclear se quedó un rato pensando mientras miraba la pantalla, llenándose otra vez de dudas repentinas.
Aquella actitud llamó la atención de Armin a su lado, quien se le acercó y también miró el celular.
—¿Sucede algo?
—Bueno, recordé que no le desee Feliz Navidad a mi entrenador, pero ya es algo tarde y no sé si sea buena idea escribirle ahorita.
—Pues yo no lo veo lo malo.
—¿De verdad?
—Claro. No importa qué hora del día sea. Después de todo, la intención es lo que cuenta y más si lo haces de corazón.
Aquellas acertadas palabras la llenaron de motivación, por lo que, antes de que algo le hiciera cambiar de parecer, tecleó rápidamente y envió un breve:
¡Feliz Navidad!
Dejó el celular de lado y volvió a integrarse a la conversación que se tornó más divertida con las ocurrencias de los varones, pero al cabo de diez minutos escuchó el sonido de notificación de un nuevo mensaje, por lo que lo volvió a tomar y revisó, encontrándose con un:
Feliz Navidad para ti también.
Esas cinco sencillas palabras, que volvió a leer como tres veces, tuvieron un efecto inesperado en su pecho, haciendo que sonriera inconscientemente. Armin notó aquel gesto, y aunque se sintió tentado a preguntar, prefirió no hacerlo por el momento.
"Qué brillo tan peculiar el de tus ojos, Mika".
Después de esa noche tan animada, los días siguieron transcurriendo en medio del frío invierno hasta que llegó el último día del año. En esta ocasión, todos los chicos estuvieron ocupados en reuniones familiares tanto dentro como fuera del país, a excepción de Mikasa, quien a pesar de la invitación que le hizo Kiyomi para ir a Hungría, prefirió quedarse en casa en compañía de Mayu y limpiando el altar dedicado a sus padres.
—Podré estar ocupada, pero siempre buscaré la forma de dedicarles un poco de mi tiempo.
Las horas continuaron avanzando hasta percatarse que eran las diez y media de la noche. Faltaba ya muy poco para despedir al año, por lo que se cambió de ropa, se abrigó y salió rumbo al templo para rezar algunas plegarias, tal y como dictaba la tradición.
Caminó un largo rato, y a medida que se iba acercando a su destino pudo vislumbrar a otras personas, entre adultos y niños, que se dirigían al mismo lugar. Una vez allí, se puso a la fila y se distrajo viendo a los alrededores mientras poco a poco avanzaba. Posó su mirada en una familia más adelante y luego llamaron su atención los pequeños copos de nieve que empezaban a caer. Tomó algunos entre sus manos cubiertas y miró unos segundos el cielo nublado, pero poco después unos niños pasaron corriendo en sentido contrario, empujándola hacia un costado y haciendo que retrocediera un par de pasos y se chocara con alguien.
—Ay, lo siento. No fue mi intención. Es solo que… —rápidamente se alejó y se dio la vuelta para disculparse, pero las palabras murieron en su boca al encontrarse con una mirada muy familiar. Parpadeó un par de veces, pero al comprobar que no estaba alucinando, ladeó la cabeza y mencionó un sorprendido: —… ¿Entrenador?
—¿Mikasa? —respondió en el mismo tono.
—Qué… casualidad encontrarlo por aquí —siguió avanzando en la fila sin dejar de mirarlo. Y es que, de todos los lugares, jamás imaginó verlo ahí, y aunque el asombro todavía no la dejaba, no podía ocultar que esa casualidad resultó ser muy agradable.
Y no fue la única en pensar aquello.
—Viví una larga temporada en Japón como ya sabes, y en ese lapso adquirí algunas de sus tradiciones. Esta es una de ellas.
—Ya veo…
—¿No lo viste venir?
—Siendo sincera, no —se encogió de hombros—. Pero debo decir que es grato haberlo descubierto.
—Hablas como si fuera una caja de sorpresas.
—Usted lo ha dicho —sonrió y él le devolvió el gesto.
Paulatinamente se fueron acercando al santuario hasta verse al frente del mismo. Ambos lanzaron un par de monedas, tocaron la pequeña campana que colgaba del techo y realizaron sus plegarias en silencio y con los ojos cerrados, aunque Levi abrió uno de ellos y miró a la azabache de soslayo, notando cuán concentrada estaba en lo que fuera que estuviera pidiendo.
Una vez que terminaron, se retiraron y empezaron a caminar rumbo a la salida del templo, escabulléndose entre la multitud que poco a poco se iba haciendo más grande a medida que se acercaba la hora cero. Lograron dejar a todos atrás, pero al ver que todavía quedaban algunos minutos y sin querer volver a casa todavía, decidieron dar un paseo por las calles en silencio, aunque sintiéndose cómodos con la compañía del otro.
—Pensé que estarías con los demás mocosos e irían al templo juntos —el ojiazul habló de repente.
—Ah. Lo que pasa es que muchos de ellos viajaron para ver a sus familias. Yo pude haber hecho lo mismo con mi tía, pero preferí permanecer en casa con mi fiel compañera gatuna.
—Oh, y hablando de ella, ¿cómo ha estado?
—Muy bien, y, de hecho… lo ha echado de menos.
—¿En serio?
—Sí. A veces tiende a pararse en la puerta como si esperara a que apareciera, y cuando otras personas timbran, se asoma a investigar y, al no encontrarlo, desaparece.
—Vaya. Entonces la pequeña Mayu no se ha olvidado de mí —no pudo evitar sonreír ante ese relato. Suspiró—. Quizá en algún momento vaya, si no te molesta, claro.
—¿De verdad? —una chispa alegre iluminó sus ojos—. ¡No es ninguna molestia! —mencionó, pero luego se percató de su excesivo entusiasmo y se sonrojó levemente—. Digo, siempre será bienvenido —sonrió con timidez, escondiéndose detrás de su bufanda azul.
El azabache volvió a sonreír (últimamente lo hacía más a menudo cuando estaba con ella), pero la imagen de ese momento lo catapultó hacia sus épocas en Montreal, haciendo que recordara una situación similar con cierta persona que le prometió, falsamente, siempre estar a su lado.
—¿Pasó algo? —preguntó Mikasa al notar cómo su gesto se ensombrecía.
—Nada —negó levemente—. Solo recuerdos de mi pasado —volvió la vista al frente.
—Hum… Está bien —prefirió no insistir y cambió de tema—. ¿Y usted? Creí que haría algo especial junto a los otros entrenadores.
—Quise estar en paz por lo menos un día. Además, fue suficiente la fiesta que organizó Hange en Navidad.
—¿Una fiesta? ¿No es un poco exagerado?
—Sí, pero insistió en que era necesario ya que, según ella, no se cumplen 28 todos los días.
Esto lo dijo en un tono bajo y desinteresado, casi de forma espontánea, pero Mikasa lo escuchó claramente y disminuyó sus pasos hasta detenerse, repasando nuevamente aquella frase que, al unirla en su cabeza con un recuerdo repentino, hizo click y provocó, poco después, que abriera los ojos desmesuradamente.
Levi se percató de que se había quedado atrás y se detuvo para voltear a verla, extrañado.
—¿Qué sucede? ¿Acaso algo malo…?
—¡No puede ser! —exclamó de repente, haciendo que se sobresaltara—. Su cumpleaños… ¡es en Navidad! Por todos los dioses, ¿cómo se me pudo pasar por alto?
—Mikasa…
—Sabía que las fechas coincidían, pero estaba tan distraída que ese día solo le mandé un simple mensaje de Feliz Navidad —se tapó el rostro, avergonzada—. Qué falta de delicadeza de mi parte.
—Mikasa.
—Un regalo —susurró, sin hacerle caso—. Es un poco tarde, pero más vale la intención, así que iré ahora mismo a… —empezó a caminar a paso acelerado.
—¡Mikasa! —el azabache la sostuvo del brazo, haciendo que se detuviera y espabilara—. ¿Puedes calmarte?
—Pero es que yo… —lo miró a los ojos y luego agachó la cabeza—. De verdad quiero regalarle algo.
—Agradezco la consideración, pero no es necesario —la soltó, y aunque tuvo la intención de acariciarle la mejilla, algo en su interior lo hizo retractarse—. Además, lo creas o no, ya lo hiciste —empezó a caminar.
—¿Eh? —alzó la vista y lo miró confundida.
Él volvió a detenerse y se giró, sonriendo apenas.
—Me regalaste tu compañía hoy, y no podría haber pedido nada mejor.
No supo en qué momento dejó de nevar, pero Mikasa no reparó mucho en ello, sino en lo que acababa de escuchar y cómo esas palabras provocaron que su corazón diera un vuelco y empezara a latir como loco.
¿Cómo podía decir eso con tanta franqueza y naturalidad? No lo comprendía, pero una cosa sí estaba clara, y era aquella sensación cálida que inundaba su pecho y a la que, paulatina e inesperadamente, se había ido acostumbrando.
Quiso responder de alguna forma, pero justo en ese instante las campanas del templo empezaron a sonar con fuerza y los fuegos pirotécnicos hicieron su aparición, anunciando la media noche.
—Feliz Año Nuevo —dijo Levi.
—Feliz Año Nuevo para usted también —dejó de lado lo anterior y respondió con una enorme sonrisa, volviendo a colocarse a su lado para seguir caminando juntos.
Él la acompañó de regreso a su departamento, y aunque muy en el fondo ambos esperaban no llegar, los minutos pasaron rápido y se vieron al frente del edificio más pronto de lo que imaginaron.
—Ha sido un paseo muy agradable, entrenador. Gracias.
—Soy yo el que debería agradecerte. Además, no estamos en la academia, así que puedes llamarme por mi nombre.
—Oh —no se esperó aquello—. Lo intentaré —se giró y caminó hacia la puerta—. Hasta pronto… Levi —le sonrió por última vez.
—Hasta pronto, Mikasa —agitó la mano levemente, y cuando la vio desaparecer, inició su camino de regreso a casa.
La azabache llegó a su departamento, se quitó los zapatos y el abrigo y corrió a su habitación para desplomarse en la cama. No se dio cuenta de que Mayu estaba en el filo hasta que esta se estiró y caminó a su encuentro, aún adormilada.
—Ups. Lo siento si te desperté, pero es que estoy tan feliz y ni siquiera sé muy bien por qué —habló en medio de la oscuridad, aunque en su interior sabía cuál era la razón de aquella emoción que parecía no querer abandonarla por un buen rato—. ¿Es normal sentirse así? ¿Como si estuviera flotando en el aire?
Un maullido obtuvo en respuesta, soltando una risita y suspirando después. Repasó en su mente cada detalle de lo sucedido hace poco (lo cual fue inesperado, pero muy grato) y se detuvo en aquella frase que, solo de recordarla, hacía que las mariposas revolotearan en su estómago.
"Yo también aprecié mucho tu compañía, Levi".
Por otro lado, el ojiazul continuó caminando sumergido en sus pensamientos hasta divisar, casi por inercia, su casa a un par de cuadras. Atravesó el pequeño jardín poco después, metió la llave en la cerradura de la puerta, pero antes de abrirla una tenue luz brilló sobre su hombro, llamando su atención. Se volteó y alzó la vista hacia el cielo, divisando a la luna asomándose apenas entre las negras nubes. Aquello le recordó a los ojos de cierta azabache con quien pasó, quizá, uno de los momentos más amenos, aun cuando fue producto de la casualidad.
Sonrió ante la imagen nítida de sus precioso e inocentes gestos, pero una vez más sus pensamientos se desviaron a cuestiones de su pasado que hicieron que las dudas lo asaltaran.
Sacudió la cabeza en un intento de alejarlas, pero aun cuando ingresó a su casa no pudo librarse de ellas del todo. Encendió la luz y se dedicó a reflexionar mientras se sacaba su cárdigan y lo colgaba en el perchero.
¿Era acaso una nueva oportunidad que la vida le estaba dando después de mucho tiempo? Quizá, pero a pesar de ello…
—No. No creo que sea una buena idea —susurró al recordar otro aspecto y caminó un par de pasos para sacarse los zapatos, pero al escuchar el sonido de papel arrugándose bajó la vista—. ¿Y eso?
Se agachó para tomar aquel objeto, y al descubrir que se trataba de una carta, la volteó y leyó el remitente.
"Asociación Francesa de Patinaje".
