Las semanas pasaron rápidas, tanto que pareció que habían pasado una eternidad desde que Eirea subió la barco y formó parte de la tripulación de su hermano; aquella mañana, la chica estaba sentada en una tumbona en la cubierta del barco disfrutando del calor mientras tomaba el sol y miraba a cada uno de los que ya se habían convertido en sus nakamas sin poder evitar sentirse feliz por tenerlos a su lado, aún más si uno de ellos era Luffy, apenas unos minutos mayor que ella, con quien tantos recuerdos había compartido desde pequeña, tantas veces la había salvado de problemas y había antepuesto su seguridad por protegerla, como haría un buen hermano mayor. Como si un acto de telepatía, el joven, que pescaba junto con Usopp y Chopper, giró la cabeza para mirarla y sonreírle de oreja a oreja. Jamás nadie comprendería cuan unidos estaban, porque era algo que, por muchas palabras que se buscaran, no podía ser descrito. Sin embargo, su estancia en el barco no era del todo perfecta, ya que no conseguía congeniar con Zoro, con quien las peleas eran prácticamente diarias y cada vez se hacía más insoportable para ella estar a su lado: esa mirada de impasividad constante, aquella dejadez en todo lo que hacía, ese aura desafiante con la que se paseaba por el barco, todo en él le hacía que la ira creciera en su interior.

El calor era tan sofocante, imparable por muchos refrescos que Sanji le ofreciera, así que sólo había una solución.

-¿A dónde vas? –le preguntó Nami, desde la tumbona de al lado.

-Necesito una ducha, no puedo soportar este calor.

Recogió su ropa interior y una toalla de sua habitación y se metió en el baño. Eirea se desnudó, dejando su bikini en el suelo y colocando su ropa limpia sobre un taburete cercano a la puerta de la sala de baño. Adoraba darse largos baños de espuma, pero no era ese día; abrió el grifo de la ducha y, sin pensarlo dos veces, se metió bajo él, notando como las gotas frías empapaban su pelo y descendía ligeramente por su cuerpo desnudo. Sin embargo, en aquel momento los recuerdos la abrazaron: aquella paz y tranquilidad, aquella protección que su hermano por fin le brindaba, no siempre la había acompañado y rememorar ciertos episodios de meses pasados le provocaron un dolor enorme. Cerró los ojos, sacudió su cabeza esperando a que se marchara de su memoria, que la dejara de perseguir y martirizar, y, sin pensarlo dos veces, movió el grifo para que el agua estuviera más caliente; el vapor de agua comenzó a inundar la sala y por su cara caían gotas, pero no eran de agua. Apoyó su cabeza en la pared, tocó con sus manos los azulejos, y rompió a llorar desconsoladamente, sin tener que fingir estar bien, puesto que, con el sonido de la ducha, estaba sola y no tenía que esconderse de nadie.

En la parte trasera del barco, Zoro se entrenaba para hacerse más fuerte, tanto que sus músculos había crecido lo suficiente para pasar inadvertido para cualquier mujer… y él lo sabía. Cogió una toalla cercana y bebió un gran sorbo de agua fría; aquella sensación refrescante frente al calor tras una dura sesión de entrenamiento solo le podía conducir a un sitio, por lo que recogió sus espadas, anduvo por el barco arrastrando los pies, bajando al dormitorio de los chicos para coger una toalla y ropa, y volvió a cubierta para meterse el baño, pasando totalmente desapercibido para el resto de sus compañeros.

Dejó sus pertenencias cerca de la puerta y comenzó a desnudarse. "Hoy necesito un buen baño" pensó "Un buen baño calmará mis pensamientos". Anudó una toalla en torno a su cintura y se dispuso a entrar en la sala de baño, pero, al pasar por al lado de un lavabo, su imagen se reflejó en uno de los espejos. Se acercó y se enjuagó la cara varias veces, cada vez más enérgica que la anterior, como si pretendiera borrar los pensamientos de su mente. Cerró el grito y apoyó sus manos sobre el lavabo, con sus ojos centrado en aquel desagüe y resopló. Llevaba tiempo sin sentirse cómodo consigo mismo, nervioso, intranquilo… Llevaba tiempo sin sentirse cómo consigo mismo, tantos días como la hermana de su capitán estaba en el barco. No podía decir que era una chica corriente, no como Nami, sino que era el complemento perfecto de su hermano para hacer las locuras que a éste se le ocurrieran y eso, aunque el resto de nakamas no lo quisiera decir en voz alta, les molestaba. Ya parecía que tenían domado a su capitán, que ya era suficiente con un Luffy, para que, además, tuvieran que cuidar de una cría chillona, mandona, arrogante, prepotente, y sabihonda. "No la soporto" se dijo mientras se miraba en el espejo "Ella es… Es…" pero no encontraba palabra que definiera el conjunto de emociones que le suponía tenerla cerca, porque solo conseguía hacerlo sacar de quicio. Respiró hondo y, sin pensarlo dos veces, abrió la puerta de la salita, tras la que salió una gran cantidad de vapor y tuvo que hacer grandes esfuerzos por procurar que sus ojos no se cerraran; no obstante, pudo divisar la silueta de un cuerpo, de espaldas, y quedó obnubilado por las curvas que el vapor dibujaba, tan anchas y tan estrechas a la vez, tan perfectas…

Estaba tan apasionado mirando que no recayó en el sonido del grifo al cerrarse y sólo fue capaz de espabilar al ver un brazo femenino palpando a tientas en busca de la toalla. Asustado, dio media vuelta y cerró la puerta tras de sí. Respiró varias veces entrecortado, tratando de borrar de su mente lo que acababa de ver, pero le era imposible, "Joder…" se maldijo mientras se acariciaba el pelo "Mierda, mierda, mierda…"; sin embargo, en una de tantas veces que susurró su mala suerte, recayó en la ropa que se encontraba en el suelo. Se separó de la puerta, andando hacia la ropa y cogió una de las prendas entre sus dedos. Mientras lo miraba, hipnotizado, sintió como sus pensamientos iban ralentizados: recordaba haber visto al resto de la banda en cubierta, recordaba haber visto a las chicas… ¿o no?... Nami estaba allí, ¿o no?... Sí, había visto al cocinero idiota ofreciéndole una bebida mientras ella tomaba el sol… Entonces… si no era Nami… esa prenda solo podía ser de…

La puerta se abrió y el vapor inundó de nuevo la estancia. Volvió a ver esa silueta de nuevo que canturreaba a la vez que se secaba el pelo con una toalla. Zoro sabía que tenía que moverse, hacer algo por salir airoso de esa metedura de pata, pero sus piernas no le reaccionaban, pues solo podía pensar en esa sombra que le había extasiado. Y, cuando sus piernas decidieron que ya habían desobedecido bastante, el vapor ya se había dispersado lo suficiente como para que lo viera allí, frente a ella, con cara de bobalicón, sosteniendo su parte de arriba de su bikini y ataviado solo con una toalla. El chico pudo ver como sus femeninos ojos se llenaban de un odio puro y se quedó allí esperando el típico grito de socorro llamando a su hermano, pero esta vez fue diferente…

-¡Sanji!, ¡Ayúdanos! –gritó Usopp mientras tiraba de la red de pesca junto a Chopper y Luffy, al que una oleada de agua de la red los dejó tirados por los suelos.

El cocinero corrió a socorrer a sus nakamas, trayendo la malla llena de pescados al suelo del barco.

-Vaya, vaya… menudo día de pesca, chicos –dijo Nami, bajando sus gafas de sol hasta la punta de su nariz.

-Sí –respondió Usopp orgulloso- La verdad es que hemos tenido suerte… Jamás imaginé que pudiéramos coger tantos.

-La próxima vez asegúrate que tus compañeros te van a ayudar –le espetó Sanji, encendiéndose un cigarrillo, malhumorado por haberlo sacado de su ensimismamiento con Nami- O te haces más fuerte… o avisas al espadachín de mierda.

-Está muy ocupado ejercitándose para hacer crecer esos brazos de gorila –bromeó Nami

-¡Qué va! – comentó Usopp mientras cortaba las cuerdas y sacaba los pescados- Si la última vez que lo vi iba de camino a las duchas

-Pues se habrá cruzado con mi hermanita –rió Luffy, que ya había vuelto en sí, tirado sobre el suelo del barco.

Aquella casualidad, que al capitán le había parecido tan graciosa, no lo era para el resto de la banda, que se miraron los unos a los otros con gestos de pavor y desconcierto. De repente, se oyó un estruendo proveniente de la parte de arriba del barco: la puerta del baño había salido volando, cayendo cerca de los nakamas, y, con ella, Zoro, que se estrelló contra el mástil del barco y cayó sentado en el suelo. Los miembros de la banda, estupefactos, dirigieron sus miradas desde el chico hasta el lugar donde debería de estar la puerta del aseo para ver a Eirea, ataviada con la toalla que le tapaba lo justo y envuelta en un halo de fuego mientras se agarraba a la barandilla del primer piso y no dejaba de fulminar con la mirada al espadachín.

-¡Eres… un… idiota! –le gritó desde arriba y saltó desde allí para volver a atacarle.

El espadachín rodó rápido por el suelo y pudo esquivarle, pero la chica no dejaba de atacarle sin respiro: era incesable en propinarle patadas tras patadas, golpeándole con fuerza y persiguiéndole por todo el barco. No obstante, el joven miró por el rabillo del ojo y vio sus espadas cerca de donde había caído la puerta rota, así que se dirigió hacia allí.

Eirea, que había adivinado sus intenciones, movió su dedo, haciendo que una ráfaga de aire le impidiera avanzar. Zoro intentó luchar contra la corriente y casi consiguió llegar hasta ellas, pero cayó al suelo; no obstante, alargó el brazo para intentar alcanzar sus espadas, a escasos centímetros de él, pero la chica, como si una cowboy se tratara, ató su tobillo con una cuerda. El espadachín, a pesar de que para otras cosas no era demasiado listo, sabía que un cuerpo tan pequeño como el de Eirea, a pesar de haber comido una Akuma no Mi, no podría parar su masa de músculos, así que reptó por el suelo haciendo que la chica cayera a la madera y la arrastró hasta que hubo cogido sus espadas, cortando la cuerda.

-Pero, ¡serás imbécil! –maldijo ella desde el suelo, mientras lo veía incorporándose, apretando el cinturón de las espadas a su abdomen desnudo y sonriendo satisfactoriamente.

Pero, al pasar por su lado, la joven le pateó el tobillo, haciendo que el espadachín tropezara: Zoro sabía que atacaría de nuevo y, en un acto instintivo, desenvainó dos de sus espadas y las cruzó apenas a dos milímetros del cuello de la chica, que quedaba atrapado entre las hojas de las katanas. Eirea miro a sendos lados, preocupada y sorprendida, volviendo a clavar sus ojos en los de su atacante.

-Para ser un imbécil, no se me da nada mal dejarte fuera de combate –le susurró cerca de su femenino rostro con una sonrisa arrogante de triunfo.

Sin embargo, Eirea carcajeo dulcemente, sacando de sus casillas a Zoro.

-Yo no estaría tan seguro –añadió la chica, haciéndole un ademan con los ojos para que mirara al suelo.

El chico hizo lo propio y maldijo interiormente cuando vio que la pierna de Eirea estaba posicionada justo entre las piernas del espadachín, lista para golpear en el sitio más doloroso. Levantó de nuevo la mirada y la chica arqueó las cejas con gesto de superioridad.

-Eres insoportable –dijo Zoro, envainando sus espadas y dando media vuelta.

-Y tú un mal perdedor y un pervertido, por cierto.

-¿Pervertido? –preguntó sarcásticamente mientras se giraba de nuevo.

-Chicos, no empecéis otra vez… –trató de sofocar Nami.

-Sí, un pervertido –continuó Eirea, obviando la petición de su nakama y acercándose a él- No te basta con entrar en el baño mientras que estoy yo, sino que además jugueteas con mi ropa.

-Venga, no me hagas reír –contestó el chico.

-Solo había que mirarte a la cara para saber cuánto disfrutabas con eso.

-Parad, por favor –le suplicó Usopp- Luffy, haz algo.

Pero su capitán, lejos de interceder en aquella pelea, se quedó mirándolos fijamente cruzado de brazos sin mostrar ni un solo gesto en su cara.

-Se ve que adoras que los hombres se fijen en ti –bromeó Zoro, observándola de arriba abajo- pero siento decepcionarte: no eres mi tipo.

-Vaya una excusa barata.

-No es ninguna excusa.

-Ya… ya… -añadió la chica, con mueca soberbia.

Aquella forma de hablarle, de mirarle, de posicionar su cuerpo, hasta del propio acto de respirar cerca de él, terminó por desquiciarlo, se acercó lo suficiente a ella, tanto que la joven tuvo que recular varios pasos atrás pero tratando de aparentar no perder la compostura, y le dijo con tono sereno:

-Mira, niña, no sabes lo harto que estoy de ti. No te soporto, ni tu voz, ni tu risa, ni todo lo que tiene que ver contigo. Desde que llegaste a este barco sólo me has ocasionado problemas, porque disfrutas haciéndote notar y en el momento en el que te surge un problema corres tras las faldas de tu hermano, como si él no tuviera suficientes problemas para tener que ocuparse de una niña mimada como tú.

El resto de la banda miraba, eclipsados por la situación, como Zoro soltaba todo lo que tenía dentro, como vaciaba todo el odio y rencor que llevaba dentro tras broncas y broncas con Eirea por temas absolutamente insignificantes, sin poder dar crédito a todo lo que estaban oyendo.

-No sé quién te has creído que eres –continuó- pero ya te lo digo yo: no eres nadie. Y si piensas que por tener un cuerpo medianamente bueno y una cara bonita tengo que estar rendido a tus pies como el estúpido del cocinero, la llevas clara conmigo, porque las mujeres con las que estoy son infinitamente mejores que tú: mejores cuerpos, mejores caras, y no me hacen sentirme para nada como lo haces tú; quizás deberías aprender de ellas…

Pero su discurso se quedó a medias porque el sonido de una bofetada había hecho silenciar el mundo por unos segundos. Zoro se tocó el mentón justo donde ella le había golpeado y rió sarcásticamente, mostrando aquellos dientes tan perfectos. Eirea quiso volver a golpearle, pero el chico le aguantó rápidamente ambas manos; la volvió a mirar, con las cejas arqueadas y sin borrar esa sonrisa de superioridad de su cara, pero se sorprendió al ver sus ojos vidriosos y apenas unas lágrimas cayendo por su rostro mientras forcejeaba por soltarse. Le sostuvo la mirada durante varios segundos, desconcertado por aquella reacción pero seguro de que no volvería a pegarle; la liberó de sus manos y anduvo hasta el baño sin añadir nada más.

La chica se quedó petrificada, ni siquiera tenía el coraje necesario para mirarlo marcharse después de todo lo que le había dicho, sólo podía estar de pie en la cubierta del barco, aguantándose la toalla a la altura del pecho mientras sus lágrimas se derramaban por sus mejillas. "¿Por qué?" se preguntaba "¿Por qué ha tenido que ser tan cruel conmigo? ¿Qué sabría él de su vida? Todo lo que había pasado hasta llegar donde estaba ahora…"

-Eirea…

La voz de Nami la sacó de aquella espiral de preguntas sin respuestas, pero al sentir como su nakama se acercaba a ella, negó con la cabeza, pues no quería ninguna muestra de compasión por todo lo que había pasado. Se secó las lágrimas con su antebrazo y se marchó a su habitación, de donde no salió en todo lo que restaba de día.

La mañana siguiente amaneció con una nueva isla a la vista, un lugar donde podrían parar a repostar todo lo que necesitaban y, por qué no, divertirse un rato hasta que la Marina se percatara de su presencia. Todos los Mugiwaras, a excepción de su capitán, que seguía durmiendo, y Zoro, que entrenaba, desayunaban en la cocina, casi en el mismo mutismo que el día anterior. Sin poder evitarlo, los nakamas observaba por el rabillo del ojo como Eirea jugueteaba con la comida, ensimismada en sus pensamientos: era la primera vez que se dejaba ver desde su pelea el día anterior y su cara demostraba lo mucho que le habían dolido las palabras del espadachín. Finalmente se levantó de la mesa y con un susurro avisó de su intención de ir a despertar a su hermano; sin embargo, al caminar hacia la puerta, se encontró de frente con Zoro, que venía del gimnasio secándose el cuello con una toalla y que se quedó estático cuando la vio justo delante de él mientras la chica le sostenía la mirada. El resto del grupo miraba expectantes cómo se solucionaría aquella situación, ya que, por un momento, parecía que el cuerpo del joven se había inclinado levemente hacia su compañera para soltar una disculpa por su comportamiento, pero Eirea cerró los ojos con fuerza y tras apartarlo con su brazo, salió con paso rápido y pegó un portazo al salir.

Zoro, ante esa reacción, tardo varios segundos responder a su gesto, riéndose sarcásticamente al coger un bol con cereales y meterse una gran cucharada en la boca. Mientras masticaba, jugaba con la cuchara en el cuenco, tarareando, pero se sintió tremendamente observado y levantó la cabeza para ver como Sanji, Chopper, Usopp y Nami lo miraban con desconcierto. El chico tragó y les dijo:

-¿Qué?

La navegante suspiró con incredulidad levantándose de la mesa, siendo imitada por los demás y dejando allí solo al espadachín, que mostró indiferencia por ese gesto hasta que la puerta se hubo cerrado de nuevo. Tiró la cuchara en el bol y apoyó sus manos en su rostro. No entendía el comportamiento de sus nakamas, ya que aquel problema era entre Eirea y él y nadie más debería de haberse inmiscuido. Entonces, ¿por qué se comportaban así? ¿Tan malo fue que se expresara como realmente se sentía? ¿Acaso ninguno de ellos se ponía en su lugar para comprender todo lo que había tenido que soportar? Recogió su bol y se marchó a la habitación para cambiarse, pues irían al pueblo para comprar alimentos, ropa y, en su caso, emborracharse en el primer bar que pareciera limpio de soldados.

Al salir a la cubierta para reunirse con el grupo, no pudo evitar fijar la mirada en aquella joven que tan desquiciadamente loco le volvía, pero algo en su interior se compungió al verla con gesto apagado y triste, evitando cualquier contacto visual con él. De repente, apareció Luffy, quien, al pasar por al lado de su hermana, le agarró el rostro y besó su mejilla en un gesto de naturalidad. Zoro agradecía que no se hubiera posicionado con ninguno de los dos, ya que estaba seguro de que su capitán comprendía cuanto le trastornaba el comportamiento de su hermana, pero no podía evitar protegerla y mimarla cuando la chica se mostraba débil. ¿Es que, realmente, le había dañado con sus palabras? "No tendría por qué" se dijo mientras bajaba del barco y se dirigían al pueblo "Al fin y al cabo, ella también me ha dañado con su ridículo comportamiento"

Se separó de sus compañeros en cuanto pisaron la entrada de aquella villa, aún cabreado con todo lo que su cabeza se preguntaba y pensaba. Necesitaba beber cuanto antes algo que le hiciera desinhibirse lo más rápido y placenteramente posible. Entró en una pequeña taberna, se sentó en la barra y pidió una botella de sake. El primer trago supo amargo, como siempre, y, al cerrar los ojos, la imagen de Eirea le vino a la mente. Zarandeó la cabeza, tratando de borrarla. "¿Por qué tuvo que subir al barco?" se dijo "¿No podría haberse quedado en su casa?" Volvió a llenar el vaso y a beber, menos amargo que el anterior. "¿No podría ser una chica normal? Que se dedique a otras cosas en lugar de buscar pelea". Otro trago más, algo dulce. "Tengo razón, no le hubiera dicho nada si no estuviera buscándome constantemente." Otro más. "No tengo por qué callarme todo lo que pienso sobre ella, no voy a vivir en silencio" Otro. "Podrá ser la hermana del capitán pero yo llegué antes al barco, tengo más autoridad que ella" Otro más. "¿Quién se ha creído que es, con su sonrisa perfecta y esos ojos brillantes?" Otro trago más. "No la soporto… no la soporto…" Pero cuando fue a servirse una copa más, la botella estaba vacía. Miró el cristal y suspiró antes de pedirle otra al camarero. Sin embargo, mientras se servía una nueva copa, sintió como alguien se sentaba a su lado, una muchacha apenas unos años mayor que él y que vestía ropa que dejaba entrever muchas de sus cualidades femeninas.

-Hola –le dijo con sensualidad la joven, a lo que Zoro le contestó arqueando las cejas y bebiendo nuevamente.

El espadachín se sirvió una nueva copa y la levantó en un ademán por brindar por aquella chica.

-Eres un hombre de pocas palabras, por lo que veo.

-Si…

-He escuchado mucho sobre ti, Zoro Roronoa.

-Me alegro.

-Y no de tus hazañas con las espadas, especialmente –le susurró la chica al oído mientras pasaba su mano por el brazo musculado del chico, quien la miró con una ceja arqueada.

En ese momento, una pareja de marines entraron y se sentaron en una mesa cercana al joven. Estaban tan ebrios que no había recaído en su presencia, además de que hablaban en voz alta, por lo que le fue fácil escuchar lo que estaban diciendo.

-Camarero, la mejor botella de sake que tenga –gritó uno de ellos.

-Sí, nos lo merecemos –contestó el otro.

"Están demasiado contentos" pensó Zoro mientras no perdía detalle por el rabillo del ojo de todo lo que hacían esos dos soldados "Espero que todos estén bien". Descorcharon la botella y se sirvieron unas grandes copas que bebieron al instante, brindando a su salud.

-De verdad… aún no me creo lo que hemos conseguido –dijo uno de ellos.

-Ha sido magnífico… y demasiado fácil.

-Si… en fin… a lo mejor no era tan fuerte ni peligrosa como se decía de ella.

El cuerpo del espadachín se tensó, pues un frío le recorrió la espalda de arriba abajo, como si fuera una mala señal. Ese gesto no pasó desapercibido para la mujer que le acompañaba, que sonrió pícaramente.

-¿Qué ocurre, Roronoa? ¿Te he puesto nervioso?

Zoro no contestó a la pregunta, sino que estaba pendiente de la conversación de los marines para tratar de descubrir lo que aquellos hombres habían logrado. Inclinó su cuerpo hacia atrás, intentando escuchar lo que decían.

-Debemos tener cuidado –le dijo un soldado a otro, que apenas podía sostener su cabeza sobre su mano- No podemos demorarnos mucho… Tendríamos de volver al cuartel…

-Sí… -contestó intentando ponerse de pie, pero cayendo de nuevo al banco de madera- Hay que estar preparados para cuando Luffy D. Monkey trate de rescatar a su hermanita.

La sangre de Zoro se congeló en un segundo, sintiendo como su corazón se paraba para volver a latir con más rapidez y como un sudor frío comenzaba a aparecer en todo su cuerpo. Habían capturado a Eirea. Pero, ¿acaso no estaba con Nami, Sanji y Chopper? "No" se dijo "el cocinero de mierda jamás habría permitido que se la hubieran llevado…. Tal vez… ¿se marchó sola?...Sí, me suena más a una idiotez de las suyas" La teoría de que la hermana de su capitán se hubiera separado del grupo y que le tendieran una emboscada cobraba cada vez más y más fuerza en su cabeza y, de ser así, ¿qué probabilidades había de que los demás supieran de su paradero hasta que no la hubiera llevado a otro lugar?

Tenía que hacer algo: ir en busca de sus compañeros era la opción más adecuada, pero hasta el mismo sabía que tenía un sentido pésimo de la orientación. Mientras pensaba en sus posibilidades, la joven que estaba a su lado posó su femenina mano en la parte superior de la pierna del chico, sacándole de sus pensamientos.

-¿Te apetece si bebemos algo juntos?

Como si una chispa saltara en su cabeza, vio la solución al momento. Debía ser rápido, muy rápido, antes de que esos soldados que se ayudaban mutuamente a levantarse de sus asientos se marcharan. Así, miró fijamente a la muchacha, tomándola por la cintura con una de sus manos, mientras desenvainaba una de sus espadas, la aprisionó entre sus brazos y posicionó la hoja de su katana bajo el cuello de la chica.

-¿Qué cojones estás haciendo? –gritó la chica, mientras los soldados desenfundaban las armas y apuntaban al espadachín.

Zoro sonrió sarcásticamente al ver lo que acababa de conseguir y, sin mover ni un solo centímetro de su posición, le susurró al oído:

-Lo siento, cielo, hoy no será tu día de suerte.