Había chocado con alguien. Frente a ella había un abdomen marcado y un medallón de cráneo de toro que caía grácilmente sobre un pecho firme. La joven levantó la cabeza para averiguar de dónde colgaba el adorno y se encontró con un sombrero anaranjado que en la parte delantera ostentaba dos caras: una feliz y una triste; bajo este escapaban unos salvajes mechones morenos y un atractivo rostro que la miraba con una ceja alzada.
Maris dio un paso atrás a la vez que tragaba saliva. Su vista volvió a desviarse hacia el lugar donde había chocado, se había sorprendido de la dureza que tenía en esa zona del cuerpo, se veía que estaba trabajada. Además le asombraba la seguridad con que el sujeto en cuestión andaba por la vida con el torso desnudo. Nunca había visto eso en otra persona.
-¿Por qué me miras tanto los músculos?- dijo él.
La muchacha se sonrojó completamente y retrocedió nerviosa a la vez que negaba con las manos y la cabeza.
-N… n… yo no.
-MAAARIIIIIIS- escuchó a la lejanía y con rapidez esquivó al sujeto del torso marcado para correr a esconderse en un callejón.
Apoyó su espalda en la pared y vio cómo su guardia y el guardia de su padre pasaban corriendo por el transitado camino vociferando su nombre.
-¡A la costa!- escuchó que decía uno de ellos- Ningún barco sale hasta que la encontremos, eso ha ordenado Stella Sanctus.
-¡Entendido!
Ambos pasaron y el camino volvió a la normalidad. Pero Maris se había dado cuenta; era demasiado luego, seguro que su padre le había indicado a su guardia que la vigilara a ella y por eso se habían dado cuenta tan rápido de que había desaparecido. Nunca había confiado realmente en su hija, la conversación entera que habían tenido hace unos minutos era una farsa. Esto lo arruinaba todo, sabían que ella quería escapar, le habían fastidiado su oportunidad de oro y ahora que había traicionado su confianza no le creerían si volvía a pretender que estaba feliz con su vida. Habían tirado un año a la basura, un año en que Maris había sufrido constantemente, donde había tenido que guardar cada lamento y mostrar una sonrisa. Todo se había perdido.
Pero no podía lamentarse de sí misma. Era la hora de pensar con al cabeza fría. No iba a poder embarcarse de inmediato, pero en algún momento tenían que dejar que la gente abandonara el archipiélago, no podrían evitar que los 79 groves retuviesen a los visitantes, aunque utilizaran todas las fuerzas y el poder que disponían. Entonces tendría que quedarse en la isla, esconderse de manera temporal hasta que acabara la búsqueda intensiva. Sí, esa era la mejor opción. Apoyó la nuca en el concreto mientras se tranquilizaba. Se quedó allí, mirando cómo el sendero volvía a regularizarse y esperó un buen rato. Cuando lo consideró oportuno salió del callejón, lista para correr, mas inmediatamente se topó con un obstáculo.
-¿De quién huyes?- era torso marcado ¿la había estado esperando todo este tiempo?
Maris se sobresaltó al verlo y luego negó con la cabeza a la vez que no podía evitar que su corazón se acelerara. Se notaba por la cantidad de accesorios extravagantes que era un hombre aventurero.
-¿De nadie? ¿Y por eso te ocultaste cuando viste a esos guardias?- Pronunció él pausadamente como si tratara de averiguar las respuestas leyendo el rostro de la chica, el cual sufría de una mezcolanza de emociones, de modo que no era fácil de descifrar. La muchacha acababa de darse cuenta de las numerosas pecas que cubrían las mejillas del hombre y se habían convertido en su nuevo punto de interés.- Si te están persiguiendo los tenryuubito asumo que eras una esclava ¿Pero dónde está tu neck-ring? ¿Te lo sacaste?
Maris vio de reojo que alguien pasaba corriendo, por lo que, de reflejo, se agarró del brazo del sujeto de las pecas y se escondió detrás. Pronto se dio cuenta de que simplemente eran niños, así que se pudo relajar, pero se había dado cuenta de lo duro que era aquel brazo. Dejó de esconderse mas su mano se había quedado pegada a esa fornida extremidad.
-¿Hay algún problema con mis bíceps?
-N… no…- Empezó nuevamente a tartamudear y a negar con la cabeza. El de pecas soltó una carcajada que dejó a la tenryuubito sorprendida y avergonzada.
-Está bien, está bien…-dijo tratando de apaciguar la risa. Agarró el ala del sombrero con una mano y se acercó al rostro de Maris- ¿Por qué no vamos a comer algo y me cuentas lo que te pasa?
¿Podía ella tomarse la libertad de ir a comer con alguien? No, tenía que esconderse, sin embargo, sí que era cierto que ellos buscarían primero en los lugares que podían funcionar de escondites potenciales, nunca hubiesen adivinado que ella estaba con aquel misterioso hombre, sin mencionar la ropa de civil que había robado de la tienda y el hecho de que llevaba el cabello suelto; a simple vista era otra persona.
-Está bien.- respondió ella. El de pecas levantó una ceja y empezó a caminar, la muchacha lo siguió con los brazos cruzados y la cabeza baja.
Es cierto, si no veían directamente su cara era difícil que averiguaran su identidad, ahora podía relajarse en cierta medida, así que no se impacientó al caminar a ese ritmo tan tranquilo. No obstante había otro problema, la posibilidad de que el sujeto a su lado fuera un secuestrador o algo peor. Sabía que estos eran frecuentes, su padre acababa de ir al lugar que significaba su fuente de ingresos. Se lo imaginó sentado, esperando que mostraran al siguiente esclavo para pujar por él y que al escenario saliera ella con el neck-ring puesto y las manos encadenadas; ni siquiera podía pensar en qué pasaría entonces. A la señal mínima de peligro ella correría con todas sus fuerzas.
-¿Cuál es tu nombre?- preguntó el hombre.
A Maris casi se le sale el corazón, mira tú que estar pensando en que es un secuestrador y que te hable tan repentinamente. Se colocó una mano en el pecho y exhaló, no podía estar tan tensa. Ahora tenía que darle una respuesta, de ninguna forma podía enterarse que ella era un tenryuubito. Le dijo el primer nombre que se le vino a la cabeza.
-Christine- era una buena salvada- ¿Y el tuyo?
-Yo me llamo Ace.
Fue entonces que ella notó el gigantesco tatuaje que cubría casi la totalidad de la espalda de su interlocutor. Era una calavera con un bigote blanco y tras ella estaban los inconfundibles huesos cruzados.
-¿Eres un pirata?- preguntó emocionada de repente.
-Sí- dijo orgulloso- soy de los piratas de barbablanca.
¡Barbablanca! Ese nombre era muy famoso, tanto que ella, aunque supiera muy poco de piratas, lo había escuchado más de una vez. Era impresionante, Ace debía ser muy fuerte y tener un sinnúmero de historias que contar.
Miró a su alrededor, nunca había tenido esa sensación de libertad, ahora podía recorrer el archipiélago con total libertad, sin que nadie se inclinara al oír sus pasos ni que un familiar se divirtiera torturando a los civiles. Miró a lo lejos a ver si podía vislumbrar Sabaody Park. Ace se dio cuenta de que se encontraba distraída.
-¿Quieres ir a otro lugar?
-No- volvió a mirar el suelo- es solo que jamás había recorrido este lugar… miento, sí lo había hecho, pero nunca como me hubiese gustado.
-Ya veo, pues entonces si quieres podemos recorrer un poco el área comercial para que veas todo como a ti te gusta.
La joven lo miró con desconfianza.
-¿Por qué eres amable conmigo?
-Tengo mucha curiosidad- dijo él con la vista al frente- Ojala accedas a contarme de dónde vienes.
Tenía que pensar en una historia mientras caminaban a la zona comercial. La verdad es que lo de la esclava que escapaba de los nobles sonaba muy bien y explicaba por qué no podía toparse con esos guardias.
En ese momento pudo disfrutar de las asombrosas construcciones de forma redonda por las que pasaban y los gigantescos árboles que ofrecían una tenue y agradable sombra además de las burbujas que surgían constantemente de la tierra. Sabaody era muy lindo. Llegaron al lugar donde habían puestos de todo tipo con regalos y recuerdos de la primera parte del Grand Line y comida de lo más deliciosa.
-Por cierto ¿No quieres alquilar un Bon Chari?- preguntó el pirata.
-No, me gusta caminar- definitivamente no quería volver a mirar ese lugar desde atrás de una burbuja, además el paseo se sentía bastante agradable.- ¡Oh! ¿Qué es eso?- dijo acercándose a un puesto que se encontraba vacío y señalando unas pulseras que estaban formadas por solamente pequeñas burbujas. Se veían bastante estilosas en su muñeca, algo elástico las sostenía, porque podía alargarlo con facilidad y colocársela a lo largo del brazo de tantas maneras como ella quisiera.
-Te quedan bien y están a un precio único- dijo el vendedor con una sonrisa.
-Son muy lindas- dijo Ace- ¿Pero qué les ocurrirá a las burbujas cuando ella salga del archipiélago?
El hombre se rascó la cabeza mientras una gota de sudor caía por su frente.
-Vamos Christine- indicó el pirata y cuando se alejaron le explicó- Las burbujas sólo se mantienen bajo los Mangrooves, aunque les coloquen un impermeable no duran mucho, al poco tiempo revientan. Es por eso que ese puesto está vacío, de seguro que se dedica a estafar a los turistas.
Maris se sintió avergonzada, había escuchado sobre eso hace mucho tiempo, cuando era niña. Una pregunta se le vino a la mente.
-¿Ya has estado aquí antes?
-Unas cuantas veces- dijo él acercándose a mirar unos recuerdos- Pero tú solo me has dicho tu nombre, podrías contarme un poco más antes de seguir haciéndome preguntas.
Sonaba justo.
-Pues tenías razón hace un rato- dijo con seguridad- escapé de los tenryuubitos, me robé la llave y me deshice del neck-ring.
-¿Así de fácil?- preguntó el pirata alzando una ceja.
-Por supuesto que no, lo planeé por meses. Busqué el momento perfecto y ejecuté. El único problema es que ahora no puedo salir del archipiélago, están reteniendo todos los barcos.
-¿Tanto esfuerzo por una esclava?- estaba incrédulo. Por supuesto que lo estaba, pensó Maris, su pretexto no explicaba eso.- ¿No habrás sido la esposa de un tenryuubito?
-¡No, definitivamente no!- los de su clase también se casaban con mujeres de otra sangre solo por diversión, las sustraían de su vida contra su voluntad y luego tenían que obedecerlo en todos sus caprichos. Una vida que no sonaba tan distinta a la que ella hubiese tenido.- ¡Qué desagradable!
Ace rió por su reacción. Aún no obtenía todas las respuestas pero por el momento estaba bien.
-¿Te parece comer algo ahora?- Estaban frente a un puesto de takoyaki donde habían unos bancos para sentarse a ver cómo hacían la comida y después disfrutarla ahí mismo. Ambos se sentaron y pidieron dos cajas. El cocinero dio inicio a su labor y cuando presionó el chisquero este no encendió. Lo intentó repetidas veces hasta que se dio cuenta de que efectivamente se había estropeado.
-Lo lamento chicos, no prende el fogón ¿De casualidad ninguno de ustedes anda con un fósforo o algo?
Maris negó con la cabeza a lo que el vendedor se agachó para intentar arreglar el aparato y lograr que prendiera la llama. Ace esperó a que la muchacha se distrajera y, cuando ella miró a un lado, él disimuladamente acercó el dedo a la parrilla de donde se desprendía un poco de gas y la encendió con facilidad.
-¡Excelente! Debe haberse arreglado- dijo el vendedor levantándose aliviado.
-¡Genial!- exclamó la muchacha a la vez que su atención volvía a la comida.
-Ya era hora- dijo Ace con una sonrisa.
Mientras el cocinero realizaba su labor la joven tenryuubito casi sufrió de un infarto cuando distinguió entre la multitud el rostro de su guardaespaldas que se dirigía directamente hacia donde estaban ellos.
