Sombras

—Menuda cara de pánico tienes, hermanita.

Impa veía con resignación cómo Prunia se paseaba por la sala con la misma frescura que si estuvieran en casa.

—Sólo quiero hacer las cosas bien. Y quédate quieta, me pones nerviosa.

—Buuuuh. —Prunia le hizo una mueca de burla y después abrió uno de los cajones de un pesado aparador de madera.

—¡Estate quieta!

—¿Qué crees que guardará la realeza aquí? —carcajeó Prunia —¡respira! No voy a llevarme nada, estos cajones están aburridamente vacíos.

—Te lo ruego.

—Impa, no es para tanto. Su alteza es normal, ya te lo he dicho. Rotver y yo trabajamos con ella en el laboratorio y, créeme, es casi como si fuera de la tribu. O incluso peor… algunas de sus ideas superan el límite que hay entre lo atrevido y lo imprudente. Es divertido trabajar con ella.

—Nuestro padre confía en nosotras para que la ayudemos en su camino. No sólo el científico, también el espiritual.

—Como si eso tuviera algún tipo de sentido. No es más que una chica joven a la que obligan a pronunciar un montón de letanías que nadie se ha molestado en comprender. Pronto verás lo genial que es su alteza y se te quitará esa cara de susto.

—Diosas —resopló Impa.

Tras un rato esperando, padre fue a buscarlas. Fueron conducidas por un largo pasillo vestido con una alfombra roja y una hilera de ventanas que filtraban luces de colores, a través de sus vidrieras. Las diosas, los símbolos de Hyrule, las grandes regiones… eran los motivos de decoración. La arquitectura del castillo de Hyrule siempre le pareció fascinante a Impa, casi no podía creerse que se convertiría en su nuevo hogar.

Prunia ya llevaba más de un año instalada allí, junto a Rotver. Ambos gestionaban el Laboratorio Real y dirigían todas las investigaciones y excavaciones sheikah desde ahí. Pero ella había sido llamada por otros motivos, al parecer el rey quería una acompañante más permanente para la princesa, alguien que pudiera ayudarla a entender mejor los textos antiguos que hablaban de Ganon, el Cataclismo. La princesa requería formación específica en algunos asuntos que sólo eran dominio del Pueblo de las Sombras. Se rumoreaba que su alteza no se llevaba muy bien con sus tutores. Según Prunia eso la convertía en algo fuera de lo común en la corte real: "un ser humano con sentimientos", ya que los tipos eran viejos estirados que sólo repetían los mismos mantras una y otra vez, sin prestar ayuda verdadera a la princesa. Pero esa era la interpretación de Prunia, lo que padre le había contado era que la princesa era rebelde y que rehuía sus obligaciones, por lo que el rey había recurrido a él, miembro destacado de los sheikah para pedir ayuda. Y la ayuda, era ella.


Los primeros meses en el castillo pasaron casi en un parpadeo para Impa. Prunia tenía razón: su alteza real era un ser de luz.

Y lo que la volvía más luminosa aún era que ignoraba por completo que podía producir esa agradable sensación en los demás. Era considerada, curiosa, trabajadora…. A veces un poco complicada, cuando las cosas no salían como ella esperaba. Era cabezota y terriblemente mala para ocultar sus sentimientos. Bastaba con mirarla a la cara para saber si estaba contenta y esperanzada por algo, o si por el contrario estaba inmersa en uno de sus días grises.

Esos días se habían repetido bastante últimamente, pero Impa no se atrevía a preguntar el motivo. No es que la princesa no fuese cercana con ella, la cercanía cálida y desinteresada era otra de sus virtudes, era la propia Impa que no se atrevía a ahondar del todo en su corazón, no habría sido propio de los sheikah.

—Tu padre tiene que estar muy orgulloso de ti —dijo la princesa, rompiendo un largo silencio.

Ambas estaban en el laboratorio privado de la princesa, una pequeña torre conectada a sus aposentos que en teoría fue construida para que su alteza meditase. La princesa Zelda fue llenando la estancia con plantas, libros, experimentos, anotaciones y mil cosas que nada tenían que ver con los rezos y la meditación. Lo había llenado con vida. Según la propia princesa, el rey jamás se daría cuenta, porque siempre tiene la mente en otras cosas, no en lo que importa a una hija caprichosa.

—Eso espero, alteza, tiene altas expectativas.

La princesa inclinó la cabeza y cerró el grueso tomo que estaba leyendo en ese momento, un libro de biología que Prunia le había entregado dos días atrás.

—Vuelves a casa, a la aldea sheikah —sonrió.

—Sólo unos días. Hace tiempo que no paso por la aldea. Estaré fuera cuatro o cinco días como mucho.

—Para mí será una eternidad —suspiró ella.

—Cuando volvamos, tendremos que empezar a planificar algunos viajes —respondió, aclarándose la garganta. No quería que las palabras de la princesa tuvieran ese efecto en ella, no debía encariñarse demasiado.

—He hecho algo para ti.

La princesa se agachó para buscar algo debajo de un estante oculto de la mesa.

—Alteza-

—Es un regalo.

Impa aceptó un pequeño paquete de sus manos. Estaba envuelto en trozos viejos de retal, pero muy bien empaquetado.

—¡Vamos! Ábrelo —la instó la princesa, juntando las manos con nerviosismo.

Ella suspiró y deshizo el nudo del paquete. En el interior encontró un pedazo de tela azul con un bordado plateado. Había un ojo sheikah, el símbolo de la tribu, y unas antiguas runas.

—Pone "Impa" en hyliano antiguo —aclaró la princesa, sin poder reprimir más su impaciencia.

—No sé qué decir…

—Di que te gusta, por favor. Era injusto no hacer nada para ti, me duelen las manos de bordar las túnicas de los elegidos. Este trozo lo saqué a escondidas, lo he bordado por la noche.

—Pues-

—Sé lo que vas a decirme, que debería descansar y no hacer estas cosas, ya lo sé. Pero he conseguido no dormirme ninguna vez. Ni lo has notado, ¿verdad?

—Alteza… —Impa sonrió, agitando la cabeza ante su verborrea nerviosa.

—Es porque eres tú, Impa.

Ella tomó aire y miró el pedazo de tela y una vez más los ojos rebosantes de emoción de la princesa de Hyrule. Había tanto en tan poco.

—Muchas gracias, alteza. Es muy bonito, de verdad.

—¡Me alegro! —ella se abalanzó para darle un abrazo. No era la primera vez que hacía algo así en privado, e Impa no sabía muy bien cómo reaccionar, aunque esta vez respondió, más o menos.

La princesa de Hyrule vivía aislada, de un modo horrible. Clases, tutores, los tipos estirados de los que hablaba Prunia. Y el rey, siempre solemne y lejano, bastante frío, a decir verdad. Y la sombra de una horrible profecía, que recaía por completo en sus hombros. Estaba rodeada por mil personas y a la vez, estaba sola. Era normal que un ser de luz como ella buscase y diese afecto a los más cercanos, los únicos que se habían parado a comprenderla por un segundo. Sus doncellas de compañía y, sobre todo, los sheikah.

—Así no te olvidarás y volverás pronto al castillo —bromeó la princesa, estaba tan radiante como si el regalo se lo hubieran hecho a ella.

—Volveré pronto, lo prometo —dijo, sosteniéndole las manos. Guardó con cuidado el bordado en uno de los pliegues de su túnica.

La preocupación volvió a apoderarse de la princesa, que apagó su sonrisa y el gris regresó a su cara.

—Llevas mucho tiempo fuera de casa. De cualquier otro modo habría suplicado para que no te marchases a Kakariko justo ahora. Dicen… Bueno. Dicen que él llegará al castillo dentro de dos días.

Impa la observó en silencio, comprendiendo al fin el origen de su preocupación en los últimos días.

—No lo conozco personalmente, alteza. Pero sí he estado en algunas reuniones entre los sheikah y la guardia real, para definir cuestiones de seguridad en común. Todos hablan muy bien de él, dicen que es un increíble espadachín. Precoz, fuerte y muy respetado.

—Dudo mucho que esté preparado para esto —protestó ella, frunciendo el ceño —no creo que esté a la altura. ¿Precoz? Es una forma bonita de decir que es inexperto. Ni siquiera es miembro de los sheikah…

—Saldrá bien. Es un buen muchacho, de cualquier otro modo no lo habrían designado para algo así. El rey confía mucho en él.

—El rey confía mucho en él —bufó ella —¿cómo se atreve el rey a dejar el peso del reino en alguien así? Apuesto lo que quieras a que desconoce la mayoría de las cosas importantes.

—Pero nosotras estamos aquí para explicárselas, ¿no es cierto?

La princesa suspiró y perdió la vista por la ventana. Era una verdadera mezcla entre el miedo y la rabia. Impa se preguntaba hasta qué punto la princesa hablaba del espadachín o de sí misma cuando decía lo "del peso de las cosas en alguien así". Dos golpes en la puerta interrumpieron sus pensamientos, tendría que ser una reflexión para más tarde.

—Vuelve pronto, Impa. No me dejes sola con él, te lo suplico —dijo la princesa, lanzando su último ruego, casi a la desesperada.

—No juzguéis tan pronto, no sin conocerle aún. Saldrá bien, no temáis. Y si no es así, los sheikah hablaremos seriamente con el rey.

—¿Lo prometes?

—Lo prometo.


Link era silencioso incluso para los sheikah.

Prunia se burlaba a veces, cuando él no estaba delante, poniendo en duda si el muchacho sabría hablar o tendría algún tipo de dificultad.

—A lo mejor es tartamudo y le da vergüenza que se note —dijo Prunia, mientras intentaban sin éxito poner algo de orden en sus archivos. No era la primera vez que sugería una tontería así.

—No es tartamudo. El chico es tímido y necesita tiempo —gruñó Impa —y no me gusta nada que hables así de él. No he conocido un soldado más diligente en toda mi vida.

—Diligente, ¿eh? ¿Qué habrá hecho para conquistar los altos estándares de mi hermanita? Sobre todo cuando se trata de alguien que tiene que cuidar a su alteza real…

—Lo que ha hecho es comportarse como un caballero. Siempre está ahí, incluso antes de que alguien le necesite. Entrena antes de que salga el sol, para estar listo cuando su alteza abra los ojos. Es valiente, considerado y hace honor a esa Espada. Es disciplinado y honorable incluso a pesar de gente como tú y vuestros cuchicheos… puede que el chico no sea hablador, pero te aseguro que no es sordo.

—Vamos, vamos… sólo estoy de broma. Ya me he acostumbrado a verle como un perrito guardián siguiendo a su alteza a todas partes…

—Debes detener esto, Prunia —dijo Impa, con toda la seriedad —sé que confabulas con su alteza para ayudarla a librarse del muchacho. No es lo correcto y no merece que se lo pongáis tan complicado.

—Hablas de eso como si hubiera matado a alguien —dijo Prunia, poniendo los ojos en blanco —su alteza sólo quería unas horas a solas en el laboratorio, sin dos ojos clavados en la nuca. ¿Crees que es cómodo vivir así?

—Deja al muchacho hacer su trabajo. Y no interfieras más entre ellos, por favor. Ese no es el cometido de los sheikah.


Impa se paseaba con impaciencia de un lado a otro de la entrada a la caballeriza real. Había preguntado a los mozos de cuadra, a los soldados (los del turno actual y los del anterior). Sólo sabía que "la princesa de Hyrule salió esta mañana con el caballero de la Espada", y nada más. "¿No los acompañaba nadie?" La cara de los guardias era un verdadero poema, temerosos de haber hecho algo mal o de haber interpretado mal alguna orden.

No había ninguna salida planeada en la agenda oficial. Se habían tomado un descanso antes de que su alteza tuviera que seguir peregrinando a las Fuentes Sagradas. Tampoco había nada en la agenda oficial de Link, lo había comprobado dos veces con su capitán. Prunia no sabía nada. Rotver no sabía nada. Y no era la primera vez. Era al menos la sexta vez que ocurría en el último mes.

Sabía que ella no tendría por qué interferir en eso, Link era el caballero guardián de su alteza y cumplía su cometido a la perfección. Pero desde que, casi por arte de magia, habían empezado a entenderse entre ellos, él la seguía en todos sus planes con una ceguera que rozaba lo temerario. Y ese sí era territorio de los sheikah. Entendía que Link encontrase casi imposible resistirse a las órdenes de esos dos ojos soñadores que debía custodiar, pero debía hacerlo por el bien de todos. No era bueno alimentar las ideas de la princesa, sobre todo cuando el tiempo estaba en su contra y había tanto en juego.

La risa de la princesa de Hyrule resonó por el túnel de entrada a la caballeriza cuando había anochecido del todo. Y ahí estaban los dos, risueños, como si no hubiera un apocalipsis cerniéndose sobre el reino. Ella apartándose el pelo con timidez detrás de la oreja, mientras dejaba las riendas de su caballo en manos de Link. Él con ojos de cachorrito, anticipándose a sus deseos, fuesen los que fuesen. Impa resopló, con resignación. Era una mezcla explosiva desde el primer día, era casi imposible que algo así no pasase, incluso con las enormes expectativas que tenía en él. También él había terminado sucumbiendo.

—¡Impa! —exclamó la princesa, enderezándose al darse cuenta de su presencia —es tarde, ¿no? ¿Qué haces tú por aquí?

—Pues comprobar dónde está la princesa de Hyrule —repuso ella, sin un ápice de buen humor en la voz.

—¡Oh! Es que hoy no había nada planificado, y había un sitio que Link no conocía. Y mi caballo llevaba nervioso unos días, pero… Bueno, es tarde, es verdad. Te veo en la cena.

La princesa subió las escaleras a toda velocidad, dejándola con la palabra en la boca.

—¿Y tú qué? —preguntó, dirigiéndose a Link.

—Me hago cargo de los caballos, no te preocupes —repuso él, con su inocencia habitual —puedes ir a descansar, Impa. Les quitaré las sillas, les daré de comer y un buen cepillado… no serán problema para los mozos de cuadras, sé que es tarde.

—Esto es del todo irregular.

—¿Irregular? —balbuceó él, registrando con velocidad en su cabeza qué podría haber hecho mal.

—Salida sin planificar, sin avisar a los sheikah.

—Avisamos a-

—Informar a un guardia de la puerta que está siendo atravesada no es avisar —interrumpió ella —Link. No es la primera vez.

—Yo no pretendía… Sólo necesita despejarse —protestó él —la tienen encerrada como si fuese un monstruo.

—No se te permite juzgar eso. ¿Por qué crees que ahora puedes hacerlo? ¿Es sólo porque su alteza es amable contigo?

—No es un monstruo. Ni tampoco un fracaso. Nadie la entiende —insistió él, manifestando su enfado con el mundo.

—También es alguien muy especial para mí —admitió ella. Él cambió la expresión y casi vio derrumbarse delante de ella su máscara de tipo serio y reservado —pero debemos protegerla. Sé que no es un monstruo, y está lejos de ser un fracaso. En eso estamos totalmente de acuerdo.

—Jamás haría nada que la pusiera en peligro.

—Lo sé —suspiró —avísame la próxima vez, para que al menos no esté por ahí preocupada.

—Lo siento. Lo haré.


Llegaron arrastrándose a la región de Necluda. Una humareda oscura se elevaba por encima de los Picos Gemelos e Impa sólo podía pensar en lo peor. "El Cataclismo también ha llegado hasta aquí."

El corazón le latía de un modo irregular, casi le costaba respirar o, más que respirar, sentía que tragaba aire para no morir ahogada en ansiedad.

—Deja de mirar atrás, Impa —repitió Rotver. Él encabezaba la huida.

Menuda huida… sólo tres personas, los tres que estaban en el laboratorio en ese momento. No se atrevieron a acercarse al castillo, la oscuridad lo engulló de repente.

—No podíamos hacer nada —añadió Prunia, como si pudiera leerle la mente.

—El rey… —murmuró ella.

—Es tarde para eso. Lo importante ahora es que la princesa esté bien —Prunia apretó las piernas a su montura y todos aceleraron un poco más.

Que la princesa esté bien. Pero al atravesar los Picos Gemelos sólo llegaban estertores de una batalla tremenda. Había ruido de explosiones, el humo oscuro y contaminado de elevaba por la cima de las montañas. Incluso había grupos de bokoblin huyendo en dirección contraria y dejándoles pasar como si nada.

—Vayamos a pie —dijo Rotver, descabalgando de repente.

—¿A pie? ¿Has perdido el juicio? —protestó Prunia.

—No, Rotver tiene razón —Impa miró a un lado y a otro olisqueando el ambiente —esto nos supera. Debemos acercarnos con sigilo o moriremos.

Se arrastraron entre escombros. Había guardianes, muchísimos, todos ellos atacando sin piedad las murallas de Hatelia. El sonido era estremecedor, pero el olor, el olor era algo incluso peor, removió las entrañas de Impa. Uno de los puentes que cruzaba el río había sido destruido.

—Esperemos aquí, tras esta roca —propuso Prunia, apoyando el hombro sobre una mole de piedra.

Impa se dio cuenta de que no era una "roca", sino un enorme fragmento de muralla, por todas las Diosas, ¿cómo habría llegado hasta ahí?

Aguardaron ocultos, bajo el cobijo del caos de la propia batalla que se estaba desarrollando más adelante, hasta que hubo otra explosión, otra de una magnitud mucho mayor. Fue como una especie de estallido cegador, y después: silencio.

—¿Qué es lo que ha pasado? —dijo ella, encaramándose por el borde de su escondite.

—Quieta, Impa, no te muevas o te verán —Prunia tiraba de su túnica para detenerla.

—No, para. Se ha terminado, algo ha sucedido ahí delante.

Los guardianes yacían inertes a su alrededor, era casi como el día que los desenterraron: amasijos de hierro y aleación metálica. También había hylianos muertos, centenares. Llovía y todo estaba embarrado, y fue Impa quien la vio, como si hubiera un resplandor de luz en el centro del desastre.

—¡Alteza!

Un leve destello dorado se podía intuir emanando del cuerpo de la princesa de Hyrule, como una fina segunda piel. Su túnica, quemada y sucia, y en sus brazos…

—¡Impa! —exclamó la princesa, con una voz rota que no había oído nunca —han… han venido otros dos sheikah, me prometieron que os buscarían. Necesitamos ayuda, rápido.

Tenía la cara sucia y cruzada por surcos de lágrimas.

—Alteza… —fue lo único que pudo decir. Los ojos de Link estaban cerrados, su cuerpo inerte, pero ella lo sostenía como si no fuese así, era desolador. Cayó de rodillas a su lado y se quitó la capa para echársela por encima.

—Link está vivo, tenemos que llevarlo al Santuario de la Vida, rápido, Impa —dijo la princesa.

—Tenemos que pensar con calma —repuso ella. Se veía reflejada en la situación, como cuando se negaba a creer que todos en el castillo hubiesen perecido, sin más.

—No, por favor… por favor, llevadlo allí antes de que sea tarde.

—Alteza, ¿qué ha pasado aquí? ¿Cómo se han detenido los guardianes? —preguntó, intentando desviar el foco del hecho de que Link estaba muerto a sus pies.

—Un momento… —intervino Prunia —su alteza tiene razón. Aún vive.


Algunos días, Impa se sentía como si hubiese una especie de suciedad en su cuerpo que no lograba salir del todo.

Se bañaba a menudo, frotándose con fuerza, pero seguía ahí.

La aldea de Kakariko era un oasis de falsa normalidad. Era un lugar increíble para vivir, porque desde ahí no se podía ver el castillo de Hyrule, así que era muy fácil volver la espalda a la realidad. No había guardianes en los alrededores y habían conseguido ser autosuficientes. Incluso el Clan Yiga, que había prosperado de un modo preocupante tras el Cataclismo, no se atrevía a poner un pie en la aldea.

Muchos se lo agradecían a ella, que había convertido el lugar en un fortín escondido entre montañas, un remanso de paz. Pero, Impa sabía quién era la verdadera responsable detrás de la paz.

"Cuida de Hyrule y vive. Yo aún tengo que luchar hasta que él vuelva. Sé que lo hará, no me queda ni una sola duda. Procura seguir a salvo para cuando eso pase."

Esas palabras dolían a diario en el corazón de Impa, porque sentía impotencia por no poder hacer más, por no poder estar cerca de su princesa como otras veces, siendo al menos un hombro sobre el que apoyarse. Vive. Era muy difícil vivir a sabiendas que muchos habían muerto, entre otros, su propio padre. Pero no se sentía con derecho ni a llorarle, no había tiempo para eso. Todos habían perdido a alguien y habían seguido adelante. La princesa también lo había perdido todo y había visto a Link caer en sus pies. Es difícil olvidar la expresión de alguien a quien el corazón se le acaba de desgarrar, pero sigue empujando para que los demás vivan y tengan una oportunidad. Nadie amaba más Hyrule que la princesa Zelda.

Después de tres años desde el Cataclismo, Impa al fin había aceptado desposarse. No era una de sus prioridades, y lo había estado posponiendo hasta que ya no era posible seguir haciéndolo. Él era un joven sheikah con el que apenas había interactuado antes, se conocieron en la reconstrucción de Kakariko y a partir de ahí... Al parecer, sus padres habían valorado la posibilidad de que contrajesen matrimonio: dos importantes familias dentro de la tribu, pero ella nunca había sabido de ningún acuerdo. En cualquier caso, el acuerdo ya no tenía sentido… nada de lo ocurrido tras Ganon tenía el mismo sentido que antes, pero él insistía en que, como parte de la reconstrucción, podrían unirse en matrimonio, ser los cabecillas de la aldea y dejar un legado.

Llegó a rechazarle hasta tres veces. Todo porque, bueno, no existía esa ilusión romántica. Le costó mucho admitirlo, pero no podía engañarse: no sentía eso por él. Sí había logrado tenerle mucho afecto, sabía que sería un buen compañero, era un amigo. Y con el paso de los días y hasta de las estaciones, comprendió que lo del legado era importante. No era sólo algo tradicional, una anciana costumbre sheikah, era algo de vital importancia. ¿Qué pasaría si Link tardaba centenares de años en despertar? Necesitaba asegurarse de que alguien estuviera ahí para guiarle y ayudarle a llegar a la princesa de nuevo. Si no podía hacerlo ella misma, tendría que ser alguien de su familia: un heredero. Prunia vivía aislada en Hatelia y "en libertad", tal y como había manifestado por carta. Casarse y formar un legado familiar estaba del todo fuera de los planes de su hermana, así que, Impa se decidió a dar ese paso, a que recayese sobre ella esa misión. No podía luchar junto a la princesa Zelda, y vivía oculta en la aldea, así que evitar que todo se perdiese en el recuerdo de unos pocos supervivientes, se convirtió en su único cometido. Ese sería su legado.


Link seguía igual que siempre, mirarle era como estar dentro de un sueño extraño.

—¿No recuerdas quién soy, Link?

Excepto por eso. Su hermana Prunia había advertido que podría pasar, durante esos cien largos años se había vuelto la mayor experta sobre la Fuente de la Vida donde Link había yacido, recuperándose de sus heridas. Había investigado con tesón, por si algo salía mal y tenían que intervenir. Al final, había sido productivo que hubieran dividido sus investigaciones. El caso era que, esa resurrección, tenía un peligroso efecto secundario.

—¿Cómo has despertado?

—La voz de esa mujer.

Ojalá ella también hubiera podido oírla alguna vez, aunque saber que la princesa Zelda seguía viva por boca de Link, también había sido una alegría.

Él no recordaba a su alteza, no recordaba que casi había muerto por ella, no recordaba cómo había llevado más allá del límite de la obligación su devoción por ella. No recordaba nada en realidad, así que, tal y como se había prometido cien años atrás, Impa se encargaría de hacerle volver a la princesa, a ese vínculo y a la importante misión que tenía entre manos.

Pidió a Link que intentase recordar antes de enfrentarse a Ganon en el castillo. Los vínculos poseen un misterioso poder, Impa lo sabía bien. Insistió mucho, le mostró el tapiz ancestral. Pero en sus ojos azules sólo veía restos de aquel muchacho tímido que llegó a la Corte y que cumplía con diligencia cada orden. Deseaba que, al reencontrarse con él, su alteza no viese lo que ella veía en ese momento, quería que ella se reencontrase con la calidez de alguien cercano, porque había estado demasiado tiempo sola.

—Sé que soy un caballero escolta, elegido por la Espada Destructora del Mal —dijo Link, agarrando la bolsa de provisiones que habían preparado para él —y prometí al rey que cumpliría con esta misión. No tenéis que dudar de mí, porque lo haré, sin importar que no recuerde ese pasado o a la princesa de Hyrule.

—Dile a Prunia que te ayude a restaurar las imágenes que su alteza guardó en la piedra sheikah —insistió ella —búscalas.

—No veo por qué no —respondió él, encogiéndose de hombros.

"Recuérdala, Link", pensó, al verle desaparecer por la puerta.


Impa recibía cartas de Prunia, de manera habitual.

La princesa se había mudado a vivir con Link en Hatelia, tras el final de Ganon.

Prunia relataba que él siempre estaba cerca, protegiendo, cuidándola, había vuelto a ser ese apoyo de antaño. "También ella cuida de él porque, es un desastre de chico y la necesita más de lo que cree…", repetía Prunia en sus caóticas cartas. A veces viajaban ausentándose durante semanas, pero a Impa no le preocupaba siempre que supiese que Link viajaba con su alteza. A lo mejor era un pensamiento egoísta, pero se sentía feliz de poder haber hecho al fin algo que tuviese valor para la princesa. Había conseguido preservar su vínculo con Link y con el resto de Hyrule. En cien años había hecho todo lo que estaba en su mano para que ella no se convirtiese más que en una leyenda lejana y olvidada. Había sido la guardiana de la memoria.

Y respecto a lo de que su alteza se hubiese mudado con él… bueno. Se sentía demasiado vieja como para juzgar nada. No era nadie para hacerlo. Todas las reglas del juego habían cambiado y, además, creía con firmeza que tanto Link como la princesa Zelda merecían ser felices. "Hay afecto entre ellos", insinuaba Prunia en las cartas. "Siempre lo hubo", pensaba ella. Merecían ser protegidos y vivir tranquilos. Si eso significaba que deseaban seguir siempre juntos, ella sería la primera en defender esa unión.

Así fue como Impa encontró el descanso, la verdadera paz, la paz en el reino de Hyrule y en su propio corazón.


Salieron en mitad de la noche, Impa sólo empaquetó lo imprescindible para el viaje. Wakat la miraba con cara de espanto y, además, diluviaba.

En su cabeza sólo había una frase en la carta de Prunia que se repetía una y otra vez: "han desaparecido, no sabemos dónde están."

Estaba a favor de las investigaciones acerca de los zonnan, siempre las consideró algo inofensivo. Cuando se abrió ese abismo cerca de Fuerte Vigía supo que trataban con algo mucho más peligroso, así que empezó a investigar de inmediato todos los tratados antiguos que tenía en la biblioteca de casa. Pay la ayudaba, incluso llegó a darle permiso para que pudiese viajar al castillo de Hyrule y que comenzase a rescatar cuanto antes todos los libros de allí. El castillo no había sido nunca la prioridad en cuanto a la reconstrucción de Hyrule se trataba, más bien se conservaba como una especie de monumento histórico, pero la cantidad de información valiosa que albergaban sus muros debía ser rescatada. Jamás debió relajarse de esa manera, tendrían que haber tratado ese asunto mucho antes.

—Impa, no creo que sea buena idea… salir así, de repente —dijo Wakat, que la esperaba al pie de las escaleras de casa, bajo el aguacero.

—Partimos ahora mismo. Se los ha tragado el castillo, no podemos seguir aquí ni un minuto más. Pay se hará cargo de todo en Kakariko, confío en mi nieta.


Link parecía cansado.

Ya había oscurecido del todo cuando llegó y tuvo que resignarse a tomar un poco de caldo caliente junto a la hoguera del campamento. Había insistido en visitar el geoglifo de todos modos, pero había demasiada oscuridad.

Ella sintió un alivio inmenso al verle aparecer, y al mismo tiempo miedo y decepción. No había nada más peligroso que el hecho de que Link y la princesa de Hyrule estuvieran separados. Él era así mucho más vulnerable, y lo mismo ocurría con su alteza real, su verdadero poder residía en su vínculo, era eso lo que había salvado a Hyrule hacía tan sólo unos años y era eso lo que podría volver a salvarlo de nuevo.

Y, ¿qué pasaba con la princesa Zelda? ¿Dónde estaba? ¿Por qué alguien que había sufrido durante un siglo tendría que volver a sufrir todo tipo de calamidades? ¿Qué era eso que había visto Link en la enorme Isla Celeste que colgaba sobre el centro de Hyrule? No podía acribillarle con todas esas preguntas, era capaz de reconocer esa mirada perdida en Link, era la misma que tenía ella misma, cien años atrás, cuando vio que todo saltaba en pedazos y que su alteza caminaba sola hacia la misma boca del Cataclismo.

—Si llevan tanto tiempo en Hyrule, ¿por qué nunca los habíamos visto? —preguntó Link, tras un largo silencio en el que parecía meditar sus propias respuestas.

—No lo sé. Como puedes ver, las marcas tienen una especie de propiedad luminiscente —Impa apuntó su bastón hacia la colina cercana. Era noche cerrada, pero había una porción de hierba que brillaba con una luz antinatural —antes era imposible distinguir esas representaciones en el suelo, a menos que alguien pudiese hacerlo desde arriba. Pero desde el día en que vosotros desaparecisteis, comenzaron a brillar.

—¿Qué son?

—No lo sabemos bien. Wakat y yo estamos preparando un artefacto que nos permita observar desde el cielo, de esa manera tal vez podamos conseguir más pistas. Sabemos que hay más, se ha visto otro cerca del puente de Hylia. Este puede observarse a cierta distancia.

—Alguien habrá dejado esas señales para que las veamos justo ahora —dijo él dando un sorbo pequeño a su cuenco de caldo.

—Son un buen comienzo para empezar a buscar.

—Buscaré donde haga falta, por todos lados. Con o sin pistas.

—Lo sé.

—Gracias por tu ayuda, Impa —Link dibujó una mueca cansada —no sé cómo puedes encontrar el buen humor para seguir adelante. Me está costando esta vez.

—Soy un poco vieja, admitámoslo —miró a Link y vio una sonrisa fugaz —Y en tantos años he visto demasiado. Una vez lo vi todo perdido. A pesar de nuestro esfuerzo, de estrategias y de mucha disciplina y trabajo... Perdimos. Muchos habían muerto y había oscuridad. Tuve miedo. Y en el último segundo no confié, creí que nos habían derrotado. Pero alguien en la hora más oscura me dijo: "vive". Y supe que es verdad que la esperanza es la última luz en apagarse. Esa es su luz.

—Sé que voy a encontrarla.

—¿La esperanza?

—Bueno, eso también —dijo Link, más animado —gracias otra vez.

Él puso la mano en su hombro como muestra de afecto antes de ir a echarse un rato a su tienda, pretendía ponerse a explorar el geoglifo con el primer rayo de sol.

Impa recordó el primer día que lo vio, tímido y nervioso, con una espada demasiado pesada para cualquier hombre al hombro. Era injusto para él, pero mientras ella siguiera en pie, seguiría haciendo todo lo posible para ayudarle a volver a la princesa Zelda, una vez más.

Caminó hacia el geoglifo, sus pies viejos y cansados agradecían la suave hierba de la pradera de Hyrule. ¿Quién mandaba esos mensajes? Entre los pliegues de su túnica, guardado cerca de su corazón, Impa sacó el centenario pedazo de tela azul con un bordado de plata. Miró al cielo, había luces y sombras, pero ella aún tenía esa esperanza.


Nota: Muchas gracias por vuestros, follows, likes y reviews! Un abrazo, -J.