La tragedia de las flores

Aquella noche una luna roja, como una gota de sangre suspendida en la oscuridad, se elevaba en el horizonte.

Flauryn sabía lo que significaba. Las Lunas Carmesí eran muy temidas en la aldea. Papá, Jorgen y otros hacían empalizadas y se preparaban con horcas y antorchas para defenderse de lo que pudiese traer la noche. Él era pequeño, cuando veía la luna roja sólo sentía miedo y solía esconderse debajo de la cama, con sus dos gatas, que lo seguían para hacerse una bola a su lado.

En una de esas noches, la pequeña aldea no resistió. Una horda de monstruos entró por el sudeste, cerca del río, y pudo romper las defensas. Él oyó los gritos, a mamá diciéndole que tenía que correr hacia el pozo, que se metiese dentro, que no saliese de allí. Ella se quedó para ayudar a papá. Desde el interior del pozo, él y los otros niños oían los chillidos y los gritos de los monstruos. Hubo golpes y sonidos de metales chocando. En su escondite todo estaba oscuro, ellos se acurrucaron contra una pared húmeda, sólo un rayo de luna rojo sangre iluminaba un poco la boca del pozo. Haite se agarraba a su camisa y no paraba de llorar. "Me da mucho miedo que esté oscuro". Flauryn aún recordaba esas palabras como si las estuviera oyendo en ese momento. Después de esa noche de terror, todo fue confuso.

Eran demasiado pequeños para entender lo que significa ser huérfanos. Él sólo había conocido la vida a través de los ojos de su padre y su madre, y de repente esos ojos se habían cerrado para siempre.

Batulio se hizo cargo de él, era un comerciante que había pasado a veces por la aldea. Flauryn se negó, no quería separarse de Haite, era su mejor amiga, pero los adultos que acudieron al rescate dijeron que eran demasiados niños para deambular por ahí juntos, así que todos los niños fueron separados y enviados a distintos rincones de Hyrule. La mayoría podrían trabajar en las posadas de las postas de caballos. Ahí siempre hacían falta un buen par de manos, porque había que hacerse cargo no sólo de los caballos, sino también de las ovejas, los cucos y otros animales. Los viajeros cansados llegaban pidiendo comida caliente y cama, y por lo general, las postas conseguían sobrevivir con más éxito que las pequeñas aldeas como la suya, que eran mucho más apetitosas a los ojos de los monstruos. Además, no había postas cerca del centro de Hyrule ni del castillo, donde los guardianes mecánicos impedían que nadie se acercase, siempre custodiando. Flauryn se preguntaba qué podía haber tan importante dentro del castillo para que unos artilugios tan fieros lo guardasen de esa manera.

Batulio y él se mudaron muy lejos de casa, al norte, a la posta de la Estepa. Allí hacía tanto frío que los monstruos dormían casi todo el tiempo, y las lunas de sangre solían estar cubiertas por las nubes de ventisca. Eso suponía un alivio, pues cada vez que Flauryn veía el brillo rojo asomando sobre las cimas de las montañas de Hebra, recordaba la noche en la que los monstruos mataron a sus padres y a toda su aldea. Sin embargo, había un ser muy peligroso patrullando la estepa: el centaleón. Flauryn nunca había visto centaleones en la aldea. Hasta allí sólo llegaban los moblin, los bokoblin y los hinox, pestilentes y estúpidos a partes iguales. Pero Batulio se lo había advertido: "es un ser listo y sibilino, no se parece a ningún monstruo que conozcas. Pueden ver a gran distancia, de noche. Pueden oler tu miedo con tanta claridad que no sirve de nada esconderse. Así que ya sabes, nada de arrastrar el trineo hasta la colina."

Y tras dos años escondiéndose y viviendo atemorizados, todo cambió. Ya no había monstruos, alguien había dado caza a los centaleones y, lo más importante, las Lunas Carmesí habían desaparecido. Las noticias no tardaron en llegar hasta ellos, lo bueno de vivir en las postas era que siempre se enteraban de todo antes que en ningún sitio. "La princesa de Hyrule ha vuelto, y junto al Héroe de la Espada Legendaria han acabado con el Cataclismo. Para siempre."

Ese día, el del final del Cataclismo, hubo una enorme fiesta en la posta de la Estepa. Parecía como si ya nadie tuviera miedo de quedarse sin provisiones, la carne de buey que habían racionado como si de diamantes se tratase, fue asada en una enorme hoguera y repartida gratis entre todos los presentes. Y Batulio se puso a cantar. Confesó que era músico, su padre le había enseñado, y su abuelo había sido el director de cámara del mismo rey de Hyrule. Todo cambió desde entonces, la gente estaba feliz, festejaban sin miedo, planeaban levantar aldeas, hacer viajes, visitar a familiares. Él quería ir a ver a Haite, quería saber si estaba bien, si era feliz al ver que ya nunca más habría Lunas Carmesí. Ella había vivido un tiempo en el sur, pero Batulio le había dicho que la habían trasladado a la Posta de Farone. "Iremos, ya nunca estaremos parados en el mismo sitio."

Para Flauryn fue maravilloso poder empezar a viajar como músico itinerante, con la compañía de los "Trotapostas". Batulio decía que como ya no había oscuridad, había que devolver la alegría y la música a Hyrule, porque durante demasiados años sólo había reinado el silencio. Él no sabía de música, pero Batulio le dio su flauta y le enseñó a tocarla. "Con esto en tus manos, darás felicidad a la gente." Él no veía el momento de poder enseñarle eso a Haite y al resto de los húerfanos de la Luna Carmesí.

Tal vez, esos fueron los años más felices que él recordaba desde que vivía con papá y mamá en la aldea. Tardaron un tiempo en formar el grupo, pero pronto se vio recorriendo caminos en una carreta junto a Vionela, Trompatt y Perkuss. Pero, como en esas pesadillas que tenía a veces… la oscuridad volvió a Hyrule, y con ella, las Lunas Carmesí.

El día de la Catástrofe estaban viajando al sur, cerca del gran puente sobre el Lago Hylia. La tierra tembló, enormes bloques de piedra cayeron del cielo y un abismo oscuro se abrió cerca de ellos, por poco y los engulle, como una garganta negra y sin boca. No había dónde refugiarse, Perkuss dijo que lo mejor era correr a un bosque o buscar alguna cueva. Durante dos días anduvieron escondidos, mientras oían a los monstruos merodeando en los alrededores. Al ser nómadas, no tenían un lugar fijo en el que quedarse. La madre de Perkuss vivía en la aldea de Hatelia, al este, y fue el primero en marcharse con la promesa de volver. Sólo quería ver si ella estaba bien. Trompatt quería verse con su hermano, que pertenecía a uno de los grupos de investigación que se habían formado por todo Hyrule, así que partió al cañon de Gerudo. Flauryn se preguntaba si Batulio querría que volviesen a la Posta de la Estepa. No fue así, Vionela quería viajar hacia el Bosque de Hyrule, pues por mera superstición ella y su familia siempre habían venerado a los espíritus del bosque, y se sentía más segura si se establecían por allí.

Una Luna Carmesí roja y fiera los sorprendió a mitad de camino, cerca de la zona pantanosa y los ríos de Hyrule. Unos bokoblin enormes, que blandían mazos y palos con espinas y huesos los emboscaron. Él huyó, corrió con los ojos cerrados, en mitad de la noche roja y tormentosa, igual que en una de sus muchas pesadillas. Algo tuvo que golpearle y cuando abrió los ojos, vio que estaba en una cama, en la Posta del Río. No había rastro alguno de Batulio ni de Vionela.

Pasaron los días y Flauryn pensó que no debía rendirse. No importaba si habían caído piedras del cielo o si habían vuelto las Lunas Carmesí. Tenían que seguir haciendo música y encontrar una manera de iluminar la oscuridad que se volvía a cernir sobre Hyrule. Nunca más volvería a ser ese niño asustado que se escondía debajo de la cama. No sabía dónde estaría Batulio, pero su principal preocupación ahora era Haite, así que, en cuanto pudiese iría a verla.


—Hola, oye, ¿estás bien?

—¡Largo, déjame en paz! ¡Sé defenderme!

—Tranquilo, ey, ya se han ido. No hay monstruos, puedes salir de ahí.

—¿Cómo voy a creerte? ¿Y si eres uno de esos tipos del clan Yiga?

—No soy del clan Yiga, lo prometo. Mira, voy a dejar mi espada en el suelo. ¿Ves? Estoy totalmente desarmado.

Flauryn dio unos pasos temblorosos. Había oscuridad y solo veía la silueta de su rescatador. Maldita sea, nunca había visto a nadie moverse tan rápido. Con un movimiento había partido el cráneo de un moblin en dos. Alzándose sobre una roca había atravesado a los bokoblin con sus flechas. Su espada había zigzagueado, había oído su sonido tan afinado como las cuerdas del violín de Vionela. Los monstruos yacían en el suelo, a sus pies. Cierto, había dado cuenta de los monstruos, pero a todos los efectos no era más que un encapuchado peligrosamente fuerte, que podría querer robarle la poca comida que llevaba a cuestas o algo peor.

—Tranquilo, ¿ves? —el extraño se retiró la capucha y le mostró las palmas de las manos en señal de paz.

Él caminó algo más confiado, pero un aullido en la oscuridad le hizo arrugarse de miedo.

—No pasa nada —dijo el extraño —son lobos de los bosques cercanos, habrán olido la batalla y vienen a por su carroña.

—¿Cómo lo sabes? ¿Cómo sabes tantas cosas? —dijo él, a la defensiva. Había un palo cerca, en la mano inerte de un bokoblin. Podría agarrarlo para defenderse si era preciso.

—Tenemos que salir de aquí lo antes posible, hay que ir a un lugar seguro. ¿Viajas solo?

Flauryn apretó los puños y no dijo nada. Jamás había que revelar a un desconocido lo indefenso que puedes llegar a estar.

—Bien, sígueme —dijo el desconocido, ante su silencio —Mi campamento no está lejos.

Se tuvo que tragar la resignación y siguió al extraño en mitad de la noche. Si no hubiera sido por él estaría muerto, habría caído presa de los monstruos. Pensó que el extraño no lo habría visto escondiéndose en ese agujero en la roca, pero además de rápido, parecía tener vista de halcón.

Juntos rodearon el bosque, el desconocido llevaba sus armas arrastrando por el suelo, en una especie de petate que había hecho con su capa. De ese modo intentaba demostrar que no quería usarlas en su contra. Sin embargo, Flauryn apretaba en la mano un colmillo largo y afilado que se había desprendido de la porra del moblin que había derrotado el desconocido. Cruzaron un pequeño riachuelo por un puente destartalado, pero evitaron mojarse los pies.

—Aquí estaremos bien. ¿Sabes? Antaño este lugar era la Caballeriza de Hyrule. Sus muros aún son sólidos y sirven de refugio.

Flauryn inspeccionó el campamento del desconocido. Sí, parecía un lugar seguro. Había una hoguera alegre y había montado una tienda contra el muro casi derruido de alguna casa. Además, olía a comida. El desconocido debía estar descansando ahí y había acudido al lugar en el que aparecieron los monstruos para evitar que se acercasen a su refugio, esa era la única explicación. No pretendía atacarle, ni robarle, ni nada por el estilo. Aun así, Flauryn guardó el colmillo en su pantalón, por si se veía obligado a utilizarlo.

—Siéntate por ahí, la cena estaba casi lista —dijo el extraño. Tenía una voz agradable, no parecía ser del clan Yiga aunque… últimamente habían mejorado mucho sus disfraces.

—¿Te gustan los plátanos? —preguntó de repente. Metió la mano en su pantalón para rodear el colmillo.

—¿Qué?

—No te hagas el tonto conmigo. ¿Te gustan o no?

—Bueno… —el extraño se rascó el pelo bajo la nuca, poniendo cara de bobo. Podría ser del clan —me gustan, sí. Pero no más que otras cosas. Me gustan casi todas las frutas en realidad. ¿Y a ti?

—Los odio.

—No te preocupes, no hay plátanos en el menú de esta noche —carcajeó el desconocido.

Después de eso se quitó la capa, las botas y se lavó las manos y los brazos con el agua de una cantimplora. Después se la ofreció a él, para que se lavase también. Con reticencia, Flauryn lo imitó. Mientras lo hacía, observó al tipo. Era bastante joven y más menudo de lo que aparentaba en la batalla. Tenía el pelo rubio y sus ojos por algún motivo inspiraban confianza… es por eso por lo que Flauryn temía caer en una trampa. Con aire distraído el tipo removió el caldo que había cociéndose en su lumbre y lo probó un par de veces. Sacó una sustancia de un saquito y la espolvoreó sobre el caldo.

—Este para ti —el desconocido le alargó un cuenco rebosante de guiso —y este otro para mí. ¡Que aproveche!

—¿Siempre haces tanta comida? —preguntó Flauryn, removiendo el caldo de su cuenco, aún con desconfianza. Diablos, olía muy bien. El desconocido engulló un trago, no debía estar envenenado.

—Supongo que cocino para dos sin darme cuenta.

¿Para dos? Flauryn pensó que allí había comida al menos para cuatro personas. Probó una cucharada del guiso que le transmitió una sensación cálida y de alivio. Mojó un poco del pan que le había ofrecido, estaba algo duro, pero al reblandecerse con el guiso le supo a gloria. Tragó y tragó, relamió cada gota del cuenco hasta no dejar nada.

—Tranquilo, hay mucho más.

Al levantar la cabeza, vio al tipo ofreciéndole otro cuenco lleno de guiso. Lo aceptó sintiéndose avergonzado, con las mejillas ardiendo.

—Sé lo que es pasar hambre —dijo el desconocido, que también se sirvió una ración tan generosa como la primera —y deambular de un lado a otro, huyendo de los monstruos.

—¿Por qué me has ayudado? —preguntó, con la boca llena.

—Oí a los monstruos y supe que estaban atacando a alguien.

—¿Dejaste tu campamento para ir a buscar a unos monstruos?

—Mmm. Sí, eso es —él siguió engullendo y después bebió de su cantimplora.

—No tengo rupias ni nada de valor —dijo Flauryn. "Salvo mi flauta" pensó. Estaba bien oculta, en su petate de viaje.

—Dime, ¿qué hacías por ahí solo? ¿Te has perdido? —preguntó el tipo, sin aclarar si esperaba algo a cambio o no.

—No. Sé a donde voy, viajo hacia el sur.

—Es peligroso viajar estos días —dijo el desconocido, con aire pensativo —no deberías hacerlo solo siendo tan-

—¡No soy un crío!

—No, desde luego que no —él levantó las palmas de las manos de nuevo, en señal de paz. —Pero es muy peligroso, seas de la edad que seas. Las patrullas han vuelto a vigilar Hyrule, pero son muy pocos. No pueden llegar a cada rincón, así que lo mejor es permanecer en un fuerte bien protegido o en las aldeas. Es lo más seguro.

—Viajo a la Posta de Farone. Las postas son lugares seguros.

—Sí, por suerte. La Posta del Río está más cerca de aquí, tal vez deberías ir hasta allí. Dime, ¿y tu familia?

—No sabía que esto fuese un interrogatorio —protestó Flauryn. Aunque con el estómago tan lleno y agradecido, cada vez le costaba más protestar.

—Sólo quiero ayudarte. Entiendo tu desconfianza, pero de verdad, no debes tenerme miedo. Mi nombre es Link —el desconocido le ofreció la mano.

—Flauryn —se la estrechó, aún algo tembloroso.

—Puedo acompañarte a la Posta de Farone, Flauryn. Hay monstruos peligrosos rondando el puente de Hylia y puedes necesitar ayuda, si es la ruta que tienes pensada.

Flauryn se mordió el labio. Sí, era su ruta.

—Sé a dónde voy y por qué, pero… ¿y tú? No eres de una patrulla. ¿Eres de un grupo de investigación?

—No, aunque a menudo trabajo con ellos —sonrió Link —estoy rastreando.

—¿El qué?

El desconocido levantó la mirada al cielo y Flauryn lo imitó. Sólo se veían miles de estrellas, nada más.

—Deberíamos dormir algo —dijo Link, poniéndose en pie y estirándose un poco. Flauryn pudo ver que su antebrazo estaba cubierto con un extraño guantelete —mañana partiremos al sur, te acompañaré.

—Perderás tu rastro si lo haces.

—No creo. Viajará al sur y luego virará al oeste. Sólo me retrasaré un poco.

Flauryn se preguntó qué diablos sería lo que Link perseguía. Además, parecía habituado a hacerlo, y conocía la ruta de aquello que fuese lo que estaba siguiendo. ¿Qué sentido tenía todo eso?


Al día siguiente, la desconfianza de Flauryn se derrumbó por completo.

Casi podía oír la voz de Batulio regañándole por ser tan desconfiado, pero es que… es que Link le caía bien. Trabajaba con los sheikah, con los grupos de investigación y había estado en todo rincón de Hyrule. Link era de los buenos.

Así que mientras viajaban al sur le contó todo con su enorme bocaza, desde que los monstruos de la Luna Carmesí se llevaron a sus padres, hasta quién era Batulio, y cómo había terminado en la posta del río, para terminar yendo en busca de Haite.

También Link le habló de su propia historia. Vivía en la aldea de Hatelia y también era huérfano (eso había despertado aún más su simpatía hacia él), y sabía luchar tan bien porque su padre había sido soldado y le habían enseñado desde niño. Además, lo que más sorprendió a Flauryn, es que al parecer Link trabajaba directamente con la princesa Zelda. En varias ocasiones dijo que ella "era su compañera". En resumen: era fuerte y letal, conocía Hyrule y era compañero de la princesa. Si no fuese porque era totalmente imposible, Flauryn podría llegar a creer que estaba en compañía del mismísimo Héroe de Hyrule.

—¡Flauryn! ¡Una rana, atrápala!

Nah, Link no podía ser él ni de broma. En su cabeza, el Héroe de Hyrule debía de medir como dos metros de altura. Sus brazos de acero eran capaces de romper rocas de un puñetazo y sus ojos eran tan temibles que asustaban a los monstruos, haciéndoles huir despavoridos. El Héroe de de Hyrule no podía ser un tipo que sabía guisar y perseguía ranas.

—La has dejado escapar… —resopló Link, decepcionado.

—¿Para qué diablos quieres una rana?

—Las ranas poseen propiedades que pueden mejorar tus habilidades. Si tuviésemos más tiempo te lo enseñaría.

—Qué cosas más raras dices, Link…

—Es cierto, me lo enseñó Zelda —sonrió él.

Flauryn se sentía mal por dentro. Tarde o temprano tendría que confesarle la verdad a Link, si era amigo de la princesa de Hyrule terminaría por saber qué era lo que le había hecho.

Llegaron a los límites del puente de Hylia al anochecer y Link recomendó montar un campamento en una ladera, en las proximidades. Flauryn recordó cómo un abismo se había abierto no muy lejos de allí, cuando los Trotapostas se separaron. Como le dio algo de miedo, acompañó a Link a pescar al río y fue realmente divertido. Batulio no sabía cazar ni pescar, así que siempre se las apañaba para comerciar como pudiese, pero a Flauryn le había encantado poder proveerse de víveres por sí mismo, como hacía Link.

Después, encendieron una hoguera y cenaron el pescado asado bajo el abrigo de una noche fresca y llena de estrellas.

—Me encantaría saber pescar así —admitió, masticando el pescado. Estaba delicioso, Link había puesto especias de su saquito misterioso y hacían que el pescado estuviese increíble.

—Podría enseñarte, tienes un brazo fuerte. Y puedo enseñarte a fabricar arpones, no es complicado.

Sin querer, Flauryn volvió a mirar el extraño guantelete del brazo derecho de Link. También él tenía sus secretos.

—Lo perdí en una batalla —dijo Link, adivinando sus pensamientos —este es un brazo mecánico, por así decirlo. Reemplaza mi verdadero brazo.

—¿Cómo fue? ¿Qué te atacó para arrancártelo?

—Fui muy lento —dijo Link, con los ojos perdidos en las llamas de la hoguera —sí, debí fintar como me viste hacer la otra noche, o sacar el escudo o… no sé. Todo pasó demasiado deprisa. Fue culpa del exceso de confianza.

—¿Te duele?

—Por fuera no.

Flauryn entendía bien esa respuesta. A menudo se sentía culpable por no haber hecho nada más que esconderse a lo largo de su vida. No pudo ayudar a sus padres, ni a los huérfanos, ni a los Trotapostas. Sólo sabía huir y esconderse como una sabandija. Eso hacía que a veces cuando lo pensaba le doliese algo por dentro, en el estómago y en las tripas.

—Link, he hecho algo muy malo —admitió, cabizbajo.

—¿Tú? Imposible —Link soltó una carcajada.

—Sí. He hecho algo que podría molestarle mucho a la princesa Zelda —miró a Link, que arqueaba una ceja sin terminar de creerle del todo —he quemado sus flores.

—¿Sus flores?

—Sí. El incendio en el Campo de Flores… fui yo. —dijo al fin. No sabía cómo se podría sentir Link al respecto.

—No sabía nada de un incendio…

—Ha sido hace poco. Bueno, fue un par de días antes de que tú me encontrases.

—Debió ser un accidente, no te imagino quemando nada adrede.

—¡Así es! Intenté explicárselo a todos, a todos. Pero sólo quisieron castigarme. Yo no quería quemar las flores de la princesa, lo juro.

—Tranquilo, te creo —sonrió Link, y puso la mano sobre su hombro —¿cómo ocurrió?

Entonces, Flauryn le habló de la historia del árbol brillante y de cómo cada vez que la habían contado en la aldea, Haite había sonreído y había sido feliz. Sólo quería recuperar un pedazo de eso… pero su experimento de crear un árbol brillante había salido mal y sin querer había provocado el incendio.

—A Zelda no le importará, ella lo entenderá —dijo Link con firmeza, una vez escuchó toda la verdad.

—¿Tú crees?

—¡Por supuesto! Es muy buena, ¿acaso no lo sabes?

—En la posta del río decían que ella se había llevado unos aperos de labranza, así que… tampoco había manera de arreglar el campo.

—¿Quién? ¿Zelda?

—Sí —Flauryn tragó saliva —dicen que… Es una tontería, no debería decirlo.

—Vamos, puedes contármelo, ahora somos amigos, ¿no?

—Pues… dicen que los robó.

—¿Qué? Menudo montón de mierda —dijo Link, soltando esa y otras malas palabras —estoy muy harto, agotado, en serio. Era lo último que me faltaba por oír.

—¡Lo siento! Yo no lo creo, lo prometo.

—Es increíble —gruñó Link, apretando el puño —ella se deja la vida por el pueblo, y al pueblo no le lleva ni dos días culparla y cuestionarla. Antes también era así, en el castillo, tenía que aguantar todo tipo de estupideces. Ahora se ausenta un tiempo y todos se vuelven contra ella. ¿Qué motivos les ha dado para pensar así?

Flauryn lo escuchó atento, sin entender bien del todo qué quería decir Link ni qué tenía que ver el castillo en todo eso, pero también él se sentía mal por haber escuchado esas tonterías en la posta.

—No todos lo piensan, de verdad.

—¿Sabes? Ella es la persona más buena que conozco. Es fuerte e inteligente, y se preocupa mucho por los demás. Es amable y generosa y daría lo que estuviese en su mano por hacer que todos pudieran vivir felices. Es justo eso lo que está haciendo. Esa es la única verdad. Y sólo ha venido a este maldito mundo a sufrir y a sacrificarse sin ninguna gratitud a cambio.

Link se mantuvo en silencio, con la cara un poco desencajada.

—Dicen que no se sabe muy bien dónde está, aunque lo mismo es otro rumor. ¿Es a ella a quien rastreas?

—Volverá. Lo juro. Aunque sea lo último que haga.

—Seguro que tú lo consigues, Link. Bueno, tú con la ayuda de los sheikah y el Héroe de Hyrule. Yo confío en vosotros.

Link sonrió de medio lado, pero su buen humor se había esfumado y Flauryn se sintió culpable por haber provocado esa conversación.

—¿Sabes? Deberías pensar en hacer algo para ella, para animarla una vez la encuentres.

—¿Cómo qué?

—Pues… bueno. Yo… yo quiero mostrarle el árbol brillante a Haite. Sé que eso la haría sonreír y a mí me gustaría mucho poder ver su sonrisa, después de todo lo malo que nos ha pasado.

—Entiendo muy bien esa sensación —admitió Link.

—Como eres compañero de la princesa de Hyrule, podrías pensar en algo que la haga sonreír, para que olvide todos esos rumores. Puedo prestarte mi idea del árbol, si quieres. O mi música, soy buen flautista.

—Eso habría que verlo…

Flauryn pensó que era su oportunidad para enmendarse y sacó la flauta. Tocó un rato para Link, que lo escuchó atento. También consiguió hacerle sonreír.


Link acompañó a Flauryn hasta las inmediaciones de la Posta de Farone. Habían viajado durante tres días y tres noches, en los que habían compartido historias en la hoguera, habían hablado de cebos de pesca, de las aventuras de los músicos en Hyrule. Él había podido disparar dos veces con el arco de Link y siempre habían terminado el día con la música de su flauta. Casi no quería que el viaje se terminase.

—Debo despedirme aquí —dijo Link, algo inquieto —creo que el rastro se aleja demasiado, no he podido verlo en un día entero.

Flauryn nunca llegó a entender cómo ni qué era lo que Link rastreaba, pero sospechaba que sin duda tenía que ver con la princesa de Hyrule. El deseo de Link por dar con ese rastro era tan grande como el suyo propio por llegar a reencontrarse con Haite. Sólo las personas que importan en el corazón pueden hacer que te muevas así.

—No sé cómo darte las gracias, Link. Me has salvado.

—Tú también me has salvado a mí. Me has hecho recordar algo muy importante que quiero proteger.

—¿El qué?

—Puede que un día te pida un favor —dijo Link, ajustándose el cinturón y cubriéndose la cabeza con la capucha. Volvía a ser el desconocido enigmático del primer día.

—Cuando quieras. Si por casualidad te encontrases con Batulio o con los demás músicos…

—Descuida —Link guiñó un ojo y se giró, oteando el horizonte hacia el oeste —cuida mucho de Haite. ¿Lo harás?

—¡Claro!

Flauryn caminó rápido hacia la Posta de Farone. Aunque se acordaría mucho de su nuevo amigo se sintió feliz y esperanzado. Se le había ocurrido una nueva idea para conseguir un árbol brillante para Haite.