Pocas palabras acudían a la mente de Deidara para describir lo que estaba viendo: cansado rostro anguloso, algo de ojeras mal maquilladas, suspiros interminables, cabello corto negro, vetas de canas comenzando a asomar detrás de nuca y orejas. La visión se completaba con un traje negro, corbata desordenada, ancha espalda en forma de T salida de un gimnasio y un poco de arrugas en la frente y comisuras cuando las movía. Deidara pensó que ese tipo estaba para comérselo entero, y comenzó a acercarse, empujando a quienes se interponían entre él y el asiento del viejo sabroso.
Se colocó parado enfrente del tipo, consiguiendo que le devolviera un escueto saludo de cabeza que le dedicó. Miró luego la ventana, como quien no quiere la cosa, y cuando vio que el hombre volvía a su postura cansada, comenzó a estudiarlo de nuevo con atención.
–Cansado, ¿hm?
Obito se asombró de que alguien le dirija la palabra. Miró a la persona que tenía enfrente, a quien inicialmente había confundido con una mujer, y se asombró de encontrar un rostro y un cabello tan bonitos al natural.
–Sí– respondió, intentando despejarse el cansancio visual con una mano.
Un caro reloj hizo una breve aparición, incomodando durante un instante a Deidara, quien se recompuso rápidamente levantando los hombros. Aunque no estuviera acostumbrado a salir con tipos de generosa billetera, ese era demasiado sabroso como para dejarlo ir.
–A mi me queda media hora de viaje hasta casa, ¿y tú?
Obito intentó no asustarse por tener que dar información privada.
–Eh, media hora también.
–Hm– asintió Deidara, y durante un momento, sólo se escuchó el sonido de su chicle haciendo ¡pop! en su boca.
–Debe ser cansador ser un oficinista que trabaja veinticuatro de siete– torció la cabeza, el cabello desplegándose contra el vidrio –. Yo no podría con ese ritmo de vida, hm.
Obito quedó prendado unos instantes del cuello y cabello del muchacho antes de poder responder.
–Em, pues, sí. Encima empeora en vez de mejorar cuando te ascienden.
–Hmm– su voz era grave al emitir aquel sonido –, entonces, ¿debo felicitarte por haber sido ascendido o no?
Obito se sonrojó un poco, no había compartido la noticia con nadie y ya un extraño se la había sonsacado en apenas un minuto de conversación.
–Eeh, gracias– se rascó la nuca, incómodo.
Ver al chico de nuevo para observarlo mordiéndose los labios no le pareció una buena idea, pero ya era tarde para retirar la mirada.
La sonrisa de Deidara fue la de un gato en medio de la noche.
–¿No haces nada para relajarte? Yo esculpo, por ejemplo.
Obito se mordió la lengua antes de protestar por si se veía demasiado cansado. Ojalá no se le notaran las ojeras del final de la jornada, pensó, porque acababa de descubrir a alguien fascinante.
–¿Eres artista?– preguntó asombrado, viendo al muchacho asentir –. Wow, nunca conocí a uno. Disculpa mis modales, soy Obito– le extendió una mano.
Deidara la tomó, secretamente sediento por más contacto corporal.
–Deidara, hm.
–Es un placer– no le diría su apellido, la firma Uchiha era conocida en todo el país por su poder y no quería que ello amedrentara al joven.
–Más placer siento yo– y juró que, durante un instante, el cuarentón se sonrojaba –. ¿Siempre eres tan formal, guapetón?
Obito buscó una respuesta rápida en su cabeza, agitado.
–Sólo con personas importantes.
¿Qué había dicho? Quería bajarse del tren en movimiento ya.
La sonrisa gatuna aumentó.
–Me halagas, señor importante– le sonrió antes de hacer un gran globo rosado de la goma de mascar.
Obito observó sus labios abrirse tras la traslucidez rosada. Eran carnosos, y tal como se veían abiertos en forma de "O" parecían perfectos para…
"¡Obito, ya deja de pensar en eso!", pensó desesperado, la abstinencia pronto lo iba a matar.
–¿Vas a tu casa? Te ves muy… solo– disparó Deidara de nuevo.
–No, sí, quiero decir, voy a mi casa, estoy solo– se apresuró a responder Obito.
¿Qué le sucedía que sus respuestas se apretujaban en su garganta como si volviera a tener quince años? Le daba la impresión de que ese chico tenía otras intenciones.
Lo observó escuetamente. Pantalones ajustados, remera de red que mostraba el ombligo, pulseras de colores y uñas pintadas. Sí, cualquiera diría que no iba al lado de su gris presencia. Pero ese chico, ese era justo el tipo de Obito.
Suspiró con fuerza, protegiéndose el pantalón con el maletín del trabajo.
"Está como para darle hasta mañana", pensó.
"Está como para darle hasta que me rompa", pensaba Deidara.
Una vez que sintió calmarse su erección, Obito decidió pasar al ataque.
–Y tú, ¿también estás solo? Deidara– pronunció con suave voz rasposa.
Los muslos y el trasero de Deidara se apretujaron en respuesta.
–Muy solo, últimamente– respondió haciendo un puchero.
Obito creyó que le daría algo. Era ese gesto, esa carita. Esos labios que parecían de miel.
–E-es una pena, un chico tan joven como tú– comentó, intentando ocultar su inquietud.
Deidara se encogió de hombros y arrugó la boca, y el gesto le pareció a Obito aún más deseable que todos los anteriores.
–Pero así puedo encontrar verdaderas joyas con total libertad– le guiñó un ojo e hizo otro globo con el chicle.
Obito tragó grueso, estaba casi seguro de que Deidara no estaba hablando en general o porque sí. Un chico tan sexy no podía ser inocente. Pero tenía que asegurarse de no estar haciéndose otra de sus clásicas películas unilaterales.
–Y… ¿encuentras de esas joyas muy a menudo?
Los ojos celestes se clavaron fijamente en los suyos antes de que Deidara respondiera.
–No. Y mucho menos las tengo enfrente en medio de un tren atestado de gente, hm.
Directo al corazón. Obito estaba teniendo palpitaciones.
Por un momento, no supo qué decir, sólo se sobó el cuello con humildad.
–Gracias– musitó al fin.
–No seas modesto, guapo– Deidara sonrió, esa extraña mezcla de madurez e inocencia le estaba atrayendo más allá de lo físico.
Obito deseó por un momento que el asiento se lo tragara para así poder gritar antes de responder.
Tenía que responder.
–Yo tampoco encuentro todos los días una joya– intentó sonar confiado, hasta que la abuelita que parecía dormir a su lado abrió los ojos y los observó a ambos con la boca abierta.
A Deidara pareció hacerle gracia.
–Hoy tenemos buena suerte, entonces– decretó.
Su voz fue tapada por la el altavoz del tren que anunciaba la siguiente parada.
La señora al lado de Obito intentó pararse con rapidez, siendo rápidamente auxiliada por el oficinista, quien recibió un caramelo a cambio. Deidara rompió a reír cuando Obito se giró hacia él con expresión asombrada, caramelo en mano sin saber qué hacer con él.
El tren pronto volvía a ponerse en marcha y Obito se fijó en que aún nadie ocupaba el asiento recién vaciado por la abuela. Enseguida se sentó en su lugar al lado de la ventana e invitó a Deidara a sentarse al lado suyo.
El rubio avanzó, y llegó al mismo tiempo que un ancianito, a quien otras personas habían cedido el lugar. No permitió que la sonrisa desencantada de Obito le importara, pues rápido y no perezoso resolvió sentársele encima al moreno.
Obito dio un respingo y el acelerón en su pulso se hizo notorio.
Mientras resistía el ataque, Deidara pasó sus brazos por detrás de su fuerte cuello y cruzó las piernas encima de Obito, dedicándole una sonrisa casual al anciano, quien se ocultó detrás de su periódico.
–Gracias por invitarme, guapo– le susurró al oído, y entonces sucedió.
Obito no pudo evitarlo.
Tenía una erección del tamaño de la torre de Tokyo.
–Hmmm…– Deidara le susurró al oído, antes de mordérselo y sentir un salto en la dura carne que se hincaba en sus muslos –. Creo que tienes hambre, chico malo.
Los puños de Obito se apretaron al unísono y tragó con dificultad antes de responder.
–La mía es la próxima parada.
Deidara le hizo un mohín de tristeza absoluta.
–Pero, ¿quieres conocer mi casa?
El rubio sonrió, triunfante.
–Sí, hm.
El despertador sonó a la hora de siempre; Obito había olvidado quitarlo. Se estiró y desperezó, observando el sol de fin de semana que se colaba por la ventana. Su mirada pasó al chico rubio que dormía desnudo boca abajo a su lado, y sonrió admirando su figura tan sensual, sus nalgas tan redondeadas y carnosas. Los recuerdos de esas nalgas saltando salvajemente encima suyo y restregándose en su polla desnuda la noche anterior le inundaron la mente.
Trabajosamente pero en máximo silencio, se separó del chico para ir al baño a responder al llamado de la naturaleza. Al salir del baño, se topó con las ropas de ambos regadas por todo el piso. Sonrió al recordar cómo se habían desprendido de todo nada más cerrar la puerta de entrada, y pese a los pinchazos en la cadera, las fue recogiendo una por una hasta volver a la habitación.
Allí estaba Deidara, hermoso y despeinado al igual que él, sonriéndole mientras se envolvía entre las sábanas.
–Hola, hm.
–Hola– le devolvió la sonrisa, y un pequeño peso cayó sobre su pie desnudo.
Curioso, lo alzó para ver qué era, y entonces la sangre se le heló.
–¡¿Cuántos años tienes?!– gritó enseguida.
–Diecinueve, ¿por qué?– la vocecita adormilada de Deidara provenía de debajo de las mantas.
–¡¿Cómo que por qué?!– puso el grito en el cielo; todo estaba mal y él iba a desmayarse.
Deidara se tapó la oreja con la almohada, molesto.
–Hm ya cállate y déjame dormir un poco más, viejo sabroso.
Obito parpadeó.
–¿C-cómo me dijiste? – se acercó a la cama.
Deidara sacó su cabeza de debajo de la almohada, risueño.
–Viejo sabroso, hmmm– respondió, mientras le sobaba las bolas al tembloroso viejo de sus sueños.
