Quería tenerlo. Quería entrar en su cuerpo. Penetrar ese cuerpo, tomar entre sus manos esas mejillas, guardar su risa mágica en una botella de cristal y escucharla solo en la intimidad.

No podían estar juntos. No debían estar juntos. Estaba mal. Y cada vez que Deidara se le insinuaba, una restricción más se demolía en su interior, una restricción menos amenazaba con liberar todo su ser, y todo su deseo, el que tenía por él, se encendía como una fogata en medio de un bosque nocturno.

Deidara era joven, un crío para él. Y sin embargo, toda su apariencia, como se vestía cuando sabía que iría a verlo, cuando lo escuchaba hablar sobre arte, hacía que desapareciera la lógica de su mente de veinteañero… y peligrosamente, sus límites también.

Deidara le había dado celos toda la semana. Sí, el chico había tenido muchas experiencias de besos, con chicas y chicos, antes de decidir que era homosexual. Y él, un pobre tipo bisexual completamente virgen, no tenía nada que decir, además de que no conocía lo que era un beso.

Por eso esa tarde, cuando Deidara volvió a encaramársele encima, no lo rechazó sino que lo apretó de la cintura, gruñó sus celos en su cara, y contempló impotente la risa de burla del muchacho.

No supo en qué momento pero ya se estaban besando, torpemente, buscando lamerse y morderse. Deidara paró un momento, rió, y le dijo que se había besado más tiempo con otros chicos. Obito odió el dato, averiguó hasta dónde llegaba la experticia del muchacho y contento al comprobar que era mucho más inocente de lo que creía -ya que jamás había experimentado algo más que una sesión de besos-, le mordió el nacimiento del cuello de manera posesiva.

–Ahora serás mío, y nunca nadie podrá superar esta marca– le respondió con pasión, haciéndole sonrojar.

–Quiero que me lo pruebes, hm– el muchacho se abrió los primeros botones del uniforme.

Fue entonces cuando Obito tuvo que accionar el freno de emergencia de todas las semanas, el que cada vez se le hacía más difícil. Maldecía el momento en que decidió convertirse en profesor.


Era hermoso tenerlo en sus brazos, en la intimidad de la pequeña habitación de Deidara. Los fines de semana se habían acostumbrado a esa rutina: Obito llegaba, revisaba los apuntes de Deidara, le ayudaba a terminar de estudiar, y luego se acostaban abrazados a ver series, sin hacer nada más. Era difícil resistirse cuando Deidara intentaba lamerle el cuello, o le soplaba el oído, pero Obito era el adulto a cargo y sólo atinaba a apretarlo más contra su pecho hasta ahogarlo un poquito. Deidara reía, se rendía, y por lo general no volvía a intentarlo demasiadas veces más. Siempre le pedía que se quedara toda la noche, jurando que no intentaría nada, pero Obito siempre le retrucaba y se retiraba antes de la medianoche. Luego en su apartamento le llamaba por teléfono, y hablaban hasta altas horas de la noche hasta que el primero de los dos cayera dormido.

Obito ya se había acostumbrado a esa rutina. Deidara, también. Simplemente, había llegado un punto en el que ninguno de los dos se imaginaba la vida sin el otro, sin esos fines de semana compartidos, sin las visitas furtivas y los besos a escondidas. Celulares permanentemente bloqueados, corazones acelerados y miedo en la garganta como contracara. Charlas eternas, miradas furtivas en el poco tiempo que compartían durante la semana. Obito, era el pesimista a cargo. Y Deidara, el optimista ingenuo. Quizás, pensaba Obito, quizás el chico podría tener algo de razón alguna que otra vez.

Y mientras veía a Deidara reír con su grupo de amigos, decidía que no, que por muchos ojitos inocentes que le dedicara, no creería demasiado en el milagro que estaba viviendo y desconfiaría más, si podía, al día siguiente. Después de todo, alguien tenía que preocuparse cuando Deidara se descuidaba, y ese era él. Pero ni por todas las gastritis del mundo renunciaría a él.


Obito estaba preparado para cuando lo atraparan, y estaba seguro de que pasaría más allá de que viviera solo, más allá de que Deidara fuera un huérfano que también vivía solo en un pequeño apartamento: iba a tener que entregarse a la policía con la resignación del adulto que, se suponía, tenía que ser.

Pero nunca entenderían el dolor compartido por la diferencia de edad, por haber nacido casi equivocadamente, por tener que esperar demasiado hasta que pudieran dejar de ocultarse del mundo, por quizás hasta incluso, haberse conocido como alumno y docente. Y amaban a la vez esa adicción al peligro, pero no lo suficiente como para no intuir que el otro querría seguir incluso cuando la mayoría de edad llegara y sólo quedara el recuerdo de lo prohibido. Aunque siempre que se miraran a los ojos, encontrarían la sombra de lo prohibido, de lo maldito, de lo equivocado, Deidara y Obito estaban en el camino sin retorno de los amantes trágicos.


Y nos vamos acercando al final de esta hermosa tobidei week 20-23! Aaaah me confundí de día y olvidé postear ayer este fic. Lo siento mucho. Es una historia diferente para mí. Nos leemos en el último día de la week! :D