Disclaimer: Nada de esto me pertenece, la saga crepúsculo es propiedad de Stephenie Meyer y la trama es del libro "Venganza para Victimas" de Holly Jackson, yo solo busco entretener y que más personas conozcan este libro.
Capítulo 55
Día setenta y dos.
Bella contaba los días, todos y cada uno, y los tachaba en su cabeza.
Un día de mediados de diciembre en Cambridge, el sol ya se desvanecía en el cielo y lo teñía del rosa de la sangre lavada.
Bella se cerró el abrigo y continuó andando por las viejas calles, estrechas y serpenteantes. En tres días volvería a estar allí y habrían pasado setenta y cinco desde entonces, encaminándose con buen ritmo hacia los cien.
Todavía no había fecha para el juicio, llevaba tiempo sin escuchar nada del tema. Hasta la víspera, que se había enterado de algo ínfimo: Nancy Macher le había enviado una foto de Stu muy sonriente decorando un árbol de Navidad, con un jersey rojo con un reno. Bella le devolvió la sonrisa a través de la pantalla. En el día treinta y uno lo habían liberado, habían retirado todos los cargos.
La noticia de que Neil Prescott había sido el Asesino de la Cinta saltó en el día treinta y tres.
—Oye, ¿ese no es el tío ese de tu pueblo? —le había preguntado alguien en la sala común de su edificio, con las noticias de fondo en el televisor.
La mayoría de la gente no hablaba con Bella; creían que era muy reservada, pero, en realidad, simplemente estaba apartándose de todos.
—Sí —había respondido Bella, subiendo el volumen.
Neil Prescott no solo había sido el Asesino de la Cinta, sino que también había sido el Acosador del Sudeste, un violador que atacaba por esa zona de Londres entre los años 1990 y 1994, por lo que habían demostrado unas pruebas de adn. Bella lo calculó: Sid Prescott había nacido en 1994. Jason paró cuando nació su primera hija y se mudaron a Little Kilton. El Asesino de la Cinta se cobró su primera víctima cuando Sid tenía quince años, cuando empezó a parecerse a la mujer en la que se habría convertido. Quizá fuera en ese momento cuando su padre había empezado. Y había parado cuando ella había muerto —bueno, casi, aunque nadie jamás se enteraría de su sexta víctima—. Toda la vida de Sid había estado marcada por el monstruo que vivía en su casa, por su violencia. Ella no había conseguido sobrevivir a él, pero Bella sí, y Sid podría acompañarla adonde fuera.
Bella dobló la esquina, los coches pasaban por su lado. Se recolocó la mochila sobre el hombro. El teléfono empezó a vibrar en su bolsillo. Bella lo sacó y miró la pantalla.
La llamaba su padre.
Se le formó un nudo en la garganta y un agujero en el pecho. Bella pulsó el botón lateral para ignorar la llamada y que siguiera sonando dentro del bolsillo. Al día siguiente le escribiría un mensaje para decirle que sentía no haberle contestado, que había estado ocupada, igual le contaba que estaba en la biblioteca. Aumentar el espacio entre cada llamada, hasta que fueran periodos muy largos. De semanas, primero; luego de meses. Los mensajes sin leer y sin responder. El trimestre ya había terminado y Bella había pagado para quedarse en su habitación durante las vacaciones. Les había dicho a sus padres que quería terminar todos los trabajos. Tendría que pensar en algo para Navidad, algún motivo por el que no pudiera volver al pueblo. Bella sabía que les rompería el corazón, el suyo ya estaba roto, pero era la única vía. La separación. Ella era el peligro y tenía que apartarlos a todos, por si acaso los salpicaba.
Día setenta y dos.
Bella solo llevaba dos meses y medio en su exilio, en su purgatorio, caminando por las viejas calles adoquinadas una y otra vez, de un lado a otro. Caminaba todos los días y hacía promesas. A eso se dedicaba. Juraba que iba a ser diferente, mejor, que iba a merecerse de nuevo su vida y a todos los que formaban parte de ella.
Jamás se volvería a quejar por llevar a Jake a los partidos de fútbol, y respondería a todas sus curiosidades, ya fueran grandes o pequeñas. Sería su hermana mayor, su mentora, su ejemplo a seguir, hasta que fuera más alto que ella y se convirtiese en el chico ejemplar.
Sería más amable con su madre, que lo único que había querido siempre había sido lo mejor para ella. Debería haberla escuchado más, debería haberla entendido. Bella no la había valorado: su fuerza, los ojos en blanco y el motivo de las tortitas, y nunca volvería a caer en el mismo error. Eran un equipo —lo habían sido desde el principio, desde su primera respiración—, y si Bella podía recuperar su vida, volverían a serlo, hasta la última respiración de su madre. Dándose la mano. Una piel vieja sobre otra aún más vieja.
Su padre. Lo que daría por volver a escuchar su risa fácil, porque la llamara Florecita. Le agradecería cada día que las hubiera elegido a ella y a su madre, y todo lo que le había enseñado. Le hablaría de en lo que se parecía a él y de lo orgullosa que se sentía por ello y por cómo había conseguido que ella se convirtiera en quien es. Solo tenía que volver a ser esa persona. Y si podía, si llegaba a ocurrir algún día, su padre caminaría agarrado de su brazo hacia el altar, y se detendría a mitad de camino para decirle lo orgulloso que estaba de ella.
Sus amigos. Les iba a preguntar siempre cómo estaban antes de que ellos se interesaran por ella. No permitiría que nada se entrometiera entre ellos, y no necesitaría que fueran comprensivos porque la comprensiva sería ella. Reírse con Tori hasta que le doliera el estómago en llamadas de teléfono que durarían tres horas, las bromas malas de Harry y sus abrazos incómodos, la sonrisa amable de Jamie y su corazón enorme, la fuerza de Rose, que siempre había admirado tanto; Daphne, que había sido una hermana mayor para ella cuando Bella más lo había necesitado.
Y Tatum Prescott. Bella se hizo una promesa: le contaría todo cuando las dos fueran libres. Bella también tuvo que apartarse de ella, faltó a visitas y no contestó llamadas de teléfono. Pero la cárcel no era la jaula de Tatum; su jaula había sido su padre. Él ya se había ido, pero ella se merecía saberlo todo sobre su padre y sobre cómo había muerto, sobre Mike y el papel que Bella había desempeñado. Pero, sobre todo, se merecía saber lo de Sid. Su hermana mayor, que era consciente de que en su casa había un monstruo y había hecho todo lo que había podido para salvar a Sid de él. Se merecía leer el email de Sid y saber cuánto la quería, que todas esas cosas crueles que Sid le había dicho en sus últimos momentos no habían sido más que su forma de intentar protegerla. Sid temía que su padre las matara a los dos, y quizá estuviera asustada de que eso fuese lo que lo hiciera saltar. Bella se lo contaría todo. Tatum se merecía saber que, en otra vida, ella y Sid habrían escapado de su padre juntas.
Promesas y más promesas.
Bella se las volvería a merecer, si tenía la oportunidad.
No era el juicio de Mike lo que estaba esperando, en realidad. Era el suyo. Su juicio final. El jurado no solo decidiría el destino del acusado, sino también el suyo, si podía o no recuperar su vida y a todas las personas que había en ella.
Sobre todo, a él.
Bella seguía hablando cada día con Edward. No con el real, sino con el que vivía en su cabeza. Conversaba con él cuando estaba asustada o insegura, le preguntaba qué haría él si estuviera allí. Él se sentaba a su lado cuando se sentía sola, que era siempre, mirando fotos en su teléfono. Le daba las buenas noches y le hacía compañía en la oscuridad mientras ella aprendía a dormir de nuevo. Bella ya no estaba segura de si el timbre de su voz era así, de si aquella era la forma exacta en la que pronunciaba las palabras, ya fueran alegres o tristes. ¿Cómo le decía «Sargentita»? ¿Tendría la voz más aguda o más grave? Necesitaba recordarlo, tenía que aguantar, conservarlo.
Pensaba en Edward todos los días, prácticamente cada momento de cada día, setenta y dos jornadas llenas de momentos. Qué estaría pensando, qué estaría haciendo, si le habría gustado en bocadillo que se acababa de comer —la respuesta siempre era sí—, si estaba bien, si la extrañaba tanto como ella a él. Si esa ausencia se estaba convirtiendo en resentimiento.
Esperó que, fuera lo que fuese lo que estuviera haciendo, hubiera aprendido a ser feliz de nuevo. Si eso significaba esperarla, aguardar al juicio, o si, por el contrario, significaba que deseaba encontrar otra pareja, Bella lo entendería. Le rompía el corazón pensar que le sonreiría de esa forma a otra persona, inventándose nuevos motes, nuevas formas invisibles de decir «te amo», pero eso lo tenía que decidir él. Lo único que Bella quería era que fuera feliz, que hubiera cosas buenas en su vida de nuevo, eso era todo. Su libertad por la de él, y esa era una decisión que tomaría una y otra vez.
Y si tenía paciencia, si la esperaba y el veredicto salía como ellos querían, Bella trabajaría cada día para ser el tipo de persona que se merecía Edward Cullen.
«Serás ñoña», le susurró él en el oído. Y Bella sonrió.
Había otro sonido escondido en su respiración. Un leve quejido, agudo y enrollado, que se acercaba cada vez más.
Una sirena.
Más de una.
Gritando, arriba y abajo, chocándose.
Bella giró la cabeza. Había tres coches patrulla al final de la carretera, adelantando a los demás vehículos, corriendo a toda velocidad hacia ella.
Más fuerte.
Más fuerte.
Las luces azules girando, rompiendo el atardecer, deslumbrándola e iluminando la calle.
Bella se dio la vuelta y cerró los ojos, apretándolos muy fuerte.
Ya estaba. La habían encontrado. Hawkins lo había averiguado todo. Se había acabado. Venían a por ella.
Se quedó allí de pie y aguantó la respiración.
Más fuerte.
Más cerca.
Tres.
Dos.
Uno.
Un grito en sus oídos. Un soplo de viento que le ondeó el pelo cuando los coches pasaron de largo, uno detrás de otro. Las sirenas se desvanecían a medida que se alejaban de ella y la dejaban atrás, en la acera.
Bella abrió los ojos con cuidado, despacio.
Se habían ido. Las sirenas se habían vuelto a convertir en un quejido, luego en un murmullo, y luego en nada.
No era para ella.
Al menos de momento.
Un día tal vez sí, pero el día setenta y dos no.
Bella asintió y volvió a ponerse a andar.
«Solo tengo que seguir, amor —le dijo a Edward, y a todos los que vivían en su cabeza—. Seguir».
El día de su juicio llegaría, pero, de momento, Bella caminaba y hacía promesas. Eso era todo. Un pie delante del otro, aunque tuviera que arrastrarlos, incluso cuando ese agujero en su corazón fuera demasiado grande para seguir de pie. Caminaba y hacía promesas y él estaba con ella, los dedos de Edward entrelazados con los suyos, de la misma forma que siempre encajaban en el hueco de sus nudillos. Como quizá lo volvieran a hacer. Tan solo un pie delante del otro, eso era todo. Bella no sabía qué le esperaba al final, no veía lo que había tan lejos, y la luz estaba desapareciendo, iba cayendo la noche, pero tal vez, y solo tal vez, fuera algo bueno.
