Descargo de responsabilidad: Twilight y todos sus personajes pertenecen a Stephenie Meyer, esta espectacular historia es de fanficsR4nerds, yo solamente la traduzco al español con permiso de la autora. ¡Muchas gracias, Ariel, por permitirme traducir al español esta historia XOXO!
Disclaimer: Twilight and all its characters belong to Stephenie Meyer, this spectacular story was written by fanficsR4nerds, I only translate it into Spanish with the author's permission. Thank you so much, Ariel, for allowing me to translate this story into Spanish XOXO!
No encuentro palabras para agradecer el apoyo y ayuda que recibo de Larosaderosas y Sullyfunes01 para que estas traducciones sean coherentes. Sin embargo, todos los errores son míos.
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La esposa del fabricante de ataúdes había nacido valiente.
Había sido una niña precoz, nunca satisfecha con el mínimo de respuestas. Su madre contaba a menudo la mirada de conocimiento que Bella tenía en los ojos, incluso cuando era una bebé.
«Naciste sabiendo demasiado», le había dicho su madre en innumerables ocasiones. Lo sabía todo, menos cómo tener miedo.
Bella no era intrépida, pero su curiosidad, combinada con su necesidad de comprender el mundo, a menudo había prevalecido sobre su miedo, permitiéndole sumergirse en lo desconocido.
Era una cualidad que el fabricante de ataúdes siempre había amado de ella.
El fabricante de ataúdes había nacido sabio.
Tenía alma de viejo, había dicho su abuela. Era prudente y, a veces, cuando los adultos hablaban a su alrededor, el niño ladeaba la cabeza y abandonaba los juguetes mientras escuchaba y aprendía.
Había cometido muchos errores en su vida, sin duda, pero había aprendido de ellos con bastante rapidez y había crecido en consecuencia.
Pero sin su voluntariosa esposa, el fabricante de ataúdes era propenso a pensar demasiado y a rumiar por encima de la acción.
Del mismo modo, sin su marido, la esposa del fabricante de ataúdes era impulsiva e impaciente, propensa a cometer imprudencias que rayaban en lo temerario.
Olvidaban estas partes de sí mismos, las que estaban desequilibradas sin su otra mitad, porque rara vez habían pasado algún tiempo separados.
Hacía días que la esposa del fabricante de ataúdes no veía a su marido, y se había dejado llevar por su propio instinto para recuperarlo.
Así que, en lugar de examinar la cañada de la Bruja Muerta y proceder con cautela, la esposa del fabricante de ataúdes cogió la rama más pesada que encontró y se lanzó al ataque, como un vikingo que va a la batalla.
Era gloriosa y aterradora, y tanto el aprendiz de boticario como el niño huérfano la observaron atónitos, abandonados en las sombras del bosque.
—¡Bruja!— Bella gritó, blandiendo su rama sobre su cabeza. —¡Entrégame a mi marido!
Examinó la pequeña cañada, encajando las piezas en su rápida mente: la tierra removida junto al río, donde un anillo de piedra sugería que alguien había estado atendiendo un fuego en medio de un campamento; la cuerda atada a una rama baja de un árbol en el borde de la cañada, donde probablemente se guardaban las provisiones por la noche. No había ninguna vivienda permanente. Fuera lo que fuese lo que estaba ocurriendo aquí, estaba destinado a durar poco tiempo.
Bella se dirigió al campamento, con las botas pateando la tierra en señal de frustración.
Se arrodilló junto a la hoguera y cogió otro palo para pinchar los trozos de madera carbonizados. Algunos aún humeaban y tragó saliva al darse cuenta de que alguien había estado aquí recientemente.
Levantó los ojos y observó el bosque que la rodeaba desde su ángulo inferior. Frunció el ceño cuando vio una segunda cuerda en lo alto de un árbol. Parecía sostener algo.
Bella se levantó rápidamente, dejando caer el palo más pequeño mientras cruzaba la pequeña cañada hasta el árbol. Se preparó para trepar, pero se dio cuenta de que sus botas se lo impedirían. Podía arreglárselas con el vestido (llevaba toda la vida trepando con vestidos), pero las botas tendrían que desaparecer.
Se inclinó para empezar a desatárselas.
—¿Señora?
Miró por encima del hombro mientras sus dedos trabajaban en los cordones anudados de las botas.
—Hay algo en el árbol. Voy a trepar para cogerlo—, les dijo a los chicos.
Los ojos de Jasper se abrieron de par en par cuando levantó la vista.
—Por favor, señora—, dijo Seth, dando un paso adelante. —Déjeme cogerlo por usted. Soy rápido como una ardilla—, le prometió. Ella se enderezó, sorprendida, pero accedió.
En cuestión de instantes, Seth se subió al árbol y, con la fuerza y la agilidad de la juventud, escaló hasta llegar al paquete.
Lo desató con cuidado y Jasper se colocó bajo el árbol para atraparlo. Seth lo dejó caer y Jasper lo recogió, rodeando el paquete con los brazos. Lo dejó en el suelo mientras Seth volvía a bajar y Bella se acuclillaba para alcanzar con los dedos el fino cordel que mantenía envuelto el paquete.
Trabajaron para aflojar las ataduras y, para cuando los pies de Seth volvieron a estar en el suelo, ya habían abierto el paquete.
Bella sintió que el aliento abandonaba su cuerpo.
Esto no era en absoluto la cañada de la Bruja Muerta.
