LENA
La habitación de San Mungo era considerablemente grande y bastante iluminada, incluso podría haber pensado que era acogedora de no haber estado al borde del llanto. El pequeño que había expulsado de mi vientre el día anterior lloraba a todo pulmón, frustrado por mi poca habilidad para amamantarlo, poniéndome los nervios a flor de piel.
—¿Qué quieres de mí? —dije con la voz chillona viendo cómo el niño se ponía rojo y arrugaba el rostro en medio de sus alaridos. Sus puñitos estaban apretados y los sacudía al ritmo del llanto.
Me acomodé mejor sobre la cama para acostar al niño sobre mis piernas, soltando un gemido cuando el dolor me atravesó cierto lugar anatómico que se encontraba muy maltratado. El pequeño continuó chillando mientras me acomodaba la bata del hospital para cubrirme los inflamados pechos. ¿Qué carajo quería esa criatura? Estaba dando todo de mí para mantenerlo con vida y él solo lloraba como si tuviese batería infinita.
—Por favor, cállate un rato —susurré mirándolo con el ceño fruncido —. Vas a matarme.
El chiquillo berreó más fuerte. Me restregué la cara con las manos, haciendo mayor presión sobre mis ojos, bufando de frustración. ¿Qué iba a hacer? El niño parecía haberse confabulado con el ministerio de magia para enloquecerme. Por un lado, los cretinos del departamento de educación mágica iban y venían haciendo preguntas que me negaba a responder, y por el otro, el pequeño despertaba llorando sin la menor consideración hacia mi agotada persona.
La puerta se abrió y alcancé a escuchar la voz enojada de la profesora McGonagall riñendo a los guardias que el ministerio había apostado a ambos lados del pasillo: —¡Claro que puede recibir visitas! ¡No es una delincuente!
Sentí como el rubor se extendía por mis mejillas. Sabía de sobra lo molesta que estaba la directora y aún así me estaba defendiendo.
—¿Cómo estás, Heron? —preguntó la directora cerrando la puerta tras su espalda.
—Bien. Supongo —respondí encogiéndome de hombros. El niño todavía lloraba.
Ella miró al enrojecido y berreante niño.
—¿Puedo? —la directora señaló con un gesto al pequeño.
—Claro —respondí entrelazando mis manos para obligarme a dejarlas quietas. Tenía unas locas ganas de seguir restregándome la cara hasta hacerla desaparecer.
McGonagall se acercó a la cama y levantó al niño con delicadeza, acunándolo en su pecho. El chiquillo cerró la boca de inmediato y la miró con sus grandes y vivaces ojos negros. La directora sonrió con ternura y le acarició la mata de cabello negro que cubría su pequeña cabeza. "Traidor", pensé enfurruñada.
—Mafalda dice que no has respondido a ninguna pregunta acerca de Severus —dijo McGonagall.
Me mordí el labio un momento.
—Ellos quieren que diga que Severus abusó de mí —me rasqué la nariz con el dorso de la mano —. No es así como pasaron las cosas.
Las cejas de la directora se arquearon.
—¿Y cómo pasaron las cosas?
La miré fijamente a los ojos.
—Me enamoré —admití sintiendo que mis orejas se ponían calientes —. No fui muy lista.
McGonagall guardó silencio un momento y centró su atención en el niño. Parecía estar memorizando su aspecto. El pequeño hizo otro tanto con ella. Me resultó absurdo que un recién nacido pudiese mirar tan fijamente a alguien, pero ese era el recién nacido de Severus Snape, así que muy normal no creía que fuese.
—El amor nos hace algo tontos —comentó —. Pero no estoy segura de que Severus sintiera eso por ti.
La conocida punzada de dolor hizo aparición en mi pecho. Estaba acostumbrada a que me dijeran lo tonta que era al haber creído que Severus Snape sentía algo por mí, pero el comentario resultó más doloroso viniendo de McGonagall.
—Lo sé —admití.
—¿Entonces por qué te arriesgas a que revoquen tu nivel educativo? —preguntó McGonagall sin dejar de mirar al niño.
—Porque Severus es un cretino, pero lo que hice con él fue totalmente voluntario. No puedo permitir que lo acusen de violación o algo así —respondí.
Ella apartó la mirada del niño y la centró en mí.
—¿Te veías con Severus siendo menor de edad? —preguntó ella.
Tragué saliva con fuerza, pero me esforcé por sostenerle la mirada.
—No —mentí.
McGonagall frunció el ceño.
—Heron, si admites que Severus te sedujo siendo menor de edad, todo saldrá a tu favor. No eras más que una niña enceguecida y él un hombre adulto que se aprovechó. Vas a conservar tu nivel educativo. Vas a poder avanzar como siempre has querido.
Negué con la cabeza.
—No voy a decir eso, profesora.
Sé que estaba siendo muy estúpida. Que las cosas serían muy sencillas si simplemente le echaba toda la culpa a Severus. Pero la Magdalena Heron enamorada hasta la médula me impedía hacer tal cosa. Prefería que anularan mi nivel educativo antes que hacer que Severus fuese a Azkaban acusado de abuso sexual. Podía imaginármelo casado con Louper, pero no preso.
HERMIONE
Pasé el dedo por el borde de la humeante taza de té. No sabía si estaba molesta, decepcionada, triste, o todas a la vez. No habría esperado que Harry me llamase para ayudar a un sujeto como Snape, y mucho menos en un caso semejante.
Ambos hombres, Harry y Snape permanecían de pie junto al aparador de la cocina de Grimmauld Place, mirándome fijamente, como esperando que comenzara a gritar de repente. Pero no me sentía capaz de gritarle a nadie. Simplemente no entendía por qué Harry suplicaba por mantener a Snape fuera de Azkaban, cuando era evidente que el desgraciado se había aprovechado de una muchachita incauta. Hasta crío había como prueba de ello.
—¿Y bien? —preguntó Harry tímidamente.
—Y bien, ¿qué? —solté de mal talante.
—Pues que, ¿qué hacemos? Mi informante dice que Lena ha dicho muy poco. Que ella dice que fue consensuado, siendo mayor de edad —dijo Harry.
Miré a Harry con incredulidad y después centré mi atención en Snape.
—¿Es cierto? —le pregunté al profesor.
Él me miró fijamente con sus fríos ojos negros.
—No —respondió él —. El niño fue concebido cuando ella cumplió la mayoría de edad, pero los encuentros se venían dando desde antes.
Suspiré, poniendo las manos alrededor de la taza de té para calentarlas. El grandísimo majadero no tenía escrúpulos. Jamás los había tenido. Y no me cabía en la cabeza que Harry creyera que había algo bueno en ese tipo.
—¿De verdad quieres evitar que vaya preso? —le solté a Harry con rabia contenida —¡Está admitiendo que se aprovechó de ella!
—¡No! ¡Él no ha dicho eso! —alegó Harry.
—Es lo que dije, Potter —lo contradijo Snape.
—Ella lo quiere —insistió Harry.
—¿Y? ¡Es poco más que una niña, Harry! —chillé, incapaz de contenerme. Señalé a Snape con el dedo —. Él le arruinó la vida. Y si ella continúa diciendo que se involucró con él por voluntad propia, le van a anular toda su educación por saltarse las normas del colegio y las leyes mágicas. Lo más decente que él podría hacer sería asumir toda la culpa.
Harry negó enérgicamente con la cabeza, con las orejas coloradas.
—No, Hermione. Tenemos que hacer que ambos salgan exonerados de esto.
—¿Cómo? ¡A ver! ¡Dime! ¿Cómo? —tercié. Me pareció que mi voz sonaba un tanto histérica.
—Diremos que ambos son mayores de edad. Que se saltaron las normas del colegio, pero que el castigo por ello no lo debe imponer el ministerio sino McGonagall. La convenceré Hermione. Pero necesito que me ayudes con el juicio del ministerio.
—¿Por qué quieres salvarle el pellejo?
SEVERUS
—Porque él salvó el mío, Hermione —dijo Potter con el tono de voz que usa el seguidor de una banda cuando defiende sus desastres. Ese tono abnegado y enceguecido que rayaba en la estupidez y el lavado de cerebro.
—¡Estaba enamorado de tu madre! ¡Eso no lo hace una buena persona! —exclamó Granger.
Sentí un vacío en el estómago cuando ella mencionó a Lily. Llevaba mucho sin pensar en ella, sin que ella fuese el motivo de que me despertara cada mañana a vivir la miseria de vida que se me había dado. Y realmente Granger tenía razón: yo no era una buena persona. No había protegido al muchacho por aprecio sino por lo que sentía por su madre. No tenía motivos para ser mi defensor en este caso. Lo más fácil y rápido sería asumir la responsabilidad e ir a Azkaban, sin tanto ajetreo previo. Tal vez me rebajaran un par de años por confesar.
—NO DEJARÉ QUE VAYA A AZKABAN —chilló Potter —. Con o sin tu ayuda. Pero sería más fácil con tu ayuda, Hermione.
La mirada que Potter le dedicó a la mujer estaba a la altura del ganador de un premio de actuación. Hasta yo me habría defendido si él me lo hubiese pedido con esa mirada.
