Ella no debía existir.
Si antes lo sospechaba, ahora estaba convencida.

Sentada bajo la sombra de un gran árbol, Hotaru pensaba en lo efímero de la felicidad, de la propia vida. En como en un instante la realidad puede desmoronar aquello que damos por hecho.

Una mañana, Haruka y Michiru visitaron a su padre en el laborartorio.
Sin intención, había escuchado unas palabras que desearía poder olvidar: "Mientras ella viva, el mundo corre peligro".
Un absoluto silencio le siguió a aquella afirmación, lo cual sólo lastimó su corazón un poco más.
Aquel triste día, su infancia terminó.
Desde entonces, se preguntaba si el verdadero papel de quienes la rodeaban era el de protectores o vigilantes.

En su mente, las piezas antes dispersas e incomprensibles comenzaron a encajar, pero la imagen que el rompecabezas le ofrecía sólo le traía más incógnitas.

Ella misma a veces se desconocía.

Vivía entre dudas y desconfianza.
Antes de dormir, yéndose a la cama sin alegría; al despertar, cuando las pesadillas no terminaban al amanecer. Cada que veía el miedo en los ojos de quienes consideraba familia, observándola, como si buscaran en su mirada a alguien más. Durante las noches de intenso dolor, sintiéndose inútil e indefensa, rogando, con las pocas fuerzas que le quedaban, por su final.

La pesadumbre la perseguía a todas partes, no podía escapar de ella.

Era como un reloj en cuenta regresiva: Tic-tac, tic-tac, resonaba en su mente aquél lúgubre mantra.

¿Habría una manera de cambiar el destino?

Su vida tenía un propósito, terrible y destestable.

¿Por qué no podía elegir?

¿No tenía cada ser ése derecho inalienable?

Suspiró.
Contempló el cielo despejado y las aves que volaban sin rumbo fijo.

Envidió ésa libertad.

¿Les pasaría lo mismo a las demás, o sería ella la única que renegaba de la imposición de una vida que no reconocía como suya?

Cuánto deseaba ser insensible, que no le importara nada ni nadie.
Así el remordimiento jamás la alcanzaría.

La oscuridad en su interior aguardaba por manifestarse y destruir todo a su paso.
No podía ignorarla más.
Peor aún, no podía detenerla.
Acabaría con personas inocentes, aquellas a quienes conocía y había llegado a apreciar.
Su destino estaba atado a la fatalidad, lo sabía.

Lo mejor era mantenerse aislada.
Establecer lazos afectivos con los que un día serían insignificantes rostros sin nombre, lo único que le provocaba era culpa.
Porque ella se convertiría en su verdugo.

Las lágrimas amenazaron con brotar.

El alboroto de un grupo de niños cerca de ahí llamó su atención; al mirar con detenimiento, se percató que rodeaban a un cachorrito y le arrojaban piedras. El perro aullaba de dolor, y ellos reían a carcajadas.

La gente era cruel.
Bastaba con ver los noticieros o leer los diarios para darse cuenta de lo podrido del mundo.
Pareciera que el mal ya había ganado la batalla.

¿Qué sentido tenía luchar, si el círculo vicioso se repetiría una y otra vez?

Con tristeza, recargó la cabeza sobre sus rodillas, cerrando los ojos.

Al escuchar una voz conocida, parpadeó, contemplando con interés la escena.

Furiosa, Rini enfrentaba a los niños, tomando al can en un brazo y elevando amenazante el puño libre. Un acto valiente, mas no muy inteligente, considerando la desventaja física y numérica.

Claro que la pequeña heroína lo notó también, a juzgar por lo apresurado de sus pasos en dirección al mismo árbol bajo el que ella se hallaba.

Sus perseguidores se rindieron antes de darle alcance.

¡Hotaru! ¡Te busqué por todas partes!

Exclamó con la voz entrecortada tras la carrera.

El animalito escapó a su vez, corriendo hasta perderse a lo lejos.

La observó sentarse a su lado, y sin pensarlo siquiera, sonrió.

Ése remolino rosa, de carácter volátil, insoportable para muchos, era la única que la había tratado como una persona normal desde que se conocían.

No le temía, tampoco se burlaba de ella. La defendía si era necesario.

El peso en su corazón se aligeraba cuando la tenía cerca.

Su cariño casi la hacía sentir feliz.

La amistad... He ahí una razón para no rendirse.

En silencio, atesoró ése momento.

Entonces supo que se levantaría en contra de quien fuera, con tal conservar latente la esperanza de que el amor podía cambiar y salvar a la humanidad.


A ti que llegaste hasta éstas líneas, te agradezco.
Mantengamos la esperanza, hagamos la diferencia.

A mis queridas amigas, las abrazo a la distancia: Anny Mizuno, Usagi B, Ceres, Sol, gracias por seguir ahí.

Saludos.